El fin de los Ceaucescu

Reportaje - 10.08.2018
284-MAG-CEAUSESCU (4)

Un año después, un periodista de origen cubano llegó a Rumania para reconstruir los últimos tres días del dictador Nicolae Ceaucescu y su mujer. Este es el relato para Magazine de su visita

Por Emilio Suri Quesada

T odavía, muchos años después, me impresiona la mirada de incredulidad de Nicolae Ceaucescu y su mujer en el momento que, por primera vez, tras decenas de años en el poder, la multitud que están acostumbrados a dominar como un rebaño, no obedece.

La gente que está en la plaza, delante del Comité Central del Partido, el lugar que en infinidad de ocasiones le ha servido para comprobar el poder que ejerce sobre todos, está a punto de estallar. Es 22 de diciembre de 1989 y si estás allí puedes ver cómo los ojos de los congregados tienen algo de la expresión de los peces cuando llevan horas fuera del agua. La calma que lo envuelve todo le da al ambiente un aire gelatinoso. Desde el balcón, El Conducator no puede dar crédito a lo que ve y asombrado, mira a Elena.

—¡Diles algo, háblales! —le dice ella en voz baja pero imperativa.

Abajo, el silencio de la multitud por la que él, su mujer, sus hijos y sus parientes han sacrificado la vida para convertirlos en habitantes de un estado multilateralmente desarrollado, parece haberse transformado en una descomunal mole que, de un momento a otro, puede convertirse en lápida.

Ahí están los que todavía creen en él y le apoyan, los pusilánimes, los temerosos, los cobardes, los infiltrados, los delatores, los militantes, los oportunistas, los indiferentes, los que aplauden a quien les da de comer, los que dan vivas cuando la mayoría da vivas, los peleles de siempre, en fin, la masa.

Nicolae Ceaucescu, el líder, el camarada Conducator, el primer secretario del Comité Central del Partido, el jefe supremo de las fuerzas armadas, el dueño y controlador de la vida y muerte de todo el país no puede comprender, ni creer, ni imaginar que el pueblo que él ha conducido victorioso hasta la Época de Oro haya dejado de aplaudirlo, de vitorearlo, de mirarlo y de seguirlo. Es como si alguien, de golpe, hubiese descorrido el manto de miedo que siempre, como hechizándola, envolvía a la multitud.

 

Sección
Reportaje