Carta a mi padre, el presidente

Reportaje - 15.07.2007
Reunión familiar. La ex presidenta Violeta Barrios de Chamorro

Tres hijos de presidentes hablan sobre sus padres. Adaptadas al formato carta, son declaraciones recogidas por el periodista en base a entrevistas personales, cuidando estrictamente la literalidad de lo dicho y sólo dándose licencia para los pequeños retoques que exige el estilo epistolar

Carlos Salinas Maldonado
Fotos: Archivo La Prensa/Cortesía/Moisés Matute

Anastasio Somoza Debayle, el poderoso dictador de Nicaragua, despidió a uno de sus hijos cuando éste partía al extranjero más que con un beso, con una reprimenda. Uno de sus empleados sacó una caja de lustrar, y el dictador le dijo a su hijo al oído: “Si no sobresalís y si por alguna razón creés que vas a poder volver a Nicaragua como hijito de papá, quiero que sepás que para mí sólo vas a servir de lustrador”.

El Presidente era el padre duro y estricto. Doña Violeta Barrios, mientras gobernó, dejaba a un lado las comunicaciones que hacía con otros poderes del Estado y del extranjero para llamar a una mujer que vivía en Estados Unidos, que pasaba por el dolor de la agonía de uno de sus hijos. Era el momento cuando hacía a un lado todo su trabajo. Al otro lado la aguardaba Claudia Chamorro.

María Dolores Alemán es otro caso. ¿Se imaginan el celo de un padre con una muchacha joven a la que ha protegido toda la vida, sobre todo después que perdió a su madre?

Esto y más ofrece magazine, después de entrevistas exhaustivas a tres hijos de presidentes. A uno se le localizó en Guatemala, adonde vive su exilio desde que la dictadura somocista fue derrocada; otro en una elegante casa que sirve para la sede del partido Movimiento Renovador Sandinista, adonde su esposo fue candidato presidencial. Y allí está también la historia de una diputada que recuerda al padre más que al político encarcelado por corrupción.

Todo esto escrito en estilo epistolar, pero respetando literalmente sus declaraciones. magazine buscó a otros hijos de presidentes como los de Daniel Ortega y Enrique Bolaños, pero con ellos fue imposible lograr algo. Y lo que queda es el sabor de estas anécdotas caseras contadas en este relato y en las cartas de cada uno de estos personajes.

A mi padre, Anastasio Somoza Debayle

Papá:
Te escribo estas líneas como un recuerdo de tu memoria. Un recuerdo vívido que siempre llevo conmigo. Como aquellos días felices en Nueva York. Es cierto que eras un padre típico ejecutivo, salías en las mañanas y regresabas de noche, con los fines de semana dedicados a la familia. Pero siempre estuviste muy cerca de los tres hijos que habíamos nacido: Julio, Carolina y yo. Recuerdo cuando nos llevabas al Central Park, al Circo, a paseos al parque de diversiones que existía en Coney Island.

Pero eso duró hasta que mi abuelo te ordenó que regresaras a Nicaragua, en la época en que él decidió volver a postularse como candidato a la Presidencia por el Partido Liberal. En esa etapa pasaste de ser mi papá para convertirte en una figura de autoridad, distante, seria y muy formal. Esa fue la etapa en que dejé de llamarte papá y comencé a decirte “el Jefe” enfrente de todos, excepto mi madre, que jamás aceptó que te llamáramos así en su presencia.

Es cierto que con el único hijo que tuviste relación cercana de padre fue con mi hermano menor Roberto y con Carolina y Carla. Para con Julio y conmigo eras a veces el Señor, el Jefe, pero nunca Papá. Tu hermano Luis era tu personaje favorito, sin duda alguna. Y las directrices de tu vida era lo que aprendiste en West Point. Deber, Honor y Patria. Eso lo resumía todo. Te recuerdo con esa aura de autoridad que inspirabas. Tu imagen influyó en mí, haciéndome una persona muy seria, dedicado a mis estudios y poco jocoso. Eso, papá, me causó muchos problemas en la adolescencia, cuando todos mis amigos bromeaban, y yo era el que siempre se quedaba serio.

Aunque muchos te describan como un hombre autocrático, yo sé que eras bondadoso y leal a tus amigos y tus principios. Siempre te recordaré como un hombre sencillo, recto, emprendedor y con poca paciencia para toda la palabrería muy típica de nosotros los nicas. Papá, en mi oficina cuelga un cuadro tuyo vestido de civil. Es de 1966. Todos los días veo ese cuadro y todos los días admiro el tesón y la energía que tuviste.

Anastasio Somoza Portocarrero (El Chigüín): “Recuerdo que cuando cumplí 11 años me mandaste a trabajar a una fábrica ganando el salario mínimo. Mi trabajo era empujar una carretilla llena de tela, de sol a sombra”

Siempre me exigías dar el ejemplo, sacar buenas notas, ser cortés. Siempre me exigiste servicio al menos favorecido, disciplina, rectitud y, sobre todo, buenas notas. Mi General, no cabe duda que eras un hombre muy humano con una coraza de acero. Sentimental, afectuoso, muy humilde. Muy paciente con tus hijos, siempre y cuando cumpliéramos con el deber de sacar buenas notas.

Recuerdo que cuando cumplí 11 años me mandaste a trabajar a una fábrica ganando el salario mínimo. Mi trabajo era empujar una carretilla llena de tela, de sol a sombra. El primer día de pago, cuando me puse en fila para que me liquidaran la semana, al otro lado de la ventanilla estabás vos, papá, al lado del gerente. Cuando me pagaron, me sentí como nunca, sudado pero encantado.

A los 12 años me diste una lección que todavía tiene relevancia en mi vida. Ya había terminado la primaria en el Pedagógico y entramos a secundaria. Recuerdo que en el colegio teníamos que enfrentarnos todos los días a los chavalos que se deleitaban en apedrear a cualquiera con el apellido Somoza. Aunque mi amigo de infancia y compañero de aula, Camilo Ortega Saavedra, me ayudaba a capearme de las pedradas y los insultos, pronto se volvió la situación más como campo de batalla que como centro de estudios. Entonces te pedí que me enviaras a estudiar adonde se pudiera aprender algo más que sólo capear pedradas, y no te tomó ni tres minutos en decir que sí. Me regalaste la dosis de 15 años de estudios fuera del país. El mejor regalo que me diste, papá.

La lección más importante que aprendí de vos fue en el Aeropuerto Las Mercedes, el día en que me iba a estudiar. Era un día soleado de septiembre de 1964. Afuera en la pista, parado debajo de la cola de aquellos aviones DC-6 de hélice que tenía La Nica, me dijiste: “Hijo, antes que te montés a este avión quiero que hablemos”. Entonces me separaste de toda la comitiva que había llegado a la despedida y proseguiste: “Vas para un país donde no va a valer para nada que seas hijo de Somoza, ni a tu favor ni en tu contra. Vas a un país donde lo único que va a valer va a ser tu esfuerzo. Quiero que sepás que algún día puede que nada de esto tengás. Puede venir aquí algo que lo quite todo, pero lo único que no te podrán quitar jamás es lo que aprendas.

En ese momento, papá, hiciste algo que nunca olvidaré. Llamaste a uno de tus ayudantes y le dijiste que te pasara una bolsa de papel, de la que sacaste una caja de lustrador, como las que usaban los lustradores en el viejo Parque Central. Enfrente de todos me la diste y dijiste: “Si fallás, si vagás, si no sobresalís y si por alguna razón creés que vas a poder volver a Nicaragua como hijito de papá, quiero que sepás que para mí sólo vas a servir de lustrador. Así que cuidadito y fallas.”

General, admiro tu enorme concimiento de Nicaragua, tu profundidad humana que pocos conocieron, tu sensibilidad hacia los menos favorecidos y tu lealtad como el padre incondicional que fuiste toda tu vida. Te escribo estas líneas ahora, cuando tantos te critican, pero entiendo que en Nicaragua no hay muchos que hagan una crítica constructiva.

Estarás siempre en mí recuerdo. Tu hijo, Anastasio Somoza Portocarrero

A mi madre Violeta Barrios

Querida mamá:
He decidido escribirte estas líneas como un reconocimiento a la característica que más he admirado de vos: tu capacidad para entregarte a los demás. Mamá, como madre y mujer, has sido una persona extraordinaria. Desde que éramos muy pequeños nos has dado un ejemplo de entrega, de abnegación y amor.

En mis recuerdos siempre te veo al lado de nosotros, siempre dispuesta a darnos toda la atención, la ayuda, el apoyo que fuera necesario. Nuestra infancia fue muy difícil, bien sabés que estuvo marcada por la actividad política de mi papá, que puso muchísimo estrés en nuestras vidas. Durante ese tiempo siempre te mostraste con una tremenda serenidad. Siempre estabas convencida de que tu papel era apoyar a mi papá, compartir tu vida con él.

Eran momentos difíciles para todos, y vos tenías esa tendencia se sobreprotegernos. No siempre nos nos dijiste lo que estaba sucediendo, y no te reprocho, porque comprendo que la razón fundamental era protegernos. Has sido, mamá una gran persona. En la casa fuiste la figura dominante. Mientras mi papá estaba en la cárcel o vivía en el exilio, vos eras quien llenaba ese espacio que nos quedaba sin nuestros padre.

Has cumplido los papeles de una ama de casa y estadista. Una cosa no excluye a la otra, mamá. El ser la esposa de pedro Joaquín Chamorro y acompañarlo y vivir, era en sí una tarea. La dedicación y el apoyo que requiere un político de esa naturaleza, era en sí un trabajo.. Recuerdo que cuando mi papá fue asesinado asumiste el rol político que ahora todos reconocen. El asesinato de mi papá fue una cosa terrible. Siempre pensamos que iban a matarlo, pero uno nunca está preparado para eso. Se nos vino el mundo al suelo. Fue un terreno emocional del que todavía no me recupero totalmente

Claudia Chamorro: “Siempre has sabido determinar quién de los hijos es el que más te necesita, y así te has repartido, para darnos a todos un poco de tu amor”

El día que asesinaron a mi papá, vos no estabas en Nicaragua. Sólo estábamos en Managua Pedro Joaquín, Carlos Fernando y yo, y tuvimos que esperarte para todas las actividades de la vela, el sepelio y todo lo que se encadenó después. Pero nos mantuvimos a flote gracias a esa personalidad tuya, que está fundamentada por la inmensa capacidad de darte a los demás. Gracias, mamá por estar siempre dispuesta a darlo todo por los hijos, nietos, amigos

La que ha sido tu mayor enseñanza es la importancia de darse en el rol de madre. Vos has antepuesto en todo momento la relación personal, la relación filial entre nosotros, a lo ideológico. Has hecho una grandísima separación entre esas cosas, independientemente de las divisiones ideológicas que hemos tenido. Yo milité con el Frente Sandinista, pero vos, mamá, siempre has estado ahí para ayudarme y apoyarme en lo que ha sido necesario.

Yo no estuve durante tu Gobierno. Yo venía del Frente Sandinista y reconocí de inmediato tu triunfo. Te di mi apoyo hasta donde podía. Pero te agradezco tu respaldo después de un año que tenías de haber asumido el cargo. Eso, mamá es impagable. Fue cuando se enfermó Tolentino, ¿te acordás? Yo tuve que salir del país porque la enfermedad de él así lo demandó. Las complicaciones que tuvo no nos permitieron regresar durante todo los casi cinco años que Tolentino sobrevivió estando vos en la Presidencia de la República.

A pesar de tus obligaciones, siempre estuviste al tanto de mi hijo. Me llamabas todos los días, y cuando tenías algún día libre nos visitabas. Siempre has sabido determinar quién de los hijos es el que más te necesita, y así te has repartido, para darnos a todos un poco de amor.

Nos has dado una lección a todos, y no sólo me refiero a tus hijos, sino también a todos los nicaragüenses. Es una lección de honestidad, de sencillez, de educación. Sos una persona íntegra, que pasó por el poder sin que el poder pasara por vos. Ahora que has decidido apartarte de la vida pública y dedicarte a los hijos y a los nietos, una de las razones que más me alegra de haber regresado a Nicaragua es que puedo estar más cerca de vos.

Besos, doña Violeta. De tu hija Claudia.

A mi padre, Arnoldo Alemán

Papá:
Estos días son de gran emoción para mí. Viene en camino un nuevo hijo, un nuevo nieto, y si tengo que pedir una cualidad para él, es que tenga tu alegría, tu positivismo, tu capacidad de perdón. Y claro que me encantaría que heredara esa memoria tuya, la capacidad de recordar nombres, fechas, personas, números. A mí me hubiera gustado salir así.

Te escribo para agradecerte esa relación abierta, bien honesta, que siempre hemos tenido. Desde pequeña me permitis-te expresar mis puntos de vista, y aunque el día en que te dije que quería estudiar política me recomendaste la oftalmología, nunca me negaste tu apoyo. Para vos, el que nosotros estudiáramos no era un derecho, sino una obligación. En el colegio nunca te ibas al lado de nosotros; el profesor era el que siempre tenía la razón.

Papá, nunca se me va a olvidar aquella máxima tuya: “primero venía la obligación y después la devoción”, que repetías como letanía. Recuerdo que cuando vivíamos en la finca, en la época de corte de café, no habíamos terminado de llegar del colegio, de almorzar, cuando vos nos mandabas a medir el grano. Ahí pasábamos todo el día, porque no había televisión. Es cierto que era aburridísimo, pero hoy entiendo que era tu forma de educarnos. Aprendimos a querer y a entender lo que vos tanto amabas: el café y la gente.

María Dolores Alemán: “Recuerdo con gracia cómo te volvías conservador en cuestiones de novios o de fiestas. Me río todavía al pensar que te teníamos que llevar el árbol genealógico de nuestros amigos, cuando nos invitaban a una fiesta. Y cuando accedías, nos mandabas a recoger a las 11:30 de la noche”

Recuerdo con gracia cómo te volvías conservador en cuestiones de novios o de fiestas. Eras sumamente estricto, papá. Me río todavía al pensar que te teníamos que llevar el árbol genealógico de nuestros amigos, cuando nos invitaban a una fiesta. Y cuando accedías, nos mandabas a recoger a las 11:30 de la noche.

Tu apoyo, papá, fue insustituible en los días de la enfermedad de nuestra madre y después con su muerte. Yo ya estaba grande, tenía 17 años. María Alejandra tenía 15, Arnoldo 12 y Carlos, 3. La realidad estaba ahí, dura. Mirábamos que nuestra madre estaba muriendo. Fue un golpe duro, pero logramos superarlo gracias a vos.

Tras la muerte de mi madre, te metiste de lleno a la política. No te podíamos dejar solo, por lo que siempre estuvimos a la par tuya, recorriendo las calles de Managua cuando estabas compitiendo como concejal. Es en esos momentos cuando una comienza a aprovechar más los ratos de familia. He sabido reconocer tu carácter de político, cuando te transformás, irradiás energía; uno admira ese carisma que te apodera. Sabemos reconocer al hombre padre y al hombre político. Es admirable ver cómo después de tantas cosas que nos han pasado en los últimos años seguís teniendo ese carisma.

Papá, en esta parte, mientras escribo, lloro. Lloro por lo mal que te han pagado las personas que vos has ayudado. Nos decís que uno tiene que saber perdonar y olvidar, pero es difícil aceptar las injusticias que te han hecho. No es correcto. A todos los que les diste la mano ahora te la muerden. Desde el ex presidente Bolaños, que nos ha causado tanto dolor. Es injusto todo lo que has sufrido.

Mi reacción como hija ha sido de apoyo para vos, porque creo que sos un preso político. Fuiste juzgado injustamente. Pero ahora, papá, vemos cómo han salido informaciones que demuestran lo contrario de lo que te acusan. El tiempo lo va a juzgar.

Quiero decirte, papá, que has sido mi inspiración. Conozco pocos políticos que han logrado lo que vos has logrado. Y siempre voy a poner en práctica lo que me has enseñado. El próximo sábado, cuando nos reunamos en El Chile para tomarnos con toda la familia la sopa semanal, te voy a dar esta carta y a decirte cuánto te quiero.

Tu hija, María Dolores.

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