El domingo nos vemos en la frontera

Reportaje - 30.07.2006
Un-área-estéril-caserta-migratoria

Cientos de nicaragüenses migran todos los años hacia Costa Rica en busca de empleos. Las jornadas brutales muchas veces se compensan con la posibilidad de encontrarse con un familiar en la llamada área estéril de la frontera, donde antes de la construcción de un rancho para visitas “la gente se encontraba como ganado”, según palabras del director de Migración

Alma Meléndez
Fotos de Bismarck Picado y Carlos Cortez

Desde la ventana del bus la joven mira el cielo aún estrellado, oye los murmullos ansiosos de las personas sentadas tras ella, mira el reloj de pulso que compró el día anterior y con un discreto movimiento de cabeza dice: “Hace seis minutos que debería de haber salido”. Son las 4:06 de la mañana. En la terminal de San Pedro, un pueblito de Costa Rica, el bus arranca con diez minutos de retraso. “Ojalá lleguemos a las nueve a Peñas Blancas”, piensa la rivense Elba Verónica Canales Chávez, de 23 años, quien hace dos años hizo el mismo viaje, pero a la inversa. Salió de Rivas, solo con la ropa que llevaba puesta, pasó a Costa Rica por un punto ciego y se reunió con una amiga que la llevaría a trabajar de doméstica en una casona. Trabaja incansable desde que nace el sol hasta que anochece, limpia, lava, plancha, cocina y cuida a los niños, de lunes a domingo, sin descanso, porque aunque oficialmente no trabaja el domingo, como los patrones le dan la comida y donde dormir, ella se siente en obligación de hacer algo el día de descanso. Ella siente que le va bien, consiguió ahorrar un dinero y pidió permiso para llevárselo personalmente a su mamá.

A las 9:00 de la mañana, junto a otras personas que se protegen de la lluvia fina en un ranchón, doña Verónica Chávez, de 45 años, y su hijo Víctor, de 18, miran ansiosos hacia el lado tico de la frontera esculcando con la mirada cada grupo de gente que asoma detrás de la aguja que marca el límite entre Nicaragua y Costa Rica. Los que vienen del lado tico rara vez traen las manos vacías, es común verlos aparecer con grandes bultos al hombro, tal vez un televisor, un horno o una cocina. Elba Verónica no trae bultos.

Foto de Bismarck Picado y Carlos Cortez
Antes el área estéril de la frontera sur era un extenso campo minado —el Ejército acostumbraba colocar minas antipersonales por donde suponía que pasaban los miembros de la Resistencia y se sabía que estos tenían bases en Costa Rica— ahora, un lugar de encuentros familiares.

***

El domingo es día oficial de visitas en Peñas Blancas, frontera entre Nicaragua y Costa Rica, la más importante del país, ya que según datos de la Dirección General de Migración y Extranjería, diariamente pasan por ahí alrededor de 2,500 personas. Cifra que no incluye a los más de mil nicaragüenses que optan por entrar ilegalmente, ya sea saltando un muro de casi un kilómetro de longitud o internándose un poco en el monte para cruzar por potreros privados. Son los puntos ciegos conocidos por los “coyotes” que se ganan la vida pasando gente indocumentada. Así se fue hace más de 20 años doña María Hernández, originaria de Carazo.

Cuando tomó la decisión tenía 23 años y era madre soltera. La situación en su casa era dificil, nadie le daba trabajo y se vio obligada a realizar el viaje. “En ese tiempo no había ningún muro dividiendo la frontera. La cosa era más fácil, no había tanta vigilancia”, explica la pequeña mujer morena de 43 años, mientras corta el queque que vino cargando desde San José. Tiene uñas particularmente largas, usa anillos plateados y dorados en todos los dedos y unas pulseras de metal que suben y bajan de su brazo según los movimientos, mientras distribuye pedazos del queque entre su familia. Hay diez personas en total, todas formando un círculo de sillas plásticas, entre ellas dos de sus tres hijas. “Una nica y dos ticas”, dice con su acento adoptado. Está su madre, una viejita de pelo blanco que no debe tener menos de 60, pero aparenta unos 70 años; sus hermanas, humildemente vestidas, y cuatro sobrinos adolescentes fascinados con los zapatos nuevos que la tía ha traído. Esta es la tercera vez que doña María viene para encontrarse con sus parientes en la frontera. La primera vez fue al año de haberse ido, cuando fue hasta Carazo a buscar a su primogénita. Las otras veces no ha ido tan lejos. “Es más práctico vernos en la frontera”, explica, haciendo alusión al tiempo que tendría que invertir en todo el viaje.

“El trabajo de camarera en un hotel lujoso de la capital me ha permitido conquistar el sueño americano en Costa Rica”, dice con cierta jactancia. Por otro lado confiesa que no ha sido fácil, pues además de sobrellevar la nostalgia de su tierra, ha tenido que sobrevivir a la discriminación por ser nicaragüense.

***

Elba Verónica y Víctor, su hermano, comen con las manos el pollo que la mamá les ha preparado para el camino. Madre e hija se abrazan constantemente e intercambian palabras sin efusividad. Los ojos vidriosos dejan entrever que luchan para contener la tormenta que se avecina en ellos.

La muchacha se despide de la mamá y toma al hermano de la mano. Cada uno se echa al hombro un bulto negro. Mientras se pierden de vista, los ojos de la madre se nublan y un trueno preside la vuelta del aguaje. Las familias reunidas alrededor del ranchón recogen apresuradamente las sillas plásticas y sus bultos. En cuestión de segundos el ranchón agota su capacidad y mitad de la gente no tiene más alternativa que mojarse.

***

La costarricense María del Milagro Maldonado, de 25 años, y su familia hacen el círculo de sillas más pequeño para dar lugar a la gente. Ellos se reunieron adentro desde antes que empezara la lluvia. Según cuenta María del Milagro, originaria de la ciudad de Guápiles, ella es la única tica de su familia. “Mi papá y mi mamá se fueron a Costa Rica en busca de trabajo. Pero mi papá se regresó y mi mamá y yo nos quedamos. Él se juntó con otra mujer, tuvo a mis hermanas y hace veinte años se fue a los Estados Unidos”, relata. Como quien educó a las hijas de don Fernando Maldonado fue la abuela, ella mantuvo el vínculo entre la nieta tica y las nicaragüenses. Y aunque parezca que don Fernando fue un padre irresponsable, él asegura que siempre trató de ocuparse de sus hijas, mandándoles remesas y llamándolas por teléfono en fechas especiales.

Por cuestiones de tiempo y de dinero, en su primer regreso a la tierra que lo vio nacer, optó por no ir al país vecino a ver a la hija que dejó hace más de veinte años, sino que la llamó para que se encontraran en la frontera. “Salí a las tres de la mañana de Guápiles, viajé seis horas para venir a ver a mi papá aunque sea por dos horas, porque a las 11 sale el bus de acá”, dice como resignada. Tal vez por tanto tiempo sin haber convivido, las dos horas, que podrían parecer poco tiempo para un reencuentro, se hicieron largas. Media hora antes, cuando caían las últimas gotas de lluvia, María del Milagro atravesó la frontera.

Foto de Bismarck Picado y Carlos Cortez
La costarricense María del Milagro viajó a la frontera para ver a su papá, don Fernando Maldonado, quien desde hace 20 años se fue a trabajar a Estados Unidos.

***

En un área estéril entre la frontera sur de Nicaragua y la norte de Costa Rica, la Aduana de Peñas Blancas propició en el 2000 la construcción de un rancho, con capacidad para 200 personas, para encuentros familiares. Hasta esa fecha las visitas se daban en condiciones precarias. Los nicaragüenses residentes en Costa Rica se reunían con sus parientes a la intemperie, compartiendo un par de horas sin tener donde protegerse del sol o de la lluvia, recostados en una malla metálica, algunos de pie y otros sentados en el suelo. En ese tiempo no existía un procedimiento legal para los encuentros y la única forma era sometiéndose a la buena o mala voluntad de los funcionarios que estaban de turno en la frontera.

Pero el 23 de abril de este año Fausto Carcabelos, actual director de Migración y Extranjería, quien en la época era director de la Aduana de Peñas Blancas, firmó con su homólogo tico, Johnny Marín, un convenio que establece los procedimientos binacionales para las visitas dominicales en el puesto fronterizo de Peñas Blancas. El único requisito para acceder al área estéril es una identificación con foto. Por eso, de acuerdo con Carcabelos, los consulados nicaragüenses en Costa Rica están obligados a emitir identificaciones gratuitas a los nicas, legales o ilegales. Además dice que en el caso de los menores de edad, el adulto responsable debe en la Aduana tomarse una foto instantánea con el niño. Foto que cuando reingrese al país será verificada.

“El hecho de que se acondicionara un espacio físico en el área estéril fue producto de una presión social no verbal. No había como no conmoverse viendo a la gente reencontrándose como ganado bajo el sol”, asegura el funcionario del gobierno, quien además explica que para seguridad de la misma gente, personal de Migración se infiltra en el área para velar por el orden y la seguridad.

Douglas Morales, agente de seguridad del punto fronterizo, cuenta que antes no existía horario oficial para las visitas dominicales, pero desde que se firmó el convenio con los ticos se estableció que sería de 7:00 de la mañana a 2:00 de la tarde. “Nosotros somos flexibles con los compatriotas, pero los ticos son estrictos con los horarios. Por eso, aunque se nos parte el corazón, antes de las 2:00 de la tarde comenzamos a decirle a la gente que se empiecen a despedir. Un ratito más, piden. Pero son órdenes superiores”, explica.

El reacondicionamiento del rancho en el 2006 fue posible gracias a una donación de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y al alcalde de Cárdenas. Además de levantar la infraestructura que ya existía, a todo el rededor se hicieron pequeños ranchitos, de metro cuadrado cada uno y, según Fausto Carcabelos, se tienen planes de conseguir apoyo financiero con las compañías de transporte “para algún día colocar baños y agua potable”.

Migración

“El fenómeno migratorio de nicaragüenses que se iban a Costa Rica está disminuyendo en comparación con la década pasada”, señala Fausto Carcabelos, director de Migración y Extranjería. Según él, Costa Rica está siendo desplazada como destino favorito de los nicaragüenses debido a la nueva Ley migratoria que promete ser muy dura con los inmigrantes nicas y aunque todavía no se aprueba, muchos están optando por probar suerte en El Salvador.
Mientras se calcula que actualmente en Costa Rica viven entre 350 mil y medio millón de nicaragüenses, incluyendo a los indocumentados y a los emigrantes temporales en El Salvador, solo hasta el 2004, había un aproximado de 367,410, según datos de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).

Sección
Reportaje