Del libro a la vida

Reportaje - 06.09.2009
Gleicys Moreno Alejandra Ehlers

Dos jovencitas, una de Managua y otra de La Habana, Cuba, unidas por el pasado y por una novela que le dio vida a sus historias

Amalia Morales
Fotos: Germán Miranda, Bismarck Picado

Es tímida. Probablemente lo es tanto como lo era su padre, el campesino de Sierrawás, Chontales, que se enamoró de una maestra cubana en los años 80. El colorete que le pusieron en el estudio de televisión, para que no se viera tan pálida, acentúa su miedo escénico. El colorete le suma años a los 22 que tiene. Le da un aire agresivo a su silueta frágil, como también se lo da la camisa roja de tirantes y piedras de plástico que lleva puesta arriba del jeans y las sandalias negras. Sus palabras son bajitas, faltas de aire, sin embargo se oyen nítidas por uno de los dos micrófonos que han puesto en la mesa del auditorio del Centro Nicaragüense de Escritores. Hace punto y seguido con los labios. Los aprieta, pero es inevitable que se le salgan parte de los dos dientes de enfrente. En su voz se reconoce ese giro inconfundible del acento cubano por el que los “contras” confundieron a su papá con un agente de aquella isla a finales de los 80. Es la primera vez que Gleicys Moreno sale de Cuba y viene a Nicaragua a conocer a la otra mitad de su familia y a los amigos que hizo su mamá cuando vino a alfabetizar. Sus palabras son agradecidas. “Gracias Guillermo, te agradezco eternamente”, dice Moreno y fija su mirada en Guillermo Cortés, el hombre que está a su izquierda y que en su última novela reconstruyó la historia de los orígenes de esta muchacha triste, que es mitad cubana y mitad nicaragüense.

Cortés la ve con sorpresa. Con asombro. Dice que nunca antes la escuchó hablar con esa fluidez. Tampoco sabía que fuera tan desenvuelta Alejandra Ehlers, la otra muchacha con la que está compartiendo mesa. Las veces que Cortés las interrogó por separado, apenas respondían. Eran monosilábicas. Él no insistía o lo hacía sutilmente, después de todo sabía que estaba removiendo en ellas una herida sin sanar. Una herida que se abrió durante la guerra, antes que ellas nacieran o que tuvieran uso de razón.

Ehlers es expresiva. Le han dicho que se parece mucho, físicamente, a su papá Helmut Ehlers, el piloto del Ejército que murió en la operación militar que hubo en Chontales, en octubre de 1987, casi tres meses antes que ella naciera. “Me dice mi mama que hasta el caminado es igualito”, dice Ehlers sonriendo. Ella habla con los ojos y quisiera hacerlo también con las manos, pero el micrófono que sostiene firme con la mano derecha la frena un poco. Por 10 meses es menor que Moreno. Usa el pelo largo, liso y pintado en amarillo que no oculta las raíces castaño oscuro. No es la primera vez que se encuentra con la cubana. Hace casi un mes, Cortés propició un encuentro entre ellas. Las dos se vieron las caras en la angosta sala de la casa del periodista. Las dejó a solas por un par de horas, y ellas se soltaron a hablar como dos loras que han estado colgadas siempre en la misma rama. Antes del cara a cara ya se habían intercambiado unos cuantos correos electrónicos.

Ahora, desde su extremo en la mesa, Ehlers escucha, y en algunos momentos interviene. Al fin y al cabo ella está aquí por la misma razón que Moreno: es otro de los personajes de carne y hueso de la novela Huérfanas de la guerra que escribió Cortés.

Fotos: Germán Miranda, Bismarck Picado
Gleicys Moreno y Alejandra Ehlers, a la par del periodista Guillermo Cortés, autor de la novela en la que se encuentra un pedazo de la vida de ambas.

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La historia de amor entre el campesino y la maestra cubana se tejió en Sierrawás, una comunidad verde y escondida en las montañas de Villa Sandino, en Chontales.

“No sería un amor a primera vista, sino un amor a primera vista imposible, un amor a todas luces irrealizable… un amor loco y disparatado; o una verdadera locura de amor, porque ¿cómo congeniarían dos personas diametralmente diferentes: un campesino ignorante que cuando ella llegó a Sierrawás no sabía ni las vocales, y una maestra de primaria; un muchacho silencioso, tan austero al hablar, que en todo un año no pronunciaba más palabras que las que decía la profesora cubana en un solo día; un joven del campo recutido en lo más profundo y aislado de la geografía de Nicaragua, y una muchacha que vivía en La Habana, una de las capitales más antiguas y pobladas de América Latina?”, reflexiona Cortés en uno de los capítulos de la novela.

Contra todo pronóstico, el amor floreció entre el campesino Wilfredo Moreno y la maestra Silvia Rodríguez, seis años mayor que él. En la novela ellos son Alfredo Espectorante y Cintia Armenteros. Se enamoran, viven un tórrido romance en el caserío remoto de Sierrawás, que acaba en un matrimonio medio clandestino. Los papás de Moreno no estaban de acuerdo con el amorío, recuerda Leonor Sevilla, amiga y comadre de la maestra Rodríguez. Sevilla dice que antes de irse a Cuba, Wilfredo era realmente un hombre de pocas palabras, casi mudo. Era tímido como su hija Gleicys que en la novela se llama Vania.

A mediados del 81, la maestra que había venido a alfabetizar tuvo que volver a la isla y lo hizo con marido a bordo. Así fue como Wilfredo, o Alfredo Espectorante, se instaló en La Habana. Vivió allá seis años, tiempo en el que se desempeñó en varios oficios. Cortés dice en la novela que “Alf’ —como le decía la cubana—, se volvió comerciante ilegal, revendía electrodomésticos y cambiaba dólares en el mercado negro habanero. Dejó de ser el campesino receloso y se transformó en un negociante vigoroso, astuto, que usaba guayaberas y hablaba como si hubiera nacido al pie de la heladería Copelia.

Después de seis años en La Habana, “Alf” quiere volver a Nicaragua para ver su familia. Así que a comienzos de octubre del 87 sale de La Habana rumbo a Managua. En suelo nicaragüense, nadie que no lo hubiera conocido antes dudaba que fuera cubano. Su aspecto, su barba, su hablado. Por eso, los contras que lo toparon cuando iba camino a Sierrawás vestido con una camiseta, que tenía la famoso foto del Ché Guevara que le hizo Korda, pensaron que era un agente y no un campesino de la zona que iba a ver a su familia como él decía. El secuestro fue el 13 de octubre, un día después de su cumpleaños.

En esas fechas, el 14 de octubre, también cayó en la misma zona el copiloto de un helicóptero del ejército, el papá de Alejandra Ehlers que en la novela se llama Hilda, y quien no había nacido para entonces. Ehlers dice que su papá había estudiado aviación en la ex URSS (Unión de República Socialista Soviética) y que la versión que ella y su abuela reconstruyeron muchos años después, todavía queda la duda de qué pasó con su papá realmente. Sólo saben que a él no le tocaba viajar ese día, pero se subió al helicóptero para acumular horas de vuelo.

Tiempo después fue reconocido el cadáver de Wilfredo Moreno. Ayudaron las botas café que llevaba puestas el día que los armados se lo llevaron. Pero la noticia de la muerte de “Alf’ demoraría 17, casi 18 años, en saberse en el hogar de la maestra y la pequeña Vania en La Habana, que ya era una muchacha estudiante de Periodismo, y de carácter retraído, que siempre había querido saber qué había pasado con su papá.

En la vida real, el portador de la noticia fue Cortés, el periodista que desempolvó un diario que había escrito en sus tiempos de reservista. Cortés era un reportero del diario Barricada, que se caracterizaba por escribir largo. En la redacción del diario nunca hubiera soñado con esta historia, si no se hubiera ofrecido para sustituir a un compañero que fue llamado a la reserva, pero que no quería ir. “Si querés voy yo”, le dijo. “Seguro pensó que era un estúpido”, reflexiona Cortés más de 20 años después.

En los cuatro meses de reservista el periodista llevó un diario que conservó Carolina, su esposa, pero que entonces era su novia. En alguna esquina del diario anotó detalles de la historia de amor entre el campesino de Sierrawás y la profesora cubana. Muchos años después, el periodista, con la complicidad de su esposa, desanduvo sus pasos por Chontales, por El Guabo y llegó hasta el caserío donde se tejió el romance. En el trayecto, durante la investigación, se encontró con la historia del piloto, el papá de Ehlers y se empapó a profundidad de los detalles de la Operación David que desarrolló la Contrarrevolución en el departamento de Chontales.

Muchas horas estuvo Cortés sentado al lado de Alejandra Ehlers tratando de sacarle palabras. Ella respondía un simple “no” o un “sí” mientras pensaba por qué ese señor quería entrometerse en sus pensamientos.

***

Hoy las hijas de esos dos hombres que cayeron durante el mismo operativo y en la misma guerra, que dejó un saldo aproximado de 50,000 muertos, pueden hablar del tema. Esta noche que están sentadas al lado de Cortés, cada una vive su catarsis con gestos, con unas cuantas palabras. Al principio, el público es parco. Las 20 personas que están ahí sentadas en las sillas plásticas las escuchan con atención. Siguen los balbuceos de Gleicys Moreno quien queda al borde de las lágrimas, y la locuacidad de Alejandra Ehlers. Sin embargo, en algún momento se produce un desahogo lento y colectivo. Alguien del público dice que ella conoce a otras huérfanas. Otra más dice que durante muchos años no pudo hablar con su hijo, que perdió a su papá en la etapa de la insurrección, sobre el tema. “El vacío siempre está”, dice Ehlers, quien ya terminó la carrera de Periodismo y que ahora está maravillada con el diseño gráfico. Moreno mira a Ehlers y asiente. Para ella, este viaje ha sido un descubrimiento de muchas cosas. “Fue maravilloso. Dicen que la sangre llama y aunque yo no los conocía se portaron muy bien conmigo”. Moreno no acaba de digerir la experiencia de conocer a su familia paterna que vive en el camino a El Guabo y en Sierrawás. Dice que además de su papá, ellos perdieron a su abuelo y a otro tío en el conflicto armado de hace dos décadas. “Te parecés mucho a tu papa”, le dijo una tía.

En la novela, Cortés dice que las huérfanas se conocen —lo que ya ocurrió—, se vuelven grandes amigas y se van a estudiar juntas a La Habana. Por ahora, Ehlers está muy entusiasmada con el trabajo que tiene, donde hace vídeos y documentales. Mientras que Moreno a esta hora seguramente estará en algún balcón de La Habana contándole a su mamá, la maestra Silvia Rodríguez —quien nunca más volvió a Nicaragua— lo que ella vivió en la tierra de su papá, en Sierrawás.

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