El dolor de una madre cuando entierra a un hijo

Reportaje - 11.05.2020
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Por accidente, por enfermedad, por violencia, por cualquiera que sea la causa, las madres viven las pérdidas de sus hijos con gran intensidad. Algunas nunca logran recuperarse. Otras no tienen más remedio que seguir adelante. Las historias de esas madres le quiebran el corazón a cualquiera

Por Eduardo Cruz

La madre más famosa que ha perdido a un hijo es la Virgen María. En las páginas de los cuatro evangelios del Nuevo Testamento se narra el dolor que ella sufrió al ver a su hijo Jesús clavado en una cruz.

En Nicaragua, a través de la historia, muchas madres han perdido a sus hijos producto de la violencia política y también social. Impactante es la fotografía de Luz López arrodillada junto al cadáver de su hijo Ajax Delgado, asesinado en 1960 en la cárcel La Aviación por un guardia de los Somoza.

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Desde abril de 2018, muchas otras madres nicaragüenses han sufrido el dolor de perder a sus hijos abruptamente. Especialmente eran jóvenes, algunos niños. Álvaro Conrado, Teyler Lorío, Sandor Dolmus, Junior Gaitán... la lista es larga.

También hay madres que pierden a sus hijos por accidentes o por trágicas enfermedades. El dolor, al final, es el mismo.

En esta edición, la revista Magazine le presenta la historia de seis madres nicaragüenses que reflejan el dolor de ser madre.

El asesinato de Ajax Delgado

La esperanza de Luz López era que su hijo Ajax saliera libre en pocos días e inmediatamente lo sacaría de Nicaragua. Tenía meses preso en la cárcel La Aviación y la justicia somocista le estaba haciendo juicio por terrorismo, ya que una bomba había sido lanzada por jóvenes opositores en una empresa.

Ajax Delgado, de 19 años de edad en ese entonces, se echó la responsabilidad de la bomba. No había sido él, explica su hermana Marisol Delgado, pero se hizo responsable de la misma por ser cofundador de Juventud Patriótica Nicaragüense (JPN), una aglomeración de jóvenes opositores a la dictadura somocista, cuando aún no existía el FSLN.

Luz López y Santiago Delgado junto a su hijo Ajax, durante el juicio que le hizo el somocismo.
FOTO/ CORTESÍA/ IHNCA

Eran días duros para una mujer muy católica como Luz López. No podía creer que su hijo se viera envuelto en ese tipo de asuntos.

Junto a su marido Santiago Delgado, trataron de darle la mejor educación a sus cinco hijos. El papá era terrateniente, caficultor. Ajax era el segundo de los hijos. Estaba estudiando en la Universidad de Georgetown, en Washington, Estados Unidos. Pero era muy idealista, recuerdan sus hermanas Marisol y Vanessa. Se regresó a Nicaragua, se matriculó en la UNAN y comenzó a trabajar en la lucha contra la dictadura de los Somoza. Corría el año de 1960 en Nicaragua y el presidente era Luis Somoza. El hermano de este último, Anastasio, era el jefe de la Guardia Nacional.

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“Mi hermano era muy idealista. Decía, lo escribió en cartas, que morir por la patria es vivir. Él quería dejar una huella en la historia, pero para mí la huella fue demasiado cara como familia”, expresa Marisol, en aquel entonces una niña de 5 años de edad.

El ambiente en la casa de los Delgado López era de esperanza. Tenían la certeza de que Ajax saldría libre. Así se lo habían dicho los abogados.

En la mañana del 5 de septiembre de 1960, a como había acostumbrado en esos últimos meses, Luz López envió al chofer David Vallecillo a dejar comida a La Aviación, no solo para Ajax, sino para todos los compañeros de prisión de su hijo. La preocupación empezó cuando vieron llegar de regreso al conductor con la comida de regreso.

“Algo está pasando, no me dejaron entrar”, dijo el chofer.

Luz López sabía que a su hijo lo torturaban. Y su marido había estado preso en las cárceles somocistas tanto en 1954, tras un complot contra Anastasio Somoza García, como a mediados de los años 30, siempre en oposición a Somoza. Los padres de Ajax se dirigieron a La Aviación “temiendo lo peor”, explica Marisol. Eran las 7:00 de la mañana de ese funesto día para los Delgado López, un día que marcaría a la familia para siempre, especialmente a Luz López.

El fotógrafo Francisco Rivas Quijano, quien en ese momento trabajaba para La Prensa, ha contado que muy de mañana lo llamaron para que fuera a cubrir una conferencia de prensa que daría la Guardia Nacional. Iban a explicar que Ajax Delgado había intentado escapar y por eso lo mató un guardia de nombre Isaac Sevilla.

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Ajax Delgado fue asesinado en el tejado oriental de la cárcel La Aviación, cerca de las 5:00 de la mañana de ese día, de un balazo en la cabeza. El guardia usó un rifle Enfield y el proyectil le hizo saltar la masa encefálica.
Fue muy evidente para la familia Delgado López que a Ajax el somocismo le aplicó la llamada “ley fuga”, que es cuando matan a los prisioneros alegando que se estaban escapando. Si a Ajax lo mataron en el techo de la cárcel, los familiares no se explicaban por qué su ropa de cama estaba llena de sangre.

El cuerpo de Ajax los guardias lo pusieron en el patio de La Aviación y ahí fue donde lo encontraron sus padres.
Luz López vivió 27 años más después que mataron a su hijo, pero su vida ya no fue la misma desde aquel momento, cuando llegó a La Aviación y desde lejos vio el cadáver de su hijo con la cabeza destrozada.

El fotógrafo Rivas Quijano logró captar el momento. Arrodillada junto al cuerpo de su hijo, Luz López lo tocaba con la mano derecha y la izquierda levantada al cielo, clamando por la vida de su hijo. “Mi hijo, mi muchachito, ¿por qué te asesinaron?”, exclamó Luz y rezó un Padrenuestro.

“Fue terrible ver cómo (los padres) se arrojaban sobre el cadáver de su hijo, invocando a Dios”, recordó Rivas ante el periodista Carlos Fernando Chamorro.

El primero en llegar al cuerpo de Ajax fue su tío paterno Edmundo. Detrás venía el papá, quien, ayudado por otro varón, casi cargaba a su esposa Luz para que pudiera llegar en pie hasta el cadáver.

Los momentos siguientes fueron de mucho dolor en la casa de los Delgado López. El cuerpo de Ajax llegó varias horas después a la casa, pues primero fue velado en otros lugares, como la UNAN.

El entierro fue multitudinario. La población en general repudió el asesinato. Marisol Delgado calcula que al entierro asistieron unas 50 mil personas. Las crónicas de la época hablan de 20 cuadras compactas llenas de gente.
Desde que su hijo fue asesinado, Luz López le comenzó a hacer misas. Se vistió de luto por muchos años. La mayor preocupación de ella era, como ferviente católica, si su hijo había tenido tiempo de arrepentirse o de confesar sus pecados ante un sacerdote. Todos los 5 de septiembre le celebraba misa.

“El duelo nunca terminó para ella”, dice su hija Vanessa Delgado.

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Poco después de la muerte de su hijo, Luz López comenzó a sufrir de multiesclerosis, lo cual le causó problemas para caminar. Su hija Vanessa explica que primero caminaba tomada de la mano de alguien, después con andarivel y ya de último también en alguna ocasión utilizaba silla de ruedas.

Cuando los sandinistas llegaron al poder, al poco tiempo Luz López y su familia tuvieron que salir de Nicaragua hacia Atlanta, Estados Unidos, pues el nuevo gobierno los expropió por el hecho de ser terratenientes.

La vida de Luz López se apagó el 12 de septiembre de 1987, en Guatemala, donde su marido Santiago Delgado se había asentado por negocios de café. Vivió 27 años con el dolor de haber perdido a su hijo.

La agonía de Alvarito Conrado

A Lizeth Dávila le costó salir embarazada por primera vez. Se puso súper feliz el día que le dijeron que iba a tener un bebé. Inmediatamente se comenzó a cuidar.

“Yo era muy delgadita y veía que el vientre no me crecía. Le preguntaba al médico y él solo me decía que me iba a ir creciendo. A los cinco meses se desarrolló el embarazo. Creció bastante”, recuerda Dávila, quien se llenaba de gozo sintiendo que dentro del vientre tenía a una criatura muy inquieta. “Yo sentía lindo mirar que se movía. Me alegraba porque los exámenes salían bien. Nació casi a los 10 meses de gestación y me acuerdo que los achaques fueron permanentes. Estaba yo en labor y parto y todavía estaba vomitando”, dice.

Lizeth Dávila vio truncado todos los sueños que como madre tenía para su hijo Álvaro Conrado, cuando este último fue asesinado por una bala orteguista. FOTO/ ARCHIVO/ ÓSCAR NAVARRETE

El 8 de abril de 2003 nació el bebé. Era un varón y se llamó igual que su papá: Álvaro Conrado.

“Alvarito”, a como se le conoce, fue el mayor de tres hermanos. Recién nacido, dormía de día y pasaba despierto en la noche y la madrugada. La abuela materna lo comenzó a bañar a la 1:00 de la madrugada, le daba sus palmaditas y lo mandaba a dormir, hasta que se acostumbró a dormir de noche.

El muchacho nunca dio problemas, ni de salud ni de comportamiento, a pesar de que era bien inquieto. En la escuela, cuando llegó a preescolar, la maestra lo quiso mucho.

Tampoco había problemas para que estudiara, aunque puso pensativo a los padres cuando una vez en la escuela dijo que quería ser bombero. “Los bomberos ni salario tienen”, pensó la mamá, quien comenzó a darse cuenta de que su hijo tenía cierta vocación por servir a los demás.

“Él quería estar en todo. Su maestra decía que la voz que más se escuchaba en la sección era la de él. La maestra llegó a decir que era el levanta masa, era el que hablaba, muy participativo”, recuerda Dávila.

A los siete años comenzó a tocar guitarra y participaba en los actos del colegio. Después se metió a atletismo y luego a tae kwon do.

Lizeth Dávila recuerda mucho a su hijo y ahora analiza sus actitudes. Cuando se ponía a jugar con los demás chavalos, él siempre se iba con los más pequeños o con aquellos a quienes nadie quería en su equipo.

Cuando en abril de 2018 estallaron las protestas por la reforma al Seguro Social que realizó la dictadura Ortega Murillo, Alvarito decía que no había que dejar solos a los viejitos, que no había que dejar que el Gobierno hiciera lo que quisiera con el pueblo. Pero sus padres le respondían que él estaba muy pequeño para andar en esas cosas y su papá “ya ni correr podía”.

El 19 de abril, cuando murieron los primeros jóvenes producto de la represión orteguista, Lizeth Dávila exclamó: “Si a mi hijo me lo quisieran tocar yo lo meto bajo la tierra, pero yo no dejo que a mi hijo se lo lleven”. Hoy, Dávila dice: “Lo dije sin saber que horas después yo estaría llorando a mi hijo”.

En la mañana del 20 de abril de 2018, Alvarito Conrado salió de su casa y dijo que iba a jugar Nintendo. Los papás no saben cómo él llegó a los predios de la Catedral de Managua en la mañana de ese fatídico día, cuando llegó con unas botellas de agua para repartirlas entre los estudiantes que protestaban contra la dictadura.

No tuvo tiempo para repartir toda el agua. Una bala le pasó rozando el labio inferior y en el hospital para saber en qué parte estaba alojada la bala tuvieron que abrirle el pecho. Allí —explica la mamá de Conrado—, se dieron cuenta que fue una bala de plomo.

En las redes sociales hay un video de 16 segundos en el que se ve el momento en que Álvaro Conrado fue auxiliado por los estudiantes que estaban en la Catedral de Managua. Él no deja de decir: “Me duele respirar. Me duele respirar”, mientras los estudiantes le sostienen un pañuelo rojo en el cuello.

Antes del mediodía llamaron por teléfono al papá para decirle que el dueño de ese celular acababa de ingresar al Hospital Bautista con una herida grave en el cuello.

Los padres llegaron como a las 2:10 de la tarde al hospital, pero ya no lograron verlo vivo. Cerca de las 4:15 de la tarde salió un doctor diciendo que habían hecho todo lo posible por salvar la vida del muchacho, pero que había perdido mucho tiempo en la calle.

Después, los padres supieron cómo había ocurrido todo lo de su hijo. Él pedía a las personas que lo ayudaron que no lo dejaran dormir porque si se dormía se moría. También pedía que lo salvaran, que no quería morir.

Lo más impactante para los padres fue saber que su hijo llegó con vida al Hospital Cruz Azul, pero ahí no lo quisieron atender. “Yo no voy a descansar hasta que las personas, la ministra de Salud, pague. Porque no es justo negarle la atención a alguien que necesita, que puedes salvarle la vida y por órdenes de ella y de sus seguidores a mi hijo lo dejaron morir. Es la fecha y yo todavía no lo supero. Alzo la voz que él alzó”, expresa Dávila.

“Tengo mis altas y bajas, pero le pido a Dios fortaleza. Mi hijo me duele. Pasé dificultades para criarlo”, manifiesta Dávila, quien actualmente se encuentra en Europa, junto con otras madres denunciando en la ONU a la dictadura Ortega Murillo.

“No es justo que un par de personas, por querer estar en el poder a costa de todo, hayan terminado con la vida de mi hijo y con la de muchos jóvenes. Por eso, por mi hijo y por todos los jóvenes voy a seguir en la lucha hasta alcanzar justicia”, promete Dávila.

Asesinados por el Ejército

Es una mujer menuda, morena, de unos 1.55 metros de estatura y 40 años de edad. Apenas sabe firmar, pues solo pudo llegar hasta segundo grado de primaria. Pero habla con bastante soltura, precisión y con certeza. Su vida ha transcurrido en las montañas del Caribe Sur de Nicaragua, entre Río Blanco, Paiwas y Copalar.

El nombre completo de esta mujer es Elea Sara Valle Aguilar. Pero Nicaragua la conoce solo como Elea Valle.
Además de conseguir el alimento para sus tres hijos que le quedaron vivos, que ya es una gran preocupación para ella, desde hace más de dos años esta mujer tiene una cosa en mente: poder darle una sepultura adecuada a sus dos hijos mayores, asesinados por el Ejército en noviembre de 2017, en una comunidad llamada San Pablo 22, en La Cruz de Río Grande. Y también a su esposo, con quien se casó “de velo y corona” cuando ella tenía 17 años de edad y él 23, en la comunidad Bilampí.

Elea Valle, de camisetas con rayas negras y blancas, ha pedido a las autoridades que le dejen enterrar a sus hijos, quienes aparecen en la foto de la pancarta. FOTO/ ARCHIVO/ ÓSCAR NAVARRETE

La hija mayor se llamaba Yojeisel Elízabeth y tenía 16 años de edad cuando la mataron los del Ejército. Tenía señas de haber sido torturada y violada. La terminaron colgando de un árbol. A ella, Valle la recuerda porque la muchacha era muy hacendosa. Le ayudaba con los quehaceres del hogar y también con la ropa ajena que lava Valle para ganarse la vida.

El segundo hijo era Francisco Alexander, quien contaba 12 años de edad cuando lo mataron los militares. A su edad ya era un “hombrecito”. Se iba con un machete a trabajar a las fincas y regresaba al atardecer con 100 pesos que se los daba a la madre para “el arroz y los frijoles”.

A finales de 2017, los dos muchachos eran el sostén de Elea Valle desde que hacía dos años su marido, Francisco Pérez, el “Charro”, se había enmontañado como “rearmado” contra la dictadura Ortega Murillo, junto a su hermano Rafael Pérez Dávila, el “Colocho”. Ninguno de los dos niños pisó un solo día una escuela en toda la vida. Donde vivían no había una cerca.

El 10 de noviembre de 2017 comenzó la tragedia. Ese día Pérez llamó a Valle para que le enviara a los dos hijos mayores, de cinco en total, para que llegaran a verlo y él poder darles un “dinerito”, porque al año siguiente los muchachos querían estudiar. “No sabemos ni una letra”, decía la niña.

El sábado 11 de noviembre los chavalos emprendieron el viaje. De vez en cuando le daban una llamada por celular a la mamá.

A las seis de la tarde de ese mismo día la volvieron a llamar. “Mamá, ya se nos hizo noche. Nos vamos a quedar en una casa”, le dijeron. Al día siguiente, sábado, por la mañana, otra vez la llamaron. “Vamos en camino, mamá”.

Finalmente los muchachos se vieron con el padre, pero Valle no supo cuánto dinero le dio a los hijos. Lo último que Valle habló con sus hijos es que esa noche dormirían con su papá y que al día siguiente, a las 6:00 de la mañana, la iban a llamar cuando emprendieran el viaje de regreso. A la mañana siguiente, Valle llamó a sus hijos. Lo hizo varias veces, pero solo le salía el buzón de voz. Los intentos no cesaron en el resto del día. Era el domingo 12 de noviembre. Ella no pasó tranquila.

Ese mismo domingo, cerca de las 7:00 de la noche, la llamaron. “No le quisiera decir madre pero te asesinaron a tus hijos”, dijo una voz que salió del teléfono con un número de celular conocido.

“Me desesperé completamente que la gente me agarraba porque dicen que yo agarraba el camino, que me iba ir a pie. ¿Cuándo iba a llegar?”, relató Valle al Diario La Prensa en enero de 2018.

Al día siguiente, a las 4:00 de la madrugada, salió la mujer en busca de sus hijos. Y también de su marido. Durante el camino la llamaron para decirle que el Ejército había dado la orden de que enterraran los cuerpos, pero ella rogó que todavía no lo hicieran, pues quería ver a sus hijos.

Mientras avanzaba montada en una bestia, Elea Valle no sabía si iba caminando o si iba cabalgando. No sabía si iba haciendo contacto con la tierra o si iba volando. Cuando no llevaba la mente en blanco, la llevaba ocupada con la imagen de sus dos hijos mayores. Poco antes de llegar a su destino vio un “lucerío” y una multitud. Le dijeron que allí era donde estaban muertos sus hijos y Elea Valle recuerda que le metió las espuelas a la bestia lo más fuerte que pudo. La idea que tenía era matarse. No lo logró porque sus acompañantes, que también montaban, lograron controlar al animal.

Al llegar donde estaban los cadáveres de sus hijos, en un potrero, a la par de ellos Valle vio que había un hoyo con otros cuerpos. Uno de ellos era el de su esposo. Pero eso debe de haber sido en fracciones de segundo, porque lo primero que Valle hizo fue tratar de abrazar a sus hijos. Forcejeó con las personas que la sujetaron para que no los tocara, porque ya estaban descompuestos. Consiguió tocarlos pero se desmayó casi inmediatamente.

Elea Valle volvió en sí y vio los cadáveres de sus hijos y nuevamente intentó abrazarlos. La gente la agarraba y ella gritaba, atacada, llamando a sus hijos. Las personas del lugar solo estaban esperando que Valle llegara para que pudiera ver a sus hijos. Seguidamente, poco después de las 7:00 de la noche del lunes 13 de noviembre pasado, procedieron a sepultar a las seis personas que habían muerto en esa ocasión. Así lo habían ordenado miembros del Ejército de Nicaragua, los causantes de esas muertes.

Hasta este mes de abril de 2020, Elea Valle aún no había recibido los cuerpos de sus hijos ni el de su marido, enterrados en la fosa común sin ataúd, porque el Ejército no dio permiso para que se les hiciera uno.
“Son cosas duras, mirar a sus hijitos uno en esa grosería que les hicieron”, suele decir Valle.

Masacre en El Carrizo

Irinea Mejía Cruz tiene ya más de 70 años de edad y está bastante enferma. Hace poco un médico le dijo que tiene una infección en el estómago. “Lo que pasa es que usted casi no come”, le dijo. Y es verdad. “Casi no me da apetito”, dice ella.

La otra vez anduvo en Cusmapa y no sabía dónde estaba. Ya se le olvidan las cosas. Andaba perdida.

Irinea Mejía rodeada de sus nietos en su casa en El Carrizo. A pesar de tener descendencia numerosa, ella añora todos los días a sus dos hijos y a su esposo asesinados. FOTO/ ARCHIVO/ ÓSCAR NAVARRETE

A veces, ella cree que sus hijos Elmer Liborio y Josué Sael Torres Cruz, así como su esposo José Mercedes Pérez Torres, andan trabajando en la huerta. Pero no. Ellos están muertos y enterrados en un cementerio de la comunidad El Carrizo, en el municipio de San José de Cusmapa, departamento de Madriz.

Cuando vuelve en sí, es como si se le vuelven a morir.

“Todos estos años, desde que ellos fallecieron, tengo un dolor profundo que nunca se me acaba. Es triste, siempre los recuerdo”, dice Mejía Cruz.

Sus dos hijos, Elmer, de 43 años de edad y Josué Sael, de 22, así como el esposo de ella, fueron asesinados el 8 de noviembre de 2011, dos días después de las elecciones presidenciales que se adjudicó Daniel Ortega cuando él no podía ser candidato presidencial por prohibición constitucional.

El pecado de las víctimas fue haber protestado por falta de cédulas de identidad.

Los victimarios, procesados formalmente en un juzgado, solo fueron condenados a tres años de cárcel y posteriormente quedaron libres.

“Desde que ellos fallecieron tengo un dolor profundo que nunca se me acaba y nunca se me acabará”, dice Irinea Mejía sobre sus dos hijos asesinados dos días después de las elecciones presidenciales de 2011.
FOTO/ ARCHIVO/ ÓSCAR NAVARRETE

Como perpetradores del hecho sangriento fueron sentenciados el secretario político del FSLN, José Jesús (Jersan) Herrera Zepeda, el funcionario del Consejo Electoral Municipal (CEM), Eusebio Cruz Montenegro; el exjefe de la Policía, subcomisionado Elvin de Jesús López, y el oficial permanente, Mauricio José Díaz Jiménez, todos del municipio de San José de Cusmapa.

El día de los hechos, un grupo de 30 sandinistas a bordo de dos camionetas llegaron a la comunidad indígena de El Carrizo, encabezados por José de Jesús (Jersan) Herrera Zepeda, secretario político del FSLN en esa zona, para darles un escarmiento a simpatizantes del PLI inconformes por el fraude electoral del 6 de noviembre.

Según la versión de los liberales, fue una cacería. Según la versión de los sandinistas, fue un enfrentamiento. Sin embargo, los resultados hablan más de una masacre. A eso de las diez de la noche, doña Irinea tenía tendido en el piso de su casa los cadáveres de su marido, don José Mercedes Pérez Tórrez, 67 años de edad y dos de sus hijos Elmer, de 43 y Josué Zael, de 22. Mientras otros dos hijos, José Francisco, de 18 y Moisés, de 31, estaban gravemente heridos de bala. Del lado de los sandinistas, hubo un solo herido: Jesús Herrera Zepeda, quien sufrió una herida en la rodilla, aparentemente provocada por un machetazo.

Más allá de los hechos, para Irinea Mejía el dolor se ha prolongado todos estos años. Al mayor de sus hijos lo recuerda como alguien que siempre le estaba llevando algo para su alimentación. “Cuando yo tenía dificultades, me conseguía lo que hacía falta, maíz, frijoles. Yo me ponía alegre cuando venían, aunque no me trajeran nada. Yo los lloro, me duelen todavía y me van a doler hasta que yo me muera”, dice Mejía Cruz.

Ella tuvo 14 hijos, de los cuales solo viven 11, pero extraña mucho a los muertos.

El pequeño sabía tocar guitarra y cuando ella escucha las canciones que él tocaba, se suelta en llanto.
Cada vez que se pone a comer, piensa en que esa comida la estaría compartiendo con sus hijos y con su esposo asesinados.

Cada Día de las Madres, Mejía Cruz celebra una misa y reparte café y algo de comer con los asistentes. “A ella le hacen falta los dos”, dice Amílcar, uno de los hijos de Mejía, sobreviviente de la masacre, refiriéndose a sus dos hermanos asesinados.

Del día que mataron a sus hijos, Mejía Cruz recuerda que abrió las puertas de su casa y dijo: “Que vengan, que me maten a mí también”. Pero nadie apareció.

Claudia Chamorro y Tolentino

Marcos Tolentino Bárcenas sabía que en poco tiempo iba a morir. También lo sabía su madre, Claudia Chamorro Barrios. Hablaron de la muerte. Él dijo cómo quería que fuera su entierro y pidió que lo sepultaran junto a su abuelo, el Mártir de las Libertades Públicas Pedro Joaquín Chamorro Cardenal. También pidió que nadie se vistiera de negro. Ella le explicaba lo que se iba a encontrar en el cielo, especialmente que allá lo estaría esperando su abuelo y todos los que se han ido.

Tolentino había nacido en 1981, hijo también de José Bárcenas, y apenas a los 10 años de edad le diagnosticaron una leucemia agresiva. Cuando falleció, cinco años después, en abril de 1996, lo hizo en paz, asegura su madre.

Claudia Chamorro Barrios carga a su hijo Marcos Tolentino Bárcenas, fallecido hace casi 25 años. En la casa lo tienen presente todos los días. FOTO/ CORTESÍA

Chamorro Barrios explica que en esos cinco años ella y su hijo tuvieron un tiempo para gestionar lo que estaba ocurriendo en sus vidas. Sin embargo, el dolor estaba ahí. El niño le decía: “Me preocupa que te vayas a encerrar en un cuarto cuando me muera”. “Yo no tengo por qué encerrarme. Yo voy a pensar en vos”, le dijo ella.

Mientras se hacía todo lo posible por aliviar a Tolentino, Chamorro Barrios rogaba por la vida de su hijo. Recuerda que le rezaba a la Virgen de Guadalupe y le pedía que se la llevara a ella y no a su hijo. Quería revertir la situación.

La enfermedad de Tolentino no se podía tratar en Nicaragua. Viajaron a Houston. El joven ya no podía caminar y entró en silla de ruedas a un hospital de esa ciudad norteamericana. Cuatro días antes de que a Chamorro Barrios le naciera otro hijo, de nombre Mateo, a Tolentino lo desahuciaron y a ella se le juntaron la alegría y el dolor.

“No quiero que me mientan”, decía Tolentino. Y se habló con él con la verdad. Fue una relación transparente. Él fue partícipe de su tratamiento. Se habló de todo con naturalidad y se asumió una actitud positiva, explica Chamorro Barrios.

Entre quimioterapias agresivas, y mientras se recuperaba temporalmente y recaía, Tolentino se fue despidiendo “con serenidad” de sus familiares. Fueron 1,680 días de batalla contra la enfermedad.

Como madre, Chamorro Barrios explica que ella y su hijo tuvieron el tiempo para asimilar la situación, pero piensa en las madres que perdieron a sus hijos de manera repentina, como las que sufrieron las muertes de sus hijos desde la rebelión de abril de 2018 y se da cuenta que ellas no tuvieron la misma oportunidad. “Me siento privilegiada”, dice ella y utiliza una frase para explicar que al final el dolor es el mismo en las madres: “El corazón de las madres es la tumba de sus hijos”.

“Para las madres de abril es imposible verlo así (como ella)”, agrega Chamorro Barrios.

Después de la muerte de su hijo, a quien considera un luchador, Chamorro Barrios nunca se vistió de negro por luto, aunque sí lo usaba porque es un color elegante para ella. Lo que sí hizo fue encerrarse en un cuarto con una grabadora pequeña y comenzó a grabar y a grabar todo lo relacionado con su hijo. Ese fue su duelo. Llenó siete casetes pequeños, pero a veces se atacaba en llantos.

El resultado de las grabaciones fue un libro. El primer borrador se lo envió al escritor Sergio Ramírez Mercado, quien le hizo algunas correcciones de estilo pero quedó impactado con la historia de lucha de Tolentino. El libro se llama “Tiempo de vivir”.

Hoy, Chamorro Barrios sabe que pasó por las cuatro etapas del duelo: negación, cólera, batalla y aceptación. Aprendió a no quedarse en la negación. “Yo viví sin saber cómo era eso”, dice.

El recuerdo de Tolentino está presente en la casa de Chamorro Barrios. Entre lo último que ella hizo para mantenerlo vivo fue un rosal, porque a él le gustaban las flores.

“Yo pienso en Tolentino todos los días. Y varias veces al día. Él vive internamente en mí”, dice Chamorro Barrios después de 25 años de la muerte de su hijo.

El drama de Yelka Ramírez

El 11 de julio del 2015 le cambió la vida a Yelka Ramírez. Ese día, por la noche, el vehículo en el que ella viajaba con su familia, camino a Las Jagüitas, en Managua, fue rafagueado por policías. Murieron dos hijos de Yelka, Aura Marina y José Efraín Reyes Ramírez, de 12 y 11 años de edad respectivamente y una hermana menor de ella, Katherine Ramírez Delgadillo, de 22 años.

El trauma que quedó en Yelka y su familia es tal que cinco años después aún no se recuperan. Han preferido no hablar más ante los medios de comunicación para procesar todo lo ocurrido. Así lo explica el abogado de la familia, Carlos Alemán.

Yelka Ramírez estaba embarazada cuando policías la golpearon tras acribillarle a dos hijos y a una hermana menor de ella. FOTO/ ARCHIVO/ ÓSCAR NAVARRETE

El esposo de Yelka Ramírez, Milton Reyes, conductor del vehículo rafagueado, ha recordado que el día de la masacre llevaba las luces del carro encendidas “cuando veo que ellos (policías) salen de una bocacalle encapuchados, con pasamontañas y apuntando, ella (Ramírez), me dice: ‘¡Ay Milton, no te detengás que nos van a asaltar!’. Cuando yo los veo con armas, me impresioné tanto que dije, si yo me quedo aquí, va a ser una masacre, nos van a matar a todos, entonces yo aceleré el vehículo”.

Y tras las primeras detonaciones, más adelante había otro grupo esperándolos. “Yo solo miraba las balas de frente y digo a ellos, agáchense, cuando ellos se agachan ya llevo los heridos... no supe como salí de esa calle, porque es una calle que está partida”, relató Reyes a La Prensa.

“Cuando veo la luminaria me alegro porque voy buscando como socorrerlos a ellos, llevarlos a un hospital”, refiere Reyes, que fue cuando llegó a las Cuatro Esquinas, en Las Jagüitas.

Ya a esa hora, sostiene Reyes, los heridos no reaccionaban “y les digo a ellos (a los policías) ‘ayúdenme, socórranme’ y no se movían (los policías que estaban ahí, había bastante grupo de ellos). A ella (a Yelka) la golpearon, yo estaba socorriendo a los demás, al otro que estaba herido y consciente todavía. Ellos (los policías) hasta que se miraron en la sin remedio fue que se preocuparon en llevar a los heridos al hospital y los tiraron como perros”.

Además de ver morir a sus hijos y hermana, Yelka tenía ocho meses y medio de embarazo.

Yelka no recibió ninguno de los 48 proyectiles disparados por los policías, pero recibió una golpiza de los agentes cuando bajó del vehículo a pedir ayuda para su familia que se desangraba en el vehículo. También recuerda cómo los oficiales tiraron y patearon los cuerpos de sus niños.

Los cuerpos de Aura Marina Reyes Ramirez (10 años) José Efrain Reyes Ramirez (11 años) Katherine Ramírez Delgadillo (22 años) . LA PRENSA/Óscar Navarrete

De acuerdo con la Policía, los agentes, que eran antidrogas, confundieron a la familia de Yelka con una banda de delincuentes. Todo habría sido un error.

En su búsqueda de justicia, Yelka Ramírez fue varias veces a las oficinas centrales de la Policía en Plaza El Sol. “¡Ábranme la puerta! No fueron unos perros los que mataron”, le reclamaba a la institución.

Nueve policías fueron condenados por la masacre de Las Jagüitas y el hecho fue tipificado como homicidio imprudente, como si todo fue un accidente y no un crimen. Yelka Ramírez no acepta esa justicia, máxime que los condenados ya están libres.

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