Días de cautiverio

Reportaje - 13.06.2010
Días de cautiverio

Ésta es la historia de dos familias que vivieron en zozobra al saber que uno de sus miembros fue secuestrado. Una de ellas pagó 350 mil dólares para rescatar a su ser querido. El otro tuvo suerte y lo liberaron gratis

Dora Luz Romero y Alina Lorío

Era un día de invierno. Lunes 22 de junio de 2009. Esa mañana Walter Mendoza, de 18 años, salió de su casa rumbo a la universidad. Walter cursaba el primer semestre del primer año de Administración de Empresas en la Universidad Americana (UAM). Cada mañana, de lunes a viernes, el joven musculoso, moreno lavado y de cejas espesas debía levantarse temprano para llegar a tiempo a sus clases que empezaban a las 7:00 de la mañana.

La historia era la misma todos los días. A las 6:30 a.m., listo y desayunado, Walter subía a su camioneta Hilux plateada junto a sus dos hermanitas y agarraban camino.

Pero esa mañana se atrasaron. Salieron de su casa, ubicada sobre la pista del Mayoreo, más o menos a las 6:45 a.m. Sin embargo, Walter tomó la ruta de siempre, la que le tomaba unos 25 minutos para llegar a la UAM. Primero pasó dejando a sus hermanas en el Colegio Inmaculada Concepción, por el mercado Iván Montenegro, luego salió por los semáforos de Rubenia y siguió recto sobre la carretera hasta llegar a la rotonda de la Colonia Centroamérica, siempre recto, giró a mano izquierda por la Lotería Nacional y luego dio un último giro a mano derecha.

El retraso que tuvo ese día lo hizo agarrar el tráfico de la mañana en la capital. No pasaba nada. Llegaría unos veinte minutos tarde a su primera hora de clases programada a las 7:00 a.m. La noche anterior se había acostado tarde terminando unos trabajos asignados.

Walter llevaba la ventana baja. La mañana era el único momento del día en la calurosa Managua que podía disfrutar del aire natural, de ese frescor matutino que tanto le gusta.

Escuchaba reggaeton cuando giró por última vez a mano derecha.

A unos cuantos metros antes de llegar a la aguja de la universidad, divisó, por el retrovisor, que un Toyota Yaris intentó chocarlo. Sólo tuvo tiempo de parpadear cuando el mismo carrito blanco se le parqueó enfrente, impidiéndole continuar la marcha. Él no tuvo más remedio que pegar un frenazo.

Raudos, se bajaron cuatro hombres armados, vestidos de policías: camisa celeste, pantalón azul y botas negras. Algunos llevaban chaleco, guantes y otros llevaban boina. Eran cinco, el conductor y los cuatro que se bajaron. Eran casi las 7:30 de la mañana.

—Abrí, que esto es una investigación –le dijo uno apuntándole con un arma.

Walter pensó que lo habían detenido por una mala maniobra.

—Pero, ¿investigación de qué? –preguntó nervioso.

—¡Que abrás te digo!

Había un policía apostado en cada puerta de la camioneta.

Sin más remedio, Walter le quitó el seguro a su vehículo. Pronto, uno de los uniformados lo aventó de un empujón, mientras los otros tres subieron al vehículo, uno por cada puerta.

Inmediatamente arrancaron. Walter había quedado en medio de los dos asientos delanteros, pero los dos hombres que iban atrás lo tomaron del pelo y lo guiñaron con tanta fuerza que lo sembraron en el asiento trasero.

Le taparon la cabeza y le ataron las manos con cinta adhesiva. Iba agachado, con la cabeza entre las piernas y un arma apuntándole.

—Vas a ver lo que es tu padre –le dijeron.

Fueron las únicas palabras que escuchó durante el camino. Él no tenía ni idea de lo que ocurría.

En Nicaragua se escucha muy poco hablar de secuestros extorsivos. Las historias publicadas el último año en los diarios podrían ser contadas con los dedos de la mano. De acuerdo con las cifras de la Policía Nacional obtenidas mediante el Instituto de Estudios Estratégicos y Políticas Públicas (IEEPP), en el 2008 hubo seis casos, y las estadísticas parciales del 2009 hablan de siete casos. Hay quienes consideran que son muchos más los secuestros extorsivos que se dan en el país, pero los familiares prefieren negociar con los secuestradores y no poner la denuncia. La Policía, por su parte, ha dicho que no hay por qué alarmarse. Eso que se lo expliquen a las familias de los secuestrados.

***

El teléfono de don Leonel Mendoza sonó varias veces el lunes después del mediodía.

—Tenemos a tu hijo. No le des parte a la Policía. ¿Cuánto tenés de dinero ahorita?
Don Leonel es un comerciante dedicado desde hace ya varios años a la venta de plásticos. Moreno, al igual que su hijo, regordete y de carácter fuerte respiró hondo y contestó.

—Pues ahorita lo que tengo son 15 mil dólares.
Se escucharon risas al otro lado de la línea.

—Vos estás loco. ¿Qué vamos hacer con eso? Queremos 2 millones de dólares.

Don Leonel ni siquiera se inmutó. Aquella cifra –dice– estaba fuera de su alcance.

Antes de la llamada, un grupo de estudiantes de la UAM habían llegado a su casa para contarle que por la mañana en la entrada de la universidad un grupo de hombres vestidos de policías se habían llevado a su hijo.

El sentido de orientación de Walter le decía que iban sobre la Carretera Masaya. Pasaron como veinte minutos antes de que el vehículo se detuviera. A esas alturas sabía que no iba en manos de policías. “Me di cuenta porque me amarraron con tape las manos. Un policía de verdad te pone unas esposas”, dice detrás del escritorio de la tienda de plásticos que tiene su papá en el Mercado Oriental.

—Bajalo rápido –le dijo uno al otro.

Entre dos lo tomaron de los brazos, caminaron un poco y lo metieron en un cuarto. Walter recuerda que le dieron varias vueltas y después lo dejaron sobre una colchoneta que estaba en el piso.

“No sabía nada. Sólo pensaba que quizás me estaban confundiendo. Tal vez voy a morir por confusión decía yo, pero también pensaba: bueno, si me ha tocado a mí Señor es porque Tú lo permites”, recuerda.
Esa tarde, a Walter lo dejaron hablar con su papá.

—Aló papá. Ahorita estoy bien. Sacame de aquí. Te quiero mucho.

El secuestrador inmediatamente le quitó el teléfono del oído. Ésa fue la única vez que habló con su familia durante estuvo en cautiverio.

Con los ojos vendados, con las manos atadas y echado sobre una colchoneta estuvo lunes, martes y miércoles. Investigaciones posteriores revelaron que esos días permaneció en una quinta en el kilómetro 19 y medio Carretera Masaya.

“Me daban de comer Maruchan, pan de molde, agua o gaseosa. Me trataban bastante bien”, confiesa. Aunque le decían que su padre era un delincuente, que se les había “ido arriba” con un cargamento de droga y su secuestro era el precio que tenía que pagar.

Después de varias pláticas, los secuestradores y su padre lograron llegar a un acuerdo. Don Leonel les daría 400 mil dólares a cambio de su hijo. “Yo andaba buscando por todas partes para recoger ese dinero”, asegura.

Para el miércoles Walter ya estaba desesperado. “No podía hacer nada. Estaba en las manos de esa gente. Sólo me queda pedirle a Dios”, confiesa. Sentía el cuerpo entumido y fácilmente se percibía maloliente. Llevaba tres días sin bañarse.

Esa noche de miércoles, a Walter lo sacaron de donde estaba. “Me subieron a un carro y recorrimos como unas siete horas. Ellos me decían que estaba en Honduras”, recuerda, pero honestamente él no tenía idea dónde estaba, aunque por lo que le tocó caminar podría asegurar que se encontraba en una zona montañosa.

Esa noche de miércoles en lugar de un colchón, Walter medio durmió en una cama de palo. Para ese entonces, la historia ya era conocida en todo el país, los diarios se habían encargado de contarla.

***

Dicen las cifras de la Policía Nacional, obtenidas mediante el analista Roberto Orozco, del IEEPP, que en el año 2008 se dieron seis casos de secuestros extorsivos. Los datos parciales que tienen del año 2009 aseguran que hubo siete casos, uno más que el año anterior.

Sin embargo, Orozco considera que en el año ocurren muchos más secuestros extorsivos de los que la Policía tiene registrados, ya que hay personas que –por la seguridad de sus familiares– prefieren negociar con los delincuentes.

Precisamente una de esas historias ocurrió en San Fernando, Ocotal. Don Leonel Ortez, un cafetalero de 48 años de edad, visitaba sus fincas al menos dos veces por semana.

El 22 de octubre del año pasado, muy de mañanita, junto a su papá don Pedro Ortez y y su hijo Leonel, se enrumbaron hacia Quilalí, donde está ubicada la primera de las fincas que visitarían ese día. Viajaban en una camioneta Hilux blanca. En la tina cargaban sacos de maíz, frijol y otras provisiones. Además llevaban el dinero con el que le pagaría a los trabajadores.

Ya sobre la marcha, cerca de una quebrada, un grupo de cuatro hombres armados los detuvo y les hizo bajar del vehículo. “En el momento no nos asustamos. Pensamos que se nos iban a llevar los centavos que llevamos. Yo llevaba unos 13 mil córdobas”, recuerda don Pedro Ortez. Los bolsearon, los metieron en la quebrada donde dejaron a don Pedro y a su nieto. A don Leonel se lo llevaron.

No era la primera vez que esta familia era víctima de secuestro. Ya en 1992, unos delincuentes habían llegado a la propia casa de don Pedro a sacarlo. Lo mantuvieron en cautiverio por tres días hasta que su familia pagó 250 mil córdobas por su rescate.

Esta vez, la suma que pedían los secuestradores era mucho mayor.
A eso de las 10:00 de la mañana don Pedro recibió una llamada de su hijo Leonel que le decía que estaba secuestrado y que para devolverlo con vida los hombres querían 450 mil dólares, pero que él había negociado y el acuerdo eran 350 mil dólares.

Si querían volver a verlo sus familiares no debían llamar a la Policía. Así fue. Don Pedro siguió las instrucciones al pie de la letra para salvar a su único hijo.

“Iban corriendo mucho en la camioneta. ‘Chele’ no corrás, le decía uno de ellos mismos, pero no hacía caso. Ellos me decían que íbamos rumbo a Las Manos”, relata don Leonel. A esas alturas, a pesar de ser un baquiano de la zona, iba perdido.

Cuando la camioneta se detuvo, entre dos hombres lo bajaron. “Sentí que abrieron una puerta y después me metieron a una casa y me dijeron que habíamos llegado al lugar. Era tipo un potrero. Ya adentro me quitaron la venda de los ojos. Yo los vi. Eran personas que nunca había visto”, cuenta. Como si se trataba de recibir a un huésped le ofrecieron jugos y galletas. “Uno de ellos estaba enojado. Me dijeron que tenían un año de estar detrás de mí”, recuerda.

Don Leonel es un hombre creyente en Dios y conociendo su situación sabía que no tenía de otra más que pedirle que lo protegiera.

El maltrato, reconoce, no fue físico, pero sí moral y psicológico. Los hombres le contaban que con esa misma arma habían asaltado y herido a su papá hacía dos meses.

En medio de sus plegarias, don Leonel no podía evitar pensar que nunca más volvería a ver a su familia o qué harían sin él sus hijos.

Mientras tanto, su papá, don Pedro, no dio parte a la Policía y aunque llegaron a su casa, él les pidió que se mantuvieran al margen. En menos de dos días, gracias a préstamos, ahorros y ayuda, don Pedro logró reunir los 350 mil dólares del rescate.

Le pidieron que se fuera en una moto a un punto determinado el viernes por la noche. Este señor de 70 años se subió a una moto manejada por su nieto y en un saco llevaba el dinero. Billete sobre billete.Hubo inconvenientes en el camino y al final los planes cambiaron. Finalmente don Pedro logró entregarles el dinero a los secuestradores confiando que dos horas después ellos soltarían a su hijo, como era el trato.

La noche del viernes, los secuestradores soltaron a don Leonel y lo dejaron casi sobre la carretera a Jalapa. Ahí estuvo por varias horas hasta que amaneció y tomó un bus para volver a su casa.

Esta familia todavía sigue pagando el dinero que prestó para pagar el rescate. La familia Ortez prefiriró hacerlo a su manera. Sin policías, ni intermediarios. Todo para salvar la vida de su familiar. Los cuatro secuestradores cayeron presos y la familia Ortez se dio cuenta que dos de éstos eran clientes de ellos.

***

Para el viernes 26 de junio el papá de Walter perdió comunicación con los secuestradores. Hubo quienes desesperanzados lo daban por muerto. Su mamá no podía escuchar ni siquiera hablar de él porque se desvanecía y no paraba de llorar la ausencia de su hijo. No supieron nada del muchacho ni el viernes, ni el sábado, ni el domingo.

La Policía Nacional, conocedora del secuestro, andaba tras la pista de los secuestradores. “Ellos decían la Policía los andaba buscando y que me iban a dejar ir porque me había portado bien. Me decían que mi papá no era un hombre de palabra”, recuerda.

La noche del domingo 28 de junio a Walter lo sacaron del lugar donde permanecía secuestrado. Lo volvieron a subir a un carro y en un punto de la carretera San Isidro-León lo dejaron botado.

Antes de irse uno de los secuestradores le puso un billete de 200 córdobas en la bolsa de su pantalón.

“Para que te vayas en el bus”, y le advirtió que no llamara a su casa. “Llegá por tu cuenta, nada de que la Policía quede como que te vinieron a rescatar. Si llamás nos vamos a dar cuenta”, lo sentenció.

—Cuidado te levantás que te disparamos –fue lo último que le dijeron.
Acostado, boca abajo. Así estuvo por un par de horas hasta que estaba seguro que los secuestradores iban lejos. Al tanteo salió y casi gateando llegó a la carretera que estaba húmeda y árida. Esperó que amaneciera.

Antes de que saliera el sol pasó un bus con destino a León. Con miedo y viendo para todos lados Walter subió. Pagó más o menos cuarenta pesos. Una vez que llegó a León lo primero que hizo fue comprarse una gorra y unos cordones para sus zapatos en el mercado. De ahí se subió a un interlocal que lo llevó de regreso a Managua.

Era lunes. Había pasado una semana desde el secuestro. Walter llevaba la misma camisa ploma, pantalón negro y zapatos blancos con los que se había vestido hacía una semana para ir a clases. Sólo que daba la impresión que lo habían arrastrado.

Llegó al Mercado Oriental y se fue directo a las bodegas de su papá. Mientras se acercaba uno de los trabajadores gritó:

—¡Ahí viene Walter!
Nadie le creyó. Pero mientras avanzaba todos salieron a recibirle. Walter no aguantó el nudo que tenía atorado en la garganta y empezó a llorar como un niño.

Desde ese día, Walter no sale a las calles con las ventanas de su camioneta abajo y todos los días aunque sea inconscientemente mira por el retrovisor de su vehículo para ver quiénes los siguen. ¡Eso sí! Walter no es de los que cree en la buena suerte. Él está convencido que si hoy cuenta la historia es porque Dios así lo quiso.

FOTOS DE LINA A. LORÍO
La familia de Leonel Ortez pagó 350 mil dólares por su rescate.

El trauma post secuestro

Según el médico psiquiatra Carlos Fletes la mayoría de las personas secuestradas tienden a sufrir el llamado estrés postraumático. Fletes explica que algunos de los síntomas que se pueden presentar son ansiedad, irritabilidad, paranoia, miedo, incertidumbre, entre otros. Es por eso que el psiquiatra considera que es necesario que toda persona que pasa por un trauma de éstos visite un psicólogo o un psiquiatra. El proceso de mejoría, dice, depende de cada caso.

Secuestro según la Ley

El Código Penal de Nicaragua establece dos tipos de secuestros, el simple y el extorsivo. El secuestro simple se refiere “a quien sustraiga, retenga y oculte a una persona contra su voluntad”. Mientras que el secuestro extorsivo es definido como “quien secuestre a una persona con el propósito de exigir por su libertad un provecho, rescate o cualquier utilidad…”. En el Código Penal anterior, el secuestro extorsivo era conocido como plagio. El primero de éstos es penado de tres a seis años, pero si entrega al secuestrado en las primeras 48 horas la condena es de uno de tres años. Para el secuestro extorsivo la pena es de cinco a diez años.

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