Costa Rica: un país sin ejército

Reportaje - 14.01.2019
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Uno de los mayores motivos de orgullo de Costa Rica es haber sido uno de los primeros países del mundo en abolir el Ejército. ¿Qué han ganado los costarricenses desde que
perdieron la fuerza militar?

Por Amalia del Cid

Existe en Costa Rica una frase que los ticos aman. La dijo un político japonés de nombre Ryoichi Sasakawa en una de sus visitas a ese país y hoy se repite con orgullo en todos lados: “Dichosa la madre costarricense que sabe que su hijo al nacer jamás será soldado”.

La frase adorna artículos periodísticos, comentarios en redes sociales, discursos políticos y monumentos a la paz. En junio se la ve con frecuencia, porque es perfecta para la fiesta del Día Internacional del Niño, pero cobra mayor relevancia cuando inicia diciembre y los costarricenses celebran un año más sin tener un cuerpo militar.

El pasado primero de diciembre los ticos llegaron a otro número redondo: cumplieron siete décadas sin ejército. Y en las cuentas que hicieron sus economistas se confirmó que a largo plazo la decisión de eliminar las fuerzas armadas solo ha significado beneficios. Y también a corto y mediano plazo.

Tras la abolición del ejército, dicen los conocedores, dinero que antes se destinaba a la adquisición de armamento pudo invertirse en educación, salud y otros campos estratégicos para el desarrollo del país. Al parecer los números no los desmienten. De no haberse tomado la decisión de eliminar las fuerzas militares, para el año 2010 el ingreso per cápita de los ticos habría sido un 40 por ciento menor, según un estudio que la Universidad de Costa Rica publicó en noviembre de 2018.

La decisión que hoy llena de orgullo a los costarricenses fue tomada a lo interno de la Junta Fundadora de la Segunda República, presidida por José Figueres Ferrer, ocho meses después del fin de la guerra civil de 1948. Una guerra corta pero sangrienta que partió en dos la historia de Costa Rica.

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Cuando José Figueres Ferrer anunció la abolición del ejército, las fuerzas armadas solo tenían 300 soldados. Era más práctico eliminar un ejército inútil que invertir recursos en reforzarlo. El dinero fue destinado a educación.

Antes de la guerra de 1948 —un levantamiento armado que los más románticos prefieren llamar “revolución”— el ejército de Costa Rica ya se encontraba en decadencia. En la segunda mitad del siglo XIX había intervenido en la esfera política a través de cuartelazos y golpes de Estado, pero en la década de los cuarenta ya no era una institución importante, señala David Díaz Arias, director del Centro de Investigaciones Históricas de América Central de la Universidad de Costa Rica.
De hecho, dice el catedrático, dejó de serlo a partir de 1870, exceptuando la dictadura militar de Federico Tinoco Granados, que en enero de 1917 llegó al poder a través de un golpe y ahí logró quedarse hasta agosto de 1919.

Sucedió que “desde finales del siglo XIX, Costa Rica comenzó a invertir más en educación que en el ejército”, señala Díaz Arias. Es decir, la apuesta por la educación no fue una estrategia adoptada luego de la eliminación del ejército, sino una de las razones que condujeron a ese escenario.

Mientras más se invertía en educación, más decrecían las fuerzas armadas. El catedrático costarricense lo explica así: “En 1864 la población alfabetizada del país era de apenas 38.4 por ciento en áreas urbanas y de solo 10.5 por ciento en áreas rurales. En cambio, en 1927 la población alfabetizada mayor de 9 años era de 85.7 por ciento en las urbes y de 66.8 por ciento en las zonas rurales. En contraste, al inicio del siglo XX el ejército comenzó a decrecer y siguió decreciendo hasta 1948. En 1914 eran mil soldados (eran 5 mil en 1856) y en 1948 apenas 300”.

Debido a esa tendencia, afirma, cuando el ejército tico fue eliminado ya “era una institución inservible”, aunque “en términos institucionales, la abolición hizo que la institucionalidad democrática de Costa Rica siguiera guiándose por las vías legales”. Sin embargo, dice Díaz Arias, posiblemente el país iba a seguir caminando hacia el establecimiento de la democracia, incluso si conservaba sus fuerzas militares.

A su juicio, la abolición sirvió como “una gran propaganda que además ayudó a que Costa Rica fuera considerada un bastión de la democracia y recibiera apoyo estadounidense muy directamente, en particular durante la década de 1980”.

Federico Tinoco Granados, dictador costarricense.

A las razones que el historiador señala, se suma el desprestigio que el ejército tico ganó a montones durante el gobierno tiránico de Federico Tinoco Granados. Antes de que este militar ascendiera a la Presidencia, pese a los avances en el campo de la educación, las fuerzas armadas se mantenían “como un instrumento de dominación de segundo orden” y fue Tinoco quien las llevó “a la cúspide de su poder” y también a su caída, afirma el libro La abolición del ejército en Costa Rica.

Desde su cargo de ministro de Guerra y apoyado por un grupo de militares, Tinoco se convirtió en el representante de los banqueros y cafetaleros afectados por las reformas de Alfredo González Flores, presidente desde 1914. No querían en el gobierno a un hombre que ponía impuestos, así que la mañana del 27 de enero de 1917 dieron un golpe de Estado tomándose los dos principales cuarteles de San José.

Una vez en el poder, Federico convirtió a su hermano Joaquín en el omnipotente ministro de Guerra, a cargo de las armas, y de exceso en exceso juntos lograron destruir en 30 meses lo que quedaba del antiguo prestigio del ejército.

Para la historiadora costarricense Astrid Fischel, ese “desprestigio de la institución militar” fue “uno de los factores más importantes” para su pérdida de poder social. Así lo expone en su tesis Educación y consenso: la reforma educativa en el desarrollo socio-político costarricense.

No era para menos. El régimen de los Tinoco parecía estarse esforzando para convertir al ejército en una institución odiada. Amordazaron a los periodistas que criticaban al gobierno, crearon un cuerpo de espionaje, intentaron establecer de nuevo la ya abolida pena de muerte; atentaron contra la libertad de reunión y persiguieron a sus opositores.

Cuando la dictadura acabó, con Joaquín asesinado y Federico en el exilio, “la funesta experiencia de haber tenido un gobierno respaldado por los militares con un ejército muy organizado, con buen armamento y otros pertrechos de guerra, dejó un sabor amargo en el costarricense y por sobre todo se vio el desprestigio y los desaciertos cometidos por los militares”, apunta Ana Luisa Cerdas, autora de la Abolición del ejército en Costa Rica.

A pesar de todo, dice la historiadora, el ejército todavía “mantuvo una posición privilegiada dentro de la administración pública del país hasta más o menos el año 1921” y en ese periodo su presupuesto significó “una buena parte del gasto nacional, aun por sobre el gasto de la educación pública”.

Desde ese año, 1921, la educación empezó a ganar la partida en materia de inversión. Esto obedeció a su triste papel durante la dictadura tinoquista, considera Cerdas, y también a que inició “un periodo de gobiernos de más tradición civilista y también con un fuerte carácter paternalista”.
Las condiciones para la eliminación del ejército estaban casi servidas.

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Federico Tinoco Granados llevaba apenas año y medio en el exilio cuando otro conflicto les robó la tranquilidad a los costarricenses. Esta vez el problema llegaba del exterior, por una escaramuza fronteriza con Panamá que al día de hoy ambos países cuentan a su manera.

La Guerra de Coto o Batalla de Coto se desarrolló entre el 21 de febrero y el 5 de marzo de 1921 y puso a prueba la capacidad de respuesta del ejército costarricense. El conflicto limítrofe estalló cuando una expedición liderada por el coronel tico Héctor Zúñiga Mora ocupó la localidad de Pueblo Nuevo de Coto, un caserío en las márgenes del río del mismo nombre que en aquel entonces pertenecía al distrito de Alanje, en la provincia panameña de Chiriquí.

Como sucede cuando hay peleas por territorio, el caso de Coto incendió el nacionalismo tico y también el de los panameños, que se consideraban invadidos. En Costa Rica se organizaron fuerzas regulares y voluntarias y en Panamá se prepararon para repeler a los costarricenses. Al cabo, los canaleros ganaron la batalla y los ticos pusieron los muertos. Fueron “cerca de 45 fallecidos”, de acuerdo con el historiador Rafael Méndez, entrevistado en 2015 por el programa tico Informe 11.

Sin embargo, aunque Panamá ganó la guerra en el campo militar, Costa Rica se quedó con el territorio disputado porque venció en la batalla diplomática, sostuvo Méndez. El conflicto terminó cuando Estados Unidos entró en escena para exigir a ambos países el cese de las hostilidades y, bajo el Fallo White, presionó a Panamá para que cediera el territorio de Coto.

El episodio de esta guerra es importante en el tema que nos ocupa porque esa derrota militar hizo que el ejército tico rodara varios peldaños más en el camino hacia su abolición.

“Esta guerra evidenció que aunque el fin primordial de un ejército es la defensa de la soberanía nacional, en nuestro caso no cumplió con este cometido, resultando incapaz de enfrentar un evento de esta magnitud, por su escaso armamento y preparación castrense”, afirma Ana Luisa Cerdas en su libro. Las fuerzas militares fueron tan ineficaces, asegura, que “Guatemala cooperó con armas y el grueso de los combatientes se reclutaron entre los civiles o gente del pueblo”.

1 de diciembre de 1948. Día de la abolición del Ejército de Costa Rica.

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La guerra que dio un vuelco a la historia de Costa Rica se decidió por ocho votos. Con 27 votos contra 19, el lunes 1 de marzo de 1948 el Congreso tico (de mayoría oficialista) anuló las elecciones presidenciales que semanas antes había ganado Otilio Ulate Blanco, el candidato opositor que enfrentó en las urnas a Rafael Ángel Calderón Guardia, candidato y caudillo del gobernante Partido Republicano.

“Esos ocho votos fueron el primer dominó que movió las fichas para que, solo unos días después, Costa Rica viviera su primera —y única, hasta la fecha— guerra civil”, sostiene el periodista costarricense Danny Brenes, en el artículo La guerra de 1948 partió en dos nuestra historia, publicado por La Nación en marzo de 2017.

El entonces presidente Teodoro Picado era un hombre culto, de gran inteligencia y mejor memoria, que sin embargo carecía de toda habilidad para gobernar y más bien se desempeñaba como títere de Calderón Guardia, de acuerdo con las descripciones que dejaron escritas quienes lo conocieron en la arena política. Poco antes de las elecciones presidenciales de 1948, este mandatario había creado el Tribunal Supremo de Elecciones (TSE) y fue precisamente ese tribunal el que declaró triunfador a Ulate Blanco, con una diferencia de diez mil votos ante Calderón Guardia. Los calderonistas, sin embargo, no estaban dispuestos a aceptar el resultado y alegaron fraude.

Al día siguiente, relata Brenes, “los comunistas (que apoyaban a Calderón Guardia) se lanzaron a la calle a protestar contra el resultado, asegurando que era necesario repetir los comicios por fraude. Tres semanas más tarde, tras una acalorada discusión, la Asamblea Legislativa —que debía aprobar la decisión del TSE— determinó que era necesario repetir las elecciones”.

Esa fue la enorme gota que colmó un vaso que se había venido llenando a lo largo de “una década de tensiones y choques ideológicos”. Estalló, pues, la guerra, y duró 44 días, del 12 de marzo al 24 de abril.

En ese contexto bélico ascendió la figura del hombre que se convertiría en el más célebre de los presidentes costarricenses y pondría fin al ejército de Costa Rica: José Figueres Ferrer o Don Pepe, como de cariño lo llaman los ticos.

José Figueres Ferrer

José Figueres Ferrer era un “rico finquero de ojos azules” que se había dedicado a la producción de sacos y cordeles de cáñamo; un hombre bajito que apenas disimulaba su corta estatura usando “altísimos tacones”, pero que miraba “muy lejos en los asuntos políticos de América Central”, lo describió en 1956 el escritor peruano Genaro Carnero Checa.

Para él, la revolución que “el rico finquero de ojos azules” encabezó en 1948 a favor de Ulate Blanco y en contra del gobierno de Picado fue un modelo “de cálculo y oportunidad”. “Nadie lo conocía (a Figueres Ferrer) hasta entonces y se convirtió de la noche a la mañana en un líder popular”.

En realidad, en años pasados Figueres ya había dado un poco de qué hablar. A las 7:00 de la noche del 8 de julio de 1942, cuando aún era un desconocido empresario, se sentó ante el micrófono de la Radio América Latina y pronunció un discurso criticando las irregularidades del gobierno de Calderón Guardia.

“El caso es que mis peones no tienen maíz, pero disfrutamos de un decreto que fija el precio a un colón el cuartillo. Pónganlo a diez céntimos si la cuestión es de decretos y lo tendremos más barato. Lo que ignora el gobierno es que ¡con decretos no se hacen tortillas! Mis peones no tienen zapatos, ni sábanas limpias, ni leche para sus niños, pero el Seguro Social les garantiza una vejez sin privaciones. Señores del Gobierno: ¡acabemos la comedia, asegúrenles a los costarricenses un buen entierro y déjenlos morir de hambre!”, exclamó José Figueres Ferrer, quien por entonces todavía no era Don Pepe.

Y aún prosiguió: “Yo no vengo aquí a llorar calamidades ni a mortificar por placer sadista a los hombres del gobierno, ni a censurar actuaciones ineptas que no tengan, a mis ojos, remedio...”.

Pero no pudo exponer cuáles eran, a su juicio, las soluciones. La Policía entró a la emisora y se lo llevó preso. Cuenta el portal-biblioteca El Espíritu del 48, que Figueres alcanzó a decir:

“¡Me mandan a callar con la Policía. No podré decir lo que creo que debe hacerse, pero resumo en pocas palabras: ¡Lo que el gobierno debe hacer es irse!”

Cuatro días más tarde, Figueres fue obligado a irse al exilio y volvió a su país dos años después, cuando Teodoro Picado llegó al poder y le permitió regresar. Entonces se unió a las fuerzas opositoras y en 1948, tras la anulación de las elecciones presidenciales, organizó a un grupo de costarricenses que conformarían el movimiento revolucionario de Liberación Nacional y se alzó en armas en “La lucha sin fin”, la finca que fundó en 1928.

Figueres ganó la guerra e inmediatamente el país quedó a cargo de una Junta de Gobierno presidida por él. Este gobierno provisional se quedó en el poder durante 18 meses para fundar lo que se conoce como la Segunda República, con cambios que al día de hoy conforman la base de la sociedad costarricense.

Uno de ellos fue la abolición ejército, decisión que además de eliminar a una fuerza militar en plena decadencia y concentrar el presupuesto en mejores inversiones, serviría para sanar a un pueblo que “quedó resentido”, señala Brenes, de La Nación, en el artículo El último día del ejército tico.
Así, en la mañana soleada del miércoles 1 de diciembre de 1948, José Figueres Ferrer entregó las llaves del Cuartel Bellavista para que fuera convertido en Museo Nacional y en un acto simbólico le dio unos mazazos a una pared del otrora cuartel militar.

“La Junta Fundadora de la Segunda República declara oficialmente disuelto el Ejército Nacional, por considerar suficiente para la seguridad de nuestro país la existencia de un buen cuerpo de policía”, expresó en la ceremonia. “Los hombres que ensangrentamos recientemente a un país de paz comprendemos la gravedad que pueden asumir estas heridas y la urgencia de que dejen de sangrar”.

Aunque, según el catedrático David Díaz Arias, todavía tuvo que pasar una década para “una desmovilización real de los militares”, las bases estaban sentadas. Costa Rica había decidido que no necesitaba un ejército y el tiempo le dio la razón.

Aniversario setenta de la abolición del ejército tico. Excombatientes de la guerra de 1948. Foto/ EFE

La guerra de 1955

Tras la abolición del ejército tico en 1948 y su ratificación en 1949, Costa Rica todavía tuvo que enfrentar algunos conflictos armados. El más recordado es el de enero de 1955, cuando Rafael Calderón Guardia invadió territorio costarricense con la colaboración de Anastasio Somoza García.
Esa fue “la última vez que en Costa Rica se intentó cambiar el rumbo político a fuerza de balazos, y los pacíficos costarricenses, con armas en mano, no lo permitimos”, asegura el articulista Gonzalo Páez Montalbán, quien a los 18 años de edad participó en la defensa del territorio tico.

Lo asignaron al área de patrullas y se recuerda a sí mismo sentado en la incomodidad de la parte trasera de un pequeño vehículo convertido en carro militar. Después de recibir un “curso militar avanzado y relámpago” le pusieron en las manos una ametralladora Beretta calibre 38 y en las siguientes semanas fue militar.

No es que los costarricenses sean pacifistas, afirma hoy. La historia ha demostrado lo contrario una y otra vez. Lo que sucede, dice, es que para bien y para mal los ticos son “obsesivamente institucionalistas”, producto de que el país ha sido cultivado “por gentes de agricultura, letras, ciencias y leyes y no por militares descerebrados ni políticos de oficio y ocasión”.

Según los historiadores, esta foto fue tomada en mayo de 1971, cuando José Figueres Ferrer visitó Nicaragua para congraciarse con Anastasio Somoza Debayle, el hijo de su enemigo, Somoza García. Foto: Archivo del historiador Bayardo Cuadra

 

Enorme gasto en seguridad

Que Costa Rica no tenga ejército no significa que no invierte en Seguridad Pública. En 2014 el monto de su gasto en seguridad, que incluye a la Policía, era de unos 900 millones de dólares (cerca del 2 por ciento de su PIB), según una investigación de la Red de Seguridad y Defensa de América Latina (Resdal), publicada por la BBC en junio de 2015. Mientras que el Instituto International de Estudios Estratégicos (IISS) ubicaba en 600 millones de dólares el gasto tico y en 700 millones el de Panamá, que tampoco tiene ejército.

En el artículo de la BBC la Resdal asegura que, en comparación, para 2014 Nicaragua invertía en defensa una cifra que apenas llegaba los 107 millones de dólares, equivalentes al uno por ciento del PIB.

Costa Rica invierte enormes sumas en seguridad pública, que incluye a la Policía. FOTO/ ARCHIVO

Así ha cambiado la economía tica

En el aniversario setenta de la abolición del ejército costarricense, una investigación de la Universidad de Costa Rica (UCR) calculó el impacto de esa decisión en su economía. La Nación destaca el estudio en el reportaje: ¿Cuál sería el ingreso per cápita de los ticos si no se hubiera eliminado el Ejército?

“Luego de realizar cálculos y de revisar la historia latinoamericana de mediados del siglo XX, los economistas Alejandro Abarca y Suráyabi Ramírez concluyeron que la eliminación de las fuerzas armadas, en 1948, permitió aumentar el crecimiento de la economía y la inversión estatal en sectores estratégicos, a partir de los años 50”, señala La Nación.

Según el estudio, si el ejército no hubiera sido eliminado, para el año 2010 el ingreso per cápita de los habitantes de Costa Rica habría sido un 40 por ciento menor que el que se registró en la realidad. Es decir, en vez de 15,800 dólares anuales, el indicador habría llegado apenas a 9,342 dólares.

Los expertos consideran que, de haberse mantenido el ejército, se habría frenado el desarrollo del país. “Antes del 50, Costa Rica estaba creciendo muy mal, tenía una de las tasas de crecimiento más bajas de toda Latinoamérica, pero después de la abolición, se mantuvo durante 60 años como la segunda economía con la tasa de crecimiento más alta”, señaló Abarca a La Nación.

Para los especialistas, la desaparición de las fuerzas armadas propició la estabilidad necesaria para consolidar la seguridad social y las garantías laborales y aumentar la inversión en salud y educación.

Países sin ejército

Panamá tampoco tiene fuerzas armadas. Sin embargo, junto con Costa Rica, posee la mayor inversión en seguridad pública de la región centroamericana.

En el mundo más de 20 países carecen de fuerzas armadas. Algunas fueron abolidas recientemente y otras simplemente nunca fueron constituidas. Estos son algunos de los países sin ejército.

Costa Rica: Se trata del país de mayor población en el mundo que no posee ejército. Fue abolido el 1 de diciembre de 1948 por el entonces presidente José Figueres, quien en un acto simbólico dio un mazazo al muro del cuartel —ahora el Museo Nacional de Costa Rica— y dio por erradicadas las fuerzas armadas costarricenses. La decisión significó para el país centroamericano un incremento en el crecimiento anual promedio del Producto Interno Bruto (PIB) de casi un punto porcentual entre 1950 y 2010, además de triplicar su cobertura educativa y sanitaria.

Panamá: Las fuerzas armadas panameñas fueron abolidas después de la invasión de Estados Unidos en 1989, que derrocó a la dictadura militar de Manuel Antonio Noriega. Hoy Panamá es una nación pacífica con el mayor crecimiento económico de América Latina. Además, en 1994, una enmienda constitucional posterior en Panamá prohibió para siempre la creación de un ejército permanente, explica la BBC.

El Vaticano: Este pequeño país ubicado dentro de la ciudad italiana de Roma, está protegido de cualquier invasión por el ejército de Italia. Aunque en el Vaticano existe la Guardia Suiza Pontificia —conformada aproximadamente por 100 hombres— esta se encarga únicamente de la seguridad del papa.

Islandia: Si bien este país nórdico aún es miembro de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte), renunció oficialmente a sus Fuerzas Armadas en 1859. Cuenta con Policía, guardacostas, fuerzas pacificadoras expedicionarias y hasta una unidad policial especial para casos específicos. La defensa militar de Islandia en caso de un ataque es responsabilidad de Estados Unidos; por ello el país norteamericano incluso mantuvo una base de su ejército en este país durante más de 50 años. Islandia tiene una de las tasas de homicidios más bajas del mundo, es considerado el país más amigable para los inmigrantes y en 2018 ocupó el primer lugar del Índice Global de la Paz.

Otros países sin ejército son Mauricio, Samoa, Curazao y Andorra.

Ejército de Nicaragua

En Nicaragua el Ejército tiene, en teoría y en tiempo de paz, las misiones de brindar ayuda humanitaria, atender desastres y realizar patrullaje en las zonas fronterizas, entre otras. El Jefe Supremo del Ejército de Nicaragua es el presidente de la república. FOTO/ ARCHIVO

El Ejército de Nicaragua apareció en la década de los noventa cuando se implementó un proceso de profesionalización que implicaba eliminar la subordinación política de las fuerzas armadas al Frente Sandinista. El resultado fue la publicación del Código Militar que en 1994 convirtió al Ejército Popular Sandinista, fundado en 1979, en el Ejército de Nicaragua.

No obstante, pese a que el nombre cambió, actualmente el Ejército se muestra vinculado al partido de gobierno e incluso coloca banderas rojinegras durante actos oficiales.

Antes del Ejército Popular Sandinista había existido la Guardia Nacional, que funcionaba como un cuerpo militar a las órdenes de la familia Somoza y que incluso protagonizó invasiones armadas a territorio costarricense.

Daniel Ortega Saavedra e n un abrazo con el general Julio César Avilés, comandante en jefe del Ejército de Nicaragua. En nuestro país el Ejército no es solo un poder militar, también es un poder económico. FOTO/ ARCHIVO

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