El avión de la CIA perdido

Reportaje - 01.07.2007
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En las montañas nicaragüenses: cayó hace 46 años en un avión B-26 que regresó de las costas cubanas después de participar en la caída de la Bahía de Cochinos.
Todavía quedan huellas de él en San José de Bocay

Texto y fotos de Orlando Valenzuela

Mientras tanto, las agencias internacionales de noticias informan sobre una "rebelión en Cuba" y el avance de las fuerzas anticastristas en Bahía de Cochinos y su inminente triunfo, en la cabina de un avión B-26, Crispín García y Juan de Mata González escudriñaban con La ansiedad entre la noche, la tempestad y el bamboleo del aeroplano con la esperanza de encontrar la pista de aterrizaje. Ese avión había sobrevolado la costa cubana aquel 17 de abril de 1961.

Ante la tormenta por la noche, los pilotos decidieron volar a baja altura, bajar un poco más y pronto la aeronave se estrelló contra el muro verde de la jungla.

García y González formaron parte del contingente de 54 pilotos reclutados por la CIA (Agencia Central de Inteligencia) norteamericana, de los cuales 18 murieron en Bahía de Cochinos. Ellos, junto con 1,511
hombres entrenados en Guatemala por esa agencia de espionaje gringa, formaron la Brigada de asalto 25-06 que tuvo como misión tomada una punta de playa en la isla, donde instalarán un gobierno provisional para luego pedir el reconocimiento diplomático internacional.

La idea de la CIA era hacerla aparecer como una rebelión interna de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), contra Fidel Castro. Por eso, a los aviones de transporte y combate que les dieron a los exiliados les pintaron en las alas, las siglas FAR y la bandera cubana.

Sin embargo, la invasión a Cuba fracasó y Crispín García y Juan de Mata González fueron dados por "muertos en acción" en Bahía de Cochinos y nunca más se volvió un sable de ellos.

Pero la verdadera historia de estos dos pilotos de origen cubano y la "rebelión en Cuba" es diferente a lo que se dijo entonces. Ni las fuerzas del exilio cubano en Miami tiene como resultado el triunfo sobre el ejército de Fidel Castro, que apenas dos años antes se había convertido en el poder en la isla, ni en los pilotos del B-26. naval como la aérea salieron de Nicaragua, con el apoyo de Anastasio Somoza, entonces jefe del Ejército, Crispín García y Juan de Mata González no murieron en la jungla de Cuba, sino en San José de Bocay, en el noreste de Jinotega, según Se desprende de un informe "Top Secret", desclasificado y divulgado por la CIA en enero de 1998.

El informe no fue una casualidad, sino el resultado del esfuerzo y la presión durante muchos años. Así, en marzo del mismo año 1998, ya en Nicaragua, Frank García, hijo del piloto Crispín, con la ayuda de Janet Ray Weininger, que años antes había repatriado los restos de su padre desde Cuba, y un equipo de forenses del ejército norteamericano, inicia las labores de búsqueda y exhumación de los restos para su identificación. Durante un mes, los especialistas, junto con decenas de pobladores de la comunidad contratados excavaron en diferentes puntos del cerro donde se estrelló el avión en busca de los cuerpos de ambos pilotos.

Reproducción / Archivo / La Prensa
Las agencias internacionales de noticias hablan del "avance" de los invasores en Cuba.

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El equipo de la ciudad de San José, a 10 kilómetros del este de San José de Bocay.

Pero en esta comunidad, aunque todos sabemos dónde están los restos del avión, no hemos encontrado a nadie que ha sido testigo de aquel acontecimiento, que hemos viajado hasta El Bambú, donde hemos encontrado a Don Abelardo Benavides Amador, de 83 años, quien no solo vio el avión destrozado recién caído, sino que él fue quien fue el único.

"Cuando supimos la bulla que había caído un avión en Los Olivos, fuimos a ver Máximo y Lucas González y yo, pero cuando llegamos eso ya estaba lleno de gente. El avión era grande, de tres motores, la gente venía con hachas, machetes, barra, mazo y hasta con palas le daban al avión para llevarse un pedazo de él en mula, bueyes, cabaentonces le sacábamos tiras para quemarlo y alumbrarnos cuando andábamos pescando. Era hediondo", recuerda don Abelardo.

Contrario a lo que dice el informe de la CIA, el avión no fue encontrado en noviembre de 1961, sino al día siguiente del accidente, en abril de ese año, lo que pasa es que Mariano Hernández, el dueño del terreno donde cayó la aeronave se quedó callado y hasta los siete meses fue a denunciar que en su finca había caído ese aparato.

Esa primera vez que llegó don Abelardo a ver los restos del avión, recuerda que uno de los perros cazadores que lo acompañaban escarbó junto a un árbol de comenegro y sacó unos pedazos de costilla y una bota con un hueso, restos que fueron enterrados allí mismo en un hoyo que abrieron con los machetes. Por ese detalle, don Abelardo dice que cuando los familiares de los pilotos vinieron en busca de sus restos en 1998, 37 años después del accidente, recordó el sitio donde los había enterrado.

Javier Antonio Rodríguez Ortiz, conocido también como "Segovia", era teniente de la Policía de San José de Bocay cuando se realizaron las labores de rescate de los restos de los pilotos del B-26. En ese momento, tanto la Policía como el Ejército de Nicaragua brindaron protección a los forenses y familiares de ambos aviadores.

El grupo que llegó al lugar del accidente era de unas 18 personas, refiere Ortiz, entre laboratoristas, arqueólogos, familiares y demás, los que andaban en seis helicópteros militares, para los cuales construyeron dos helipuertos, uno en la cima del cerro de Los Olivos y otro a la orilla del río Bocay.

"Segovia" cuenta que a pesar de los trabajos de excavación de unas cuatro manzanas cuadradas, sólo se logró encontrar una medalla y una parte de la dentadura de uno de los pilotos, así como también muchas municiones de ametralladoras. Entre las personas que recuerda con mucha estima está la señora Janet Ray por su dinamismo y entusiasmo en la misión.

Foto de Orlando Valenzuela
Javier Antonio Rodríguez "Segovia" al centro y dos compañeros suyos frente a uno de los helicópteros que participó en la misión de búsqueda de los aviadores.

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Don Julio Cantarero Quezada, de 50 años, y con 25 de vivir en Los Olivos cuenta que trabajó tres días en las labores de excavación con los gringos que vinieron a buscar los restos de los pilotos.

"Ellos contrataron como a 40 personas de las comunidades cercanas y pagaban 50 córdobas por día. Se empezaba a trabajar a las 7:00 a.m. y se terminaba las 3:00 p.m., cada hora nos daban diez minutos de descanso, decían que andaban rastreando la caja negra, pero no la encontraron".

"Se llevaban bien con la gente, pero eso sí, no agarraban nada de aquí, todo, la comida y el agua que bebían, lo traían en helicópteros", explica Cantarero Quezada mientras baja por la hondonada de más de 350 metros, frente a la cual se encuentra, el cerro montoso donde aún existen esparcidos muchos pedazos de la aeronave.

Después de bajar por una pendiente donde sólo las cabras pueden poner sus pezuñas, llegamos a la casa de doña Erma Murillo que tiene en el fondo del patio un pedazo de aluminio del avión. Allí mismo, a sólo unos 50 metros, bajo la piedra del lavandero, tiene una rueda de acero que parece ser el ring de una de las llantas del tren de aterrizaje. Más arriba, en la casa de una familia recién llegada a la comunidad, junto a un árbol de guayaba plantado a la orilla del guindo, se encuentra un montón de aluminio retorcido que forma parte de los juegos infantiles.

Pero la pieza más interesante es la que se encuentra a la orilla de una cañada que pasa cerca de la escuelita, donde la niña Marla Cruz y varios compañeritos suyos nos mostraron lo que a simple vista forma parte de uno de los fuselajes del B-26. Esta pieza, carcomida por el sarro y recubierta de una capa de lama, por su tamaño, indica que el aeromotor era bastante grande.

En el fondo de la hondonada, perdido totalmente entre la vegetación, se encuentra otro de los fuselajes del avión, según indicó el guía, que también tiene otro pedazo del aparato en el cerco de su casa.

Cuando regresamos a la carretera encontramos varios pedazos de aluminio enterrados a la orilla del camino. Don Julio dijo que eso era porque el último huracán provocó deslaves y arrastró varias partes del avión, incluidos los fuselajes, que hace varios años ya unos 300 metros más arriba.

Pero tal vez a la parte del avión B-26 que mejor utilidad le ha dado es el pedacito de una hélices que conservan en la casa de don Adrián Muñoz, la cual es responsable de comen las tortillas, que realmente tienen deliciosas . Yelba Muñoz dijo que "Don Nicolás" a su mamá hace más de 25 años.

Foto de Orlando Valenzuela
Don Julio Cantarero junto a un pedazo de avión encontrado entre la maleza de cerro Los Olivos.

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