El día que Tirso Moreno secuestró a La Prensa

Reportaje - 15.10.2019
Tirso Moreno

Un exjefe de la Contra, tan borracho que le veía “cara de gato” a la gente, se metió disparando al periódico, culpó a los periodistas de la muerte de un hijo de Arnoldo Alemán y mantuvo secuestrada la redacción por casi dos horas

Por Eduardo Cruz

El martes 22 de octubre de 2002 era un día sin noticias relevantes en la redacción del Diario La Prensa. Cerca de las 2:00 de la tarde algunos periodistas terminaban de almorzar y otros empezaban a llegar de la calle.

Pasadas las 3:00 de la tarde, estalló la primera de las dos “bombas” de ese día, las dos noticias que acapararon la portada de La Prensa del día siguiente. Arnoldo José Alemán Cardenal, el hijo de 24 años de edad del expresidente Arnoldo Alemán, murió cuando dirigía una limpieza en la hacienda El Chile, en El Crucero, y cayó en una pila con gases tóxicos al tratar de salvarle la vida a un trabajador que cayó primero en la fosa. Cinco personas murieron intoxicadas en dicha fosa.

En cuanto se escuchó la noticia del hijo del expresidente Alemán, como es la costumbre en el periódico cuando hay últimas horas relevantes, todo el personal de redacción se puso a ver la transmisión de la noticia por televisión.

Pocos momentos después, a las 3:35 de la tarde, cayó la otra “bomba” y fue en el propio Diario La Prensa. Los periodistas, acostumbrados a escribir de otras personas, tuvieron que escribir de ellos mismos ese día por la noche.

Cuando se informaba de la muerte de Arnoldo hijo, el exjefe contra Tirso Moreno Aguilar, conocido como comandante Rigoberto, circulaba en una camioneta por el aeropuerto. Horas antes había contratado a un conductor para que él, Tirso, pudiera ingerir licor en el camino de Matagalpa hacia Managua.

Apartado de la vida política y pública, Tirso Moreno vive dedicado al comercio de ganado. FOTO/ ROBERTO FONSECA

“Lo que son las cosas. Se juntaron el diablo y el hecho de que yo, que nunca he utilizado conductor, hubiera contratado a uno ese día”, dice ahora Tirso, quien pocos momentos después de pasar por el aeropuerto, allanó el periódico por casi dos horas y con dos pistolas en las manos secuestró al personal. Entró disparando seis balas, mantuvo como rehenes a 14 empleados del periódico y la mayor parte del tiempo que duró el rapto apuntó con una pistola en la sien al fotógrafo René Ortega y con la otra en las costillas o apuntando al resto de personas.

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Tirso Moreno Aguilar fue de los primeros campesinos en integrarse a la Contrarrevolución en 1979, en el mismo año que llegaron los sandinistas al poder. Fue también de los primeros contras en llegar a Managua vestido de civil en enero de 1990, cuando todavía no se habían celebrado las elecciones que ganó la UNO con doña Violeta Barrios de Chamorro como la primera y única presidente que ha tenido Nicaragua.

Después de la derrota de los sandinistas, Moreno se dedicó al negocio que había aprendido desde muy joven: el comercio de ganado. Su zona de operación era entre Chontales, Matagalpa y parte del Caribe del país.

Cuando Arnoldo Alemán llegó a ser presidente, Tirso comenzó a ver que en la zona rural donde él se movía, se comenzaron a construir escuelas y centros de salud. “Ve, este hombre está haciendo algo”, se decía a sí mismo. Quienes lo conocen dicen que Tirso llegó a ser como un devoto de Alemán. Se hicieron amigos y había una relación tan estrecha entre ellos que, cuenta Tirso, Arnoldo Alemán hijo, el que falleció en la pila con gases tóxicos, se iba con Tirso a la finca de este último.

“Lo que recuerdo es que Arnoldito se iba conmigo a mi finca y siempre me estaba preguntando dos cosas, por ganado, porque él (Arnoldo hijo) ya estaba casado y estaba montando una lechería. Y por la guerra (de los ochenta)”, revela Tirso en entrevista con la revista MAGAZINE.

Tirso Moreno, segundo de izquierda derecha, junto a otros excontras reunido en 1990 cuando la presidenta Violeta Barrios de Chamorro. FOTO/ REPRODUCCIÓN DE ROBERTO FONSECA

El día que se violentó La Prensa, Tirso tenía seis días de andar de borracho. Al día, dice él, se tomaba dos o tres botellas de whisky. Aunque el fotógrafo René Ortega dice que, mientras Tirso lo abrazaba y le colocaba las dos pistolas, el olor que le sintió al exjefe contra fue de guarón.

Tirso había empezado a tomar licor en el empalme de Boaco, en una concentración política. Después se movió hasta Mulukukú. Y así anduvo bebiendo en la zona.

Al sexto día fue a cobrar un arroz a Sébaco, pero antes pasó por Matagalpa. En un restaurante matagalpino se sintió perdido en guaro y la dueña de un restaurante contactó a un joven para que le manejara. “Yo he sido hasta conductor escolta”, le dijo el muchacho. “Ve, te estoy contratando porque yo voy a ir tomando en el camino”, le expresó Tirso.

En Tipitapa, Tirso dio la orden: “Detenete ahí, que voy a entrar”. Y entró a un restaurante. Allí se encontró con el dueño de la Ferretería Blandón Moreno, Roberto. Mientras tomaba, Tirso cuenta que de repente le comenzó a ver “cara de gato” a Blandón. “Lo veía así como Tom y Jerry. Y le dije que qué le pasaba y él me dijo que no le pasaba nada. Entonces comprendí que ya estaba bien tomado”, refirió el exjefe contra.

Tirso se fue a la camioneta pero todavía se llevó una botella de ron. Inclinó la silla del copiloto hacia atrás y antes de dormirse le dijo al conductor: “Me despertás cuando lleguemos al estadio”. En ese entonces él vivía en Bolonia, frente a Canal 12.

Cuando iban por el aeropuerto Tirso llevaba dolor de cabeza. Iba perdido, pero escuchó al conductor manipular la radio.

—Apagá esa babosada hombre, que me duele la cabeza —le indicó.

—No don Tirso, las noticias dicen que hubo una emboscada, que murieron siete policías y también el hijo del expresidente Alemán.

El exjefe contra recuerda que después el conductor le manifestó que la radio donde se dijo que Arnoldo hijo había sido asesinado fue La Primerísima. Pero los periodistas de La Prensa recuerdan que fue la Radio Ya.

Tirso le puso atención a la noticia. Se le subió la sangre pero pudo más el efecto del alcohol y el cansancio, pues durante los seis días que se emborrachó no durmió mucho, y se quedó dormido nuevamente. Pocos momentos después tuvo deseos de orinar y le ordenó al conductor que se detuviera.

En plena vía pública, en la Carretera Norte, solo protegido por la puerta del vehículo, Tirso se puso a orinar. Cuando terminó, levantó la vista y pudo verlo. Era el rótulo de La Prensa. Y a la par una enorme bandera de Nicaragua.

“Hombré, esta gente (del periódico) es la que no ha tenido cabida”, se dijo a sí mismo.

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Cuando Tirso invadió armado La Prensa, se dijo que lo había hecho porque responsabilizó al periódico. Era la época en que Arnoldo Alemán estaba en “el ojo del huracán”, porque estaban publicándose los actos de corrupción durante su mandato y por los cuales luego se le juzgó y estuvo preso, aunque después fue sobreseído.

En entrevista con MAGAZINE, Tirso habla de otro motivo que considera él explica su comportamiento del cual, asegura, “no me da orgullo ni me llena de nada, más bien cuando me acuerdo pienso que ese fue un error garrafal. Pero no tan culpa mía. Eso me da un poco de hálito. Por un lado, yo andaba demasiado tomado. Yo había tomado como cinco días. Yo me tomo dos o tres botellas de whisky. Y en mi vida (no) he andado conductor y ese día contraté uno. “Fue el diablo, el guaro y cosas que vienen de atrás”, se justifica Tirso.

Cuando dice “cosas que vienen de atrás”, el exjefe contra se refiere a que en el año 2000 La Prensa publicó un reportaje en el cual se ahonda sobre el robo de un helicóptero en México, el cual fue aterrizado en la zona montañosa de Nicaragua. El ocupante del helicóptero traía millones de dólares y en su lugar de aterrizaje le pasaría el dinero a los ocupantes de un avión, los cuales le proporcionarían combustible al del helicóptero para su regreso a México.

El problema fue, explica Tirso, que la noticia decía que el helicóptero había aterrizado en la propiedad de un exjefe contra.

Cuando Tirso le reclamó a la Policía que su propiedad estaba a 85 kilómetros de donde aterrizó el helicóptero, los jefes policiales le dijeron, según su versión: “No les hagas caso. Nosotros sabemos quién sos. Los medios así son”.
A Tirso se le fue creando un rencor contra La Prensa. Sentía que le habían dañado la vida.

Tirso iba a llegar a La Prensa a hacer el reclamo, pero dice que no le fue posible. Se quedó con la “espinita”.

El dueño de La Prensa, el ingeniero Jaime Chamorro Cardenal, explicó que el periódico siempre ha tenido la labor social de denunciar lo que está malo. Y que, en ese sentido, tanto las instalaciones como el personal del diario siempre están expuestos a que las personas se incomoden e intenten tomar venganza. “No es como ahora Daniel Ortega que tiene 300 metros de seguridad a la redonda. Él hace sus cosas. No sé cómo va a hacer cuando deje la Presidencia, por eso es que no se va”, dijo Chamorro.

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Tirso portaba una pistola Glock. Cuando terminó de orinar, se encaminó a la entrada principal de La Prensa. El vigilante Santiago Ramos estaba en la puerta principal y sacó su pistola 38 milímetros cuando vio llegar al hombre armado. Sin embargo, Tirso simuló entregarle la pistola pero aprovechó la confianza del vigilante para desarmarlo y hacerse de otra pistola más. Con el vigilante desarmado, y Tirso ya con dos pistolas, nadie más intentó hacer algo contra él.

El excontra entró a la redacción de La Prensa, cuya entrada principal no tenía ningún tipo de seguridad. Pero antes de ingresar a la redacción, Tirso se encontró al jefe de Seguridad del periódico, Óscar Brenes Vega, y le dijo: “Soltá la pistola o te morís”. Luego Tirso realizó seis disparos, según dijo luego la Policía tras la inspección del lugar. Brenes se protegió tras una camioneta. Hasta tuvo que meterse debajo de ella para salir ileso. Algunos periodistas que estaban dentro de la redacción pensaron que eran triquitraques.

Concentrados en la televisión, viendo el desarrollo de la noticia de la muerte del hijo de Alemán, los periodistas, fotógrafos y demás personal de la redacción vieron entrar a Tirso pero no le prestaron mayor atención. El armado no pasó nunca de más de 10 metros, así que quienes estaban más adentro de la redacción ni siquiera escuchaban lo que decía Tirso.

El periodista Eduardo Marenco dijo después del atentado que todos estaban concentrados en la muerte del hijo de Alemán y también preocupados porque el jefe de Redacción, Eduardo Enríquez, había sido hospitalizado ese día por una dolencia.

En esa época, a la redacción de La Prensa llegaban todo tipo de artistas y personajes. Cantantes, actores, folcloristas, tradicionalistas, poetas, bailarines. Cuando vieron a Tirso, pensaban que se trataba de otro artista. Por el chaleco de Tirso, el periodista Moisés Martínez pensó que se trataba de algún corresponsal extranjero que llegaba a cubrir la muerte del hijo de Alemán.

Tirso llegó gritando: “Aquí viene la Contra, hij... Si se muere Arnoldito aquí va a correr la sangre”.
Viendo que nadie lo tomaba en serio, Tirso salió de la redacción y realizó los disparos. Esta vez se escucharon claros dentro de la redacción. Tal vez por coincidencia, Tirso vio al vigilante Óscar Brenes y le dijo: “Vos otra vez”.

Tirso entró de nuevo a la redacción y apresó al periodista Carlos Martínez. Tirso vociferaba contra el personal. “Ustedes son los culpables (de la muerte del hijo de Alemán). Este es un secuestro”, decía, según algunos testigos.
Con las dos pistolas en manos, a la siguiente persona que se le acercó Tirso fue a doña Lila de Guerra, editora de Vida Social, quien no se había percatado de la presencia del pistolero. Con uno de los cañones, Tirso le tocó la espalda a doña Lila: “Estése tranquila señora”, le dijo. Doña Lila se asustó mucho y se puso muy nerviosa. Algunos periodistas la vieron rezando.

El día que Tirso Moreno secuestró a LA PRENSA, la periodista Hilda Rosa Maradiaga estaba regresando de subsidio postnatal. Ella vivió momentos de terror. FOTO/ ARCHIVO

De ahí todo el personal que estaba dentro comenzó a correr y a meterse en las oficinas, los baños y debajo de los cubículos. Los que estaban al fondo todavía no sabían qué pasaba exactamente, pero también comenzaron a correr.
Había dos personas que no eran empleados del periódico y uno de ellos era un abogado que poco después sería magistrado de la Suprema, Sergio Cuarezma Quintero.

Fueron momentos muy difíciles, tensionantes, traumáticos. Se le disparaba una bala a Tirso y cualquiera de los presentes podía morir.

El cronista deportiva Edgard Rodríguez explica que el problema es que no se sabía qué estaba pasando realmente. No se sabía cuántos armados eran o si solo se trataba del hombre blanco, alto, con un chaleco, una camisa roja a cuadros, pantalones de vaqueros y botas y dos pistolas, una en cada mano.

Era un hombre que se le miraba muy ebrio y totalmente fuera de control. A veces se le veía como si se iba a quedar dormido. Pero nadie se le acercaba porque no soltaba las pistolas.

Tirso se dirigió al departamento de Fotografía. Allí se encontró, revisando negativos, al fotógrafo René Ortega, hoy jubilado. Tirso entró a la oficina y Ortega se levantó y quiso meterse debajo de un cubículo pero no pudo entrar, entonces se sentó porque ya no tenía salida. Solo hay una puerta en Fotografía. El armado le dijo: “Seguí trabajando, no hay problema. La Prensa está tomada. Después quiso salir de Fotografía, pero regresó adentro nuevamente. “¿Sabés qué?, mejor vení”, le pidió a Ortega.

René Ortega cuando era apuntado con dos pistolas por Tirso Moreno. FOTO/ ARCHIVO

Ortega llegó a la puerta y ahí Tirso lo encañonó inmediatamente. Lo medio abrazó y le colocó el cañón de una de las pistolas y el otro se lo colocó en uno de los costados. De momento Tirso encañonaba a Ortega con las dos pistolas y a veces solo con una y con la otra apuntaba a los periodistas con movimientos rápidos, como queriendo apuntarlos a todos con una sola arma. “Con lo primero que pase, vos y yo nos vamos (se morían). El que haga papalote yo lo jodo”, aseveró Tirso primero a Ortega y después se dirigió a todos.

“Quiero agua”, manifestó Tirso. Ortega se ofreció a traerle, pero Tirso se negó. “No, vos no. Que vaya él”, expresó, dirigiéndose al digitalizador Mario Flores.

Flores recuerda el hecho así: “Con el cañón de la pistola me apuntó y me dijo que le fuera a traer agua. Cerca había un oasis y agarré una taza y la fui a llenar, pero él (Tirso) nunca dejó de apuntarme. Me siguió con la pistola por todo el recorrido que hice. Cuando le quise dar el agua me dijo que no me le acercara, que me veía raro, que quien sabe qué planes tenía. Me dijo que pusiera el agua en una mesa y me alejara. Yo pensaba en mis niñas que estaban pequeñas. ¿Qué sería de ellas si a este hombre se le iba un disparo. Me hubiera matado. Yo me sentía livianito”.

Flores considera que Tirso ya estaba de goma y pidió agua porque había pasado como una hora desde que inició el secuestro.

Mientras Ortega era encañonado por Tirso, le entró una llamada al teléfono celular. Era su esposa.

—Amor, ahorita estoy ocupadito, te llamo más lueguito —respondió Ortega, con una voz nerviosa pero haciendo el esfuerzo de mostrarse sereno para que su esposa no notara nada raro.

—Decile, decile, decile que están secuestrados —le gritaba Tirso.

Para ese momento, Ortega dice ya tenía la adrenalina elevada. Eso le ayudó a no sentir miedo durante las casi dos horas que Tirso lo mantuvo encañonado. Ortega pensaba que podía desarmar a Tirso esperando que sus demás compañeros le cayeran al exjefe contra, a quien Ortega ya conocía, afirma.

Le comenzó a hacer señas a sus compañeros para que estuvieran listos. Les movía los ojos, les hacía muecas con el resto del rostro, pero parecía que nadie le captaba. Decidió no hacer algo para no poner en riesgo la vida de sus compañeros. “Si yo me movía podía morir más de alguno”, recuerda Ortega.

Oculta tras un cubículo se encontraba la periodista de noticias policiales Elízabeth Romero, en ese entonces con más de dos décadas cubriendo noticias de sucesos y del Ejército, viajando a las montañas en lugares de mucho riesgo, en vehículo, lanchas y hasta en helicóptero. Actualmente está jubilada.

Al principio se puso nerviosa, pero de repente recapacitó y le dijo a uno de los compañeros que tenía cerca, el periodista Roberto Orozco, hoy experto en temas de seguridad.

—Ve, ¿y por qué no vamos a hablar con ese hombre y le preguntamos qué quiere?

—Vamos pues —le respondió Orozco.

Ambos comienzan a hablar con Tirso, pero de pronto Romero se percata de que está sola ante el hombre. Después ve que Orozco está ayudando a las mujeres que están escondidas en los baños. Una de las primeras en sacar fue a la periodista Hilda Rosa Maradiaga, quien en ese momento había regresado de subsidio postnatal y a quien en una foto se le puede ver la angustia en el rostro mientras salía del periódico.

Orozco aprovechó que Romero hablaba con Tirso para que no se fijara que se le estaban escapando los reos. “Jueputa, cada vez veo menos gente”, dijo Tirso.

En un momento Tirso se molestó porque puso a los periodistas Moisés Martínez, Carlos Martínez y a la propia Romero a llamar al cardenal Miguel Obando y a los jefes policiales más importantes, como Edwin Cordero, a doña Violeta Barrios de Chamorro, a Daniel Ortega, pero nadie contestó.

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Cuando Tirso estaba medio distraído pero se llega a dar cuenta que cada vez hay menos gente en la redacción de La Prensa, reconcentra a los que quedaban en un solo lugar. Eran como 14. Siempre teniendo a René Ortega como escudo.
Tirso hizo que un retrato del director mártir de La Prensa, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, fuera puesto en el suelo.

—¿Y eso para qué? —le preguntó Ortega.

—Para que si la Policía entra disparando vos y yo caigamos muertos sobre esa foto y nuestra sangre quede en la foto de Pedro Joaquín —le respondió Tirso.

El fotógrafo René Ortega, ya jubilado, en la entrada del departamento de Fotografía del Diario LAPRENSA, exactamente donde Tirso Moreno lo tomó como rehén y lo mantuvo apuntado con dos pistolas.
FOTO/ ÓSCAR NAVARRETE

La Policía tenía rodeada la redacción. “Si ha entrado la Policía me mata”, refiere Ortega. Los primeros balazos hubiesen sido para él. “Pero la Policía actuó con mucha prudencia”, reconoce Ortega.

Los policías llegaron de civil y poco a poco fueron desplazando a los periodistas y se ponían ellos en las computadoras como si fueron los periodistas. En voz baja le ordenaban al personal que se hiciera hacia atrás. Esto ocurría en la parte del fondo de la redacción, mientras que Tirso tenía secuestrado al personal cerca de la puerta principal.

El propio Tirso relata que en la puerta de la redacción de La Prensa se topó con un policía “Tapir” y le encañonó la cabeza. El agente retrocedió arrastrándose sobre el suelo.

Tirso se percató de la situación y le ordenó al periodista Luis Alemán que fuera al exterior del periódico y le dijera a la Policía que todos estaban bien, que si entraban con el fin de hacerle algo dispararía.

Al salir Alemán de la redacción, detrás de un policía se encontraba el fotógrafo Manuel Esquivel, quien al ver a Alemán le gritó que se tirara al suelo. Alemán se tiró al piso y salió arrastrándose. Eso lo aprovechó Esquivel para tomar la foto que después salió en la portada del periódico.

Según testigos, Alemán, quien ya no labora para La Prensa, explicó que se tiró al suelo porque temía que la Policía lo confundiera y le disparara al salir.

Ya afuera del periódico, Alemán le dio la razón de Tirso a la Policía, y después refirió a un jefe policial: “¿Qué dice usted, me regreso? Ese hombre me dijo que si no regreso va a matar a mis compañeros”. Así era la tensión a que Tirso sometió al personal de La Prensa.

El jefe de Información, Freddy Potoy, se encontraba cerca de la entrada trasera de la redacción, con el jefe policial de Managua, comisionado mayor Horacio Rocha, y llamó a la extensión del periodista Moisés Martínez, quien lo comunicó con Tirso. Al final de la llamada Tirso habló con Rocha y aceptó que este último entrara a la redacción, pero solo.

Una parte del personal secuestrado considera que para ese momento el efecto del alcohol ya le estaba pasando a Tirso y poco a poco se percataba del problema al que se había metido.

El periodista Luis Alemán sale de la Redacción de LA PRENSA mientras Tirso Moreno mantenía como rehenes a 14 empleados del periódico. FOTO/ ARCHIVO

El comisionado Rocha entró por la puerta principal de la redacción, mientras la parte trasera estaba llena de policías vestidos de civil. Rocha ingresó junto al entonces jefe del Distrito IV de Policía, comisionado Leonardo Vanegas. Un policía apuntaba a Tirso, por si se le ocurría disparar contra los jefes policiales.

Tirso fue el ser más inofensivo del planeta cuando vio a Rocha. Fue como si se desinfló. “Rocha era mi amigo”, dice ahora el exjefe contra.

Tirso y Rocha se fundieron en un abrazo. Junto a Vanegas, Rocha lo desarmó. Ese momento fue aprovechado por René Ortega para huir corriendo y salir por una tercera salida de la redacción que da acceso a donde está la imprenta.

Ortega salió al pasillo del periódico y allí sintió que otra vez estaba en la tierra. Se le había bajado la adrenalina. Lloró, lloró y lloró. Hasta entonces le volvió el nervio al cuerpo después de estar casi dos horas apuntado con dos pistolas.

El cronista deportivo Edgard Rodríguez reunió en un círculo a todo el personal de redacción y elevó con ellos una oración de agradecimiento a Dios porque todo había salido bien. No hubo muertos ni heridos.

Eso sí, varias ambulancias atendían al personal. Hubo desmayados. Y varios que tuvieron crisis de nervios.
Luego, todos estaban llamando a sus familiares y a Tirso se lo llevaron enchachado.

***

Tirso Moreno despertó y calculó que eran como las 4:00 de la mañana porque al ratito amaneció. Todo estaba muy oscuro. No se veía absolutamente nada. Abrió los ojos y quiso levantarse. Como estaba acostado de lado, en cuanto levantó la cabeza sintió cuando le oreja se golpeó contra algo como una pared de concreto. Era una litera de cemento.

“A saber en qué casa estoy”, se dijo, y comenzó a palpar las paredes en busca de un encendedor de alguna bujía. Tocando y tocando estaba, cuando logró levantarse. Caminó un poco y un olor desagradable le golpeó la nariz. Era berrinche. “Ya sé, estoy preso”, concluyó.

El exjefe contra, apresado, después de haber tenido secuestrado dos horas a personal de LA PRENSA. FOTO/ ARCHIVO

“Debo haber cometido alguna infracción o traté a alguien. Me voy a dormir”, se dijo tranquilo.

Como a las 6:00 de la mañana del 23 de octubre del 2002, abrieron la celda y ante él apareció el comisionado Rocha con un ejemplar de La Prensa en la mano. “Ya viste lo que hiciste”.

Tirso leyó el periódico. No podía creerlo. Él dice que no se acordaba de nada. “Yo luché para que Nicaragua fuera libre. Ayudé a que fueran devueltos los medios de comunicación. Nunca quise hacer eso”, dice Tirso.

“Menos mal que no mataste ni heriste a nadie”, le confió Rocha.

¿Inocente?

Siete meses después, el 6 de mayo de 2003, Tirso fue declarado inocente de secuestro, exposición de personas al peligro y otros delitos, por un jurado de conciencia que demoró deliberando unas seis horas.

El personal de La Prensa que fue víctima del atentado no lo podía creer. Ni tampoco el resto de la sociedad nicaragüense.

El dueño del periódico, ingeniero Jaime Chamorro Cardenal, recuerda que, cuando Tirso estaba preso, sobre La Prensa y los periodistas hubo mucha presión para que se perdonara a Tirso o se retirara la denuncia en su contra.

El periodista Jorge Loáisiga, quien ya no labora en LA PRENSA, se ocultó de Tirso Moreno en la rotativa del periódico. Un policía lo custodia. FOTO/ ARCHIVO

A la oficina de Chamorro llegaron la madre y la esposa de Tirso, un amigo de Chamorro con quien fue compañero de clases, miembros de la clase política. Todos llegaban pidiendo perdón para Tirso, aduciendo que había sido un luchador por la libertad de Nicaragua en los años ochenta y que solo había actuado bajo los efectos del licor.

Ahora ya no toma licor, pero sí lo hizo meses después de salir de la cárcel. Fue en Panamá, donde tenía una amiga periodista. La persona que estaba con él, mientras se servía el primer trago le dijo en son de broma: “Cuidado te vas a meter en la casa de la periodista”.

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Reportaje