Cuando Somoza invadió Costa Rica

Reportaje - 12.06.2017
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Mucho antes del dragado y de la trocha fronteriza existió entreNicaragua y Costa Rica un conflicto armado que se ha echado al olvido: las invasiones de 1948 y 1955

Por Amalia del Cid

Es 1948. Año de revolución y de elecciones en Costa Rica. En Centroamérica suenan tambores de guerra y los legionarios del Caribe, esos exiliados políticos y mercenarios románticos que quieren tumbar a los dictadores de la región aparecen a menudo en las portadas de los diarios. En medio de la agitación destaca la figura del barrigón tirano de Nicaragua: Anastasio Somoza García. Y también la de José Figueres Ferrer, el finquero que se ha alzado en armas en Costa Rica con el apoyo de algunos integrantes de la famosa Legión del Caribe. Ambos están a punto de encontrarse en la historia. Y su enemistad enfrentará en conflicto armado a nicas y costarricenses, cuando la Guardia de “Tacho” invada el territorio tico.

Este mismo año “Tacho” ha afirmado públicamente que “no le gusta la violencia”, pero igual ha ordenado que se patrulle con aeronaves la frontera sur, a fin de derribar cualquier avión intruso nomás sea avistado. Y como nunca está de más ser prevenido (característica imprescindible en un dictador) ha tomado la precaución de desplegar 500 hombres de la Guardia Nacional a lo largo de la frontera norte, no vaya a ser que a la Legión del Caribe se le ocurra entrar por Honduras. Por si fuera poco, también ha enviado 200 soldados a tierra hondureña, para apoyar militarmente a su amigo el dictador Tiburcio Carías. El Time de Nueva York lo publica el 15 de noviembre, en una edición que lleva la bonachona cara de Somoza en la portada.

Al final, como bien se sabe, los legionarios no derrocaron a nadie; pero estamos en 1948 y por ahora han hecho suficiente ruido para alertar a los “Tres T”: “Tacho”, en Nicaragua. Trujillo, en República Dominicana. Tiburcio, en Honduras.

Para entender mejor “el problema” entre Somoza García y Costa Rica es necesario echar un vistazo al mapa político de la segunda mitad de los cuarenta. Acababan de caer los dictadores Maximiliano Hernández Martínez, en El Salvador, y Jorge Ubico, en Guatemala, y esto naturalmente debía preocupar a los otros hombres fuertes de la región. Además, apareció la Legión del Caribe, financiada por Venezuela y Cuba, y por el gobierno del guatemalteco Juan José Arévalo, su principal promotor. La Legión quería, sobre todas las cosas, la cabeza de “Tacho” y la de Trujillo. En resumen, dice el historiador Bayardo Cuadra, “la Legión era enemiga jurada de Somoza y Figueres era aliado de la Legión”.

De hecho, junto con la aventura quijotesca de Cayo Confites (cuando intentaron invadir Dominicana desde Cuba), su intervención en la guerra civil de Costa Rica es la acción más importante de los legionarios.

“La Legión del Caribe tenía a Somoza como uno de sus principales objetivos a derrocar y por eso apoyaron con hombres y armas a Figueres desde diciembre de 1947, para que al dar el golpe al gobierno de Teodoro Picado, en Costa Rica, luego este país sirviera de base para enfrentar a Somoza. Somoza sabía eso y por eso durante la Guerra Civil de 1948 trató de mover las piezas a su favor, pero sin éxito”, señala David Díaz Arias, catedrático de Historia en la Universidad de Costa Rica y director del Centro de Investigaciones Históricas de América Central.

Para Bayardo Cuadra fueron “escaramuzas”. Pero en Costa Rica —dice Díaz Arias— se utiliza el término “invasión” cuando se mencionan los conflictos armados de 1948 y 1955, en los que estuvo involucrado “Tacho”. Sin embargo, no se habla de ellos. “Han sido condenados al olvido”.

Fueron tres las “invasiones” apoyadas por Somoza viejo desde Nicaragua. Rápidos enfrentamientos armados en el norte de Costa Rica dejaron algunos muertos y anécdotas que rayan en lo caricaturesco, como aviones de combate vendidos a un dólar y una guerra retrasada por La Purísima.

Anastasio Somoza García y su esposa Salvadora Debayle acompañados por miembros de la Guardia Nacional en las escalinatas de la Casa Presidencial.

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El fin comenzó con un robo electoral. Sucedió que en febrero de 1948 el candidato opositor Otilio Ulate Blanco le ganó la Presidencia de Costa Rica al caudillo Rafael Calderón Guardia, con una diferencia de más de diez mil votos; pero los calderonistas, que no estaban dispuestos a aceptar el resultado, denunciaron fraude, y el Congreso, dominado por diputados de Calderón Guardia, ni corto ni perezoso, decidió anular las elecciones. Eso hizo estallar la guerra civil que movió todas las piezas del tablero.

“El 12 de marzo José Figueres Ferrer y sus tropas rebeldes se tomaron San Isidro de El General, al sur de Costa Rica, iniciando la rebelión contra el gobierno de Teodoro Picado, por el fraude electoral que le quitó la victoria a Otilio Ulate Blanco a favor de Rafael Calderón Guardia”, narra el historiador Nicolás López Maltez. “Para armar a los rebeldes se realizaron varios vuelos con suministros bélicos entre San Isidro de El General y Los Cipresales, Guatemala. Llegaron 700 rifles, ametralladoras y municiones”.

Llegaron también, a dar su apoyo, dos legionarios del Caribe, exactamente dos, para pelear por la causa revolucionaria de Figueres. Eran dominicanos y se llamaban Horacio Ornes y Miguel Ángel Ramírez. “Comandaron un destacamento de 65 hombres, de los cuales ellos y un hondureño, Marcos Ortega, eran los únicos extranjeros”, subraya el escritor peruano Genaro Carnero Checa, en su libro El Águila Rampante. El imperialismo yanqui sobre América Latina, publicado en 1956.

Era un pequeño destacamento, dice el peruano, pero “su fama voló por todo Centroamérica en la publicidad de los periódicos y en el miedo de los dictadores”.

La Guerra Civil de Costa Rica se extendió desde el 12 de marzo hasta el 19 de abril de 1948 y “una de las últimas cartas del gobierno de Teodoro Picado fue recurrir a la ayuda de Somoza”, señala el profesor David Díaz Arias, autor del libro Crisis Social y Memorias en Lucha: Guerra Civil en Costa Rica, 1940-1948.

“Tacho”, como era de esperarse, estaba muy deseoso de cooperar contra la amenaza de los legionarios y a favor de su amigo Rafael. “La mañana del 16 de abril, Teodoro Picado y Calderón Guardia volaron de San José a Puntarenas para encontrarse con Francisco ‘Paco’ Calderón Guardia y con Vicente Urcuyo, el embajador de Costa Rica en Nicaragua. ‘Paco’ —que había estado en Nicaragua desde el 12 de abril— informó a Picado que Somoza demandaba la protección de las fronteras nicaragüenses y ofrecía ayuda al presidente de Costa Rica para defender San José utilizando la Guardia Nacional nicaragüense”, sostiene Díaz Arias.

Entonces Picado les dio a “Paco” y a Urcuyo “poderes plenos de negociación con Nicaragua”, y ya en tierras nicaragüenses ambos “autorizaron a Somoza para que movilizara la Guardia Nacional dentro de territorio costarricense”, apunta el catedrático. Era la señal que “Tacho” estaba esperando.

“Somoza envió tropas de la Guardia Nacional de Nicaragua e invadieron Costa Rica tomándose Los Chiles, La Cruz y Villa Quesada”, detalla López Maltez. Sin embargo, el 19 los figueristas recuperaron San Isidro de El General, en la última batalla de la guerra, y tanto el presidente Teodoro Picado como Rafael Calderón Guardia “huyeron a pedir asilo a Nicaragua”. Somoza, por su parte, “ordenó el repliegue de las tropas de la Guardia Nacional, que se retiraron de territorio costarricense”.

Figueres tomó el poder ese 19 y Somoza quedó automáticamente convertido en enemigo del nuevo gobierno tico.

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Antes de volver al tema que nos toca, detengámonos un poco para observar a nuestros dos principales protagonistas.
Anastasio Somoza García, quien probablemente cuenta con la mayor fuerza militar en Centroamérica, es un dictador de mediana edad que “se ve falto de entrenamiento físico y pasado de peso”. Así lo miró William Krehm, periodista del Time, en 1948, y así lo describió en la crónica I’m the champ, traducida por el historiador Bayardo Cuadra y publicada por la Revista de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua en julio de 2016.

En 1948 “Tacho” viejo ya dejó muy atrás su viejo yo. Antaño, cuando comenzaban sus amores con Salvadora Debayle, fue contador en una agencia, enseñó boxeo, arbitró partidos de futbol, leyó medidores e inspeccionó letrinas. Pero Somoza es un hombre hábil y carismático, sabe de quién hacerse amigo, y hace 15 años, en 1933, logró convertirse en el jefe de la Guardia Nacional, apenas dos meses después de haber ingresado a sus filas con un inventado grado de general.

Ahora se presenta como “hacendado”. Y su hacienda, todos lo saben, es el país entero. “Tacho” está en el sector minero, el de transporte y el maderero. Posee las mejores tierras para crianza de reses y las mejores para cultivo de café. Tiene “50 y tantas” haciendas de ganado y al menos 45 fincas cafetaleras. “Somoza maneja Nicaragua y lo hace para Somoza”, dice Krehm en su crónica. Con un ingreso “estimado en más de un millón de dólares por año”, para 1948 el dictador nicaragüense es posiblemente el hombre más rico de América Central.

Y “uno de los mejores negocios de Somoza, el contrabando de ganado a Costa Rica”, fue interrumpido por la revolución de Figueres, apunta el periodista.

José Figueres Ferrer, el enemigo de Somoza, es un “rico finquero de ojos azules” que en otro tiempo se ha dedicado a la producción de sacos y cordeles de cáñamo. Se trata de “un hombre de pequeña estatura, que disimula apenas con altísimos tacones, pero mira muy lejos en los asuntos políticos de América Central”, lo describirá en 1956 el escritor Genaro Carnero Checa. “Tiene gran capacidad de maniobra y el sentido de lo oportuno para avanzar, retroceder o cambiar de posición, sin importarle los principios”. Es decir, es una especie de sagaz camaleón.

José Figueres Ferrer dirigió la revolución de 1948 en Costa Rica. Uno de sus logros fue la abolición del ejército de ese país.

 

Para Carnero Checa, “la revolución que (Figueres) encabezó a favor de Otilio Ulate (en contra del régimen de Teodoro Picado), el triunfo de este movimiento y su posterior abandono del poder (en noviembre de 1949), sin aprovecharse de la victoria, fueron modelos de cálculo y oportunidad”. “Nadie lo conocía hasta entonces y se convirtió de la noche a la mañana en un líder popular”.

Es un hombre de “gran simpleza”, sentido claro de las cosas, hablar campesino y profundo amor a la tierra, dirá de él Rodrigo Carazo, político costarricense, en 1989. Carazo llegaría a ser muy cercano al pequeño Figueres y lo acompañaría en enero de 1955, cuando Anastasio Somoza García, el hacendado mayor, apoyó una tercera invasión de las fuerzas rebeldes partidarias de Calderón Guardia en territorio costarricense, esta vez ayudado por el gobierno del venezolano Marcos Pérez Jiménez.

Estuvo con Figueres, por ejemplo, cuando desde un avión no identificado se lanzaron sobre la ciudad de San José “sucios volantes en los que se quería pintar a don Pepe como homosexual”, relata en su libro Carazo: tiempo y marcha. También cuando la capital fue ametrallada desde el aire y cuando “don Pepe hizo su discurso en el Edificio Metálico”, donde pidió “valor, serenidad y aplomo a los costarricenses”.

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Somoza nunca aceptó su participación en las invasiones a Costa Rica. “Nunca. Calderón Guardia, además, siempre insistió en las entrevistas que esos intentos fueron puramente idea de los calderonistas y que Somoza no tenía nada que ver. Claro que tuvo que ver, pero nunca lo reconoció”, sostiene el profesor David Díaz Arias.

Los diarios de la época, tanto los de 1948 como los de 1955, están llenos de indignados comunicados en los que “Tacho” y sus diplomáticos niegan toda participación de Nicaragua en las escaramuzas internas de los ticos. Por ejemplo, está este cruce de notas de protesta entre las cancillerías de ambos países, tras la segunda invasión de las fuerzas calderonistas.

La primera, emitida el 11 de diciembre de 1948 en Costa Rica, decía así: “Señor ministro de Relaciones Exteriores de Nicaragua-Managua. Con instrucciones expresas de mi Gobierno protesto enérgicamente ante el suyo por la invasión anoche del territorio de Costa Rica por fuerzas armadas procedentes de Nicaragua con violación flagrante del pacto de La Habana, año 1928, y del de Río de Janeiro ratificado este mes, ambos suscritos por su ilustrado Gobierno (…). Benjamín Odio, ministro de Relaciones Exteriores”.

La respuesta de Nicaragua fue enviada sin demora, el día 12 de diciembre. “Señor ministro de Relaciones Exteriores de Costa Rica, San José. En contestación a vuestro mensaje de ayer con instrucciones de mi Gobierno apresúrome a presentar ante el vuestro la más formal y enérgica protesta por el grave cargo que implica la aseveración infundada que se hace de que fuerzas armadas procedentes de Nicaragua hayan invadido antenoche el territorio de Costa Rica (…). Mi Gobierno espera que, mejor documentado el vuestro, proceda a dar las satisfacciones que esa grave inculpación requiere (…). Oscar Sevilla Sacasa, ministro de Relaciones Exteriores, por la Ley ”.

A los pocos días José Figueres solicitó la intervención de la OEA (Organización de Estados Americanos) y esta envió una comisión para que esclareciera el asunto. Esta comisión investigadora hizo preguntas por aquí y por allá, habló con testigos y luego dio “la razón a Costa Rica pese a la defensa que opuso el eterno embajador nicaragüense Guillermo Sevilla Sacasa (el mismo papel haría siete años más tarde)”, recalca el articulista tico Gonzalo Páez Montalbán en su texto Las dos invasiones: 1948 y 1955, en el que trata de desmontar “el mito del pacifismo” costarricense.

“En abril de 1948 un grupo de costarricenses pacíficos, tras levantarse en armas al llamado de don Pepe, había expulsado del poder a otro grupo de pacíficos costarricenses que lo detentaba y abusaba de él bajo la Presidencia de don Teodoro Picado. Una junta de Gobierno mandaba en Costa Rica por decreto y el pueblo esperaba las elecciones del 8 de diciembre de aquel año famoso, en las cuales elegiría diputados para la Asamblea Constituyente, convocada por la junta a efecto de aprobar la nueva Constitución que terminaría de devolver la institucionalidad al país”, narra Páez Montalbán. Sin embargo —relata—, en diciembre de 1948 la junta “informa al país que desde Nicaragua y con el apoyo del dictador Anastasio Somoza García, Rafael Calderón Guardia ha organizado una fuerza militar para invadir Costa Rica, tumbar a Figueres y hacerse con el Gobierno”.

“El 12 de ese mes despertamos con la noticia de que nos habían invadido y el enemigo avanzaba sin obstáculo previsible hacia Liberia. La junta declara estado de emergencia nacional, don Pepe asume el mando supremo de las fuerzas leales y envía tropas a Guanacaste”, recuerda en su texto.

Ese diciembre el general Somoza “volvió a enviar tropas de la Guardia Nacional de Nicaragua, invadiendo territorio costarricense, tomándose Puerto Soley, en Guanacaste, causando algunas muertes de soldados de la Guardia Civil de Costa Rica y capturando a otros que fueron llevados a San Carlos, Río San Juan de Nicaragua”, cuenta el historiador Nicolás López Maltez. Pero las tropas del gobierno de Figueres respondieron rápidamente y con energía. Además, y esto es lo más importante, “el gobierno norteamericano del presidente Harry S. Truman regañó a Somoza y rápidamente los guardias nacionales regresaron a Nicaragua”.

Somoza solía retroceder cuando sus aventuras bélicas podían ponerlo en conflicto con Estados Unidos. Sucedió lo mismo durante la invasión de enero de 1955.

El día 12 un grupo de rebeldes calderonistas, armados y financiados por Somoza viejo se tomaron los cuarteles de Villa Quesada, cerca de Liberia. La misión era comandada por Teodorito Picado, hijo del expresidente tico Teodoro Picado, y “protegido directamente por ‘Tachito’, hijo de Somoza”, afirma Carnero Checa, en su libro El Águila Rampante, donde narra el episodio:

“A las pocas horas (los invasores) fueron aislados y derrotados y huyeron a Nicaragua vadeando las aguas del río San Juan (…). Se cruzaron algunos tiros inevitables en la frontera y dos o tres aventureros nicaragüenses fueron apresados entre los facciosos. Somoza protestó entonces por esos tiros y exigió la libertad de sus compatriotas. ‘Si Costa Rica quiere guerra, la tendrá’, dijo ‘Tacho’, y despachó hacia la frontera una columna militar de kilómetro y medio de extensión”. (La columna estaba formada por ‘60 camiones completamente llenos de soldados y 45 de material bélico, inclusive cañones antitanques, ametralladoras pesadas y livianas, lanzabombas, fusiles automáticos y otras armas, y sobre ella volaban aviones de guerra…’). La columna, vociferó Somoza, ‘va a defender la frontera del país y la soberanía nacional, debido a que ha llegado a su fin la paciencia del Gobierno y del pueblo de Nicaragua…’”.
Sin embargo, dice Carnero Checa, “la sangre no llegó al río”. Figueres recurrió a la comunidad internacional, buscando el apoyo de la OEA y del gobierno estadounidense. Y “el apoyo de los pueblos de América fue unánime para Costa Rica, no tanto por lo que significaba el régimen de Figueres (electo presidente en 1953), sino como demostración de repudio y de protesta a la tiranía de Somoza”.

La OEA, que en otros casos se había movido con la velocidad de una tortuga, llegó de inmediato para extender “su apoyo moral a Costa Rica”, señala el escritor peruano.

Estados Unidos también hizo su parte. Le “vendió” a Costa Rica cuatro aviones de guerra P-51 al precio de un dólar cada uno. “Como las leyes norteamericanas prohíben regalar materiales bélicos a cualquier país, pues tal ‘regalo’ constituiría injerencia a la soberanía de un país. Pero las mismas leyes autorizan al Gobierno o a los industriales a vender armamento a cualquier país que el mismo Gobierno autorice”, explica López Maltez. “Al venderle aviones de guerra a Costa Rica a un dólar, se ejerce la libertad de comercio y no hay injerencia”.

“Tacho” comprendió muy bien el mensaje e inmediatamente retiró sus tropas. Los aviones de Venezuela también regresaron a casa y así terminó la última invasión contra Figueres.

Para Carnero Checa, en la invasión de 1955 todo se trató de un juego geopolítico de Estados Unidos. A su juicio, tanto Somoza como Figueres hicieron el papel “de marionetas del Departamento de Estado”.

“Somoza nunca se hubiera atrevido a desplegar sus fuerzas en la frontera si no hubiese contado con el visto bueno de los Estados Unidos, a quienes sirve como su matón en América Central. Somoza se lanzó al ataque con armas, pertrechos y entrenamiento norteamericanos y al servicio de los monopolios norteamericanos, interesados en doblegar, o en asustar, por lo menos, al gobierno tico, demasiado independiente para el criterio yanqui y para la ‘United Fruit Company’, a la que había ocasionado un dolor de cabeza con la revisión del contrato platanero. Esto, por una parte. Por la otra, la rápida movilización de la OEA y el regalo de los cuatro aviones, significaron una ayuda y un favor para conseguir lo mismo, es decir, la mayor injerencia norteamericana en los asuntos de Costa Rica y el recorte de esas pequeñas actitudes independientes de Figueres”, analiza en su libro.

El gobierno de Costa Rica recurrió a la comunidad internacional en busca de apoyo ante las invasiones procedentes de Nicaragua.

 

En Costa Rica, sin embargo, “la gente difícilmente asociaría a Estados Unidos con algún conflicto”, afirma Díaz Arias. “No he encontrado que, en términos populares, alguien asocie las invasiones de 1948 y 1955 con injerencia de Estados Unidos. La historia es otra cosa; allí sí se ha probado que la CIA al menos participó de la invasión de 1955 en términos de asesoramiento a los calderonistas (…)”. Por otro lado “fue público el papel de Richard Nixon (en esos momentos vicepresidente de Estados Unidos) en hacer que Figueres y Somoza llegaran a un acuerdo de mutuo respeto. Nixon visitó Nicaragua y Costa Rica en febrero de 1955 y logró que ambos gobernantes llegaran a unas bases mínimas para subsistir”.

Somoza no reconoció su participación en ninguna de esas invasiones. “La OEA dijo que las tropas nicaragüenses se habían metido”, y todo el apoyo “logístico, de armas y de transporte” a los rebeldes ticos era nicaragüense, señala el historiador Bayardo Cuadra. No obstante, los fallos de la organización no tenían “más poder que el de la condena pública”.

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La invasión de diciembre de 1948 pudo haber comenzado un par de días antes, pero fue retrasada por La Purísima. “Estaba programada para el 8 de diciembre, día de las elecciones de Constituyente, a efecto de abortarlas y lanzar el país al caos. A última hora, el jefe de la invasión, la pospone para el día 11, pues ha olvidado que el 8, día de la Inmaculada Concepción de María, toda Nicaragua está paralizada por la famosa Gritería”, sostiene el historiador costarricense Oscar Castro Vega en el libro Génesis y Trayectoria de la Segunda República 1948-1949.

Las festividades de La Conchita “también la celebran los muchos nicaragüenses residentes en Guanacaste, la puerta de acceso de los invasores”. Y en ese “clima de jolgorio”, una acción militar no era recomendable. Sin embargo, analiza Castro Vega, si la invasión se hubiera llevado a cabo el 8 de diciembre, las elecciones habrían tenido que ser pospuestas y eso “habría sido un duro golpe” para la Junta de Gobierno tica.

Por unas causas y otras, las intervenciones de “Tacho” en Costa Rica nunca le dieron buenos resultados. Falló en 1948 y en 1955 y “en ambas invasiones Somoza fue visto como un dictador que ayudaba a Calderón a volver al poder”, comenta David Díaz Arias.

A la fecha, el tema ha sido casi olvidado tanto en Nicaragua como en Costa Rica. Y la mismísima Legión del Caribe, que tanto preocupó a los dictadores de aquella época, ha pasado a ser una especie de romántica leyenda que solo conocen los viejos. Sin embargo, todo esto fue real.

 

“Es disparatado afirmar que revolucionarios nicaragüenses o fuerzas procedentes de Nicaragua hayan tomado Villa Quesada (…). Las temerarias acusasiones del gobierno de Costa Rica corresponden a la conocida táctica, puesta en uso por mandatarios impopulares, que tratan de unificar en su favor la opinión pública”.
Anastasio Somoza García,  en un comunicado firmado el 11 de enero de 1955.

 

Apuntes históricos

*Tras la revolución costarricense de 1948, el expresidente Teodoro Picado Michalski fue hospedado en Managua por el general Anastasio Somoza García, mientras que el expresidente Rafael Ángel Calderón Guardia prefirió quedarse en el Hotel Majestic, de Diriamba, por el clima fresco de la ciudad.

*La segunda esposa de Calderón Guardia, María del Rosario Fournier Mora llegó embarazada al exilio y el 14 de marzo de 1949 dio a luz a su primogénito Rafael Ángel Calderón Fournier, en Nicaragua. Este niño llegaría a ser presidente de Costa Rica, de 1990 a 1994.

*Rafael Calderón Guardia fue presidente de Costa Rica de 1940 a 1944 y se le considera el gran reformador social de ese país. El 17 de abril de 1974 fue declarado póstumamente Benemérito de la Patria por el Congreso de Costa Rica.
Cuando la Legión del Caribe fue a apoyar la revolución de José Figueres también llegó el legionario nicaragüense Abelardo Cuadra Vega (el hombre que en Cayo Confite, República Dominicana, le enseñó a disparar con rifle a Fidel Castro), pero en apoyo al gobierno de Teodoro Picado.

*El 24 de abril de 1986 el gobierno sandinista le concedió a don José Figueres la Orden General Augusto César Sandino en su máximo grado Batalla de San Jacinto.

*El 8 de junio de 1990 falleció José Figueres, en San José de Costa Rica. Cinco meses y cuatro días después de su fallecimiento fue declarado Benemérito de la Patria, por la Asamblea Legislativa de Costa Rica.

*Según el catedrático costarricense David Díaz Arias, de las tres invasiones la única en la que se sabe a ciencia cierta que participó la Guardia Nacional de Nicaragua es la de abril de 1948.

*No se conoce un informe oficial sobre las bajas causadas por las invasiones de 1948 y 1955. Sin embargo, hay episodios que son especialmente recordados por los muertos que dejaron.

En diciembre del 48 cuando los invasores escapaban buscando el mar, tropezaron con una brigada de la Cruz Roja, sus cinco miembros “debidamente uniformados” y acompañados por un sacerdote. Todos fueron asesinados.
Además, el 25 de diciembre de 1948 los invasores mataron a cuatro ciudadanos ticos, reclutas voluntarios, en una emboscada en Puerto Soley. Entre ellos cayó. Eloy Morúa Carrillo, recién electo diputado en los comicios del 8 de diciembre.

De la invasión de enero de 1955 se recuerda especialmente la batalla de Santa Rosa. La Nación del 19 de enero informó así sobre el combate: “Un destacamento de las fuerzas leales al mando del coronel Domingo García trabó combate con los invasores infringiendo fuertes bajas entre muertos y heridos, al invasor. Se confirman por lo menos 15 muertos y un alto número de heridos”.

En esta batalla murieron los periodistas Jorge Vargas Gené y Oscar Cordero Rojas.

Conflictos

Las invasiones de 1948 y 1955 ni siquiera se perciben “como parte de los conflictos históricos entre Costa Rica y Nicaragua”, afirma Ana María Botey, directora de la Escuela de Historia, de la Universidad de Costa Rica.
“El tema medular (entre ambos países) es el conflicto limítrofe que no concluye, por falta de voluntad política, ya que constituye una estrategia para unir a la población frente a un enemigo común en momentos de ausencia de legitimidad”, sostiene.

“El otro tema sensible es el de la migración nicaragüense a Costa Rica, ya que provoca una tendencia a la baja en los salarios, especialmente de los sectores populares, así como su constante demanda de servicios sociales al Estado costarricense”.

“En realidad no creo que haya una lista de conflictos históricos entre Costa Rica y Nicaragua”, manifiesta, por su parte, el profesor David Díaz Arias. “La gente usualmente no maneja la historia de esa manera y más bien es la prensa la que insiste en crear dicha lista cuando un nuevo conflicto surge”.

“Pocas personas ahora en Costa Rica saben de las invasiones de 1948 y 1955. En vista de que se trató de echar un manto de olvido sobre la violencia y las acciones ocurridas en la década de 1940 y la guerra civil, aquellas invasiones entraron en ese torbellino de olvido como parte de una política que se comenzó a desarrollar después de 1958 y que pretendía reunificar la comunidad nacional costarricense después de los conflictos”. No obstante, explica el catedrático, “cuando se recuerdan, esas invasiones se ven como parte del conflicto interno costarricense más que como un conflicto histórico entre Costa Rica y Nicaragua, que creo que son dos países que tienen más en comunión que en desacuerdo y comparten más momentos históricos de unión y fraternidad que de enfrentamiento”.

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