El Cardón, la isla del poema

Reportaje - 13.11.2017
Isla El Cardon

No solo Rubén Darío estuvo en El Cardón. Piratas, leprosos, marines norteamericanos y guerrilleros sandinistas estuvieron también ahí. Esta es la historia de una isla que se desvanece en el olvido

Por Tammy Zoad Mendoza M.

Cuatro gallinas ponedoras, un gallo pinto, una perra blanca, José Chévez y Gerson Rojas, padre e hijo, de 59 y 32 respectivamente. Si se censara ahora mismo la isla El Cardón, frente a Corinto, Chinandega, además de sus dos habitantes humanos, su mascota y sus aves de crianza, harían falta en la lista animal culebras, cangrejos y cucarachas de mar. Los jejenes y mosquitos no se ven entre la maleza que se alza en invierno, pero ahí están en multitud, chupado sangre a todo el que va llegando. Dicen que hay cusucos, pero hace rato que no ven uno por aquí. Las aves que solo hacen parada o pernoctan por temporadas en los árboles podrían considerarse visitantes de paso.

Desde hace tres años José Chévez y su hijo viven en la isla cuidando el faro, una estructura de más de 15 metros, que sirve de guía para las embarcaciones que se dirigen al puerto de Corinto, considerado el principal puerto comercial del país y el segundo en importancia por arribo de cruceros turísticos. Pero casi nadie viene a El Cardón, dice Gerson Rojas.

“Una vez al mes o cada dos meses quizá viene gente de fuera en lancha, pero cuando se asoman ven todo pelado si es verano o el montarascal si es invierno, y ahí no más se regresan. Ni se bajan y se hacen las fotos desde la lancha, con el faro y Darío de fondo”, dice Rojas. El Rubén Darío del que habla es un gigante de bronce que está parado sobre una base de concreto, instalado en 2008 a un costado de la isla, frente al faro, como un homenaje al poeta nicaragüense y en alusión a la famosa anécdota de su estadía en la isla, en 1908, cuando se inspiraría para componer el poema A Margarita Debayle.

Pero ni ese fue el único escrito de Darío inspirado o dedicado a El Cardón, ni él fue el único, aunque sí el más célebre, visitante y huésped de la isla.
“Dicen que aquí estuvieron los piratas, que fue cárcel, centro de torturas y que antes la gente venía a vacacionar en verano”, comenta Gerson quien en uno de los tantos ratos de ocio se dedicó a buscar en internet, desde su celular, cualquier información relacionada con El Cardón. En una hoja de cuaderno anotó fechas y acontecimientos, y eso se convirtió en una suerte de guión turístico que recita a los visitantes que se animan a bajar de las lanchas y subir cinco metros en escaleras para pisar la isla emplazada en una base de rocas negras.

“Aquí lo que más vienen buscando es la casa donde estuvo el Príncipe de las Letras Castellanas, Rubén Darío, donde escribió A Margarita Debayle mientras estaba hospedado en la casa de los Debayle”, repite Gerson las líneas que aprendió de memoria.
Pero la casa no era de los Debayle, desde su construcción en 1894 siempre fue propiedad del Estado, la isla nunca fue centro de tortura, o al menos no hay registro de ello, aunque de esas vacaciones sí hay quienes pueden dar fe. Varias generaciones de corinteños han pasado ahí al menos algún verano, han llegado a arrancar las cucarachas de mar que se incrustan en las rocas para luego preparar exóticos ceviches o por curiosidad han ido a ver de cerca al Rubén Darío gigantón que los ve desde la isla vestido de gala.

“El que no ha venido es porque no quiere, aunque no hay mucho que hacer aquí, nada diría yo, que llevo tres años en la isla. Si pusieran un parque o hubieran enramadas, con que vinieran a rozar el monte ya es algo para que se vea mejor y la gente se baje a tomarse fotos con el faro y con el poeta”, rezonga Gerson Rojas, quien a veces resiente la soledad en esta isla que va quedando en el abandono.

Gerson Rojas, de 32 años, desde hace tres años acompaña a su padre José Chévez a cuidar el faro de la isla. Foto Oscar Navarrete.
Gerson Rojas, de 32 años, desde hace tres años acompaña a su padre José Chévez a cuidar el faro de la isla. Foto Oscar Navarrete.

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“‘Tomo posesión de esta tierra en nombre del rey’, decían”, cuenta Marvin Saballos, y patea el piso como lo habría hecho Antón Mayor aquel día de febrero de 1523 al llegar a El Cardón.
Cuando aquí todo eran tierras de nadie el piloto mayor del rey, Andrés Niño, salió de Panamá con la misión de buscar un estrecho que conectara el Pacífico con el Atlántico. El rey les había dado la concesión de navegar mil leguas al norte y surcando el mar llegaron hasta lo que hoy sería Corinto, en busca de nuevas tierras de conquista y para desarrollar sus pasos de comercio, misión que compartía con Gil González Dávila.
Eran tres navíos y al acercarse al primer islote, el capitán Antón Mayor es designado para el acto de toma de las tierras. Llegaron a la boca de entrada que forma El Cardón y se acercaron a la isla. El capitán se bajó, pisó tierra, la pateó fuerte, cortó unas ramas y las arrojó.

“¿Qué hacés vos en tu propiedad? ¡Lo que vos querrás! Sin nadie que se opusiera a esa declaración iban proclamando suyo el territorio”, explica Saballos, sociólogo corinteño que ha dedicado parte de su vida a la investigación histórica.
La toma de posesión del territorio y el bautizo del río la Posesión están registrados en las bitácoras de expedición de Andrés Niño, los informes del tesorero Andrés de Cereceda y en las narraciones de Francisco López de Gomara.
En un mapa de la villa de El Realejo que data de 1673, se representa a El Cardón en el punto “por donde entran las naos” (navíos), para diferenciarlo de la llamada “boca falsa” que se forma al sur. “En ese mapa de Archivo General de Indias no aparece con nombre, luego se le llamó El Cardón y no se sabe por qué, pero se quedó así con el nombre y la función de punto de defensa natural y política”, puntualiza Marvin Saballos.

Las embarcaciones anclaban frente a la isla y una delegación bajaba en bote para ir a dar aviso a las autoridades en la villa de El Realejo que había llegado barco de carga. Las autoridades, también en bote, salían al encuentro de la embarcación. Mientras la logística del ir y venir ocurría, desde el barco salían otros botes con el contrabando que llegaba a tierra antes que las autoridades pudieran hacer su inspección, cuenta Manuel Rubio Sánchez en su libro Historial de El Realejo.

Esta fue una de las razones por las cuales el 20 de diciembre de 1858 el presidente de Nicaragua, Tomás Martínez, ordena el traslado de la aduana de El Realejo a Punta Icacos, luego rebautizada como Corinto.
Con la nueva ciudad puerto de fácil acceso, la isla El Cardón aumenta su importancia como protección natural ante el oleaje, pero también como un punto de vigilancia, guía y defensa del nuevo puerto.

Marvin Saballos, de 66 años, ha investigado para rescatar la historia olvidada de Corinto. Foto Oscar Navarrete.
Marvin Saballos, de 66 años, ha investigado para rescatar la historia olvidada de Corinto. Foto Oscar Navarrete.

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El faro que Gerson y su papá cuidan tiene 139 años. Desde 1878 que se construyó el faro guía principal ha estado en funciones y ahora es propiedad de la Empresa Portuaria Nacional. Es a la Portuaria a quien José Chévez y Gerson Rojas le rinden cuentas de lo que pasa en la isla. Los reportes siempre son de algún ave que se estrella en el foco y lo daña, cuando la batería que almacena la energía se avería o para dar mantenimiento al panel solar.

Ellos son los soberanos del lugar, pero a diferencia del capitán Antón Mayor que hace casi 500 años sacudió la tierra y cortó ramas para proclamarla suya, ellos se limitan a mantener despejado el sendero que conecta su casa de latones y madera con el campo en el extremo noroeste de la isla.
Un radio, un foco y un machete son su equipo de trabajo. Ni siquiera tienen lancha propia o a disposición por si necesitaran salir de emergencia. Para ir a Corinto por provisiones, piden un aventón a los pescadores que pasan. Para regresar, deben esperar a la medianoche cuando salen los pescadores a tender sus atarrayas en el mar o en la madrugada cuando vuelven a recogerlas.

Tienen sus tareas distribuidas. Gerson roza el monte y su padre teje hamacas que cuelgan como telarañas de los árboles frente a la casa. Hay al menos seis, dos en uso y las otras colgadas como capullos abandonados en los árboles. “Cuando vienen excursiones de estudiantes se acuestan en las hamacas y las rompen. Uno no les dice nada”, cuenta Gerson.

Lo malo de que lleguen visitas como excursiones de estudiantes o grupos grandes es tener que andar pendiente de que no tiren basura, que no intenten pasar al faro y que no molesten a las gallinas, pero reconoce que las visitas le hacen falta. Lo distraen en medio de la soledad eterna en esta isla.

Las visitas especiales de candidatas a reinas de esto o aquello son casi una fiesta. Hermosas jóvenes arregladas como para fiesta que se derriten mientras posan frente al gigante Darío, cámaras fotográficas, refrigerios. Lástima que la última vez que vinieron Gerson estaba en Corinto descansando y buscando provisiones.

Ahora es su padre el que anda en el pueblo visitando a su madre y Gerson no sabe cuándo vuelve. Él debe permanecer cuidando el faro. Tiene arroz y frijoles guardados, las gallinas parecen turnarse para poner huevos, así que la comida no falta. El problema es el agua potable. Vivir en una isla con poca vegetación, de tierra no muy fértil y con el espejo del mar pegándoles por todos lados cuando el sol corona el cielo, hace que se deshidraten con facilidad. La sed aquí se vuelve insaciable.

Los días son todos iguales. Se levantan, toman café, alimentan a las gallinas, dan vueltas por ahí. A mediodía lo mejor es estar bajo los árboles frente a la casa para capear el sol y el calor que se vuelve asfixiante cuando la humedad aumenta. A veces van a recoger cangrejos, peces o cucarachas de mar.

En una cocina de leña preparan los alimentos que comparten con la perrita blanca que les sirve más de compañera que de guardiana. A media tarde quedan sumidos en un estado de sopor y tratan de espantar el calor y espabilarse con un viejo abanico que chirría al girar. Cuando llega la noche deben entrar en la casa antes que los zancudos y los jejenes cenen con ellos.

Escuchan música, ven algunos programas de televisión nacional o Gerson revisa su Facebook. Menos mal tienen un panel solar y una batería que almacena energía para sus aparatos. Gerson no se imagina cómo vivían los anteriores guardafaros sin energía eléctrica.

“A mí me gusta la tranquilidad de estar aquí, pero uno también necesita distraerse, sobre todo compañía”, reconoce Rojas. Él ha llevado de visita a un par de novias, pero ninguna soporta estar en la isla más de una semana. “Se aburren y se van en la primera lancha que consiguen”.

Gerson Rojas dice vivir tranquilo en la isla, aunque a veces extraña las visitas de turistas. Foto Oscar Navarrete.
Gerson Rojas dice vivir tranquilo en la isla, aunque a veces extraña las visitas de turistas. Foto Oscar Navarrete.

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“ Cuántas veces me despertaron ansias desconocidas y misteriosos ensueños las fragatas y bergantines que se iban con las velas desplegadas por el golfo azul, con rumbo a la fabulosa Europa. En muchas ocasiones fui al puerto, en pequeñas barcas, por los esteros y manglares, poblados de grandes almejas y cangrejos, y me iba a admirar al cónsul inglés, Miller, que perseguía a balazos con su Winchester a los tiburones”, escribiría Rubén Darío en su autobiografía refiriéndose a los viajes que hizo en su infancia rumbo a Corinto, donde dos primos de su madre le recibían.

A Corinto volvió hasta 1908 como poeta consagrado, intelectual y distinguido diplomático, pero estas vacaciones eran para purgar sus penas. Había llegado a Nicaragua en noviembre de 1907 con dos propósitos: conseguir el divorcio de Rosario Murillo y lograr su nombramiento diplomático. Era cónsul en París pero quería ser embajador oficial en España. No logra divorciarse y aunque el presidente José Santos Zelaya le otorga el cargo, no recibió el pago que él tanto esperaba y su estadía en León se amargó. Empezó la espera de mes tras mes sin recibir los fondos para poder regresar a Europa.

Al verlo frustrado porque no había logrado ninguno de sus propósitos de viaje, sin dinero y ansioso, sus amigos Federico Castro y el doctor Luis H. Debayle lo invitan a la casa hacienda que habían prestado a la portuaria en El Cardón. Ahí pasó todo marzo a la espera, entre amigos y agasajos, entre recorridos solitarios por la isla y largas pláticas con sus anfitriones. Fue entonces cuando escribió el famoso poema A Margarita Debayle, dedicado a la pequeña hija de su amigo “el Sabio” Debayle, Margarita Debayle Sacasa. El poema convirtió en musa a Margarita Debayle Sacasa y la pieza literaria se volvió un cuento-poesía universal para niños. Ya en la adultez Margarita recitó el poema en eventos conmemorativos. Murió en Perú en 1983, pero quedó inmortalizada en los versos de Darío como aquella niña que quería escuchar un cuento.

“Pero en El Cardón no solo inspiró ese poema”, aclara Marvin Saballos, de 66 años, “en El Viaje a Nicaragua e Intermezzo Tropical Darío hace claras alusiones a Corinto y a El Cardón, son poemas menos conocidos pero con tanta calidad literaria como paisajista”.

“Por fin entró el vapor en la bahía, entre el ramillete de rocas que forman la isla del Cardón y el bouquet de cocoteros que decora la isla de Corinto. Había en mí algo como una nostalgia del Trópico. Del paisaje, de las gentes, de las cosas conocidas en los años de la infancia y de la primera juventud”, escribió Darío en una de sus crónicas de El Viaje a Nicaragua.

“De los 10 poemas de Intermezzo Tropical, cinco son dedicados al mar y en al menos tres hace referencias a El Cardón; en Medio día y en Cantares de El Cardón queda claro que para el poeta esas vacaciones marcaron un momento difícil de su vida y su carrera, su estancia ahí fue importante”, dice Marvin Saballos.
Así como Darío, los corinteños de hace dos generaciones solían vacacionar en la isla. Los viajes en botes de remo o motor, las lanchas cargadas de comida, las tardes en el peñasco. Eran excursiones familiares o viajes de amigos que querían bañarse en la exclusiva costa al este de la isla, un tramo arenoso entre las grandes rocas negras que bordean la isla. “Habían kermés para recaudar fondos, se celebraban eventos especiales e incluso hubo un tiempo que cualquier corinteño tenía acceso a la casona, pidiendo un permiso especial de la portuaria”, cuenta Saballos.

Margarita Debayle Sacasa, hija del “Sabio” Debayle, a quien Darío le dedicaría el famoso poema. Foto Cortesía IHNCA.
Margarita Debayle Sacasa, hija del “Sabio” Debayle, a quien Darío le dedicaría el famoso poema. Foto Cortesía IHNCA.

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Carmen Vázquez, de 34 años, ha escuchado toda clase de historias en torno a El Cardón. Que fue isla de destierro para tuberculosos y leprosos durante la administración liberal de José Santos Zelaya. Eso es cierto.

“Al Cardón también llevaron a los enfermos, era una práctica común en ese tiempo no solo por sanidad, sino por los prejuicios sociales en torno a estas enfermedades. Los aislaban, pero era en islas pequeñas donde era relativamente fácil asistirlos con medicinas y provisiones”, expone Marvin Saballos. No se sabe si había instalaciones propias para ellos, pero sí había enramadas.

Es también popular la dispensa que le hiciera el presidente Zelaya al célebre músico y compositor José de la Cruz Mena: “Se le concede una plaza de sargento para solventar sus necesidades, que se le respetara en su retiro del río Chiquito y que se le borrara de la lista de leprosos que habrían de transportar a la Isla de Aserradores”. “El divino leproso”, como se le llamó por el contraste de su prodigioso talento con la fatal enfermedad que le ocasionó la muerte, no tuvo que recluirse en una isla. Castañones, Encantada, Guerrero y Machuque también recibieron enfermos pero en menor cantidad por tratarse de islas históricamente más pobladas por sus características geográficas.

Otros dicen que fue cárcel natural en tiempos del presidente conservador Emiliano Chamorro, y aunque no hay registros de ello, es algo muy probable. “Esa modalidad de represión responde tanto a épocas políticas determinadas como al carácter del jefe del Estado”, expuso Luis Sánchez Sancho, editor general de La Prensa, al referirse a la práctica de destierro político que tanto practicó Anastasio Somoza García.

Todo punto remoto, que estuviera a más a de 100 kilómetros de la capital o del domicilio del acusado de alguna falta política, servía como lugar de penitencia y escarmiento. Las islas eran los lugares predilectos para recluir porque sus condiciones naturales, lejos de tierra firme, rodeadas de mar, lugares de difícil acceso hacían de ellas los lugares perfectos para un castigo.

“¿Qué mejor lugar que una isla para recluir gente? De ahí era más difícil escaparse y no tenía que invertir en infraestructura para restringir la movilidad, el lugar imponía sus propias limitaciones y la naturaleza los hacía padecer. No podía tener ni mantener tanta gente en la cárcel, pero allá lejos podían cumplir igual su condena con un par de guardias supervisando”, explicó a Magazine el periodista e historiador Roberto Sánchez Ramírez (q.e.p.d.) en una entrevista pasada.

“También dicen que llegaron los piratas varias veces, que dejaron enterrados tesoros y que ahí asustan por eso”, agrega Carmen. “Nunca me he quedado a dormir ahí, solo he ido de paseo porque es bonita la isla, pero está abandonada. Hasta la casa que había ahí la desmantelaron, como que hubiera piratas en este tiempo”, dice y se ríe.

En efecto, hubo piratas en El Cardón. En 1681, frente a las costas de El Realejo, irrumpieron tres navíos de guerra dirigidos por el pirata inglés Bartholomé Sharp. El maestre de campo leonés Lorenzo González Calderón reclutó entonces 1,500 hombres de Chichigalpa, Posoltega y Quezalguaque y se fortificó con ellos en la isla El Cardón. Este ejército indígena se mantuvo durante tres meses en guardia hasta que obligó a los piratas a retirarse sin atacar, reseña el artículo 500 años de historia portuaria en Nicaragua, en la revista Temas Nicaragüenses.

Se habla del intento de asalto que en julio de 1684 dirigiría el pirata William Dampier, pero que al ser detectados por unos vigías, desistieron del ataque y se retiraron hacia las islas del Golfo de Fonseca. Un año más tarde Dampier volvió y esta vez logró desembarcar a sus hombres y llegar hasta León, la entonces capital. Se enfrentaron a los soldados y al sentirse amenazados porque las autoridades españolas no se rendían, decidieron pegarle fuego. Los leoneses lograron expulsar a los piratas, quienes en su retirada atacaron y saquearon Chichigalpa y Chinandega. Pero quienes destruyeron la casa hacienda donde se alojó Darío en marzo de 1908 no fueron piratas, sino militares sandinistas.

Esta es la antigua y famosa casona de El Cardón, propiedad de las autoridades portuarias, donde se hospedaría Darío durante sus vacaciones en 1908. El corinteño Wilfredo Luna, siendo un niño, vivió aquí por varios meses. Foto Cortesía Alcaldía de Corinto.
Esta es la antigua y famosa casona de El Cardón, propiedad de las autoridades portuarias, donde se hospedaría
Darío durante sus vacaciones en 1908. El corinteño Wilfredo Luna, siendo un niño, vivió aquí por varios meses.
Foto Cortesía Alcaldía de Corinto.

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Wilfredo Luna tendría unos 10 años cuando llegó a vivir una temporada a la casona de El Cardón. A sus 74 años la recuerda muy bien. “Se parecía a la hacienda San Jacinto, rodeada por corredores, con una sala grande y unos cinco cuartos. Piso de ladrillos y barandal alrededor. La puerta de dos hojas se abría hacia dentro”, detalla Luna.

Su madre fue ama de llaves de la familia de Mina Hüeck y Ernesto Matamoros, superintendente del puerto, y sus hijos Bosco y Linda. Cuando la familia Matamoros Hüeck decidía pasar temporadas en El Cardón se llevaban a todos sus empleados y a sus familias y los acomodaban en hamacas tendidas por el lugar. Doña Mina tenía un programa de enseñanza escolar y después de las lecciones les quedaba el resto del día para jugar. “Corríamos por toda la isla, buscábamos cucarachas de mar, nos subíamos a unos ‘corchos’ enormes que habían dejado los gringos como salvavidas y saltábamos desde ahí”, recuerda Luna.

No se podría saber con certeza qué eran aquellos objetos que describe Luna, lo cierto es que habían pertenecido a la Marina de Defensa estadounidense que en 1942 asentó una base militar en Corinto. Nicaragua no participó activamente en la Segunda Guerra Mundial, pero un año antes le había declarado la guerra a Japón, a cambio de ayuda política y militar.

“En los archivos nacionales no hay información sobre esta base, porque era un secreto del ejército de Estados Unidos, pero sí hay datos en los archivos militares de Estados Unidos que ya están desclasificados”, apunta Marvin Saballos.

La base, con un punto en Corinto y otro en El Cardón, estaba diseñada para acomodar dos escuadrillas de hidroaviones bombarderos de patrullas y dos escuadrillas de naves torpederas PT, más 1,300 soldados estadounidenses. En 1946, al terminar la guerra, desmontaron las bases. En algunos puntos de la playa, cuando la marea baja, deja al descubierto bases circulares de concreto donde emplazaban cañones.

En su niñez, Wilfredo Luna vivió una temporada en la casona de El Cardón. Foto Oscar Navarrete.
En su niñez, Wilfredo Luna vivió una temporada en la casona de El Cardón. Foto Oscar Navarrete.

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La última vez que Marvin Saballos visitó la isla fue hace unos 10 años, en un viaje familiar y para entonces ya no estaba la casona en pie. A quien se le pregunte sobre eso dirá, “fueron los sandinistas”.
Para 1985 El Cardón se había convertido en una base militar que recibía a chavalos de las Milicias Populares Sandinistas para realizar prácticas de tiro, prácticas de infantería y entrenamiento. Tenían equipo antiaéreo, pero no es cierto que hubiera un paredón de fusilamiento.
“Solo las cosas que están a la vista o en documentos se pueden comprobar, el resto han sido leyendas, rumores, inventos de la gente, es una lástima pero poco a poco vamos perdiendo la historia de El Cardón”, lamenta Saballos.

Por eso Gerson, el guardafaros, insiste en que la Alcaldía o el Instituto de Turismo se hagan cargo de la isla, que vengan a limpiar, que reforesten, que pongan al menos bancas para que el visitante se siente. Mientras tanto, él seguirá matando el tiempo en la hamaca. Es mediodía, como el poema de Darío. “La isla quema, arde el escollo y el azul fuego envía, es la isla de El Cardón Nicaragua”.

La estatua de Rubén Darío mira en dirección de Corinto, desde donde a veces llegan turistas curiosos o excursiones de estudiantes a conocer la isla que fue su inspiración. Foto Oscar Navarrete.
La estatua de Rubén Darío mira en dirección de Corinto, desde donde a veces llegan turistas curiosos o excursiones de estudiantes a conocer la isla que fue su inspiración. Foto Oscar Navarrete.

El Cardón

A tres kilómetros del puerto de Corinto se alza la isla El Cardón. Es de origen volcánico y su superficie está sobre una plataforma de rocas de cinco metros de altura sobre el nivel del mar. Mide 1,440 metros de largo y medio kilómetro de ancho. Se le llamó originalmente San Fernando de El Cardón.

Por su posición geográfica es barrera natural que protege a Corinto de inundaciones cuando el mar está agitado. En 1878 se construyó el faro guía del puerto de Corinto, que permite orientarse a las naves que entran en la bahía.

En 1894 se construye la casona de la administración de la Portuaria, que se volvió un atractivo turístico más de 20 años después, cuando solo quedan las líneas donde estaban las paredes y el marco de dos puertas que se conserva en pie.

Diferentes administraciones de la Alcaldía de Corinto han propuesto proyectos que se quedan en papel por la falta de fondos y la adecuada gestión.

Vista aérea de El Cardón. La isla está rodeada de una pared rocosa de unos cinco metros, al oeste hay un boquete de playa que ha sido balneario de varias generaciones de corinteños. Foto Cortesía Alcaldía de Corinto, tomada por la EPN.
Vista aérea de El Cardón. La isla está rodeada de una pared rocosa de unos cinco metros, al oeste hay un boquete de playa que ha sido balneario de varias generaciones de corinteños.
Foto Cortesía Alcaldía de Corinto,
tomada por la EPN.

Puerto Corinto

Es el principal puerto comercial del país y el segundo más importante según arribos de cruceros.
Cuenta con el certificado internacional de Puerto Seguro desde junio 2004, cumple estrictamente las medidas de seguridad portuaria y marítima establecidas por la Organización Marítima Internacional (OMI), supervisado constantemente por la Dirección General de Transporte Acuático (DGTA).
Está protegido de forma natural del oleaje de mar abierto con las islas Aserradores, El Cardón y la Península de Castañones.

Estatua

El 19 de enero de 2009 una mole de 5.5 metros de altura y de 3.5 toneladas de bronce se develó en El Cardón. Era el monumento de Rubén Darío hecho por el escultor Arnoldo Guillén, valorada en un millón 20 mil córdobas. Entre la producción poética de Darío inspiradas el mar, las islas y las embarcaciones, están Canción, Vesperal y Medio día, y el más popular del mar Margarita Debayle. Según Wilfredo Luna existen grabaciones de Margarita Debayle, siendo ya una adulta, recitando el famoso poema.

Sección
Reportaje