El fin de la Guardia Nacional

Reportaje - 14.10.2018
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Guardias y guerrilleros formarían el nuevo ejército en Nicaragua en 1979. Esa fue la negociación entre el
Frente Sandinista, Somoza y los Estados Unidos. Eventos de última hora echaron a perder el acuerdo y la Guardia Nacional desapareció de un día a otro.

Por Eduardo Cruz

El general Federico Mejía González es originario de San Marcos, Carazo. Actualmente vive en Miami, Florida, y aborrece hablar del final de la Guardia Nacional. A él le correspondió, por menos de 48 horas ser el último jefe de la Guardia Nacional. Antes de él, solo dos nicaragüenses habían sido directores de la Guardia, Anastasio Somoza García y Anastasio Somoza Debayle.

Según el libro Nicaragua Insurrección, de Esteban Duque Estrada, Mejía egresó en 1954 de la Academia Militar y se graduó de ingeniero en Brasil. En 1978 fue ascendido a coronel y a general el 17 de julio de 1979, el día en que Somoza lo designó director de la Guardia.

Fue con el general Mejía con quien el general Humberto Ortega Saavedra se comunicó para negociar la rendición de la Guardia Nacional. El mismo Ortega lo relata y además transcribe las negociaciones que tuvo con Mejía. En una parte de esa conversación, que se produjo el 18 de julio, se dice:

—Nosotros apelamos a la madurez de hombres como usted... Simplemente estamos dando la oportunidad a que la derrota segura que ya tiene la Guardia en Managua no sea sangrienta —dice Humberto Ortega.

—Esa es su opinión, verdad, y la respeto. Pero todas nuestras fuerzas se mantendrán para, con medidas democráticas, negociar el capítulo del traspaso. ¿Sí? Eso ya está acordado —responde Mejía.

—¿En qué momento?

—Cuando la petición que llevó Bowdler, del embajador americano.
Más adelante, en la misma conversación, Ortega dice:

—No, mire, eso no es así. Quizás lo están engañando a usted, porque nosotros estábamos claros de cómo tenía que ser ese trámite. En ese sentido, la situación hoy es otra, porque ya la Junta de Reconstrucción Nacional nuestra está en el país, está en León.

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—Nosotros lo sabemos.

—En ese sentido, nosotros lo que estamos es exigiendo que las fuerzas que aún quedan de la Guardia se sometan inmediatamente a esta Junta de Reconstrucción Nacional, que todo el mundo está reconociendo en este momento.
En otra conversación, pero ese mismo día 18 de julio, Mejía dice:

—Sobre eso último, el llamado al cese al fuego, debe ser de ambas partes.

—No, porque es que nosotros no estamos llamando al cese al fuego; en todo caso lo que nosotros estamos exigiendo en este momento es que se dé una situación que permita que ustedes depongan las armas antes de que se las quitemos, que eso si llevaría más sudor, más sangre, más sacrificio...

En la última parte de la conversación se agrega monseñor Miguel Obando y Bravo, quien actuaba como testigo de las negociaciones y quien se comprometió a hacer entrar en razón a Federico Mejía.

El general Federico Mejía González huyó en la mañana del 19 de julio de 1979. FOTO/ CORTESÍA

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La guerra contra Somoza no solo se estaba librando con las balas. También había negociaciones y uno de los principales participantes era el omnipresente Estados Unidos. En el libro de sus memorias, Adiós muchachos, Sergio Ramírez relata que el gobierno de Jimmy Carter instaló en San José, Costa Rica, a William Bowdler y en Managua a Lawrence Pezzulo. Bowdler se encargaría de los sandinistas, ya que la mayoría de la Dirección Nacional se encontraba en Costa Rica y Pezzulo de Somoza.

Según Ramírez, en junio de 1979 los Estados Unidos sabían que el fin de Somoza estaba cerca, pero querían preservar a la Guardia Nacional y “salvar lo que pudieran del sistema”. Mientras que los sandinistas querían eliminar todo el sistema somocista. “(Para el FSLN) la Guardia no podría sobrevivir y los bienes de la familia Somoza y de todos sus cómplices debían ser confiscados”, escribió Ramírez.

Para ese mes de junio, un gran problema que existía, tanto para la Guardia como para el FSLN, era la falta de suministros. El 14 de junio los Estados Unidos presionaron para que un barco israelí, con 10 mil fusiles para Somoza, fuera devuelto en altamar. E igualmente habían presionado para que no le llegaran armas a los sandinistas.
Somoza escribió que en una de sus reuniones con Pezzulo, ya cerca del final, le dijo que estaban hechos los arreglos para que Somoza se fuera a Estados Unidos con toda su familia y que cuando él se fuera los Estados Unidos tratarían de mantener intacta a la Guardia Nacional. Según Somoza, Pezzulo le dijo que le iban a dar tratamiento de jefe de Estado.

Guardias nacionales operando en Masaya, en julio de 1979. FOTO/ CORTESÍA/ BILL GENTILE

Somoza se dirigió luego a su hermano José Somoza Reyes y a su hijo Anastasio Somoza, el Chigüín, y les explicó que la situación estaba imposible, que se estaban terminando las municiones y no iban a conseguir más. Y que su partida al exilio supondría salvar a la Guardia Nacional.

Fue entonces que surgió una propuesta que ha sido catalogada por ambos bandos como una gran locura, como algo que nunca iba a poder ser: Se iba a conformar un nuevo ejército mezclando a lo mejor de la Guardia Nacional con los guerrilleros. El Estado Mayor de la Guardia tenía que negociar con el Estado Mayor del FSLN. El ministro de Defensa iba a ser el coronel Bernardino Larios, un guardia que se rebeló a Somoza.

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El problema, explican los exguerrilleros Moisés Hassan y Hugo Torres, es que en el FSLN había varios Estado Mayor, porque había varios frentes: el Norte, el Sur, el Occidente, el Interno y un Oriental. Fue hasta que ya estaba cerca la victoria es que se comenzó a hacer un solo Estado Mayor del ejército sandinista.

“Eso (de mezclar a los guardias con los guerrilleros) hubiera sido terrible, una estupidez”, resalta Hassan.

En medio de rumores de que iba a renunciar a la presidencia, Somoza se reúne con su hijo y con Francisco Urcuyo. FOTO/ CORTESÍA/ BILL GENTILE

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¿Qué pasó con la Guardia Nacional? Hasta octubre de 1977 la Guardia consideraba que tenía controlada la situación de los guerrilleros sandinistas. Y a partir de ese mes los sandinistas comenzaron a realizar operativos militares que mantuvieran ocupada a la Guardia Nacional. El más fuerte fue la insurrección de septiembre de 1978, la cual fue sofocada y posteriormente la Guardia realizó una operación limpieza.

El capitán GN Justiniano Pérez explica, en su libro GN versus FSLN, que las fuerzas de la Guardia Nacional eran muy pocas y no podían recuperar de una sola vez las seis ciudades que habían sido temporalmente tomadas por los guerrilleros. Así que tuvieron que “limpiar” una ciudad primero, y luego seguir con otra hasta liberarlas todas.

“El Batallón Blindado empeñó todos sus 300 hombres aptos para este tipo de acción, en Masaya y Matagalpa. La EEBI desplazó sus cuatro grupos móviles, una fuerza de 260 hombres a León, Chinandega y Estelí”, escribió Pérez.
El capitán también señala que si la Guardia tenía pocos soldados, el FSLN por su parte iba creciendo. “Cuando llegó el año 1979, el arsenal bélico del FSLN ya era impresionante y su fuerza organizada de combate bien sobrepasaba los ocho mil militantes. La Guardia Nacional, que en sus mejores años había registrado una fuerza similar en número entre auxiliares, reservistas, policías, administrativos, fantasmas y fuerzas regulares, dependía ahora (inicios de 1979) de dos mil efectivos aptos”, señala Pérez.

El general Humberto Ortega, en su libro A diez años de la rendición total de la guardia somocista, explica que los sandinistas tenían suficientes soldados pero carecían de “armamento de cierta contundencia”. Por el contrario, sabían que los guardias eran menos en número pero “tenían un armamento superior y una reserva relativamente importante de municiones, principalmente para defender los puntos claves de la capital que (para julio de 1979) todavía estaban bajo su control”.

Con la mano derecha lesionada, un guardia nacional se ubica tras una barricada para atacar a los sandinistas cerca del aeropuerto Las Mercedes, en junio de 1979. FOTO/ CORTESÍA/ BILL GENTILE

De acuerdo con el propio Anastasio Somoza Debayle, según dijo en su libro Nicaragua traicionada, en la ofensiva final que lanzó el FSLN en junio de 1979 tuvieron que admitir la envergadura de la acción. “Nos estaban atacando en masa. Nuestros hombres demostraban valor, iniciativa y, en términos militares se defendieron como demonios”, plasmó Somoza.

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Lo que más impactó a Somoza fue saber que por el sur, en la frontera con Costa Rica, empezó a invadir Nicaragua un verdadero ejército. “Recibimos un mensaje que nos dejó helados. Decía que una fuerza como de cinco mil hombres estaba cruzando en avalancha por Peñas Blancas”, escribió el dictador.

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El teniente de la Guardia Nacional, Xavier Gómez, llegó el 17 de julio de 1979 a las instalaciones de la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería (EEBI) y recibió una noticia que lo dejó atónito: El presidente Anastasio Somoza Debayle, el también jefe máximo de la Guardia, se había ido de Nicaragua. Había huido y los sandinistas tenían controlado la mayor parte del país.

Dos días después, el 19 de julio, el teniente Gómez muy de mañana estaba en el aeropuerto internacional Las Mercedes. El nuevo jefe de la EEBI, Justiniano Pérez, quien había sucedido en el cargo a Anastasio Somoza Portocarrero, el Chigüín, le prometió a varios oficiales que les gestionaría un avión para que salieran del país. El fin de la Guardia Nacional había llegado y sus miembros salían en desbandada.

El avión nunca llegó. A los guardias que estaban en el aeropuerto les dijeron que había sufrido un desperfecto y se había quedado en Guatemala.

A como pudieron los guardias subieron a sus familiares a lo aviones, los cuales no se quedaban mucho tiempo en tierra. FOTO/ CORTESÍA/ IHNCA

Al mediodía de ese 19 de julio, cuando los sandinistas ya estaban apoderados de la casi totalidad del país, el teniente Gómez se despojó de toda indumentaria militar y se puso ropa civil. Acompañado de otro guardia, recorrió la Carretera Norte en busca de ayuda. Primero llegó a la Fuerza Aérea Nicaragüense (FAN) y allí se encontró con casi un millar de guardias que estaban desorientados, buscando cómo salir del país.

Gómez lo recuerda bien claro. Había histeria. Muchos guardias con sus familias. Algunos guardias estaban borrachos y uno de ellos, el capitán Róger Vega, agarró una ametralladora y comenzó a disparar “de forma errática”. La idea de los que estaban disparando era evitar deserciones.

Gómez logró salir de la FAN y se enrumbó nuevamente en la Carretera Norte para adentrarse en Managua en busca de una embajada en la cual pedir asilo. En el camino se topó con nutridos grupos de personas que ya celebraban la caída de la dictadura somocista, y también el fin de la Guardia Nacional. El teniente Gómez logró conseguir una pañoleta rojinegra y se unió al coro de personas que gritaban: “Viva el Frente Sandinista”. Llegó a la embajada de Colombia y le dieron asilo. Días después, el propio Tomás Borge firmó un documento para que Gómez saliera de Nicaragua.

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El 19 de julio de 1979, a la FAN había llegado, liderando un convoy, el coronel Isaías Cuadra. A él le habían encargado que le entregara el mando al que sería el nuevo comandante del Primer Batallón Blindado Presidencial, cuya sede estaba cerca de donde hoy es el Ministerio de Gobernación. Pero el nuevo comandante nunca llegó.
Cuadra comenzó a llamar a la Presidencial para ver qué ocurría, pero no le respondieron. Entonces decidió evacuar la sede del batallón y dirigirse a la FAN.

Es verdad que Cuadra, tras el triunfo de la Revolución sandinista y después de haber sido comandante en la cárcel Modelo de Tipitapa, pasó más de 10 años preso en esas mismas celdas junto a todos los guardias que se quedaron el 19 de julio en la FAN. Pero Cuadra y sus compañeros de armas corrieron mejor suerte que el comandante de Estelí, coronel Vicente Zúñiga.

Varios soldados de la Guardia Nacional muertos en acción, durante un enfrentamiento en la carretera a León.
FOTO/ REPRODUCCIÓN/ LIBRO DESCALZOS A LA VICTORIA

Hasta el 15 de julio, la FAN había bombardeado la ciudad de Estelí en apoyo al coronel Zúñiga. Pero luego los bombardeos cesaron. En vez de la Guardia bombardear a los sandinistas, fueron estos últimos los que comenzaron a tirar bombas el 16 de julio en el cuartel donde estaban atrincherados los guardias.

Desesperado, tras 35 días acorralado por los sandinistas, el coronel Zúñiga comenzó a llamar a todas las dependencias de la Guardia Nacional, pero nadie le contestaba. Por fin, y de casualidad, en la cárcel Modelo el capitán Enrique Munguía escuchó en el radiocomunicador el llamado de Zúñiga y le contestó. Le prometió que se iba a comunicar con la FAN.

Munguía llamó luego a Zúñiga, pero la respuesta fue lapidaria. “Dicen en la FAN que ya no hay nada que tirar”.
A las 11:30 de la mañana de ese 16 de julio, después de seis horas de combate, los sandinistas, jefeados por Francisco Rivera “el Zorro”, logran tomar Estelí. El periodista Pablo Emilio Barreto cuenta que el coronel Zúñiga en su huida intentó escudarse en unos niños de la Aldea SOS, pero ya no le dio tiempo y cayó fulminado en el fango.
En esos días la angustia también fue terrible para los guardias que se encontraban en el Hospital Militar. El oficial de la EEBI, Carlos Gutiérrez, estaba allí el 19 de julio después de que resultó herido en un combate en el Frente Sur, contra la tropa de Edén Pastora y los internacionalistas.

A los alrededores del hospital llegaron grupos de sandinistas a proferir ofensas contra los guardias. El personal médico se aprestó a proteger a los heridos, pero fue imposible. Guerrilleros armados entraron al hospital y golpearon a los guardias heridos, para después declararlos rehenes.

La renuncia de Somoza la tenía en el bolsillo desde antes del 17 de julio el embajador William Bowdler. “Yo redacté mi renuncia, de puño y letra, como presidente de Nicaragua para presentarla al Congreso. La llevé en el bolsillo durante 17 días y durante ese periodo el embajador Pezzulo estaba preparando un acuerdo con las fuerzas revolucionarias”, indicó Somoza en Nicaragua traicionada.

Según Somoza, con su renuncia la Guardia se conservaría intacta y de esa manera iba a evitar que los guardias cayeran presos o fueran asesinados.

Los primeros guardias en rendirse en León, el 20 de junio de 1979, un mes antes de la caída de la dictadura somocista. FOTO/ REPRODUCCIÓN/ LIBRO DESCALZOS A LA VICTORIA

Para Somoza, lo último que lo había empujado a renunciar fue una resolución de condena al gobierno nicaragüense de parte de la OEA, instigada por Estados Unidos a finales de junio, en la que definitivamente ningún país iba a tener negocios con Nicaragua y de esa manera lo aislaron y ya no tenía nada qué hacer.

De acuerdo con el historiador Nicolás López Maltez, el piloto encargado de trasladar en un helicóptero a Somoza desde el búnker hasta el aeropuerto Las Mercedes fue el teniente Abel Toledo Hislop. Somoza iba con el general Samuel Genie y su esposa Ida Ow, la única mujer general que hubo en la Guardia Nacional. También iban el general Adonis Porras y su esposa María Elena de Porras. En tres maletas Samsonite, los Porras llevaban solo dólares, según contó Toledo a López Maltez.

Antes de las 2:00 de la madrugada, Toledo voló de la loma de Tiscapa al lago de Managua. De ahí se enrumbó al aeropuerto. Ahí Somoza se molestó con su hijo Somoza Portocarrero porque llegó tarde. Al fin se fue Somoza.

Toledo regresó volando a la ciudad por la misma ruta que había llegado. Al llegar a la loma, se fue a buscar a su familia y a la de su copiloto, el teniente Hunter, y a unas amistades. Subió a unas 36 personas en un helicóptero que era para 12. Voló en dirección a Somoto. Mientras salía de Managua lo llamó Federico Mejía González, el nuevo jefe director de la Guardia Nacional, designado por Somoza. Mejía le dijo que lo necesitaba y Toledo prometió que llegaría donde él. A esas horas Toledo sabía que todos querían salir de Nicaragua. Él se dirigió con su grupo familiar, entre ellos varios niños, al Golfo de Fonseca y de ahí giró hacia el aeropuerto de Tegucigalpa, donde pidió asilo.

A las autoridades hondureñas las alertó de que iban a recibir a muchos refugiados.

Guardias nacionales y sus familias, huyendo de Nicaragua tras la caída de Somoza. FOTO/ CORTESÍA/ IHNCA

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En otro escenario, al renunciar a la presidencia Anastasio Somoza Debayle, el Congreso eligió a Francisco Urcuyo Maliaños como nuevo presidente de la República. De acuerdo con las negociaciones entre Somoza, los norteamericanos y los sandinistas, en las que estuvo de por medio Lawrence Pezzulo, Urcuyo Maliaños debía depositar la presidencia en monseñor Miguel Obando y Bravo y este último traspasaría el mando a la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional. Sin embargo, Urcuyo Maliaños dijo en conferencia de prensa que terminaría el mandato de Somoza en 1981.

El propio Pezzulo cuenta en su libro La caída de Somoza que Urcuyo Maliaños se negó a reconocer el pacto que los norteamericanos tenían con Somoza, ya que del 17 de julio en adelante tenían que negociar con él, y que el general Federico Mejía declaró que solo obedecería órdenes de Urcuyo Maliaños.

Así las cosas, Pezzulo narra que los sandinistas se molestaron con la postura de Urcuyo Maliaños y Humberto Ortega ordenó a todas las tropas sandinistas que avanzaran sobre Managua.

El mando de los terceristas del FSLN, los hermanos Daniel y Humberto Ortega y Víctor Tirado López. FOTO/ REPRODUCCIÓN

El único frente donde la Guardia estaba dando batalla era en el sur, pero, según indica un guardia que estuvo en esa zona, al abandonar Somoza Nicaragua, hasta el comandante Bravo, Pablo Emilio Salazar, huyó dejando a los soldados sin saber nada y prueba de ello es que los sandinistas capturan a uno de su grupo, a Franklin Montenegro.
El general Mejía le dijo el 18 de julio a Urcuyo Maliaños que los sandinistas tenían el control de la mayoría del país. Urcuyo Maliaños huyó de Nicaragua al final del 18 de julio y el general Mejía lo hizo en las primeras horas del día siguiente.

En el aeropuerto de Tegucigalpa, el teniente Abel Toledo, el mismo que había llevado a Somoza al aeropuerto de Managua, todavía se encontraba en la terminal aérea hondureña cuando vio aterrizar a una avioneta, en la cual llegaba el jefe de la Guardia Nacional, general Federico Mejía.

Antes de salir del país, Mejía dejó al mando de la Guardia al coronel Fulgencio Largaespada, el último jefe de los guardias nacionales.


Muerte, exilio o cárcel

Los guardias que no murieron en la guerra, ni pudieron salir al exilio, terminaron en las cárceles sandinistas.
Según un informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), en julio de 1979 hasta 6,500 personas fueron recluidas en las cárceles sandinistas.

La explicación que le dieron los sandinistas a los organismos de derechos humanos fue que deteniendo a los exguardias nacionales se iban a evitar represalias y venganzas personales, ya que existía una ira popular en contra de ellos y los colaboradores del régimen somocista.

En noviembre de 1979 los sandinistas crearon los Tribunales Especiales para juzgar a todos los militares, funcionarios y empleados civiles del régimen somocista. Se les conocieron como los “Tribunales Populares Antisomocistas”.

Según el decreto 185 de 1979, estos tribunales estaban integrados por tres miembros. Uno de ellos debía ser abogado o estudiante de los dos últimos años de Derecho. Los otros dos eran un guerrillero y una madre a quien la Guardia le hubiese matado un hijo o ser querido.

De acuerdo con la información que el Gobierno de Nicaragua proporcionó en 1981 a los organismos de derechos humanos, estos tribunales especiales procesaron a 6,310 personas, de las cuales 4,331 fueron condenadas.

En marzo de 1989, cuando se iniciaban pláticas para hacer elecciones, el Gobierno de Nicaragua promovió un indulto para liberar a todos los exguardias que estaban en las cárceles del país, aproximadamente a unos 1,900 reos. De esos, los últimos 39 salieron en febrero de 1990, 12 días antes de las elecciones.


Guerrilleros sandinistas llevan capturada a una mujer que fue encontrada entre los guardias nacionales que estaban en León. FOTO/ REPRODUCCIÓN/ LIBRO DESCALZOS A LA VICTORIA

“No fue una derrota”

Hasta hoy, 39 años después, los guardias se niegan a decir que fueron derrotados por el FSLN. Alegan que fue una “desbandada” cuando vieron que Anastasio Somoza había huido de Nicaragua.

“El FSLN nunca le ganó una batalla a la Guardia. No fue una victoria militar (la de los sandinistas). Ni se han atrevido a decirlo”, dice el historiador Nicolás López Maltez. “La Guardia era un ejército privado y cuando desapareció el propietario, se disolvió”, añade López Maltez.

La derrota de la Guardia se comenzó a acelerar después de la toma del Palacio, en agosto de 1978, dice el general en retiro Hugo Torres, quien considera que quien echó a perder las negociaciones en las que supuestamente se iba a preservar la institucionalidad de la Guardia fue Francisco Urcuyo Maliaños, cuando se negó a entregar el poder a los sandinistas.

Además, considera Torres, en la Guardia hubo rendiciones parciales, como la ocurrida en Granada, donde se rindió el teniente coronel Francisco Ruiz, comandante de esa ciudad, ante las fuerzas sandinistas.
“La huida de Somoza terminó de desmoronar a la Guardia”, considera Torres.

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