El ángel que cayó del puente

Reportaje - 04.01.2017
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En julio pasado una noticia sacudió la opinión pública: un niño de 12 años, de padres nicaragüenses, fue encontrado bajo un puente en Guatemala luego que mareros lo tiraran por negarse a asesinar a un chofer. ¿Qué pasó realmente? En Magazine se lo contamos

Por Anagilmara Vílchez Z.

La imagen es popular. Ángel tiene una sonrisa inconclusa y una camiseta roja. Frente a él hay una cesta de piezas fritas de un desafortunado pollo. Ángel no posa. Las devora.

Esta es la última fotografía familiar de Ángel. La tomaron antes de su muerte. Es también la foto que en su funeral colocaron sobre su féretro blanco, es la foto que circuló en las redes sociales y la que usaron los medios de comunicación al hablar sobre el niño que, sin explicación, desapareció de una escuela guatemalteca y que a los dos días fue hallado, con un par de huesos rotos, golpes y frío, entre la maleza que crece bajo el Puente Belice, erigido en una de las zonas más peligrosas de la ciudad de Guatemala. De cómo Ángel Ariel Escalante Pérez llegó allí hay distintas versiones.

Que los mareros lo tiraron desde el puente, es la oficial y más conocida. Que lo secuestraron del colegio y lo pusieron a elegir entre matar o morir y él escogió la segunda. Que se resbaló, es otra de las hipótesis. También se dice que no hubo rapto, que él quería unirse a las pandillas y por eso se escapó de clases. Esta última para algunos resulta descabellada y sin sentido, tomando en cuenta que Ángel era tímido, correcto y nada pendenciero.

Magazine conversó con los padres de “El Niño Héroe” —como se le conoció en Guatemala—, entrevistó a periodistas que dieron cobertura al hecho y escarbó en la información difundida sobre el caso para hilvanar un perfil de este niño guatemalteco que hoy es admirado por, supuestamente, rehusarse a ser una “mascota” más de las maras.

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“Cuando lo vi él estaba como dormido, estaba con la boca abierta y con los ojos cerrados, lo primero que pensé es que estaba muerto, entonces yo grité del dolor, de la desesperación”, recuerda Luis Escalante, de 41 años. Su hijo, Ángel Ariel, al escucharlo abrió los ojos. “Entonces me fui y lo abracé y lo jalé conmigo, lo estreché en mi pecho, le pregunté qué había pasado y me dijo que se había golpeado cuando cayó, lo revisé y tenía las piernas quebradas, estaba temblando de frío, estaba empapado de agua, él aguantó, no sé si estuvo ahí 48 horas, 24 horas o cuánto tiempo, pero cualquiera con el golpe de 125 metros de altura se hubiera muerto”, cuenta.

Lo halló el 18 de junio pasado. El 16 había desaparecido. Debía regresar de la escuela Carlos Benjamín Paiz Ayala a las doce del mediodía. A la casa solo llegó su mochila. La maestra de sexto grado y la directora del colegio la llevaron con la noticia de que él se había esfumado. “Como nunca antes había sucedido nos alarmó esa sorpresa que nos llevó”, asegura Escalante.

Ese martes lo buscaron hasta las ocho de la noche. Pensaron que tal vez se había ido a jugar con un “amiguito”. Deambularon por las distintas zonas de la capital guatemalteca preguntando si alguien lo había visto.

El miércoles su padre anduvo en los lugares donde lo llevaban a divertirse: parques, centros comerciales… Lo buscó cerca de la colonia y la escuela, fue a la casa de cada uno de sus compañeros de clase, de sus amigos, incluso, siguiendo los consejos de un “señor” que había pasado por una situación semejante llegó a un sitio al que ni siquiera la policía entra. La mala reputación le queda chiquita. Allí estuvo. En medio del caserío se topó con los mareros. Lo interrogaron. “Que qué hacía, que me saliera de allí. Con temor me tocó salirme”, recuerda.

Al día siguiente regresó. Los integrantes de las pandillas le salieron como cadejos. Que ya lo habían visto, que por qué seguía llegando. “Con un par de mentiras seguí caminando y avancé hasta llegar a la casa donde ellos hacen sus rituales, que es allí la casa que usan para descuartizar gente, pero estaba cerrada con cadenas y un portón, me metí entre los montes y allí encontré al niño en medio de la maleza”.

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El Puente Belice es una gigantesca estructura de metal que une la carretera al Atlántico con la capital de Guatemala. A su par hay otra obra cuyos soportes parecen una réplica de las patas largas y raquíticas de los elefantes surrealistas que Salvador Dalí pintó en su obra La Tentación de San Antonio.

Al teclear “Puente Belice Guatemala”, en Google, seis de los primeros nueve resultados que muestra el buscador se refieren a Ángel Ariel Escalante Pérez, de 12 años.

Mezclados con las imágenes del puente —enclavado sobre un barranco en el que florecen casas de bloques, tenderos de ropa y basura— se cuelan las noticias sobre el caso.

A simple vista esta podría ser la historia de un niño que no quiso ser “mascota” de las maras.

Las mascotas son infantes que las pandillas o “clicas” usan para cometer delitos. Son “orejas”, emisarios de extorsiones y hasta asesinos.

La Prensa Gráfica de El Salvador, uno de los tres países centroamericanos más golpeados por la Mara Salvatrucha y el Barrio 18, recoge un censo en el que se estima “que cada pandillero podía tener una ‘mascota’”. Estas son cifras del Ministerio de Justicia y Seguridad Pública de este país en el que se calcula que en el 2013 “había un estimado de 29,325 miembros de pandillas. Ese mismo estudio consignó que la base social de las pandillas (incluyendo mascotas, colaboradores y familiares) llega hasta el medio millón de personas”.

En Guatemala, las estadísticas no son alentadoras. En octubre de ese mismo año, el viceministro de Prevención y Niñez del Ministerio de Gobernación, Arkel Benítez, dijo a medios de comunicación guatemaltecos que las maras “reclutaban a niños desde los 6 años para el transporte de drogas, armas y mensajes entre pandillas”. También pescan, a la fuerza o con incentivos como sexo o dinero, a adolescentes que luego serán forzados a cometer homicidios. Esto en un país donde la ley impone a los menores un máximo de seis años de privación de libertad por crímenes. La impunidad es uno de los mayores atractivos.

Para el especialista nicaragüense en temas de seguridad, Roberto Orozco, “las maras penetran el tejido social y cuando lo hacen tienen el control”, y se funden con el territorio dominado. En esta dinámica los niños son los más vulnerables. Los cazan porque ven en ellos el relevo generacional de una hierba, que contrario al dicho, sí muere. Y pronto. “El promedio de vida (de un joven que se mete a las maras) es de 22, 23 años aproximadamente. Se alimentan de nuevos reclutas”, asevera Orozco.

El periodista de Guatevisión, Alberto Cardona, afirmó vía telefónica a Magazineque hay testigos que confirman que Ángel Ariel Escalante Pérez fue lanzado del Puente Belice por mareros. “Al niño lo sacaron de la escuela, le dijeron a plena luz del día que si quería su vida tenía que asesinar a alguien porque si no lo iban a lanzar y él prefirió que lo lanzaran del puente”, dice. Este es el primer caso que se conoce de un menor que se rehúsa a acatar las órdenes de los pandilleros.

“Hemos ido a ver detenciones desde los 8 años hasta los 15, 16 años. Niños y niñas. Muchas veces esconden las armas en sus mochilas escolares (…) y los niños se arrepienten después, y uno les pregunta ¿ideay por qué lo hiciste? Y ellos dicen, ‘no, es que mirá si no iban a matar a mamá’, ‘no, es que mirá que yo soy involucrado en las maras’, ‘no, es que mirá que si no iban a asesinar a mi padre’, entonces ese es como el modus operandi que están usando las pandillas en este tiempo”, lamenta.

Sus presas son principalmente de las “áreas rojas” de Guatemala. Según Cardona, la Zona 6, que es el lugar en el que Ángel vivía, es una de ellas debido al incremento de maras.

“Un guatemalteco no se atreve a andar a pie allí o sacar su celular o sacar dinero en efectivo porque es víctima de robo”, explica.

“Yo creo que Dios tenía un propósito para él muy grande porque estaba vivo”.

Luis Escalante, padre de Ángel.

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Ángel era el segundo hijo de Claribel Pérez y Luis Escalante, ambos nicaragüenses. Foto cortesía

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“Arielito”, como le decían, siempre fue tímido. Tanto así que una de sus maestras enviaba notas mencionando que “él era muy apartado” y “que quería que se relacionara más con los niños”, recuerda su mamá Claribel Pérez.

Ángel Ariel nació en Ciudad de Guatemala a las 11:44 p.m. de un viernes 22 de noviembre. Era el año 2002.

Sus papás, Luis Escalante y Claribel Pérez, se conocieron en Guatemala en el 2000. Fue en una cafetería, cuentan. Él había emigrado de Somotillo, municipio del departamento de Chinandega que tiene el puesto fronterizo con más flujo migratorio del norte del país, y ella de Managua. Él tenía 26 años. Ella 17.

“Cuando nos conocimos hablábamos y surgió la amistad. Comenzamos a platicar. A conocernos. Fue ahí cuando formamos pareja”, menciona Escalante.

Después de Rudy, su primer hijo, llegó Ángel Ariel. Este último aprendió a leer en Nicaragua, pero cursó la primaria en su país y “cuando fue creciendo se fue poniendo más alegre, ya platicaba más con sus compañeros, con las personas que no conocía sí era tímido, callado, no era muy platicador, en la casa con nosotros bromeaba, jugaba con sus hermanos”, asegura Claribel desde Guatemala.

No era pendenciero, tampoco mal hablado. Le gustaban el futbol, la pizza hawaiana, la bachata y los videojuegos. Pero su pasión era otra. “Cualquier cosa podía dibujar, incluso dejó un cuaderno con muchos dibujos (…) debido a eso él decía que quería ser arquitecto”, dice su mamá.

Era “muy inteligente”. Como letanía soltaba los nombres de diferentes futbolistas. Su familia guarda su camisa del Barcelona, su equipo favorito.

A él se le fugaban los abrazos. Cada día al regresar del trabajo su mamá sabía que la recibiría con uno. “Salía y me abrazaba fuerte yo le decía ¡qué fuerza la que tenés! y a él solo risa le daba, pero me abrazaba fuerte, fuerte”, cuenta. “Nos hace mucha falta”, lamenta. A Rudy, su hermano mayor, es a quien más le ha calado su muerte. Con él peleaba, con él dormía, con él comía. “Casi todas las noches él llora. Lo recuerda a cada día. A cada minuto”, recalca Claribel.

El lunes 15 de junio Ángel faltó a la escuela. Dijo que no encontraba un zapato y por eso no fue a clases. Esa misma noche su madre se encargó de revisar que cada prenda del uniforme estuviera lista y en orden. No quería que lo regañaran por otra ausencia.

La mañana del 16 se despidieron como todos los días. Se fue con una camisa gris, un suéter corinto, un pantalón azul y un par de tenis blancos. Con la misma ropa lo encontraron a los dos días. Estaba descalzo.

Claribel Pérez servía almuerzos en su negocio de comidas cuando Luis Escalante la llamó para contarle que lo habían hallado. “Fijate que encontré al niño”, le dijo. “Yo contenta le pregunté ¿cómo está?, ¿qué pasó? ‘No, no es nada no te alarmés’, me aseguró. ‘Lo van a ir a chequear al hospital’”, fue todo. Ella pensó que sería algo de rutina. En el Hospital General San Juan de Dios lo atendieron por golpes en el cerebro, infección en los riñones, infección en los pulmones, daños en el hígado y un par de fracturas en las piernas. Los médicos lo indujeron al coma para que “las células y neuronas se estabilicen y se regeneren”, comunicaban medios guatemaltecos.

Ángel no volvió a hablar. Pasó 18 días internado. Unos eran malos. Otros no tanto. Había momentos en los que creían que podía mejorar. “Yo le decía ‘hij

o aquí estoy. Yo sé que Dios va a levantarte de esa cama’”, refiere Claribel.

El diario La Hora, el sábado 4 de julio titulaba así la noticia del deceso: “Indignación por muerte de niño hallado abajo de puente”.

A este periódico guatemalteco, Luis Moya, jefe de la Unidad de Cuidados Intensivos de la Sección de Pediatría del Hospital San Juan de Dios, le dijo que “el niño murió por insuficiencia orgánica múltiple y choque séptico”.

“El tiempo que pasó sin atención médica hace que las células sufran de manera irreversible por falta de oxígeno. Cuando llega al hospital y se inicia todo el tratamiento, las células se reactivan pero al estar tan carentes de oxígeno esa reactivación las hace morir más rápido (…) Sería como intentar volver a hidratar una planta que está casi marchita”, explicó el médico.

A Ángel el corazón se le detuvo. Esa misma máquina que lo mantuvo vivo entre la maleza desgreñada no daba para más.

Su papá se enteró al regresar de comprar unos medicamentos que le hacían falta. Una enfermera fue quien le dijo: “Lleva 14 minutos de estar con el corazoncito parado y no responde, estamos haciendo todo lo posible”. “Diez minutos después me dice que no se pudo hacer nada y que el niño murió”, recuerda Escalante. Cuando Claribel llegó, a eso de las cuatro de la tarde, le informaron que su hijo tenía 20 minutos de haber fallecido.

“Los niños lo extrañaron mucho los primeros días, de hecho le grabaron un video cuando él estaba en coma donde le mandaban a decir que lo necesitaban, que se recuperara pronto, que regresara pronto, pero lamentablemente no se pudo”.

Luis Escalante, padre de Ángel.

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Ese mismo día las redes se encendieron. “Fallece niño que prefirió morir que matar”, “Muere niño nica lanzado de puente por pandilleros”, “Triste retorno de Ángel Ariel Escalante a Nicaragua”, fueron algunos de los titulares difundidos. Su foto y su historia una y otra vez eran compartidas, retuiteadas, comentadas. La comandante guerrillera, Dora María Téllez, por ejemplo, publicó en su muro de Facebook el 9 de julio: “Me ha conmovido profundamente su historia por muchas razones (…) Pero lo que más me ha movido es su ejemplo de integridad, entereza, valor cívico y valor humano. Un niño que supo que debía hacer lo correcto, que no podía convertirse en asesino, aún a riesgo de su vida”.

“El Niño Héroe”, le llamaron en Guatemala. Salió en los medios locales. Su noticia saltó hasta Univisión. Se escribieron reportajes, notas informativas, artículos de opinión en los que lo escogían como un ejemplo a seguir. En Nicaragua se le dio cobertura a su sepelio, pues su cuerpo fue enterrado en Somotillo, de donde es originario su papá.

“En el ámbito nacional la muerte de este niño generó la consternación, molestia, de diferentes sectores (…) generó más la molestia de la gente que está protestando, pidieron más vigilancia y el cese de la violencia”, subraya Alberto Cardona, periodista desde hace 12 años en Guatevisión. Para él las investigaciones pueden estancarse sobre todo porque “las fuerzas del orden no se dan abasto con tanto pandillero”. A lo que se le suma, explica Cardona, que la policía está “cansada” y “molesta” porque debido a los brotes de descontento ciudadano “ya tienen por lo menos tres meses de no tener vacaciones” para poder contenerlos.

Miles de manifestantes inundaron en meses pasados las plazas guatemaltecas para protestar contra la corrupción y la violencia. Así consiguieron la renuncia de la vicepresidenta, Roxana Baldetti, pero no es suficiente. Ahora quieren ver rodar la cabeza del presidente, Otto Pérez Molina.

“Mientras lo subíamos contó que pandilleros le preguntaron ¿cómo prefería morir, si descuartizado o que lo lanzaran del puente? y este dijo que prefería que lo lanzaran”, declaró a los medios de comunicación el portavoz de los bomberos municipales Javier Soto. Lo dijo el día que trasladaron a Ángel Ariel al hospital. La versión se hizo viral.

Claribel Pérez no está convencida de que esa sea la verdad. “Lo único que dice mi esposo que sí le dijo es que lo habían tirado de arriba. No dijo quién, ni por qué”, aclara. “Solo Dios sabe cómo pasaron las cosas”, insiste.

Luis Escalante recuerda que su hijo le repetía que tenía frío, hambre… “y entonces los bomberos me dijeron que querían hablar con él, no sé qué tanto le diría a los bomberos, luego surgió todo lo que salió en las noticias (…) ¿Por qué no me lo dijo a mí para actuar? No sé si lo amenazarían o qué pasaría”.

Claribel cree que tal vez Ángel se resbaló. Esa es una de las últimas hipótesis. “Mi esposo fue el que se esmeró, el que buscó, el que encontró, el que llamó, incluso los paramédicos no llegaban y cuando llegaron hicieron tanto drama como para darle tiempo a los medios que llegaran que mi esposo hasta los trató (…) allí nadie avisó, nadie vio nada, nadie sabe nada, absolutamente nada”, reclama.

“Nadie se resbala de ahí”, asevera el comunicador guatemalteco Alberto Cardona. Él cree que quizás la familia tiene miedo, pero que investigaciones periodísticas demuestran “que sí fueron las pandillas”.

La pareja Escalante-Pérez subraya que nunca recibió amenazas de nadie, pese a que Luis es comerciante y este gremio junto al sector transporte son los más extorsionados por las pandillas. “El día que él desaparece si me hubieran pedido dinero por el rescate del niño hubiera movido cielo y tierra para pagar, pero no pidieron por él”, dice Escalante.

Hasta el cierre de esta edición de Magazineno había ningún detenido por el caso. Las interrogantes sobre todo se tejen alrededor de la escuela en la que él cursaba el sexto grado de primaria.

“A la profesora yo no la vi con ninguna preocupación”, resalta Claribel. Cuando la maestra de su hijo, a quien solo conoce por “Seño Carla”, fue cuestionada de cómo se había escapado el niño del colegio ella supuestamente se “hizo la loca” y se puso a platicar con otra persona. “Cuando yo estuve en el hospital nunca me mandó un mensaje, nunca llegó a la casa (…) en la escuela tienen números míos y nunca preguntó cómo está Ángel”, subraya.

¿Usted cree que ella estaba involucrada? “Yo no puedo juzgar a nadie pero para mí sí fue algo extraño que ella no estuviera pendiente, algo sospechoso se podría decir, que no llamara, que no mandara un mensaje. Para más la directora me mandaba diario un mensaje”, enfatiza.

“Quisiera que investigaran la escuela, a ver cómo se salió, de por qué nadie vio nada, con esa duda estoy”.

Claribel Pérez, mamá de Ángel.

¿Qué son las maras?

“El problema de las maras es que no son pandillas comunes, sino que saltan a un nivel de delincuencia más sofisticado, más refinado, más organizado”, asegura el especialista nicaragüense en temas de seguridad, Roberto Orozco.

“Vivo por mi madre y muero por mi barrio”, es el lema de las maras, un tipo de pandilla que se cultivó en Estados Unidos y echó raíces en los países del triángulo norte de Centroamérica.
Allí se dedican a extorsionar, asesinar, traficar drogas, armas, personas y dominar territorios. Las dos principales pandillas son la MS-13 y el Barrio 18.

En El Salvador por ejemplo, cifras oficiales de un censo realizado en el 2012, revelan que hay al menos 60,000 pandilleros activos, que tienen “una red social adicional de 410,000 personas (familia, novias, niños)”. Según el diario salvadoreño El Faro, esto representaba en aquel entonces casi el 10 porciento de la población de ese país.

Las “mascotas” de las maras

22

menores, de enero a septiembre de 2013 fueron capturados y acusados de participar en homicidios en Guatemala.
50

asesinatos al año en Guatemala son atribuidos a niños, según cifras de Unicef.
1,500

“mascotas” guatemaltecas fueron detenidas en 2013 por delitos como tenencia de drogas, extorsión, violación, robo y portación ilegal de armas de fuego.
95

por ciento de los menores involucrados en delitos “son pobres, con poca educación y familia desintegrada. Las pandillas han hecho de ellos un brazo de la criminalidad”, advirtió a El Mundo, el subsecretario de Bienestar Social de la Presidencia de Guatemala, Enrique Lea.
50

mil y 100 mil integrantes es un estimado sobre el número de niños y jóvenes que integran las maras y pandillas.

“Acá en Guatemala es un poco difícil que ese tipo de casos se resuelvan. Como hay tanto pandillero en tantas zonas, ataques y todo ya las fuerzas del orden no se dan abasto”.

Alberto Cardona, periodista guatemalteco.

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