Confesores sin sotana

Reportaje - 12.02.2017
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Un cardenal se confiesa con su barbero, un comandante ofrece disculpas a un oftalmólogo y un joyero le quema las prendas a un ministro. Con sus oficios se volvieron amigos y confidentes de personajes de Nicaragua

Por Julián Navarrete

La tijera de Luis Morales ha recortado el cabello más poderoso de Nicaragua. Su peine, navaja y máquina de afeitar han recorrido más de 60 años peinando a dictadores, presidentes, jefes de ejércitos, empresarios, ministros y altos jerarcas de la Iglesia católica.

—La atención es lo principal —dice Morales, quien a los 83 años de edad se sigue vistiendo de camisa y pantalón blancos, sin manchas, para abrir y atender en su barbería El Caballero.

El cliente más antiguo de Morales es el cardenal Miguel Obando y Bravo, declarado prócer nacional de la paz y la reconciliación en 2016, por el gobierno de Daniel Ortega. El religioso es quizás la persona que guarda los más fascinantes secretos de la vida nacional. Desde su voz crítica en la dictadura somocista, los encontronazos con el Frente Sandinista en los años ochenta, hasta ser la principal figura religiosa del actual gobierno.

Entre tijeretazo y tijeretazo Morales ha conocido la verdadera historia del religioso, contada de su propia voz. Confesiones y anécdotas que se las guarda, en muestra de respeto con su cliente. Conoce de memoria las peripecias que pasó el cardenal cuando era un niño de la comunidad El Naranjito, la educación que tuvo de las beatas en Juigalpa y el telegrama que recibió del Vaticano estando en El Salvador, para declararlo máxima autoridad de la Iglesia en Nicaragua.

Sin utilizar una sotana y un rosario en el pecho, Morales es un experto en escuchar historias mientras trabaja. Por su silla de barbero han pasado Anastasio Somoza Debayle, Enrique Bolaños, Julio César Avilés, entre otros poderosos de Nicaragua. Hasta Gustavo Díaz Ordaz, presidente de México (1964-1970) se ha afeitado con Morales. Todos le han contado historias a medias o completas. Experto en moldear los mismos cabellos y barbas cada cierto tiempo, también se acostumbró a ser un confidente de momentos.

—El cliente a veces me cuenta cosas que ni a su mujer se las cuenta —dice Morales con una amplia sonrisa, y concluye—. Uno llega a tener una familiaridad con los clientes que se convierte en cómplice.

Así como el barbero Luis Morales existen otras personas que por su oficio o profesión han tenido la oportunidad de trabajar, ser cómplices y amigos de personajes de la historia de Nicaragua. Peluqueros, oftalmólogos y joyeros, que entre el amor por su trabajo y la empatía personal han filtrado sus relatos y confesiones.

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Alejandro Pereira tiene su clínica desde hace más de 17 años. Antes atendía en la clínica de su padre, la Óptica Nicaragüense. Foto: Oscar Navarrete

—¡Preparen, apunten… fuego! —gritó el hombre a cargo del fusilamiento.

—Alto, alto, no maten a ese perro —dijo una voz, muy fuerte, y agregó— dice el comandante que le quiere dar una nueva oportunidad.

De inmediato llevaron al doctor Alejandro Pereira a una oficina con muebles de mimbre, repleta de luces blancas, que por estar varios meses encerrado en una celda oscura le impedía abrir bien los ojos. Claro que lo primero que miró fueron unos botines americanos café, un Rolex en la mano izquierda, una chaqueta blanca y unas gafas oscuras, del hombre que dijo:

—¡Levantate! ¿Qué no me conocés? ¿Sabés quién soy yo?

—Claro que sé. Usted es don Lenín Cerna, lo he visto en los periódicos —contestó Pereira, todavía esposado.

—El comandante Lenín Cerna, jefe de la Seguridad del Estado, hijueputa. Te acabo de perdonar la vida.

Pereira recuerda muy bien la anécdota. Ahora con 70 años de edad, desde su centro oftalmológico, que ya tiene más de 17 años en Managua. Por aquí ha revisado los ojos y apretado las manos de los últimos tres presidentes de Nicaragua: Arnoldo Alemán, Enrique Bolaños y Daniel Ortega. También recibió uno que otro besito en la mejilla de la presidenta Violeta Barrios de Chamorro y Aminta Granera, primera comisionada de la Policía.

Poco después de la victoria del Frente Sandinista en julio de 1979, empezó la “limpia” de somocistas. Cuando ya no quedaban familiares, súbditos y colaboradores de la dinastía, Pereira dice que lo encontraron a él y “otros babosos” que capturaron. Aquella madrugada de junio de 1980, lo sacaron en pijamas de su casa para llevarlo a las celdas de El Chipote, una cárcel que ha servido históricamente para torturar.

Ahí estuvo varios meses preso, comiendo sobras de gallo pinto descompuesto y siendo interrogado por hombres, quienes lo acusaban de ser un agente de la CIA, por haber estudiado en Estados Unidos. La prueba más contundente en su contra fue un radio de banda ancha, donde se podían sintonizar hasta 26 emisoras de otros países, con el que creían transmitía mensajes.

—Dame 50 mil dólares y te libero —le dijo Lenín Cerna a Pereira, en el cuarto iluminado.

—¿De dónde voy a sacar 50 mil? Lo que yo tengo ahorrado son 10 mil dólares —le contestó.

—Te voy a dar un mes para que lo pensés —concluyó la conversación.

Cerna cumplió su palabra y encerró al doctor por 30 días, donde no miró la luz del día. Al término del periodo lo volvió a recibir y acordaron que su esposa se encargaría de entregarle los 10 mil dólares en efectivo.

El trámite se hizo con el aval de la Embajada de México, ya que la esposa de Pereira era de ese país y fue la que ingresó el dinero a Nicaragua. Ella notificó en el aeropuerto que llegaría con 10 mil dólares en efectivo, porque se temía que la detuvieran en aduana con esa cantidad de dinero.

El hombre que recibió el dinero fue Óscar Loza, exjefe de operaciones de la Dirección General de la Seguridad del Estado sandinista y brazo de confianza de Lenín Cerna.

Pereira esperó dos días después del desembolso, ansioso porque iba a salir de la cárcel en el momento que le dijeron: “El trato se cancela. Se filtró la noticia de los reales y es mejor que le digás a tu mujer que los llegue a traer otra vez”.

Diez años más tarde, en 1990, a la Óptica Nicaragüense, donde atendía junto a su padre, llegó el excomandante Luis Carrión, uno de los nueve hombres fuertes que dirigieron el régimen sandinista en 1980. Carrión tenía un problema de miopía y Pereira de inmediato le sugirió ponerse unos lentes de contacto. Días después empezaron a desfilar todos los comandantes: Bayardo Arce, Humberto Ortega y Tomás Borge.

—Ve Pereira, yo no soy de felicitar a la gente, pero te merecés una felicitación porque sos congruente con tu discurso —le dijo el comandante Borge, en una de las ocasiones que lo atendió.

Pereira se crispó por no entender bien la jerga que Borge utilizaba, pero con el tiempo supo que el comandante le estaba dando una felicitación genuina.

Uno de los últimos en llegar fue Humberto Ortega, entonces jefe del Ejército de Nicaragua.Humberto Ortega tenía una miopía severa cuando fue atendido por Pereira. Primero le colocó unos lentes delgados y luego le sugirió que utilizara lentes de contacto. Ahora ya se operó, dice Pereira. Entre pláticas y revisión de los ojos, el hermano del actual presidente lo invitaba a almorzar. Lo hizo en repetidas ocasiones, todas rechazadas por Pereira, hasta que un día le dijo:

—Aquí está mi teléfono. Me tiene a la orden. Lo que usted quiera, pero no me dice nada, Pereira.

—Le voy a tomar la palabra y le quiero preguntar ¿por qué se ensañaron conmigo y mi familia? ¿Por qué me sacaron a fusilar y me robaron todo en 1980? —preguntó sin alzar la voz.

—¿Quién lo sacó a fusilar? —le respondió Ortega y de inmediato recompuso— déjeme investigar.

Tres días más tarde Ortega le explicó que averiguó y se enteró que “habían cometido un error y que por favor lo disculpara”. En esos días llegó también el comandante Lenín Cerna y le dijo:

—Vengo a pedirte disculpas, de parte del comandante Ortega.

—Tranquilo, no hay problema —le contestó Pereira.

—¿Me podés examinar los ojos? —le preguntó Cerna.

—Claro, si ese es mi trabajo —dijo Pereira, encogiéndose de hombros.

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Lenín Cerna, exjefe de la Seguridad del Estado, dirigió la operación para encarcelar a Pereira, según el relato de la víctima. Ahora es su cliente.

Ya han pasado más de 36 años desde sus primeros días en la cárcel y las amenazas de fusilamiento. La celda pequeña que simulaba un desierto: hervía de día y congelaba de noche, donde era tanta la oscuridad que daba lo mismo tener los ojos abiertos o cerrados. Había un hueco arriba por donde caía un chorro de agua y otro abajo para hacer sus necesidades.

La optometría es el vicio más grande que tiene el doctor Pereira. En una ocasión revisó a 58 pacientes de manera consecutiva. Porque mientras hay trabajo el hombre no se mueve ni para comer. En cada consulta se demora unos 15 minutos y platica cinco más, siempre y cuando no se encuentra alguien en lista de espera. Se ha acostumbrado a escuchar y vivir tantas historias que ahora se dedica contarlas y entregar un pedacito de él a cada cliente.

De allí que recuerde el último día que pasó en prisión, después de estar 15 meses encerrado. Ya lo habían trasladado a la cárcel de Tipitapa, luego que fue condenado primero a siete años y luego a 15 años de cárcel, en los Tribunales Populares Antisomocistas.
Su número de preso fue el 200,393. Lo metieron a una celda, junto a otros 56 presos más, y compró una hamaca por tres paquetes de cigarrillos. En el piso no se podía dormir, porque estaba inundado de cucarachas y ratas.

—La cárcel es horrible, horrible de verdad —dice ahora desde su consultorio.

Decir Pereira en Managua es sinónimo de ojos, anteojos y óptica. Eso se propuso su papá desde que fundó la primera óptica hace 68 años.
“Servicio expreso, anteojos en una hora”, fue el letrero que colocó, cuando regresó a Nicaragua, después de pasar 10 años en Estados Unidos, donde sacó un posgrado y trabajó en una clínica de optometría, hasta que su papá le propuso que se regresara para ayudarlo con la óptica en Managua.

A Pereira no le enorgullece ser el oftalmólogo de todos los personajes que han pasado por su clínica. “Todos mis clientes son iguales”, dice. Le cansan más las actividades que no tienen que ver con su profesión, como el día que grabó 36 veces el anuncio:

“Visítenos, compárenos y quédese, quédese con el mejor”.

Salió de la cárcel por un indulto del comandante Daniel Ortega, donde lo liberó junto a Carlos García y Amado Peña. Esa tarde tuvo que firmar una carta de agradecimiento al Frente Sandinista por haberlo liberado. Pasaría más de un mes con el hedor a preso, bañándose tres veces al día y remojado en ambientador.

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Ernesto Espinosa ha sido el orfebre de Jaime Wheelock, Samuel Santos y Silvio Conrado. Su papá fue el joyero de René Schick y elaboró la primera medalla de la Academia de la Guardia de Somoza.

El viejo Ernesto Espinosa fue uno de los pocos joyeros artesanales de Managua. Le hacía joyas al presidente René Schick, quien lo llegaba a traer al barrio El Paraisito con los automóviles de la Presidencia. Trabajaba de manera directa con Anastasio Somoza García, a quien le elaboró el primer anillo de la Academia Militar de la Guardia, nombrada Puma, en 1947.

El hijo del viejo orfebre también lleva su nombre: Ernesto Espinosa. Hoy está en la sala de su casa con un iPad colgado a su camisa, escuchando una novela policíaca. Desde hace diez años, cuando perdió su vista, se la pasa escuchando libros con su reproductor. “He escuchado más de 6 mil libros en todos estos años. Es lo único que me queda por hacer”, dice.

Antes de perder la vista, Ernesto, de 59 años de edad, había quedado a cargo de la joyería de su papá, que en su mejor momento les dio empleo a más de 30 personas. Hoy la empresa familiar se ha visto reducida a un minitorno, una laminadora, una fresadora, dados, pinzas y mechas, que conserva en un pequeño taller de su casa, donde hace trabajos de joyería con la ayuda de su hijo.

—Él pone los ojos y yo el conocimiento —dice Ernesto, desde su mecedora.

Espinosa fue por muchos años el joyero de Jaime Wheelock, uno de los nueve comandantes de la revolución sandinista. La suegra del comandante, Nora Cardenal de Castro, era asidua cliente de Espinosa. En una ocasión Wheelock le encargó hacer un monograma, que son letras grabadas en un juego de cucharas de plata.

“A todos mis clientes siempre les cumplo con calidad”, dice Espinosa. Sin embargo, un día la esposa de Samuel Santos, excanciller de Nicaragua, también hija de Nora Cardenal de Castro, le pidió que le reparara una joya que ella le había comprado a su mamá. “Tenga mucho cuidado”, le dijo.

Espinosa nunca había reparado una joya de esa calidad, pero aceptó el reto. “La joyería es inmensa, y hay cosas que en ese tiempo no dominaba”, dice. Cuando utilizó el soplete para reparar la avería, de inmediato miró cómo la cadena se achicharraba. “Ay Dios mío y ahora que le digo a esta mujer”, pensó.

El joyero le explicó lo que había pasado y a diferencia del reclamo que pensó, la señora le respondió riéndose: “Tranquilo, ahí deje eso, al saber qué prendas de mala calidad anda vendiendo mi mamá”. Espinosa después supo que las joyas eran de plástico bañadas en oro y fue por eso que se quemaron al instante.

“No es por menospreciar, pero en este negocio yo he visto que los que reclaman son los palmados, la gente que tiene plata no lo hace”, dice.

Espinosa ha hecho infinita cantidad de trabajos en toda su vida, pero sin duda el más caro fue un encargo de Miriam de Conrado, esposa de Silvio Conrado, director por Nicaragua del Banco Centroamericano de Integración Económica.

El encargo de Miriam de Conrado fue un collar de oro de 18 quilates, con varias bolas gruesas alrededor y una más grande en el centro, que pesaba 220 gramos. “No puedo sacar la relación de los precios en la actualidad, pero sé que son varios miles de dólares”, dijo Espinosa.

El otro trabajo fue una caja de soporte de oro de un anillo de diamante que la señora había comprado a un familiar de Somoza Debayle. “Doña Miriam quería que le hiciera un trabajo para que el diamante no se notara tan grande. Yo hice lo que pude, pero era mentira e imposible que el diamante resaltara”.

Cada vez le quedan menos clientes a Espinosa. Luego de perder la vista, las personas desconfían que siga haciendo los trabajos con la misma calidad. Antes era diferente, los clientes lo buscaban incluso muchas décadas después. Como fue el caso de Macario Estrada, representante legal de la Presidencia de Enrique Bolaños, quien llegó 20 años después a la joyería para encargarle que le elaborara una faja de un Rolex Presidente, valorada en más de 30 mil dólares.

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Varios personajes de la vida religiosa, política y militar de Nicaragua que se han cortado el pelo con Luis Morales.

A Luis Morales no le tiembla la mano. A pesar de que al hombre que está afeitando casi todo el país lo quiere ver muerto. Sin apoyo de Estados Unidos y acorralado por varios flancos, le quedan pocos días para huir del país y que triunfe la revolución.

—Me gusta cómo me quedó, Lucho —le dice.

—A sus órdenes, general —contesta Luis Morales.

Una vez por semana lo afeitaba. En plena guerra lo miraba los jueves por la mañana. Iba escoltado por un carro de guardias. Al anterior barbero lo habían matado y a él lo tenían que cuidar. Afeitar a Anastasio Somoza Debayle era difícil en aquel momento, sumado a que el hombre había sufrido un infarto y un derrame que le dejó la boca de lado y el bigote se le viraba.

En una hermosa terraza al aire libre estaba desayunando Anastasio Somoza Debayle. Ahí recibía a Morales, vestido de camiseta, pantalón holgado y chinelas.

—Lucho, vení comé conmigo, porque un hombre con hambre no puede trabajar bien —le decía.

“Seguramente tenía miedo que le volara el bigote”, dice Morales, quien asegura que un lado del bigote le costaba más que el otro, de tal manera que lo centraba y le quedaba bien.

Morales dice que miró cuando el teléfono rojo sonó y a Somoza Debayle se le descompuso la cara, cuando el presidente de Estados Unidos, Jimmy Carter, le negó el último embarco de armamento. Eran sus últimos días y lo último que le dijo fue: “Lucho, ahí te voy a mandar a llamar”. Sin embargo, Morales “sabía que si me quedaba un rato más me iba junto con él”.

El final que tuvo Guillermo Álvarez, el anterior barbero de Somoza, era lo que temía Morales.

“Guillermo Álvarez, barbero del presidente de Nicaragua, fue asesinado el jueves en Managua, la capital, por elementos que se identificaron como miembros del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). Era diputado perteneciente al Partido Liberal Nacionalista (PLN), en el poder. También fue barbero del fallecido expresidente Luis A. Somoza y del también fallecido presidente, doctor René Schick Gutiérrez”, citaba la nota informativa del diario El País, el 26 de mayo de 1979.

Por eso el día que Gustavo Montiel le propuso ser el barbero del dictador, lo único que dijo: “Acepto, pero no me hagan diputado”. Morales asegura que cuando Somoza le preguntaba qué decía la gente en las calles él respondía: “La gente no está contenta con usted, general”. “Me gusta que me digás la verdad, Lucho”, respondía el dictador.

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El cardenal Miguel Obando y Bravo es el cliente más antiguo de Luis Morales

Una silla de cuero rojo con el espaldar pequeño. De una silla como esta se cayó de espaldas el cardenal Miguel Obando y Bravo. “¡A la puta, ya maté al cardenal!”, dijo Morales, quien de inmediato quiso levantarlo. Pero el hombre de un salto, pum, se puso de pie en cuestión de segundos.

—¡Chocho cardenal! ¿Usted jugó futbol, verdad? —le dijo Morales, después del susto.

—¡Claro! Yo siempre he sido deportista —le contestó.

—Sí, porque lo miré que se cayó como que si estuviera haciendo una chilena —le dijo Luis, mientras estallaban las carcajadas.

Entre bromas, chistes y anécdotas, el cardenal le preguntaba a Morales sobre cómo miraba la situación política del país. “Yo siempre le contestaba la verdad. Le decía lo que miraba y cómo lo miraba a él. Claro que nunca me refería mal de él porque era mi amigo y cliente de años”, dice.

Lo que sí le contaba el cardenal eran las anécdotas de niño, de cómo salía todos los días de la comunidad El Naranjito hacia Juigalpa para estudiar donde las beatas. Caminaba cinco kilómetros de ida y regreso bajo sol o lluvia.

Morales dice que el cardenal quería ser de la orden Jesuita pero poco después desistió al ingresar al colegio Salesiano. El religioso le dijo a Morales que los periódicos habían falseado la historia de que él entró en mula a Managua, cuando recibió la orden del Vaticano en realidad estaba trabajando en El Salvador.

A simple vista Morales puede saber si el pelo fue cortado con tijeras o máquina. Ya no le corta el pelo personalmente al cardenal. Un nieto de él es quien lo hace y va cada tanto a la casa del religioso para brindarle el servicio. “Me dicen que pregunta por mí, porque a él le gustaba hablar conmigo. Pero ya los dos estamos viejos y ni él puede venir, ni a mí me gusta ir hasta su casa”, dice.

Además de los hermanos Anastasio y Luis Somoza Debayle, Morales le ha cortado el pelo a otros presidentes: René Schick y Enrique Bolaños, de Nicaragua; Miguel Ydígoras Fuentes, Guatemala (1958-1963) y Gustavo Díaz Ordaz, México, ambos cuando se hospedaron en el Gran Hotel, donde trabajaba como barbero.

Siguen llegando a la barbería el mayor del Ejército, Adolfo Cepeda y el jefe del Ejército, Julio César Avilés. El magistrado Francisco Rosales y los padres Neguib Eslaquit y Joselito. También le cortó el pelo a Humberto Ortega y Tomás Borge. “Pero esos jodidos registraban a las casas de los vecinos, porque andaban histéricos por una conspiración en su contra”.

Después del triunfo de la revolución, un batallón de mujeres, comandada por Mónica Baltodano, llegó hasta la barbería. “Este señor, mientras nuestros combatientes estaban muriendo y sufriendo, le volaba las barbas al general Gustavo Montiel y Anastasio Somoza Debayle”, dijo Baltodano, con un grupo nutrido de personas que se aglomeró por el fervor revolucionario.

“Ustedes conmigo no están haciendo nada. Vayan y prueben que yo tengo prebendas o regalías del somocismo”, contestó Morales al grupo de mujeres, que después de varios minutos de gritos, dejó en paz al dueño de la barbería.

A la barbería entra Carlos Velásquez, un señor de 75 años de edad con escaso pelo blanco. “Carlitos”, como le dice Morales, camina despacio, como cuidando de no manchar el ladrillo. Se sienta y Morales le coloca el delantal. “Aunque no creás es difícil cortarle el pelo a los pelones”, dice Morales, sonriendo, y agrega: “Primero hay que encontrarle el pelo y después hay que cortarlo”.

Con los pelones debe haber sutileza. Por ejemplo, con el presidente Enrique Bolaños, trataba de dejarlo como que si ni la tijera le metiera, como si nunca se cortara el pelo y luciera impecable. “Aunque no tengan pelos, se le hacen las patillas, el arco y una respectiva terapia de lengua. Hay que enamorarlos”, dice, con las tijeras en las manos.

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UN PELUQUERO DE ALTO RANGO

René Sánchez, 68 años, es peluquero desde los 17 años. En 1980 empezó a trabajar para el Ejército Popular Sandinista y diez años más tarde regresó a su casa, donde atiende en su humilde barbería “René”.

Con 51 años en este oficio, René Sánchez conoció las tacañerías de Tomás Borge, fue motivo de un ataque de histeria de la esposa de Humberto Ortega y estuvo presente durante un ataque de rabia de la primera dama Rosario Murillo. Este trabajo le ha dejado muchos amigos y enemigos. Tantos buenos recuerdos como sinsabores.

Según un reportaje de Magazine, en 2012, la desgracia de don René comenzó un día que le cortaba el pelo a Daniel Ortega, y su esposa Rosario Murillo llegó a indicarle cómo quería que se lo cortara. “Yo iba a su casa a cortarle el pelo a sus hijos. Hasta le hacía mascarillas y le sacaba las espinillas a Zoilamérica. Muy linda y tranquila la muchacha. Pero aquel día se acabó todo”. Mientras le colocaba la gabacha a Daniel Ortega, le preguntó cómo quería su corte. “¿Como su señora me dijo o como se lo corto siempre jefe? Eso fue lo que pregunté. El hombre me dijo que como siempre y eso hice”.

“Cuando ella llegó y lo vio se puso furiosa. Me reclamó, me gritó. No dije nada y lo miré a él, esperando una repuesta. Suponiendo que iba a decirle a algo, a intentar calmarla… ¿pero sabe qué? ¡Ahí la que manda es ella! Yo esperaba que él como hombre respondiera, diera la cara. Pero qué va. Esa mujer es una fiera. Nunca más me volvieron a llamar”.

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