Crónicas de 1908

Reportaje - 01.11.2009
Walter Le Lehmann

Hace más de un siglo un explorador alemán cruzó la mitad del mundo y llegó a Nicaragua.
Las fotos, postales y diarios que dejó tras su inesperada muerte, sobrevivieron los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial y son ahora un testimonio único de nuestra historia

Luis E. Duarte

Fotos de LA PRENSA Cortesía/Propiedad del IAI-PK

Walter Lehmann era hijo del abogado berlinés Gustav Lehmann, tuvo una educación privilegiada y la vida destinada a las familias burguesas de la época prusiana y su heredera, la República de Weimar, pero abandonó su carrera de médico poco después de graduarse.

Su verdadera pasión estaba más allá de los hospitales, en lo más profundo de él vivía un explorador y decidió buscar un horizonte nuevo a su vida, después de escuchar las maravillas de los imperios mexicanos en el Nuevo Mundo.

La historiadora María Dolores Torres sostiene que Lehmann durante una conferencia en Berlín quedó tan fascinado de la cultura mexicana y los descubrimientos del letrado Eduard Georg Seler que decidió colaborar tiempo completo con quien llegaría a ser su mentor, el director del Museo Etnológico de Berlín.

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Seler era un erudito de mucha reputación y se había convertido en uno de los primeros americanistas de Alemania y por esto el discípulo no podía competir con sus investigaciones en México y prefirió profundizar los estudios de las culturas centroamericanas y sus lenguas nativas originales, sobre todo aquéllas que estaban desapareciendo.

En 1907 recibió finalmente la oportunidad de emular a su maestro y emprender una gran aventura. Los museos de Berlín, Munich y Hamburgo, con financiamiento del duque francés Florimond de Loubat, le ayudaron a organizar su primer viaje a Centroamérica para investigar las lenguas indígenas y mejorar sus colecciones arqueológicas.

La empresa duró tres años y lo traería a Nicaragua, donde pasó gran parte de este tiempo. Unos sesenta años antes habían viajado coterráneos suyos como Wilhelm Marr, Wilhelm Heine y Julius Fróbel.

El primero era un periodista, anarquista y racista que vino en 1854; el segundo fue un pintor y dibujante que publicó en el Illustrierte Zeitung de Leipzig imágenes de Nicaragua, mientras el tercero era geólogo y periodista.

Sin embargo, quienes más inspiraron al médico fueron las descripciones de volcanes de Karl Sapper y sobre todo los relatos de un diplomático y antropólogo neoyorquino llamado Ephraim George Squier, quien había invitado a Heine a hacer la travesía por la ruta transatlántica nicaragüense.

Lehmann conservaba la primera edición de Nicaragua: Its People, Scenery, Monuments, como un gran tesoro. El libro impreso en 1852 estuvo con Lehmann en el país. Una y otra vez anotaba comentarios sobre los bordes de las hojas y durante su recorrido por los mismos escenarios de Squier apuntó las fechas de sus encuentros con el mundo descrito por el viajero seis décadas antes.

La historiadora Torres vio que en la biblioteca del Instituto Iberoamericano de Berlín están resguardados el libro con las notas en una caja fuerte y bajo dos llaves.

La Estación de Managua era la terminal de carga y pasajeros para las carretas, fotografiados por Georg Schmidt probablemente entre 1901 y 1903.
La Estación de Managua era la terminal de carga y pasajeros para las carretas, a orillas está el muelle y a la izquierda se observa uno de los vapores que viajaba al Puerto Momotombo, fotografiados por Georg Schmidt probablemente entre 1901 y 1903.

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Lehmann era un coleccionista y no le bastó recoger palabras en lengua indígena, también envió al viejo mundo objetos arqueológicos, compró postales e hizo fotos de sus viajes, imágenes de Nicaragua, muchas de ellas desconocidas hasta hoy.

María Dolores Torres, quien estuvo en Berlín y tuvo acceso a los archivo de Lehmann del Instituto Iberoamericano, encontró una amplia colección de imágenes de Costa Rica, Nicaragua, El Salvador y Guatemala, con algunas pocas de Honduras, así como los diarios y cartas del médico, etnólogo, antropólogo y lingüista que parecía más un científico del renacimiento por su conocimiento enciclopédico.

El explorador estuvo en el país durante el gobierno del liberal José Santos Zelaya, entró por San Juan del Sur, pasó a Solentiname y de ahí a Zapatera, Ometepe y Granada navegando por el lago.

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Visitó Masaya y Nindirí, estuvo en León, Matagalpa, Jinotega, Bocay, Río Coco, Bluefields y en el río San Juan.

El diario El Comercio publicó una entrevista con el científico el 18 de noviembre de 1908 donde destaca el apoyo del Gobierno a la empresa del alemán y menciona los lugares que visitaría.

Compró postales a Guillermo Alaniz, uno de los primeros fotógrafos de Nicaragua, quien murió joven y cuya viuda vendió su estudio a la familia Cisneros, también adquirió postales y fotos de George Schmidt.

"Dos calles, una estación y un Palacio Presidencial definen con parquedad el perfil urbano de la capital de 1900 a 1903: la esquina en chaflán de la Casa de Alberto Peter, que debió haber sido un punto obligado de referencia, hasta su destrucción por el terremoto de 1931, como lo debió haber sido la Calle Principal con el establecimiento de Constantino Lacayo y la Farmacia Italiana en la esquina opuesta", describe Torres en su libro Visión de Nicaragua y Centroamérica en el legado de Walter Lehmann.

La Calle Principal de Managua aparece en la imagen de Schmidt tomada hace más de un siglo. Es una avenida larga de tierra, con casas de adobe, sin ventanas y con puertas de madera, a ambos lados de la calle. Algunos capitalinos están en las aceras, otros en la calle a orillas de la cuneta posan frente a la cámara.

A mitad está un edificio de dos pisos y casi al final de la calle, circula como único vehículo, una carreta. En la imagen de la Estación Central a orillas del muelle se divisan otras carretas, esperando la llegada del Vapor Managua que junto al Angela llevaba pasajeros al Puerto Momotombo donde salían los trenes hacia occidente.

En la postal donde aparece la casa de Peter, un solitario poste de luz en la esquina adorna el paisaje urbano, la Casa Presidencial aparece también solitaria y es más una fortaleza militar que la mansión del presidente Zelaya.

Hay una imagen de soldados de artillería en el Campo de Marte, entre ellos uno de los mejores amigos de Lehmann en Nicaragua, Karl Übersezig, un cafetalero, ex capitán bávaro y fundador de la escuela de cadetes.

En aquel tiempo también fueron retratados en Nindirí, un rancho de indígenas entre palmeras, la iglesia de San Sebastián aislada en un predio de Masaya, como lo estaba la Estación de Granada.

Schmidt tenía postales de la Calle El Comercio de León con sus casas coloniales de teja y adobe y también la costa del puerto de Corinto con más cayucos que barcos.

En Matagalpa la calle principal está colmada por una fila de yuntas de bueyes trayendo las cosechas de los plantíos. Lehmann también procuró llevarse imágenes de los cafetales y fincas de la región, incluyendo las jinoteganas, como lo hizo de las plantaciones de bananos en el Atlántico.

Sin embargo, uno de los viajes más memorables fue la ruta desde Bocay hasta el Cabo Gracias a Dios, atravesando el río Coco.

En el Caribe los moravos alemanes le ayudaron mucho, particularmente porque habían aprendido las lenguas indígenas miskitas y sumo, "en todas partes encontré personas idóneas que compartieron conmigo tradiciones y mitos en tal abundancia que hasta los misioneros resultaron sorprendidos", escribió en sus diarios.

De ahí viajó hasta Bluefields y Rama Cay, años después publicaría una nueva tesis doctoral, se trataría de un diccionario y gramática de la lengua ramaquí y un postdoctorado en 1915 sobre los parentescos de las lengua sutiaba y tapachula.

Aparentemente una actividad normal en el Cabo Gracias a Dios
Aparentemente una actividad normal en el Cabo Gracias a Dios, pero la postal inédita identifica a soldados nicaragüenses despidiéndose de sus familiares para combatir en Honduras en una guerra promovida por Zelaya para ayudar a los liberales y derrocar al presidente conservador Manuel Bonilla en 1907.

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Tenía 30 años cuando llegó a Nicaragua, se había embarcado en 1907 desde Hamburgo y llegó a Nueva York, pasó después a Jamaica e hizo una escala en Colón para ver la construcción del Canal de Panamá, donde se sorprendió del nivel de intervención de Estados Unidos.

Después partió hacia Costa Rica donde estuvo casi todo el año porque se enfermó de ictericia, que consiste en el aumento de la bilirrubina. Ahí compró su colección más preciada, tres arañas y otros objetos de oro con un peso de 8.5 libras que donó al Museo Etnológico y habían sido propiedad de un empresario bananero y ferroviario.

En una de las dos fotos de su viaje publicadas por María Dolores Torres en Visión de Nicaragua y Centroamérica en el legado de Walter Lehmann, aparece en su residencia de Costa Rica examinando una pieza arqueológica.

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Es un tipo delgado y aparentemente frágil, pero la historiadora cree que era lo suficientemente fuerte como para recorrer en mula durante días la montaña para llegar a Bocay y al llegar sorprenderse por el paisaje de pinos antes de partir río abajo desde Santa Cruz del Río Coco hasta el Cabo Gracias a Dios.

"Viajé inicialmente en una pequeña canoa con sólo dos remeros hacia el río Cuá, donde pasé algún tiempo al pie de la majestuosa y salvaje cordillera de Quilambé", escribió.

Pudo ser un romántico e idealista, al menos en la labor de recuperación que hizo Torres de sus archivos sobre Nicaragua en 1908, pocas veces habla de la gente del Pacífico y se dedica a hablar de su trabajo con mucho desapego emocional.

Sin embargo, es más descriptivo cuando visita a los indígenas del río Coco y el Atlántico pues finalmente había venido por ellos. "Vestían sencillas ropas de algodón, de corte europeo, llevaban sombrero de paja y un collar de cuentas; el muchachito, además, una camisa corta y un taparrabos de algodón... La toilete (baño) de las mujeres —una por lo menos era india pura—, consistía en una camisa de manga corta y en unos trapos de algodón con grandes flores —manufactura europea—, que se enrollaban en el cuerpo. A esto añadían collares de cuentas azul oscuro en torno al cuello, la muñeca izquierda y la pantorrilla derecha, una cinta roja en el cabello negro y pintura negra y roja en la cara". Sin embargo, "a menudo no había qué comer, porque la última subida del nivel del agua (octubre 1908) arruinó casi todas las plantaciones de maíz, plátanos y frijoles", escribió Lehmann de su viaje en el río Coco, pero también pudo saborear platillos repulsivos al principio: "Los huevos son especialmente deliciosos, sobrepasando incluso a los de tortuga... encontré la carne realmente tan deliciosa que antes de acabar la comida logré olvidar mis prejuicios".

Su motivación era estudiar las lenguas indígenas, pero casi termina en una gran decepción. Descubrió que la lengua chorotega o mangue había desaparecido por completo, aunque apenas 6() años antes Squier la había mencionado.

"Todas las personas mayores que aún hablaban esta lengua fallecieron hace algunos años y tan sólo algunas personas recuerdan algunas palabras que oyeron de sus padres o abuelos. Con mucho esfuerzo logré captar algunas de estas palabras que complementan la única lista de vocabulario conocido de esta lengua, elaborada por Squier. Es digno de atención que se han conservado numerosos apellidos p. ej. Potoy, Potosmo, Ondoy, Nicoya", escribió Lehmann.

En una carta escrita en Managua menciona: "He realizado largos viajes para salvar lenguas, tradiciones, costumbres, etc., todavía existentes en vista que están en peligro de extinción. En Sutiaba, cerca de León, me encontré con una señora de 84 años que todavía hablaba sutiaba. Pude recoger vocabulario junto con apuntes gramaticales de esta curiosa lengua aislada".

Esa quizá fue una de las razones por las que decidió romper con la ruta tradicional de los viajeros y adentrarse a los territorios miskito, sumo y rama.

Una foto de Schmidt muestra el puerto de Corinto a principios del siglo XX
Una foto de Schmidt muestra el puerto de Corinto a principios del siglo XX, del mismo fotógrafo, es la imagen de la Calle Principal de Managua, de esa misma época.

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Tenía 51 años cuando murió en febrero de 1939, sus biógrafos consideran que cayó en un estado depresivo agudo. María Dolores Torres explica que no es parte de un mito alrededor de su figura, si no, de las repercusiones políticas y sociales del fascismo en Europa.

Había salido de España donde realizaba investigaciones por causa de la Guerra Civil, mientras tanto la situación política era peligrosa y las envidias personales de simpatizantes nazis le causaron problemas en su trabajo.

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Entre otras cosas, le obligaron a renunciar a su colección personal para cederla al recién inaugurado Instituto Iberoamericano de Berlín, lo cual al fin de cuentas logró salvar su legado y el de muchos otros. El Instituto pese a estar a pocas cuadras de Potsdamer Platz, el centro gubernamental y cultural de la ciudad, logró salir casi ileso de los bombardeos aliados.

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