Busco a mi familia

Reportaje - 05.09.2010
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¿Qué tienen en común Harvin Ayala, Karina Lara y Manuel Tijerino? De niños, ellos fueron separados de sus familiares. Años más tarde, emprendieron la búsqueda de sus raíces hasta encontrar ese vínculo que los conecta con su verdadera identidad y que les da el sosiego de saber quiénes son y de dónde vienen

Dora Luz Romero y Ramón Villarreal

Un día Harvin Ayala, un señor blanco y de ojos claros, miró a su alrededor y tuvo la sensación que estaba solo en el mundo. Aquella soledad lo envolvió como un torbellino y no pudo contener las lágrimas. Tenía un trabajo. Tenía a su esposa y también a sus hijos, pero en su corazón sabía que le hacía falta algo. ¿Qué le había pasado?

Allá arriba, sobre una colina empinada en la comarca Las Brisas del municipio de Rancho Grande, en Matagalpa, había una casita de madera donde vivían los Villafranca. Padre, madre e hijos. Harvin Ayala era uno de los cuatro pequeñitos que vivían en esa casa. En ese entonces lo llamaban José, José Villafranca. Ése había sido el nombre que sus padres decidieron darle.

Los Villafranca eran una familia como cualquier otra. Tenían días buenos y otros no tanto. Su papá, don Hipólito, sembraba café y tenía algunas cabezas de ganado. Su mamá, doña María Luisa Castillo, era la encargada de la cocina y de la crianza de los hijos. Eran dos niñas y dos niños: Lucía, José (Harvin), Gladys y Luis.

Para esos años, más o menos para la década de los 70, en Las Brisas vivía muy poca gente. Era un lugar silencioso y rodeado de naturaleza. Este sitio queda a unos quince kilómetros antes de llegar a Waslala.
No eran una familia perfecta, reconoce Harvin. Su papá maltrataba a su mamá y ella de cuando en cuando desaparecía de la casa y regresaba días, semanas, hasta meses más tarde, sin que hubiera rastro de ella.

Pero la vida de los Villafranca cambió de rumbo cuando Harvin tenía unos siete años. Su madre, en uno de esos viajes sin rumbo, se llevó a sus dos hermanitas: Lucía y Gladys. Las chiquitas nunca volvieron. Años después, la vida también le quitó a su padre y a su hermanito. Y pronto se vio solo, sin familia. Era como si una nube de desgracias le persiguiera.

El día que Harvin Ayala irrumpió en llanto sabía exactamente qué era lo que le faltaba. Él necesitaba conocer su pasado. Necesitaba conocer su historia, saber de su familia, ésa donde se había criado los primeros años de su vida.

Habían pasado décadas desde que era un niño, pero él aún sentía ese vacío de sus vínculos de sangre.

En el país existen centenares de casos de familias que pierden el contacto por años y años. Las causas van desde los desastres naturales, las guerras, la migración hasta los problemas familiares. Algunos logran reencontrarse con sus seres queridos después de muchísimos años de separación, otros no corren la misma suerte.

Esta vez, en Magazine les contamos tres casos de personas que emprendieron una búsqueda incansable hasta encontrar a sus seres queridos, y así conocer quiénes son y de dónde vienen.

Fotos Bismarck Picado y Germán Miranda
En junio del año pasada Harvin Ayala se reencontró con su hermana Claudia Lucía Villafranca, con quien había perdido el contacto hacía 33 años.

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La escena conmovía a cualquiera. En el Aeropuerto Internacional Augusto C. Sandino doña Olga Corea esperaba ansiosamente a su hijo Manuel Tijerino, a quien no había visto por más de cincuenta años. Llevaba una pancarta donde se leía: “Manuel Tijerino. Dios te bendiga”. Ese día, le acompañaban sus familiares.

El avión venía desde Panamá y cada hombre que salía por la puerta del aeropuerto tenía la cara del hijo de doña Olga. “Yo creo que es él”, le decía uno de sus familiares señalando a un señor. Mientras otro contestaba: “No. Es ese otro”.

Ni doña Olga ni sus familiares sabían cómo lucía Manuel Tijerino. Pero la imagen que llevaba grabada en su mente ese día era la de aquel niñito gordito, moreno que vio por última vez cuando tenía cinco años.
De pronto un señor moreno, alto, recio y con un mechón de canas levantó la mano. “Es él. Es él”, se escuchaban los gritos. Los familiares comenzaron a saltar y era tanta la emoción que les fue imposible contener las lágrimas.

“Ahí estaba. Era él. Alto, recio… Ése era mi hijo”, relata doña Olga con la voz entrecortada.

Cincuenta años antes de esa escena, la historia era otra. Para los años cuarenta doña Olga había viajado a Panamá por amor. Se había ido siguiendo a Francisco Tijerino, un muchacho que conoció en el barrio Oriental donde vivía, pero que trabajaba en las bananeras en Panamá.

Pronto salió embarazada y los meses pasaron volando. Ahí, en el Hospital de Almirante nació su primer hijo con Tijerino, a quien llamó Manuel.

En los seis años que permaneció en Panamá nacieron cinco hijas más: Dora, Maritza, Elieth, Idania y Marlen. Pero en ese tiempo doña Olga ya tenía muchos problemas con el padre de sus hijos. Tanto así que un día de tantos él se fue a Costa Rica dejándola con su media docena de retoños. “Yo ya había pensado venirme para Nicaragua porque él me daba mala vida”, explica ella.

Pero antes de decidir su partida, un día se apareció su suegra diciéndole que le prestara a su hijo Manuel para viajar a Costa Rica. A los meses, a su regreso para Nicaragua, le avisó a su suegra que pasaría llevando a su hijo. Así fue. “Mi suegra llegó al hotel en Costa Rica donde nos dieron para dormir y me dijo que el niño estaba enfermo y que él (Francisco Tijerino) estaba preso”, recuerda. Doña Olga no tenía alternativa. Siendo repatriada no podía quedarse en el país vecino peleando por su hijo, así que le tocó partir hacia Nicaragua con el resto de sus hijas.

Los primeros años sin su hijo fueron los más difíciles, relata. Sus días transcurrían entre la desesperación y el llanto. Pedía ayuda en los periódicos, en las radios, pero nunca supo más de él.

Mientras ella lo buscaba, el pequeño crecía al lado de su abuela. Los años pasaban y Manuel siempre sintió esa necesidad de saber de su madre y hermanas.

Estaba convencido de que algún día nos encontraría, relata una de sus hermanas. Cuentan que vino a Nicaragua durante la época de la guerra, regresó para después del terremoto de 1972, pero siempre sin buenas noticias.

El teléfono de la casa de doña Olga repicó varias veces. Era abril del año 2008.

—¿Aló? ¿Aquí vive doña Olga María Corea?

Era la voz de una mujer.

—¿Usted tiene un hermano que se llama Manuel Tijerino? –preguntó.

Marlen, la hija menor de doña Olga, había recibido la llamada. Sintió que su corazón se había volteado como un calcetín.

—Sí. El vive en Panamá –respondió confundida.

La mujer que llamaba era la esposa de un amigo de Manuel Tijerino. Por teléfono le dijo que él siempre hablaba de la urgencia de conocer a su madre y hermanas que vivían en Nicaragua. Esa amiga, había buscado en la guía teléfonica el nombre de doña Olga para ver si podía dar un poco de esperanza a ese hombre que se había criado lejos de la mujer que le dio la vida. “Ahora él me dice que está feliz. Dice que siempre supo que nos iba a encontrar”, cuenta la madre con una gran sonrisa en el rostro.

Fotos Bismarck Picado y Germán Miranda
Manuel Tijerino fue separado de su familia a los cinco años. Más de cincuenta años después logró reencontrar a su mamá y hermanas.

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Los seres humanos –explica la psicóloga Martha Lorena Taboada– “tenemos la necesidad de encontrar nuestros vínculos familiares para poder integrar nuestra historia, madurar y crecer integralmente”. Es la posibilidad, asegura, de llenar ese “vacío con algo real”.

La última vez que Harvin Ayala vio a sus hermanas lo recuerda como si fuera ayer. Él tenía unos siete años. Su papá había peleado con su mamá y ella molesta, salió junto a las dos pequeñitas. Llevaba poca ropa en una bolsa plástica, recuerda. Sus siluetas poco a poco desaparecieron en medio de la vegetación.

Pensaron que volvería en unos días, a lo sumo semanas, como lo hacía siempre, pero no. Esta vez fue diferente. Tardó ocho meses en regresar y lo hizo sola.

Don Hipólito preguntó dónde estaban las niñas y ella no supo contestar. “Esa vez mi papá la arrastró. La golpeó. Eso hizo que ella hiciera viaje más rápido”.

Doña María Luisa salió una vez más de su casa, esta vez acompañada por sus dos hijos. “Nos había convencido que nos fuéramos con ella”, recuerda Harvin, quien tiene presente que eso ocurrió una tarde de invierno.

Deambularon por unos seis meses hasta que por insistencia de ellos volvieron a casa. “Esa escena nunca se me va a olvidar. Cuando mi papá nos vio, salió corriendo a recibirnos. Corría como un chavalo”, dice. Días después su mamá volvió a irse y Harvin y su hermanito quedaron con su papá.

La vida parecía bastante normal. Don Hipólito cuidaba de ellos y hasta cocinaba. De vez en cuando llegaba alguna que otra mujer que hacía funciones de madre, pero “no tardaban mucho tiempo, tal vez por el mal genio de él”.

Pero hubo una que sí aguantó. Una mujer que vivió por unos tres meses en la casa de los Villafranca, pero su paso por ahí cambió la vida de Harvin.

Un día, don Hipólito regresaba de trabajar en el campo. La cena está lista, les dijo la mujer y pronto los apresuró para que se fueran a comer a sus dormitorios. Los niños obedecieron y ella se quedó en el comedor con don Hipólito.

De pronto, se escuchó un fuerte ruido. Como si algo hubiera caído sobre el tambo. Harvin bajó la escaleras corriendo. La escena era aterradora. Su padre bañado de sangre a orillas del comedor. “Corrí y agarré un guacal con agua para lavarlo. En eso se apareció la mujer con un machete y me dijo que lo dejara que a mí también me iba a matar”, relata. Mientras hablaba, el hermanito menor bajó del cuarto y la mujer corrió tras él. “Él tenía como tres años, era chiquito”, dice. El pequeñito corría despavorido, pero cuando la mujer lo alcanzó no tuvo compasión y lo mató a machetazos. “Yo escuchaba que él lloraba y lloraba, pero después no lo escuché más”, cuenta con la voz entrecortada. Harvin Ayala había quedado solo. Su madre se había ido, sus hermanas estaban perdidas y ahora su padre y su hermano muertos.

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Pero, ¿es posible mantener el amor filial o fraternal después de tantos años de separación? La psicóloga asegura que es posible. “El amor es un sentimiento que se alimenta, por lo tanto a pesar de la ausencia puede mantenerse durante años”, dice.

Eso bien lo sabe Karina Vanessa Lara, de 24 años, que sin siquiera conocer a su padre, le amaba.

Frente al monitor de una computadora en un cyber café en Belén, Rivas, esta muchachita buscaba a su papá. Entró a la página web del Consejo Supremo Electoral y en el Padrón Electoral tecleó: V-i-c-t-o-r L-a-r-a.

En la pantalla, aparecieron más de diez Víctor Lara. Además del nombre se podía ver de qué departamento eran originarios, su número de cédula y el lugar donde les toca votar en época de elecciones.

Lo único que Karina Vanessa Lara sabía de su padre es que se llamaba Víctor Lara y que era originario de Río San Juan. Nunca vio fotografías, tampoco escuchaba pláticas sobre él en su casa. Lo único que oía, cuando insistente le preguntaba y preguntaba a su mamá, era que “era un borracho y que se habían separado porque él no le daba nada”. Nada más.

Ese día, en el cyber, sólo dos de los Víctor Lara que encontró eran originarios de Río San Juan. Tenían el mismo nombre: Víctor Manuel Lara Martínez, pero sus fechas de nacimiento eran diferentes. La de uno decía: 1958, la del otro: 1984. “Mi papa y mi hermano”, pensó la jovencita.

La niñez de Karina transcurrió al lado de su madre, Dolores Hernández y de su padrastro. Todo parecía ir sobre rieles hasta que fue su promoción de sexto grado. Ese día –relata Karina– fue la primera vez que sintió verdadera ausencia de su padre. “Todas mis amigas iban acompañadas con su papá”, cuenta esta jovencita que esperaba al menos que su padrastro, a quien también llama papá, llegara de Costa Rica a su promoción, como le había prometido. La misma decepción se llevó en su graduación de secundaria.

Además de eso, hubo algo más que llevó a Karina a buscar a su padre biológico. A sus 16 años, cuando le tocaba sacar su cédula de identidad, le pidió a su padrastro que le diera su apellido. Él no dijo que sí. Tampoco que no. Pero desde ese día Karina supo que al encontrar a su verdadero padre tendría ese apellido que tanto anhelaba.

Antes de llegar a ese cyber a buscar información de su padre, había enviado varios correos a un programa de televisión para que le ayudaran a buscarlo. Pero pasaron dos años y nunca recibió respuesta.

Karina anotó en un papelito toda la información que aparecía en el sitio web del Consejo Supremo Electoral.

Corrió rumbo a su casa en busca de su mamá.

—Mama: ¿Mi papá se llama Víctor Manuel Lara Martínez? –le preguntó.

Su mamá se asustó, recuerda, y le preguntó dónde había conseguido ese dato.

A pesar de tener más información sobre su progenitor, Karina no avanzaba hasta que un día pudo hablar directamente con las personas del programa televisivo, aquél al que había mandado infinidad de correos.

A los días viajó a Managua, porque le dijeron que querían más datos sobre su padre. Ella, ansiosa llegó al programa, sin saber que la sorpresa sería para ella. En el estudio se encontraba su padre. Al verlo, le dio un fuerte abrazo y lloró de tanta emoción.

El año pasado, Karina se graduó como licenciada en Administración de Empresas en la Universidad Politécnica de Nicaragua (Upoli-Rivas). Por primera vez, pudo subir a una graduación del brazo de su padre.

Fotos Bismarck Picado y Germán Miranda
El año pasado Karina Vanessa cumplió uno de sus sueños, ir a su graduación de Administración de Empresas del brazo de su padre, Víctor Lara.

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A Harvin Ayala lo adoptó una prima hermana. Al saber que el pequeño de unos diez años quedaba desamparado, sus familiares paternos llegaron a la comarca donde vivía y se lo llevaron a Matagalpa. Ahí le cambiaron el nombre de José Villafranca por Harvin Ayala. Años más tarde se trasladaron a Juigalpa, donde vive actualmente.

“Yo siempre tenía esa necesidad de buscar a mi familia. Cuando yo me iba a casar me sentía mal como Harvin Ayala, sentía que no era yo”, asegura.

Y es que precisamente, la familia, explica la psicóloga Martha Lorena Taboada, representa el origen de una persona y “conocer de dónde venimos es una parte importante de nuestra propia identidad, de lo que somos, por eso es tan importante conocer nuestras raíces”.

Los familiares de Harvin no querían que investigara e insistían que ellos eran su única familia. Pero Harvin Ayala no aguantó más y a los 18 años fue buscar su pasado a Matagalpa. Sabía que sus hermanas habían sido entregadas en el Hogar Guadalupe de Matagalpa, pero las monjitas no le daban información.

Se casó varias veces, tuvo hijos, y vivió en Estados Unidos por unos años, pero nunca pudo dejar de sentir que había algo en él que faltaba.

Viajó por toda Nicaragua en busca de sus hermanas. Llegaba a la casa de mujeres que llevaban el mismo nombre que ellas, pero al saber que había un error, volvían las lágrimas y la decepción.

Después de tantos intentos y formas para buscar a sus hermanas, Harvin escribió al programa Margarita Te Voy a Contar. Ellos accedieron a hacer una especie de anuncio que sería transmitido durante el programa y que lo ayudaría a buscar a sus hermanas.

Mientras tanto, en Granada, Claudia Lucía Villafranca, de 47 años, miraba el programa y cuando vio a ese señor calvo, blanco y de ojos claros supo que era su hermano. “Yo lo reconocí inmediatamente. Su carita no ha cambiado a pesar de los años. Yo dije que ése era mi hermano, me preguntaron que cómo sabía y yo dije que había sentido ese llamado de la sangre”, cuenta.

Ambos fueron citados al programa en junio del año pasado y ahí, después de 33 años sin verse, ocurrieron los abrazos, los besos y las lágrimas. “Yo la vi igualita. Siempre con su pava, chelita. Ésa para mí fue una alegría enorme. Fue encontrarme a mí mismo”, explica Harvin. Para su hermana, Lucía, “ha sido lo más lindo que me ha pasado en la vida. Ahora me siento completa. Antes yo decía que era un clon, no tenía ni papá ni mamá ni hermanos y me sentía muy triste”, relata. Luego supieron que su hermana Gladys había muerto siendo joven.

Al darse un reencuentro –asegura la psicóloga– se quita “un sentimiento de incertidumbre de fantasías y dolor. Le da la posibilidad de vivir el presente. Llenar el vacío con algo real”.

La vida de Harvin y Lucía aún está llena de interrogantes. Se hacen preguntas de las que quisieran tener una respuesta. ¿Por qué su mamá los abandonó? ¿Por qué les tocó vivir una niñez tan trágica? ¿Cómo terminaron siendo lo que hoy son? En medio de una vida plagada de tristezas, vacíos y carencias, ellos han encontrado un momento de sosiego y paz en sus vidas, saben que no están solos. Saben que se tienen el uno al otro.

 

Fotos Bismarck Picado y Germán Miranda

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