El día que murieron los santos

Reportaje - 10.02.2020
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Rafael María Fabretto y Odorico D’Andrea comparten varias coincidencias. Ambos eran italianos, son considerados santos, trabajaron por los más pobres en el norte de Nicaragua y murieron exactamente
el mismo día: el 22 de marzo de 1990

Por Amalia del Cid

El 21 de marzo de 1990 el padre Rafael María Fabretto se acostó temprano, aunque toda la vida había descansado poco y llevaba varios meses durmiendo casi nada; cada vez más obsesionado por el monumental trabajo de conducir sus casas para niños huérfanos, pobres o díscolos que le llevaban de todos los rincones de Nicaragua. Se encontraba, de hecho, en uno de esos “oratorios”, como él los llamaba. El de San Isidro Libertador, en Managua.

A esa misma hora el padre Odorico D’Andrea estaba reposando en su habitación de San Rafael del Norte, Jinotega, luego de haber sufrido dos infartos. Uno el 18 de marzo y otro dos días después, el 20, durante el Viacrucis de Semana Santa en el santuario del Tepeyac.

Su enfermero Simeón Úbeda se encontraba con él. Abriendo o cerrando las ventanas, según se ameritara; acercándole un sillón o alcanzándole alguna cosa para que él no se levantara. Como a las 11:00 de la noche, recuerda, el sacerdote señaló su armario y le dijo: “Sáqueme esa ropita que tengo ahí, que la voy a ocupar mañana”.

“Él sabía que al día siguiente se iba a morir. Esa era su mortaja”, relata el sanrafaelino, hoy de 79 años.
El padre Fabretto también presintió su muerte. “Dijo que se iba a morir. Me puso al día de la situación del oratorio y a los quince días murió”, afirma Manuel Orozco, mano derecha del cura en la obra de los oratorios.

Pero con todo y profecías, advertencias y premoniciones, nadie esperaba que los dos sacerdotes italianos considerados santos en el norte de Nicaragua murieran el mismo día, con apenas unas horas de diferencia. Ambos sufrieron infartos cardíacos y sus funerales movilizaron a miles de nicaragüenses que viajaron a San Rafael del Norte y San José de Cusmapa para rendirles honores.

Así fueron esos días.

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Dejaron las montañas italianas y vinieron a Nicaragua en la década de los cincuenta. El salesiano Rafael María Fabretto en 1950 y tres años después el franciscano Odorico D’Andrea. El primero se estableció entre los pinares de un caserío de nadie llamado Cusmapa, donde los bebés morían de hambre porque sus madres estaban tan desnutridas que no podían producir leche para alimentarlos. El segundo se quedó a vivir en San Rafael del Norte, un pueblito pobrísimo donde “no había nada”.

De la mano de los sacerdotes el progreso llegó a ambos pueblos, azotados por el hambre, las pestes y las guerras. Poco a poco fueron apareciendo carreteras, centros de salud, luz, agua, vehículos, templos, capillas, laguna, cine, radio, escuelas, puentes, barrios, clubes, cooperativas, pozos, huertos... Y por sus obras en beneficio de los más pobres alcanzaron una fama que llegó a los confines del país.

Odorico, se afirma, realizó incontables milagros y aun más profecías. Durante la guerra ofreció su propia vida por la de nicaragüenses condenados a muerte y en 1988, en una misa campal histórica, logró el milagro de la reconciliación entre soldados contras y sandinistas que pusieron sus fusiles en el suelo para poder darse un abrazo y desearse la paz.

Fabretto, se sabe, sacó a quince mil niños de las calles. Muchachos que vivían en riesgo, porque eran huérfanos, rebeldes, provenían de familias en extrema pobreza o las tres cosas. En 1979 llevó a Honduras a más de cien chavalos para que no los alcanzara la etapa más cruenta de la guerra contra Somoza, y en la década de los ochenta los anduvo “capeando” de finca en finca y de oratorio en oratorio para que no los atrapara el Servicio Militar de los sandinistas.

Pero donde la obra de ambos es más visible es en los pueblos que apadrinaron. No hay una casa en San José de Cusmapa donde no tengan al menos una fotografía de Rafael María Fabretto. Y lo mismo sucede en San Rafael del Norte, pero con la imagen de Odorico D’Andrea, presente en altares, paredes, rótulos, pinturas, monumentos, estampillas...

Treinta años después de aquel 22 de marzo, el recuerdo de ambos sacerdotes es omnipresente, por lo que es comprensible que el día que murieron los dos pueblos quedaran sumidos en un duelo que todavía no acaba.
Primero murió Fabretto, antes de las 6:00 de la mañana y muchos en el norte todavía no habían escuchado la noticia, cuando también falleció el padre Odorico, poco después del mediodía.

El padre Rafael María Fabretto, al centro y todavía joven, con un grupo de sus niños oratorianos en San José de Cusmapa, Madriz. Ahí estableció su principal “base de operaciones”. Al fondo, el edificio que fue conocido como “El Cajón”.

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Aunque la noche del miércoles se acostó temprano, como a la 1:00 de la madrugada del jueves todavía lo escucharon andar por su cuarto. En esos días el padre Fabretto había estado más inquieto que de costumbre, trabajaba todo el tiempo, le costaba dormir y no hablaba de otra cosa que no fueran sus oratorios.

Estaba enfermo y cansado, pero no hacía caso cuando Manuel Orozco le recomendaba: “Busque un médico, padre”. “Él no era de médicos. Él mismo se recetaba la famosa diazepam”, recuerda Orozco, cuya historia es similar a la de muchos otros antiguos oratorianos: fue huérfano, rebelde, pobre y en 1965 su abuela paterna lo entregó al sacerdote que recibía a niños con esas características.

El lunes 19 de marzo de 1990, tres días antes de su muerte, el sacerdote celebró por última vez la misa de San José, el patrono de su querido pueblo de Cusmapa. Al día siguiente partió hacia Managua, para visitar el oratorio de San Isidro Libertador y porque necesitaba conseguir unas mangueras.

—Inés, voy a ir a mañana Managua, pero voy a ir ligero porque aquí hay que hacer otras cosas. No me voy a entretener mucho —le avisó a José Inés Pérez, su colaborador en los proyectos sociales desarrollados en Cusmapa. Pero ya no volvió.

El padre Fabretto tenía prisa por regresar a Cusmapa, recuerda Orozco, que en esa época era director de proyectos de la obra y encargado del oratorio de San Isidro Libertador. Si todavía no lo había hecho era porque no había hallado las mangueras que quería llevar al pueblo para regar un terreno donde los oratorianos sembraban hortalizas.
—Déjeme eso a mí, padre —le pidió Manuel.
—Búsquelas mañana, pues, para que yo me vaya a Cusmapa.

Pero al día siguiente el padre no se presentó a la reglamentaria meditación de las 5:00 de la mañana, algo que de por sí ya era muy extraño. La verdadera inquietud, sin embargo, comenzó cuando a las 6:00 el sacerdote todavía no había salido de su habitación y tampoco se oían las óperas que escuchaba poco después de despertarse.

Era raro que el padre no estuviera levantado, cuando “su costumbre era estar en pie a las cuatro de la mañana”, recuerda Manuel. “Eran las siete y el padre sin salir... Mandé a Rolando, el chofer del padre, que lo fuera a buscar. Él lo encontró. Yo no lo creía. No tuve valor para verlo muerto”.

El santo de los cusmapeños murió de un ataque cardíaco a la edad de 69 años. Se acostó a dormir y ya no despertó más. “En San Isidro lo echamos a la caja. Una caja donada por la Funeraria Católica”, rememora Manuel. “El padre era pobre. Éramos pobres. Vivíamos el día. Pero él siempre decía: ‘La Divina Providencia proveerá’”.

Pronto la noticia de la muerte del sacerdote corrió por las aulas del oratorio, mientras los niños recibían clases. “Un niño nos llegó a avisar y todos nos pusimos a llorar”, expresó Marlon Cruz, entonces de 13 años, cuando lo entrevistó un periodista. Esa tarde los pequeños oratorianos se reunieron en la capillita donde reposaba el cuerpo del padre, para rezarle el rosario.

Ramón Gutiérrez Guzmán, antiguo oratoriano, también llegó a verlo. Estaba en su casa, en San Judas, cuando le avisaron. Un muchacho le dijo:
—Moncho, el padre murió en la madrugada —y él salió corriendo para San Isidro.
Cuando llegó ya había una multitud en el oratorio. “La gente estaba llorando, las cocineras y las hijas de las cocineras. Los mayores comenzaron a buscar el ataúd, llegaron monjas, llegaron otros padres”, relata. “Lo toqué. Todavía estaba tibio”.

La mañana del viernes se realizó una misa de cuerpo presente en la capilla del oratorio y a las 12:00 del día una gran caravana partió hacia Estelí, llevando el cuerpo del sacerdote, porque esa noche también sería velado en el oratorio que fundó en esa ciudad.

Rafael María Fabretto durante una entrevista en los años ochenta. Solía aprovechar la atención de los medios para pedir ayuda, porque sus oratorios funcionaban gracias a las donaciones.
FOTO/ CORTESÍA DEL INHCA

Para entonces ya todos sabían que el padre Odorico D’Andrea, el otro santo del norte, también había fallecido; pero los “hijos” del padre Fabretto estaban tan ocupados en su propio dolor, que apenas pudieron advertir la coincidencia.
Al inicio, en Somoto creían que el cura solo estaba enfermo y hospitalizado. Esa fue la noticia que escucharon por la mañana de miércoles 22 de marzo, pero en la tarde les dijeron la verdad: “El padre está muerto”.

“Se nos terminó la vida”, resume Reyna Hernández, quien conoció de cerca al padre en sus oratorios y todavía lo llora.

Desde que se supo la noticia, “Somoto se puso en movimiento”, relata. “Comenzó la gente a venir. Lo velaron un día en Managua, otro día en Estelí y otro aquí, en Somoto. La gente lo estaba esperando en el camino, con flores, rezando. Ese día como a las 3:00 de la mañana empezaron a sonar todos los carros y la gente dijo: ‘Ya el padre se quiere ir para Cusmapa’”.

Era “impresionante la cantidad de gente”, dicen los que asistieron a los funerales. Parecía que la iglesita de San José de Cusmapa se iba a caer, cuenta don José Inés. “En Somoto se le hizo vela toda la noche, pero aquí pasó todo el día y en la tarde del 25 se le hizo el entierro”.

Aunque él había pedido que lo sepultaran en el mirador de Cusmapa e incluso eligió el sitio exacto donde quería que reposara su cuerpo, por órdenes superiores fue sepultado en la iglesia de Cusmapa. Hoy el pequeño templo es sitio de peregrinación de cientos de personas que llegan para visitar al padre o para pedirle un milagro.
Sobre la sencilla tumba de cerámica gris, junto a la foto del padre Fabretto, se encuentra la de otro personaje, sonriente y bonachón: es el padre Odorico.

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El padre Odorico D’Andrea con niños de San Rafael del Norte, Jinotega. El fraile nunca se dejó ver sin su hábito de franciscano. FOTO/ ARCHIVO DE LA PRENSA

En los 36 años que estuvo al servicio del sacerdote y de la Diócesis, Simeón Úbeda entró solo dos veces a la habitación del padre D’Andrea. La primera fue cuando el italiano estaba recién llegado e intentaba instalarse en un cuarto poblado por huéspedes que habían llegado mucho antes que él. “¡Venga, espánteme a estos animales!”, solicitó el padre, alarmado por la presencia de las cucarachas y los ratones. Por entonces era un hombre grande y recio, todavía muy joven: un fraile de 38 años que nunca se dejaba ver sin su hábito de franciscano.

La segunda vez que Simeón recibió permiso para ingresar a la habitación del padre fue en la víspera de su muerte. El fraile seguía siendo alto, recio y nadie lo había visto sin su hábito, pero ya no era joven. El padre Odorico estaba enfermo y cansado. Tenía 74 marzos cumplidos y el trabajo duro, las guerras, la mala alimentación y un total desinterés por su propia salud lograron mellar su fortaleza física.

Además, a ratos Simeón lo había notado extraño. Taciturno, pensativo, tal vez, incluso, triste. “Desde hacía bastantito, el padre sabía que se iba a morir en ese mes de marzo”, afirma. El último cumpleaños del fraile fue el 5 de ese mes; Simeón se acercó para felicitarlo, pero él le respondió con “una carita” de disgusto. “Se estaba preparando para su muerte”, considera hoy el enfermero. “Ese día no quiso nada, se fue para una comunidad de Jinotega, a hacer una oración, preparándose para su muerte”.

“Le dejo a usted ese centro de lana que he usado toda la vida”, le dijo a Simeón la noche del 21 de marzo, luego de pedirle que le sacara del armario la “ropita” que usaría al día siguiente. Y en seguida agregó: “Mire, quiero pedirle algo. Por favor acompáñeme mañana, que me van a llevar a Matagalpa”.

A las 3:00 de la mañana Simeón fue a descansar un rato a su casa y a eso de las 5:00 le avisaron que ya se llevaban al padre para la ciudad de Matagalpa, donde lo atendería un cardiólogo. Antes de partir, el fraile dio una vuelta por el pueblo, “pidió que detuvieran el vehículo por el parque, bendijo a la gente que llegó a desearle buena suerte y lanzó un beso a la iglesia que construyó”, narró el diario La Prensa en un perfil publicado el 22 de marzo de 2015.

Hacia el mediodía el padre salió de su cita médica, con la recomendación de que recibiera cuidados extremos; luego fue trasladado al templo matagalpino San José, donde falleció de un infarto poco más tarde. Murió unos “siete minutos” después de entrar a la iglesia, de acuerdo con Simeón Úbeda, autor del libro “Alabado sea Dios, así sea”, sobre la vida del fraile Odorico.

Se estima que en los siguientes tres días unas diez mil personas desfilaron delante del cuerpo del sacerdote. Igual que el padre Fabretto, el padre Odorico murió fuera del pueblo que amaba e hizo un “recorrido” para volver a él. El 22 de marzo su cuerpo fue velado en Matagalpa, el 23 en Jinotega y el 24, finalmente, en San Rafael del Norte, recuerda la sanrafaelina Teresa Renderos, hija de quien fue el carpintero del fraile durante treinta años.

En aquellos días el clima gris de los cerros se sintió más sombrío y “el ambiente era como que había pasado un terremoto y todo mundo había quedado en desgracia”, describe Simeón. “Así se miraban los rostros de los sanrafaelinos y de toda la gente”.

Vistieron al padre con todos sus ornamentos de sacerdote y el 22 de marzo lo acostaron sobre una mesa fuerte, que resistiera su peso. Teresa Renderos viajó a Matagalpa cuando se enteró de que el padre estaba muerto y al llegar al templo intentó tocarlo, pero sintió “una electricidad” y retrocedió. En la iglesia no alcanzaba más gente, recuerda, y la multitud se desbordaba por la calle.

El domingo 25 de marzo, el mismo día que el padre Fabretto era sepultado en San José de Cusmapa, el padre Odorico fue llevado en hombros desde la iglesia de San Rafael hasta el santuario del Tepeyac. El trayecto de las catorce estaciones del Viacrucis.

Hoy día los habitantes de San Rafael del Norte y San José de Cusmapa están trabajando para que Odorico D’Andrea y Rafael María Fabretto sean canonizados. Para ellos los padres ya son santos, solo falta que la Iglesia lo ratifique.

10 cosas sobre el padre Fabretto

Menos de un año antes de morir, en junio de 1989, el padre Fabretto (segundo de izquierda a derecha) viajó a su natal Italia, luego de 37 años de ausencia. En el extremo derecho está Manuel Orozco.

1. Nació el jueves 8 de julio de 1920 a las 6:20 minutos de la mañana, en la provincia italiana de Venecia, precisamente en la localidad de Fossò. Era sacerdote salesiano.

2. Vino a Nicaragua en 1950. Estuvo primero en Granada, impartiendo clases en el Colegio Salesiano; en 1951 pasó a servir en una parroquia de la ciudad de León y luego fue trasladado a Somoto, Madriz, donde en abril de 1953 fundó su primer oratorio para niños y adolescentes en riesgo. Ese mismo año, en agosto, conoció el pueblo de Cusmapa y se enamoró de la región.

3. El pueblo de San José de Cusmapa, en Madriz, existe gracias a él. Se estableció en el caserío y llevó las carreteras, la luz, el agua, el primer carro, la escuela, el centro de salud, el cine, la radio y las cooperativas, entre otras cosas. Ahí fundó su principal oratorio y se dedicó a llevar progreso al caserío hasta convertirlo en un municipio.

4. Por sus oratorios pasaron unos 15 mil niños y adolescentes huérfanos, en pobreza extrema o con problemas de disciplina. Ahí les enseñaron a leer y a escribir y luego los mandaron a aprender un oficio.
5. En 1979 se llevó a más de cien muchachos para Honduras, a fin de protegerlos de la guerra contra los Somoza. Y a lo largo de la década de los ochenta anduvo escondiendo a sus oratorianos en distintas casas y fincas para que no los pescaran las patrullas del Servicio Militar Patriótico.

6. Tuvo tres accidentes de tránsito graves. Uno de ellos lo dejó inválido durante tres meses. Los doctores aseguraron que no volvería a caminar. No fue así.

7. Después de establecerse en Nicaragua, solo viajó dos veces a Italia. Una para pedir permiso para fundar oratorios y otra, 37 años después, para ver a su familia. En esa visita visitó al papa Juan Pablo II.

8. No acostumbraba usar sotana, porque trabajaba mucho dirigiendo la construcción de carreteras y el funcionamiento de casas, iglesias, fincas y oratorios. Además, vivía buscando donaciones para sus niños.

9. Su frase de saludo era: “Cristo reine, siempre”.

10. Murió el jueves 22 de marzo de 1990, por un infarto cardíaco, antes de las 6:00 de la mañana. Sus devotos están trabajando para que la Iglesia católica lo canonice.

10 cosas sobre el padre Odorico

El santuario del Tepeyac, en San Rafael del Norte, construido por el padre Odorico.
FOTO/ ARCHIVO

1. Nació en Montorio al Vomano, Italia, el 5 de marzo de 1916, con el nombre de José D’Andrea Valeri. En 1933, durante el noviciado en el convento franciscano Annunziata de Amelia, viste el hábito de su orden y cambia su nombre de José a Odorico. El 25 de abril de 1942 es ordenado sacerdote.

2. En 1952 pidió que lo enviaran en la misión franciscana a Nicaragua y llegó al país en agosto de 1953. Primeramente se quedó en el Convento San José, de Matagalpa, pero en febrero de 1954 llegó a San Rafael del Norte, Jinotega, y ahí se quedó durante 36 años, hasta el día de su muerte.

3. Sus devotos le atribuyen el don de la profecía. Profetizó nacimientos, enfermedades, destinos e incluso la guerra contra Anastasio Somoza Debayle, de acuerdo con quienes lo conocieron.

4. En mayo de 1979 ofreció su vida a cambio de la de una familia acusada de ser colaboradora del Frente Sandinista. Se arrodilló frente a los fusiles y les dijo a los guardias: “Si van a disparar, métanme a mí el primer tiro”.

5. El 3 de mayo de 1988 ofició una misa campal histórica. La organizó en el Cerro de Agua, comunidad La Naranja, e invitó a militares tanto de la Contra como del Ejército Sandinista. Ese día, después de escuchar la homilía en un tenso silencio, sandinistas y contras se dieron la paz en medio de llantos y abrazos.

6. Su cuerpo yace en la capilla ardiente del santuario Tepeyac desde que fue exhumado, en octubre de 2006, por un tribunal eclesiástico integrado por la Fraternidad Franciscana, el médico forense Andrés Altamirano y el patólogo y antropólogo Oscar Bravo.

7. Dieciséis años después de su muerte, su cuerpo fue encontrado incorrupto. Casi intacto. Se hallaba en un estado conocido como saponificación adipócira, que significa que la grasa corporal se convirtió en jabón y evitó el deterioro natural de la carne.

8. Su frase de saludo era: “Alabado sea Dios. Así sea”.

9. Gracias a él a San Rafael del Norte llegaron la energía eléctrica, el agua potable, las carreteras, las escuelas, el centro de salud. Antes del padre Odorico “ahí no había nada”.

10. Murió el jueves 22 de marzo de 1990, a las 12:30 del mediodía, por un infarto cardíaco. La causa de su canonización inició formalmente en 1995. Actualmente tiene el estatus de Siervo de Dios.

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