Camilo Zapata, el clarinero mayor

Perfil, Reportaje - 05.11.2006
Camilo-Zapata

Dicen que en sus tiempos mozos era capaz de ver una fiesta de patio y componer en menos de una hora una canción sobre ello; que cada mañana se despertaba con el clarín de los pájaros del monte y en vez de dar los buenos días tarareaba una canción compuesta mientras soñaba.
Dicen que todo eso y más fue Camilo Zapata cuando recorría los caminos de pueblo con su guitarra a espaldas y la sonrisa a flor de piel, allá lejos, cuando también tenía memoria

Por José Adán Silva

No hay mucho en él que me ilustre la gloria con que se ha escrito tantas veces su historia. Ni siquiera hay recuerdos en esta su memoria que me indiquen que este señor moreno, bajito, flaco y de mirada nostálgica, es considerado el padre de la música típica nicaragüense.

Queda un poco de su magia cuando en un doloroso e inesperado giro a la coherencia de las ideas, deja de hablar de sus estudios de topografia para pedir la guitarra y con dificultosa agilidad para sus 89 años, arrancar unas notas alegres a las cuerdas del instrumento y tararear unas cuantas frases de una canción cuya letra —no se sabe por qué—, le arranca suspiros de nostalgia.

“Asidos de la mano y con la cara al sol/ nos fuimos compartiendo placeres y dolor/ pero al llegar la tarde trajo el hastío/ y sueltos de la mano se escapó el amor...”

Las palabras se extravían en su memoria y deja de lado la guitarra mientras con la vista clavada en el aire, rumbo al techo, acepta con humilde resignación su enfermedad: “Todo se me olvida ahora, pero más tarde que me acuerde se la canto”.

Hace muchos años que Camilo Zapata no canta, dice su nuera Marina Celina Enríquez de Zapata, esposa de Rodolfo Zapata, hijo del compositor nicaragüense que ahora mismo, flaco pero correctamente vestido con la camisa mangas largas por dentro del pantalón y los botones abrochados hasta el cuello, observa con curiosidad el golpe que una de sus guitarras recibió en un costado.

¿Qué le pasó a esta?, pregunta el maestro intrigado mientras soba la magulladura del instrumento y
Marina, responde normal sin atisbo de lástima, que se cayó ayer. Camilo le entrega el instrumento golpeado y le advierte a su nuera sin mucha preocupación: “Hay que cuidar las guitarras”.

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Ella cuenta que don Camilo tiene tres guitarras y miles de papeles archivados con composiciones inéditas que ha escrito en sus últimos años de vejez; que las guitarras las vive limpiando y ajustando, que de vez en cuando les quita las cuerdas y las extravía, que a veces sólo llega a acariciarlas y arrancarle algunas melodías y que en otras ocasiones, cuando nadie en la familia lo espera, como inspirado por algún rayo de lucidez e inspiración, inunda la casa con preciosas tonadas que luego ya no recuerda cómo hizo para sonarlas. En una de esas fue que botó la guitarra que ahora luce golpeada en un costado.

 

Al centro con las manos entrecruzadas y camisa blanca mangas largas aparece Camilo Zapata entre lo mejor de los artistas nacionales de hoy, ayer y más allá, en 1995.

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Allá por 1950, al frío y polvoroso pueblito de Somoto no llegaban muchas canciones de compositores nicaragüenses y había más influencia de la música ranchera mejicana, de los tangos argentinos y pasillos colombianos que reproducían las radios hondureñas.

Sin embargo, una vez empezaron a oírse con mucha frecuencia los sones alegres de una canción llamada El Solar de Monimbó, de un autor desconocido que, sin saber por qué, despertó en el pequeño Carlitos la curiosidad por hacer música alegre.

Carlos Mejía Godoy, entonces un niño menor de 10 años, pero con inclinación ya por la música, se entusiasmó con los acordes alegres de la tonada y empezó a practicar con la esperanza de imitar tan bien al autor del mencionado ritmo que, sin presentación ni nombre, empezó a sonar por todo el país. Muchos años después, ya lejos de su pueblo y siendo estudiante del colegio Salesiano de Granada, Carlos conoció a un grupo de nandaimeños que cantaban con altivez y orgullo una canción que para ellos era como un himno de identidad: “Soy granadino/ nací en Nandaime/ de zapatones jamás usé caites/ bajo a la población/ no me paro en las esquinas/ no me gustan que me digan/ que yo soy un indio sin educación”.

La canción le encantó a Carlos y le abrió la inmensa curiosidad de saber quién era el autor de ese alegre sonar de cuerdas y sensitivo humor. No lo pudo saber entonces porque nadie sabía que la música era de Camilo Zapata. Eran más conocidas las canciones que el nombre del autor.

En 1955, cuando estudiaba en el Seminario nacional para ser cura de la Orden de Ávila, en una clase de música y cultura nacional, los religiosos les mostraron a los párvulos una versión modificada de El Nandaimeño, la misma que Carlos Mejía le había escuchado cantar con tanto orgullo a sus amigos en el Salesiano.

Esta versión puritana de los curas había modificado la letra de la tonada y desaparecieron una parte que decía “hay por delante del platanal, un terrenito para sembrar”, lo que a juicio de los curas, era una maliciosa insinuación del sexo.

Fue entonces cuando Mejía Godoy supo al fin quién era el autor de las canciones que tanto tiempo atrás le habían despertado el gusto por la canción alegre y con letra campechana: Camilo Zapata, le dijeron que era el compositor más importante de Nicaragua con 60 canciones reconocidas.

“Me impresionó saber que alguien tuviera 60 canciones y se apellidara Zapata, me lo imaginaba a lo macho mejicano, grande, de botas, camisas a rayas y sombrero ranchero con gran bigote”, cuenta emocionado Carlos Mejía Godoy.

Tuvo el gusto de conocerlo muchos años después, en 1971, cuando Camilo recibía unas medallas en el Teatro González de León, y entonces Carlos Mejía se llenó de admiración cuando vio que el señor morenito y flaco, como palo de escoba, era un dechado de humildad y sonrisas de todo tiempo.

Siguiendo los pasos de Zapata, Carlos Mejía recién acababa de estrenarse con una canción que pretendía ser un son nica, Alforja Campesina Pinolera, una trova que cantada por Otto de la Rocha pronto pegó en las radios y lanzó a Carlos Mejía a la fama local de compositor.

“Gracias a Otto de la Rocha, que conocí en Managua, fue que llegué a conocer al hombre que más había admirado desde que supe de su música, al gran maestro Camilo Zapata”, dice emocionado Carlos Mejía Godoy.

El encuentro fue en casa de un amigo de Otto, Carlos Lang, y Camilo Zapata, impecablemente vestido, resultó ser el caballero que Carlos Mejía esperaba: “Un hombre llano, despojado de todo divismo, sencillo como calzón de manta, locuaz, divertido, picaresco y curioso”.

Tan humilde era Camilo, cuenta Carlos Mejía Godoy, que un día caminando por las calles de la Vieja Managua vio cuando de un balcón salía una lluvia de discos de acetato que caían al suelo y luego de esa casa salió un hombre apurado a recogerlos y limpiarlos con cuidado.

“Era Camilo Zapata en un pleito con su esposa. ¿Ideay maestro y qué le pasó? ‘Ve hermano, no hay cosa más terrible que una mujer celosa, no te casés todavía’, me dijo riendo como si nada estuviera pasando”, cuenta entre risas Carlos Mejía que fue precisamente quien bautizó a su maestro, muchísimos años después durante un homenaje, como “El Clarinero Mayor”.

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"Si Carlos lo llama el Clarinero mayor, yo lo llamo el padrote del canto nacional, porque don Camilo Zapata ha significado el molde de todos los que venimos detrás de él. Y disculpame, no es don Camilo. Es el maestro Camilo Zapata, qué hombre más alegre y humilde", así de franco entra al tema el otro gran compositor de música típica nicaragüense, Otto de la Rocha, quien conoció a Zapata hace más de 50 años y con quien compartió escenarios, fiestas y largas jornadas de pláticas sobre música, mujeres y amor.

“Hay una pasada en mi vida que nunca se me olvida. Camilo organizó un festival de música folclórica en la vieja Managua, en el gimnasio nacional que quedaba frente al colegio Chepita de Aguerri. El me buscó para que cantara, pero estando ahí en el lugar, Camilo me dice que le interpretara un sketch. Yo nunca había trabajado en eso, sólo cantaba y jodía en mis canciones y le digo que no”.

—No hombre Camilo, yo nunca he hecho esa babosada —dice Otto de la Rocha.

—No hermanito, no se me agüeve, esto es como pegarme a mí cuando ando bolo, no te preocupés, yo lo escribo y vos lo hacés. Tranquilizate, parecés nuevo —le contestó Camilo Zapata.

—¡Eh, la vieja! Yo no hago esa babosada —insiste De la Rocha, pero ya Camilo Zapata no acepta más negativas y le lanza una peluca negra: “No se me haga del rogar compadre, éntrele que ya va a ver que le va gustar”.

El personaje del sketch era un campesino llamado el Indio Filomeno, un personaje que después, y por más de 25 años, interpretó Otto de la Rocha y que sólo murió cuando renació en otro que todavía sigue vivo: Aniceto Prieto.

¿Era Camilo Zapata un hombre alegre? “Camilo era un hombre alegre, no vulgar, y esperate que con sus mecatazos adentro era más alegre todavía”, cuenta De la Rocha. ¿Qué si era mujeriego el maestro? “Uhmmm. Yo no hablo de esas cosas, pero dejame decirte que donde llegaba el maestro, si quería, podía escoger, porque tan linda gente era y tan bien cantaba, que damas no le faltaba que lo requirieran para las querencias”, dice entre risas Otto de la Rocha.

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Pero por más que digan que era bien educado, alegre y querendón con las muchachas, nunca se le conoció más amor que una mujer: Lila Quiñónez, de Chinandega, su única esposa con quien procreó cuatro hijos varones, y con quien vivió muchos años hasta que ella murió en abril de 1986.

Nadie conoce más a fondo la vida de Camilo Zapata que el periodista Joaquín Absalón Pastora. Lo conoció cuando era aún muy chico y no comprendió en ese momento de inocencia que ese señor al que todos escuchaban en silencio o acompañaban con palmadas y coros, mientras hacía cantar la guitarra, era alguien a quien muchos años después se le llegaría a considerar el padre de la música típica nicaragüense.

Por esa admiración, Pastora escribió el más completo y único libro que se ha escrito sobre la obra de un artista musical nicaragüense: Camilo Zapata, Vida y Canto.

“Me llamó la atención escribir un libro sobre Camilo Zapata por la experiencia que tuve de conocerlo cuando yo era un niño y por la inmensidad que como persona le descubrí cuando yo ya era un adulto”.

“Esto me le reveló el conocimiento de su personalidad, que se remonta a la edad de mi niñez. Camilo Zapata es un ingeniero topógrafo y en ese sentido a él le cupo recorrer todo el territorio  nacional, midiendo caminos, oteando carreteras, y creo yo que eso fue un elemento muy influyente en la entrega que él hizo de su vida a la música vernácula”, cuenta Pastora.

“Resulta ser que en uno de esos trabajos que realizaba Camilo como topógrafo, cuando se estaba construyendo la Carretera Panamericana, a él le correspondió el gran trecho que va de Ciudad Darío a Sébaco, Matagalpa, y todos esos empalmes, entonces la estadía de Camilo Zapata en Matagalpa fue la más prolongada de su vida como profesional de las ciencias, fueron cinco años aproximadamente, al extremo que ahí tuvo su primera novia y planeó casarse y se hizo de muchos amigos”, relata el periodista.

“Uno de esos amigos era mi padre Joaquín Evaristo Pastora, quien entabló una inmediata amistad con Camilo, cuando yo apenas andaba arañando el uso de la razón, unos seis o siete años. En el recorrido de mi vida, ya como periodista y locutor yo en la Voz de América Central, llegué a saber que aquel señor alegre y talentoso que todos oíamos en rueda en mi tierra, era el gran maestro que ya se escuchaba en toda Centroamérica y México”.

“En 1955 Camilo me pidió que yo le animara un programa en la Voz de América Central, que él compartía con el trío Los Pinoleros, uno de cuyos miembros era el glorioso Justo Santos, autor del segundo himno de Nicaragua: La Mora Limpia. Entonces nosotros presentabamos a Camilo, al trío Los Pinoleros y a una soprano, Chabelita Palacios; terminé de trabajar en la Voz de América Central, lo dejé de frecuentar, pero lo volví a ver en 1985, pero en otra situación”.

“Yo pertenecí al Partido Liberal Independiente, fui diputado y para mi gran sorpresa, me encontré a Camilo Zapata como diputado del PLI en la Asamblea Nacional, en un tiempo en que ser diputado era más bien un compromiso por el pueblo porque no se ganaba más de 30 dólares al mes y no había camionetonas asignadas ni grandes viáticos, ni grandes cuotas”.

“Cuando Camilo Zapata entró al hemiciclo, después de recibir las credenciales de diputado, todos los diputados, liberales, conservadores, sandinistas y otros, se pusieron de pie y lo ovacionaron por más de tres minutos como si estuviera terminando de dar un concierto musical y sólo dejaron de aplaudir cuando el diputado Reinaldo Antonio Tefel tomó el micrófono para elogiarlo y agradecerle la oportunidad de su presencia digna en ese lugar de políticas indignas”.

Pastora recuerda que Camilo nunca tomó el micrófono para pronunciarse sobre los aspectos políticos; que cuando alguien le decía que hablara, él respondía: “Es más constructivo escuchar cuando no se tiene nada bueno que decir”.

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Dicen que Camilo Zapata llegó a componer hasta 500 canciones, pero que la mayoría de ellas desapareció porque nunca pudo grabarlas todas. De hecho, su primer disco de larga duración se grabó en los años ochenta, gracias a la gestión del entonces Vicepresidente de Nicaragua, Sergio Ramírez Mercado.

Su origen, a como dicen los que lo conocieron, es bien humilde: de madre jinotepina y padre Chinandegano, el maestro Zapata nació en Managua el 25 de septiembre de 1917. Se bachilleró en el Colegio Bautista, estudió topografia por correspondencia y aprendió telegrafia.

Su abuelo paterno se llamó Ramón Arnoldo Zapata y su padre, Benjamín Zapata Ortega, era originario de Chinandega. Su abuelo materno se llamó Camilo Zúniga Urtecho y su madre era Amalia Zúniga Urtecho, originaria de Chinandega.

Aunque legalmente Camilo Zapata se llamó Ramón Arnoldo casi toda su vida, nunca sus amigos y familiares lo nombraron de otro modo que no fuera Camilo, tanto así, que fue hasta mediados de 1990 que la familia pagó a un abogado para que la cédula de identidad le saliera con el ya legendario nombre de Camilo Zapata y no como Ramón Arnoldo, que fue como lo inscribieron en el Registro Civil.

Se inició en la música a los 15 años en Managua cuando cantaba en la emisora Rubén Darío, que funcionaba en la capital en 1932. Se cree que fue por 1934 que se dio a conocer con Caballito Chontaleño, una canción que según los expertos de la época, se trataba de un originalísimo ritmo musical en compás de “seis por ocho” y que desde entonces bautizaron como “Son Nica”.

Cuenta Carlos Mejía Godoy que un día vio cuando de un balcón de Managua salía una lluvia de discos de acetato que caían al suelo y luego de esa casa salió un hombre apurado a recogerlos y limpiarlos con cuidado. "Era Camilo Zapata en un pleito con su esposa"

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- Hemos oído hablar mucho de usted y leímos bastante antes de venir a verlo don Camilo. ¿Cómo está?

- Muy bien amigo, muchas gracias por venir a verme. ¿Qué leyó sobre mi? Cuénteme porque fijese que yo ya no me acuerdo de mi vida, qué paseada ¿verdad?

- Pues leímos que escribió más de 500 canciones. ¿De cuántas canciones se acuerda?

- Uh, de poquitas. A veces sólo si las oigo me acuerdo, pero a veces no me acuerdo de las letras, de algunas me acuerdo, pero tampoco puedo cantarlas.

- ¿De cuál se acuerda por ejemplo?

- Cara al Sol. ¿La has oido? La voy a cantar para que ustedes la oigan. (Aquí pide con voz bajita a su nuera, Marina, si le hace el favor de traerle una guitarra. Ella duda, pero manda a una de las empleadas a traer el instrumento. Ella dice en susurro, para que él no la oiga: “ya perdió la razón, ahorita se olvida qué canción quiere cantar”. La muchacha regresa con la guitarra y se la entrega al maestro, quien le agradece sin verle a los ojos, y Camilo Zapata empieza a tocar las cuerdas como en forma de prueba).

- ¿Nos va cantar don Camilo?

- Sí, Cara al Sol... Viajamos persiguiendo una ilusión/ la fe y la esperanza nos faltó/ supimos resignarnos al dolor/ y de Vivir sin odio ni rencor./ Viajamos sin queremos detener/ ansiosos de llegar/ al fin queda la dicha de saberse amar./ Asidos de la mano y con la cara al sol/ nos fuimos compartiendo placeres y dolor/ pero al llegar la tarde trajo el hastío/ y sueltos de la mano se escapó el amor...”

Luego el maestro cesa de cantar. Deja de tocar las cuerdas de su vieja guitarra. Las palabras se extravían en su memoria y deja de lado la guitarra. Hay en sus ojos grises y pequeños, una pequeñísima humedad de nostalgia.

Doña Marina nos dice en voz baja: “Esa canción lo pone triste”. Al rato, tras una pausa de silencio, la memoria lo ha abandonado y el gran maestro Camilo Zapata pregunta: “¿Quieren oír Cara al Sol?”.

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