El boxeador que no se rinde

Perfil, Reportaje - 24.08.2008
Jairo Páramo

Después de una vigorosa carrera en amateur, Jairo “Rocky” Páramo logró ganar sólo una vez en el boxeo profesional, perdió 29 y lo noquearon nueve veces, lo retiró la comisión porque sufrió demasiado castigo y los cronistas empezaron a considerarlo como uno de los más malos boxeadores de la historia.
Pero él se resiste a tirar la toalla, hace un par de fintas en el aire y dice que quiere aunque sea “dos peleítas” más

Octavio enríquez
Fotos Orlando Valenzuela y Julisa Morales

¿Ganaría esta vez? El granadino Jairo Páramo poder llenar un currículo con su alias. Era ‘ “Rocky” a secas y su rival de ocasión era Alejandro “El Pajarito” Estrada, vaya nombre de guerra para un boxeador. Antes de aquella noche del dos de septiembre de 2000, en el Estadio Nacional de Managua, la complicación más grande de “El Pajarito” fue que marcó 122 libras, cuatro encima de lo acordado.

Páramo había cumplido, tras una preparación de última hora que a él siempre le supo a lo mismo: hambre, sobreejercicios, y tragos alegres con sus contertulios.

No fue un problema para él que los manejadores lo buscaran con frecuencia un mes, 15 días antes de los combates. Nunca dijo que no. Y estuvo listo para el mexicano.

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Ahora, podía cobrar a voluntad las libras que su rival le llevaba encima, según un acuerdo extraoficial para que la pelea no se suspendiera. Como podía tirar un jab, Páramo lanzó su propuesta: 100 dólares por cada libra en exceso para no parar la pelea, un acuerdo entre ambos peleadores que avaló el consejo. El mexicano frunció el ceño, se rascó la cabeza y dijo: “Ya no aguanto más (con lo de bajar peso). Órale, cómo vamos a hacer güey . Manito, ponte la mano en la conciencia”. Según el nicaragüense, Renzo Bagnariol, el jefe de jefes en el boxeo nacional, dijo que había que pagarle a Páramo sus libras, que él tenía derecho a cobrarlas por ser cumplido.

El pago extra lo exigió en el camerino, minutos antes de subirse al ring con el hambre de triunfo genuino que nunca lo abandonó desde que se hizo boxeador. Por todo, esa noche recibió 1 mil 200 dólares y podía incluir con suerte una victoria, en su maltrecha carrera que era de 20 derrotas consecutivas. Nunca había ganado y lo único destacable es que no había sido así cuando estuvo en amateur, en aquellos años cuando según él fue campeón gallo (118 libras), ganó supuestamente 67 veces y perdió ocho.

Pero ése era el pasado. El día de la pelea con el mexicano, el anunciador le prendió candela a la noche. Después de una gris presentación al nicaragüense, “El Pajarito” resultó que tenía 23 victorias, una derrota y tres empates, y era el ranqueado número diez de la Organización Mundial de Boxeo.

En la otra esquina, Páramo tragó gordo.

—No jodás Pijiriche (así llamaba a su entrenador José Valverde), este tipo es duro, el número diez del ranking –le reclamó.

—¿.Y ya no estás en el ring? Volale verga, ya estás arriba –le dijo Valverde mientras le hacía masajes en la espalda, segundos antes de que sonara la campana.

—Ya estás en el ring, ya estás en el ring, no jodás metí las patas –le dijo. No había nada que hacer.

—Ya te pagaron los 400 dólares. Si le sentís la mano, vos ponés la rodilla y ya está –lo despidió.

Ocho rounds después terminó el combate. Estrada ganó por nocaut, pese a que tenía una mano golpeada. Con más pesimismo que otra cosa, era casi un hecho que la gente pensaba que Páramo era un caso perdido. Cuándo sorprendería con una victoria, era la incógnita abierta.

***

Alas diez de la mañana, Granada hierve junto al lago y algo del pasado colonial –que se ve en los edificios y en las casas del centro de la ciudad– sirve de remanso a los viandantes en ese sitio de pasado español, ubicado a 45 kilómetros de Managua.

En aquel caserío de viviendas prefabricadas llamado María Elena Cuadra –fundado hace dos años aunque la gente peleaba los terrenos desde hace tiempo–, se ve a un hombre con el cabello gris que saluda y señala la casa de Páramo, la NHG090: un huevito, color celeste con mamón, piso embaldosado, donde él vive junto a su esposa Jamileth McCrea y sus tres hijos.

Allí se vende hielo, gelatina, bolis y fresquito y “tenga cuidado que venden golpes también”, dice el vecino mientras conversa con otros. Pero Páramo no está y tampoco estará después de tres, cuatro intentos, hasta que me entero que llegó, pasada la una de la tarde, al ver una bicicleta y una mochila colocada al lado de la puerta.

Páramo siempre tiene alguien a quien entrenar: a un muchacho, un abogado, un odontólogo que le pagan por un par de horas diarias 200 córdobas semanales. De eso vive. No hace otra cosa. Parece, por la facha, vigilante y no boxeador.

Mueve las manos frenéticamente, arquea las cejas, pesa más de 140 libras y tiene la frente surcada de arrugas. ¿Dónde está el hombre con la suficiente labia para convencer a los manejadores que daría palizas aunque terminara derrotado? ¿Dónde está el licor que consumía a granel y que no evitaba que hiciera presentaciones aunque le avisaran veinte días antes del combate?

La labia está intacta, y el licor dice que lo abandonó desde hace años. El rostro es un buen mapa para seguir su trayectoria. Páramo es el rey de las cicatrices. A los 37 años, tiene tres señas en las cejas. Una se la partió el “Yambito” (Julio Gamboa), la otra es la herida de un cabezazo que le dio Eddy Sáenz, y se ve también una herida más pequeña que le abrió en su momento Adonis Cruz; la nariz está también abollada, porque se la quebró otro peleador y allí se ve también otra cortadura. Ésta se la hizo Luis Pérez.

Esta tarde, viste de camisa a cuadros celeste y exhibe un tatuaje en el pecho. “Yo me gano la vida entrenando”, dice minutos antes de salir a buscar a un niño que sacará a correr y le pondrá los guantes.

Se acomoda en una silla plástica, saca una carpeta con todas sus fotos, con una imagen enorme del Corazón de Jesús en la portada. Cuesta creer que la gente confíe en él para que los entrene, pero si lo ha logrado es porque es agradable. En las imágenes que muestra, se ve una foto en que cae ante Julio “Yambito” Gamboa y en otra ante otro rival que puede ser cualquiera de su lista de oponentes.

A la orilla de la ventana se ven unos picos en una bolsita y una gaseosa. Páramo dice que esta casa (se pasean en la sala unos patos y una gallina) la logró comprar con la última pelea que hizo el diez de diciembre de 2005. Entonces se enfrentó a Francisco Huerta en las 126 libras y perdió por nocaut en el tercer round, unos meses después de la primera pelea con ese tipo.

“Anduve bebiendo durante ocho días y me llamó Rosendo (Álvarez) y me dijo: ‘Para que te quités las dudas peleó de nuevo con Huerta’. La primera vez me ganó. Volví a pelear con él y esta vez sí. Me dice el referee Portocarrero: `¿protector bucal?’ Cuando le hago así es un tape enrollado, no ando condiciones para dos rounds, pero aguanté un poco más. Ése fue mi retiro. A mí me retiró mi mujer”, confiesa.

Interrumpe el cuento. La familia para él es muy importante. Cuenta anécdotas familiares, sonríe viendo las fotos de sus hijos y vuelve al boxeo. Men, vieras mis hijos —dice al ver una fotografía del álbum, uno de ellos se llama Leo—. Ya uno tira golpes, es bueno el niño. Pega duro.

Foto Orlando Valenzuela y Julisa Morales
Páramo tiene una familia hermosa en Granada. Sus hijos hacen fintas y él los mascotea de vez en cuando, aunque su esposa considera que el boxeo no paga bien los sacrificios de su marido

***

Ahora se detiene en su infancia. De niño, el granadino siempre fue inquieto y pleitisto, pero nadie en su casa sospechaba que sería boxeador. Querían que estudiara. Pero él se quedó en segundo año de secundaria, pese al esfuerzo de su familia, formada por el ganadero José Páramo Guido, asesinado en los ochenta, y una comerciante de carbón.

Se rodeó de amigos con una facha que a cualquiera asustaría. Allí conoció a un pandillero que se metió al boxeo con él.

“Desde que yo conocí a Ricardo Mayorga le gustaba la propaganda y yo le decía: `Ricky, vos tenés que ser un hombre callado. Humilde’. Él me decía: `Miró Paramito vos no sabés cómo es este negocio, ¡vos tenés que hablar hijueputa, para ganarle la pelea psicológicamente”, se acuerda que le decía.

El lugar en que ambos se formaron boxísticamente era un gimnasio llamado la Iguana Verde. A ese lugar, Páramo llegó después de prestar su servicio militar en 1987, de donde salió enfermo de hepatitis. Viviendo en Granada, sufrió un accidente en el que murió un hermano y él sufrió lesiones en una de sus piernas.

El jefe militar de Granada, teniente Denis Jiménez, le dijo que era imposible que volviera a los Batallones de Lucha Irregular, se dedicó al deporte y al boxeo y estrechó relaciones con otros boxeadores, primero en Granada y luego en Managua, incluso en la antigua escuela de entrenamiento militar Carlos Agüero.

Compartió experiencias con Rosendo Alvarez, Mayorga y Gustavo Herrera, miembros todos del Ejército y de la selección nacional de boxeo, y allí se voló guantazos con todos ellos. Hizo después una carrera en amateur, donde le fue muy bien, y después vendría el fracaso en la profesional. Su titanic boxistico.

Los cronistas deportivos tienen un concepto de Páramo que está por el piso. “Pertenecía a un grupo pequeño que sirve para que las estrellas potenciales escalen posiciones. Él es el paradigma más reciente, sobre todo en los años 90 de ese tipo de boxeador. Yo no sé si es el peor boxeador que ha tenido la historia, pero el mérito de él fue que probablemente tiene la mayor cantidad de rounds boxeados con la menor cantidad de nocauts recibidos.

Este hombre recibió una cantidad de castigos impresionante. Soportó a gente en peleas y entrenamientos”, dice Alfonso Malespín, ex profesor de la escuela de periodismo y editor de Alexis, la desaparecida revista de boxeo.

La lista de sus adversarios lo confirma. Revisando, cualquiera se puede encontrar a buenos prospectos en su momento como Eddy Sáenz, Léster “El Patito” Fuentes, Adonis Cruz, Julio Gamboa, William González y otros que, antes de convertirse en destacados boxeadores a nivel nacional y algunos en campeones mundiales, boxearon con Páramo. Todos pasaron por él. “Cuando peleó con (Ricardo) el ‘Finito’ López fui sparring de Rosendo. ‘Páramo dámele al suave me decían’, y yo le decía qué va. Si este indio mete duro las manos. Pega duro este maje. ‘El campeón te está pagando’, me decían, y yo les respondía que me pagaba no para que fuera saco”, relata.

Sin embargo saco lo consideraban. La fama de mal boxeador ya había trascendido fronteras. No había quién no dijera que era una buena escalera para sus púgiles. Cuando lo cuenta parece que él ha aceptado esta realidad como un destino manifiesto. Le pone un poco de risa, le pone un poco de humor.

“Don Rafael Méndez, de República Dominicana, habló con Mario Arce (entonces su apoderado). Le dijo que le mandara un perdedor de aquí de Nicaragua, entonces me buscan a mí”, dice.

Parece que se hubiera acostumbrado a perder, parece que no le molestaran los malos comentarios de los cronistas y hasta de los vecinos. Porque cada vez que salía a hacer las compras de su casa se encontraba con bromas como ésta:

—Ideay Páramo, ahí está tu papa el yambo (Julio Gamboa)…

—Ahí está mi hijo también, ahora es mi hijo, yo le gané una de las peleas pero me la robaron –contestó.

Foto Orlando Valenzuela y Julisa Morales
Sale todos los días de su casa en una colonia de Granada a buscar vida. Entrena a varios jóvenes a quienes les cobra 200 córdobas semanales. Dice que él predica con el mal ejemplo y la gente debe creerle, porque él hizo lo más malo del boxeo.

***

El 18 de marzo de 2005 todos esperaban que las cosas siguieran su curso corriente, incluyendo a Néstor Guevara, chichigalpino, con tres peleas en el profesionalismo y discípulo de Oscar “El Alacrán” Espinosa, a quien le habían dicho que su próximo rival era el más fácil que podía enfrentar.

Había pasado un mes entrenando, iba en el peso y todo estaba en orden para el combate. Le había preguntado al “Yambito” Gamboa, con quien trataba entonces, y éste le recomendó que le pegara en la barbilla a Páramo. Allí caía.

La ebullición del público era natural. Gritos, vivas, o voces de repudio y en el centro Páramo contra Guevara lanzándose golpes. Era el primer round y de repente… ¡un cabezazo!

—Me hizo sangrar bastante la nariz, yo venía lastimado de otra pelea. En el segundo round ya no salí. Me sentía apenado –dice Guevara.

Guevara tiene 37 años, viste de gorra y camiseta azul y blanca. Entrena a un joven en el gimnasio de
la Policía Nacional, Ajax Delgado, y cuando cuenta su historia le parece a uno que la fecha del combate la tiene anotada con un círculo rojo en el calendario.

—¿Por qué te dio pena? –le pregunto.

—Me ganó un paquete, porque a mí no me hubiera ganado –dice Guevara, quien recibió poco más de mil pesos por esta pelea de manos de Ana Francis Donaire, dueña de la promotora y esposa de Rosendo Alvarez.

—¿Quedaste con el color de ser “el hijo de Páramo”? –lo provoco, y se ríe, pero una risa que no molesta. Más bien narra:

—Una vez un brother me dijo: me acuerdo de aquella pelea que peleaste con Páramo. Y entonces yo le dije que me había ganado por el cabezazo. “Pero te ganó”, me dijo. (Grandes carcajadas). Yo hubiera retirado a Páramo (hace énfasis, serio, se toca un puño). Lee Sandoval (otro boxeador) creía que yo lo iba a retirar. Lo intenté varias veces, pero no lo cacé con mi volado de izquierda, ésa era mi arma mortal.

Foto Orlando Valenzuela y Julisa Morales
Nestor Guevara (de gorra), entrena a jóvenes junto al veterano Oscar “El Alacrán” Espinoza en un gimnasio de Managua. Él fue el único que perdió con el granadino Jairo Páramo. “Me ganó por un cabezazo” asegura muerto de la risa.

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Peleó y ganó una sola vez en su carrera profesional en un país que recuerda a los mejores de la historia como Alexis Argüello, el flaco explosivo, el tricampeón del mundo, el más grande y conocido en el mundo. Páramo no tuvo mucha suerte.

“El problema es que mi ahijado pelea a la loca”, explica la madrina del boxeador, Esmeralda Garay, pelo blanco, bromista, en el barrio Villa Tepetate Norte.

Enfrente vive la madre, Dolores del Carmen Gaitán Rocha, de 66 años, quien debe vender rifas durante todo el día para ganarse la vida. Ella asegura que “Jairo pegaba y le pegaban. Era un yunke para aguantar” y que ella debía echarse unos high ball para aguantar las palizas que le propinaban a su hijo.

Por el boxeo siempre hubo tirantez en casa, como la vez que Páramo necesitaba dinero para viajar a Managua y amarrar en la capital un contrato. La madre lo mandó a dormir esa vez sin darle el dinero y le dijo que le contara después lo que soñaba.

Cuando Páramo regresó del viaje con la plata y, ella se acercó para pedirle, le dijo: “Darán-darán dicen las campanas, vaya a acostarse y me cuenta qué sueña” Páramo se queja de la falta de apoyo de su madre y sostiene que en realidad la razón de sus derrotas es otra. Dice que fue víctima de la mafia del boxeo y cuenta que hay boxeadores que, presionados para dar el peso, han tenido que sacarse sangre o beber pastillas para bajar rápidamente y evitarse problemas como el que tuvo el mexicano cuando se enfrentó con él.

“A mí nunca me gustó la marihuana o la cocaína. Pero el licor sí. En el ámbito profesional yo no me cuidé, creía que tomar un viernes, un sábado y un domingo no me iba a afectar faltando dos meses, un mes, para la pelea. Yo no me preparaba. Una vez me llamó el comisionado Dixon y me pregunta ‘cómo estás para una pelea’, y yo tal vez de goma, le decía: ‘tengo unas condiciones que no son jugando’, aunque me temblaba la mano. ‘No tenés idea cómo estoy. Poneme al que vos querés’ le dije por teléfono”, asegura.

Y aunque el alcoholismo parece la verdadera razón de su desplome, él dice que eso ya fue al final y que se fue decepcionando al ser víctima de supuestos robos en los resultados de las peleas.

Al periodista Alfonso Malespín le parece increíble que se permitan cosas como las de Páramo en la Comisión de Boxeo, pero él tiene su propia explicación: la televisión domina el espectáculo y, siguiendo esa lógica, explotan a los boxeadores para garantizar el show.

¿Hasta dónde llegaron con el caso del granadino? Él mismo Páramo cuenta que tres boxeadores más fueron examinados por la comisión cuando lo emplazaron y que él se largó, luego de insultar al médico, porque creía que era un examen baboso el que le hacían al hacerlo caminar por unos ladrillos.

Páramo recuerda que había dos boxeadores que estaban muy mal entonces: uno se desmayó en el ring frente a su oponente y otro se chupaba los mocos inconscientemente viajando en bus.

“En un lapso de uno o dos años probablemente recibió los golpes que (Mohammed) Alí recibió en toda su carrera. Páramo peleaba en todas las categorías, era increíble cómo aguantaba. Ojalá estas cosas tan malas no vuelvan a pasar”, sos-tiene Malespín.

Renzo Bagnariol, vicepresidente honorario de la Comisión de Boxeo, dice por teléfono que él tiene un concepto completamente distinto de Páramo. Para él, nunca tuvo vicios y vivía entrenando, pero admite que hay debilidades con el control de los boxeadores.

“A veces es dificil controlar la situación. Páramo se mantenía en Granada y uno le preguntaba a los entrenadores y muchas veces ellos son los causantes, los que esconden.

No estoy diciendo que todos son así, pero muchas veces por ganarse el diez por ciento de lo ganado por el muchacho mienten, encubren cosas y a veces en los departamentos es dificil darse cuenta de lo que está pasando”, explica Bagnariol.

Páramo asegura que no sufrió ningún daño por su carrera. Se queja del examen que le hicieron en la comisión delante de su esposa, de 42 años, ama de casa, y frente a sus tres hijos en la casa de su suegra en la capital, adonde acaba de llegar de visita a finales de la tarde.

Su esposa lo conoció en los años 80 porque él anduvo en el Servicio Militar con un hermano de ella. Tuvieron una relación, luego se separaron y terminaron juntos de nuevo en el año 2000. Ella dice ahora que menos mal que no estaba cuando le fracturaron la nariz. Que no vio las cicatrices que en la cara empezaban a aparecer por ese deporte de riesgos del que nunca tuvo miedo. Que ella le hubiera pedido el retiro. Pero él no se rinde ante las críticas.

“Yo siempre tuve un corazón de guerrero (…) A mí me robaron peleas, soy víctima de una mafia del boxeo, y quiero hacer dos peleítas más. Creo que le gano a varios muchachos”, dice confiado ante la mirada de la esposa.

Foto Orlando Valenzuela y Julisa Morales
Uno de los pequeños que Páramo asiste. “Dale hijo, dale le ordena después de que el niño calentó. Muchas veces lo saca a correr por el barrio.

Boxeo en cifras

La Comisión Nacional de Boxeo tiene 170 boxeadores inscritos en todo el país. La mayoría son originarios de Managua, según Enrique Portocarrero, uno de los directivos de la organización, aunque hay uno que está registrado por ejemplo en el departamento de Río San Juan.

Portocarrero explicó que las reglas estipulan que un boxeador noqueado tiene dos meses para recuperarse y volver a pelear Si lo noquean cinco veces seguidas se le suspende la licencia por regla. “Son muy pocos casos de éstos los que se dan al año. El año pasado vimos dos o tres. Este año ninguno”, aseguró por teléfono. Como dato curioso, las mujeres en Nicaragua pelean en el amateur porque no lo hay en nivel profesional según la Comisión.

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