Boris Yeltsin y la "perestroika" de Nicaragua

Reportaje - 10.11.2019
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Un hombre fue clave en la disolución de la Unión Soviética. Ese mismo hombre llegó a Nicaragua como un aliado de los sandinistas y terminó ayudando a que salieran del poder. Es Boris Yeltsin

Por Eduardo Cruz

Es 3 de marzo de 1987 en la finca La Fundadora, en el departamento de Matagalpa. Como de costumbre en esa zona, el clima está fresco. Frente a un grupo de campesinos cafetaleros se encuentra Daniel Ortega, en ese entonces presidente de Nicaragua por primera vez, con una camisa verde oscuro, a cuadros rojos, con las mangas dobladas, pantalones verde olivo con un estilo de bolsas delanteras diseñadas por fuera del pantalón y ninguna otra prenda llamativa más que sus lentes.

A la par de Ortega, un señor blanco, pelo cano, con pantalones de vestir café y camisa mangas cortas, celeste, con un reloj en el brazo. Se trata de Boris Yeltsin, el más importante funcionario soviético que hasta ese momento había visitado Nicaragua. Diputado miembro del Presidium del Soviet Supremo, Yeltsin llegaba al país, según la propaganda oficial sandinista, para “estrechar” aún más las relaciones de amistad entre el gobierno nicaragüense y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

Boris Yeltsin saludando a una campesina, en la finca La Fundadora, en Matagalpa. Les observa Daniel Ortega. FOTO/ CORTESÍA/ IHNCA

Ortega tomó el micrófono y trató de impresionar a Yeltsin, un personaje muy importante en ese momento para los sandinistas porque requerían que los soviéticos los siguieran apoyando con recursos económicos.

“Los soviéticos han invadido Nicaragua con sus tractores, con sus camiones de transporte, con su trigo y su petróleo, si Estados Unidos quiere el cariño del pueblo de Nicaragua, que se comporte como los soviéticos”, dijo Ortega, arrancando aplausos entre la concurrencia y una sonrisa en Yeltsin.

Menos de dos años después de su visita a Nicaragua, Yeltsin ya no era bienvenido para los sandinistas, al punto que Tomás Borge lo señaló de “insolente” y “contrarrevolucionario”. Más de 32 años han pasado desde que el líder soviético llegó a Nicaragua. Él ya falleció. Pero los sandinistas aún no le perdonan lo que sucedió durante su estadía en el país, lo que llegó a decir a Moscú y las consecuencias que tuvo todo para los intereses de los sandinistas. Solo cuatro días estuvo Yeltsin en suelo nica, pero fue tiempo suficiente para ver lo que le ocurría a los nicaragüenses en ese momento.

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Boris Yeltsin era un “tipo pesado”. “Reaccionaba duro”. “Hombre fuerte”. “De palabras pesadas”. Así lo recuerda el exparlamentario Mauricio Díaz, quien era miembro de la directiva de la Asamblea Nacional cuando Yeltsin visitó el país.

“Tuve un rifirrafe con él. Le dije que la ayuda soviética debía ser incondicional y él me contestó que la Unión Soviética ayudaba sin interés”, recuerda Díaz, quien también rememora que después Rafael Solís le dijo: “Se enojó con vos el hombre”.

Nacido en 1931, Yeltsin fue uno de los políticos más influyentes a finales de los años 80 y en los 90 del siglo pasado y fue clave en la desintegración de la Unión Soviética en 1989, tras la apertura política de Mijaíl Gorbachov, conocida como la Perestroika y que se trató de una serie de reformas en el sistema soviético, especialmente en la parte económica.

Yeltsin se había convertido en 1961 en miembro del Partido Comunista de Rusia y en noviembre de 1976 la suprema instancia de partido, el Buró Político, le colocó al frente de aquel como primer secretario y como tal tuvo amplios poderes.

Oficialmente fue el presidente de la Asamblea, Carlos Núñez, a la izquierda, quien invitó a Boris Yeltsin a venir a Nicaragua. Aunque otras fuentes dicen que fue Daniel Ortega quien solicitó la visita, urgido por garantizar la ayuda soviética. FOTO/ CORTESÍA/ IHNCA

En 1985, Yeltsin apoyó a Gorbachov como secretario general del partido comunista de la Unión Soviética y también le brindó respaldo con la Perestroika.

Su personalidad arrolladora le granjeó a Yeltsin una popularidad inmensa entre la gente de la calle, con la que, algo insólito en un jerarca del partido, solía mezclarse para escuchar y compartir sus denuncias y quejas, pero también muchas animosidades en un aparato donde abundaban aún los enemigos de la reforma.

En ese año, Yeltsin abandonó el Partido Comunista y se presentó como candidato independiente a la Presidencia, ganó las elecciones y fue proclamado el primer presidente de la Federación Rusa.

En 1999, Yeltsin fue relevado en el poder por Vladimir Putin. Murió en el año 2007.

Cuando Yeltsin y una comitiva de funcionarios soviéticos llegaron a Nicaragua, el país entero, incluyendo a Managua, estaba en ruinas. Y eso fue lo que vio el dirigente soviético cuando los sandinistas lo llevaron a visitar el centro histórico de la capital, el supermercado El Redentor, la finca La Fundadora en Matagalpa, la presa Las Canoas, Boaco y otros sitios del país como el ingenio Victoria de Julio.

Yeltsin pudo ver las ruinas del centro histórico de Managua. Caminó por la catedral vieja, el parque central, el Palacio Nacional. También pudo observar el desabastecimiento en los supermercados.

Para esa época, como había bloqueo económico por parte de Estados Unidos, en Nicaragua había mucho producto soviético para solventar la falta de los que no podían entrar al país.

El entonces alcalde de Managua, Moisés Hassan, recuerda los enlatados rusos que eran muy grasosos. También había “papa rusa”. En vez de los acostumbrados frijoles rojos, existían unos frijoles enormes que la gente les llamaba “biterra”. Además, se consumía el “azúcar negra” y en vez de aceite era la manteca o la margarina.

Muchos otros productos se elaboraban en el país, para sortear el bloqueo económico, como las pastas dentales y los desodorantes.

Productos comestibles rusos eran comunes en la Nicaragua de los ochenta. FOTO/ CORTESÍA/ IHNCA

La mayoría de lo que se consumía provenía principalmente de la Unión Soviética y en menor medida de Cuba. Así había también: los televisores Caribe y radios Siboney, de Cuba; las bicicletas Ukrania, los carros Lada, de la Unión Soviética, los camiones IFA, de la República Democrática Alemana (RDA) y muchos otros artefactos de uso cotidiano como las bujías y las lámparas.

Mijaíl Gorbachov fue el presidente soviético que inició la Perestroika en la URSS, que fueron cambios en el sistema soviético, especialmente en el plano económico. FOTO/ ARCHIVO

La dependencia de Nicaragua de la Unión Soviética era enorme. De acuerdo con un artículo de The New York Times Magazine, la Unión Soviética destinaba mil millones de dólares anualmente en ayuda a Nicaragua durante los años ochenta.

Mientras los sandinistas recibían ayuda de la Unión Soviética y enfrentaban una guerra civil con los “contras”, un ejército que era financiado por los Estados Unidos. De acuerdo con la historiadora Frances Kinloch, a inicios de 1986 la ayuda “encubierta” de Estados Unidos a los contras sobrepasaba los 130 millones de dólares. Era una guerra de “desgaste económico”.

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Los sandinistas manejaron la venida de Yeltsin a Nicaragua con mucho sigilo. Solo Barricada informó sobre el hecho. El Nuevo Diario no lo hizo y La Prensa estaba cerrada por el gobierno sandinista. La visita de los soviéticos fue “vendida” por los sandinistas como una oportunidad para “estrechar las relaciones amplias y fraternas” entre Nicaragua y Estados Unidos.

Oficialmente, los parlamentarios soviéticos, encabezados por Yeltsin, llegaron a Nicaragua el 2 de marzo de 1987 y habían sido invitados al país por el presidente del parlamento nicaragüense, comandante Carlos Núñez Téllez. En ese entonces se acababa de aprobar una nueva Constitución Política en el país y Yeltsin felicitó por ese avance “institucional”.

En Barricada solo se publicaron las “alabanzas” que Yeltsin habría hecho a la revolución sandinista.

Jaime Wheelock, entonces ministro del INRA, le brindó un almuerzo a Yeltsin en esa institución. FOTO/ CORTESÍA/ IHNCA

Pronto, los sandinistas se dieron cuenta de que tenían problemas. Yeltsin no estaba saliendo a como ellos querían.
Uno de los primeros en comprender la situación fue el entonces vicepresidente Sergio Ramírez Mercado, quien, en un escrito de José Ángel Vargas, se explica que comenzó a interrogar a Yeltsin sobre el futuro de Rusia y Nicaragua, pero, aunque Yeltsin explicaba sobre la Perestroika, que serviría para fortalecer el poder político en el mundo, las respuestas del soviético no le satisfacían.

El mensaje de Yeltsin fue tranquilizador, explica Ramírez en su libro Adiós muchachos. “Hosco y mal educado, no le cayó bien a nadie. Era, sin embargo, el funcionario de más alto nivel que nos había visitado nunca, y cuando en la laguna de Xiloá decidió bañarse completamente desnudo, hubo de entre nosotros quienes corrieron a desnudarse también para hacerle compañía. Nos habían asegurado, además, que el respaldo soviético para la revolución continuaría invariable”, escribió Ramírez Mercado.

Una de las partes más tensas de lo que Ramírez ha revelado de la reunión que sostuvieron con Yeltsin, fue cuando el soviético les pidió a los nueve comandantes que renunciaran.

“Yo recuerdo la reunión en la que Daniel Ortega le preguntó alterado cómo les podía recomendar a los comandantes que pasaran al retiro. Porque lo que realmente les estaba diciendo Boris Yeltsin era: ‘Salgan del gobierno, ustedes no saben gobernar’”, dijo el escritor en entrevista a la historiadora María Dolores Ferrero.

Según la historiadora Ferrero, lo que los sandinistas no sabían en ese momento es que Yeltsin “estaba ya en una fase nueva, pragmática e interesada en la efectividad y los resultados. Se había convencido de que la influencia e intromisión del partido en los asuntos técnicos del gobierno no era eficaz”.

De acuerdo con Sergio Ramírez Mercado, los sandinistas, confiados en que seguirían recibiendo la ayuda soviética, se enfrascaron con los contras en las negociaciones de Esquipulas II. Pero, cuando estaban en medio de las mismas, apareció en escena Kasimirov, el nuevo jefe para América de la cancillería soviética bajo Eduard Shevardnadze, expresó un mensaje diferente al de Yeltsin: los sandinistas debían buscar un rápido entendimiento con Estados Unidos, poner fin a la guerra con los contras y obtener recursos del mundo occidental.

“Ellos (soviéticos) ya no podían soportar una carga tan pesada. Y debíamos, además, mantenernos en el modelo de economía mixta para crear confianza”, escribió Ramírez Mercado.

Boris Yeltsin y Daniel Ortega en Matagalpa, en 1987. Ortega y los sandinistas odiaron a Yeltsin después. FOTO/ CORTESÍA/ IHNCA

Al mensaje de Kasimirov se le sumó que la Unión Soviética abrió conversaciones secretas con Estados Unidos, bajo una agenda concreta que tenía que ver con Nicaragua y con el fin negociado del conflicto armado en Centroamérica, agregó Ramírez.

Finalmente, los sandinistas y los contras firmaron el acuerdo de Esquipulas II, el cual propició que en febrero de 1990 se realizaran elecciones libres en Nicaragua. Los sandinistas perdieron el poder en las mismas.

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Adolfo Evertz pudo conocer a Boris Yeltsin cuando el entonces ministro del INRA, Jaime Wheelock, le ofreció un almuerzo al dirigente soviético. “Yo fui al almuerzo en calidad de funcionario del INRA”, recordó Evertz en enero 1992, en entrevista con La Prensa.

Luego, Evertz fue enviado por el gobierno de doña Violeta Barrios de Chamorro como embajador de Nicaragua en Rusia y pudo conocer el motivo por el cual los sandinistas no querían más a Yeltsin, quien, tras su visita a Nicaragua habría brindado unas declaraciones públicas sobre los sandinistas pero estos últimos evitarán que fueran conocidas en el país.

“Yeltsin dijo en unas declaraciones públicas a su llegada que el gobierno y pueblo de la Unión Soviética estaban manteniendo a un gobierno (los sandinistas) de incapaces e irresponsables”, reveló Evertz.

El entonces embajador agregó: “Yeltsin dijo que Nicaragua era un país económicamente paralizado y mal administrado y que no era posible que se estuviera privando de recursos al pueblo soviético para enviar recursos a la administración sandinista”.

De acuerdo con la apreciación de Evertz, aunque los sandinistas llevaron a Yeltsin a lugares bonitos, Yeltsin “pudo captar el desastre de la administración y no tuvo reservas para denunciarlo públicamente”.

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Para 1991, de acuerdo con la revista Envío, Nicaragua le debía tres mil millones aproximadamente a la desaparecida Unión Soviética, producto del endeudamiento que realizaron los sandinistas en los años ochenta.

Sobre esa deuda, el ingeniero Antonio Lacayo escribió que en una ocasión, en la ONU, a la presidenta Violeta Barrios de Chamorro la sentaron junto al ya presidente de Rusia, Boris Yeltsin, y ella quiso tocarle el tema de la deuda, pero él no le prestaba atención porque conversaba con otro mandatario.

Lacayo escribió: “(Doña Violeta) nos relató que, en un arranque de creatividad femenina, le había dicho a la traductora que estaba detrás de ella que le preguntara al presidente Yeltsin que qué se ponía en el pelo para que se le viera tan bien peinado. La traductora no se atrevió a hacer la pregunta, por lo que doña Violeta le insistió. Yeltsin se volteó hacia ella prestándole la atención que antes no le había dado”.

“No podemos pagar (la deuda) porque es muy grande y necesito que usted me ayude”, le dijo doña Violeta a Yeltsin.
El mandatario ruso llamó a un asistente para que tomara nota y le prometió a la presidenta nicaragüense que le prestaría atención a la solicitud.

“Los 3.5 mil millones de dólares concedidos anteriormente a Nicaragua son ahora totalmente condonados, de modo que la deuda nicaragüense a Rusia dejó de existir”, dijo el embajador ruso en Nicaragua en 2004, Igor Diyakonov.

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