El intenso Fernando Cardenal

Perfil, Reportaje - 22.02.2009
Fernando Cardenal

Atormentado por un perpetuo dolor de cabeza este padre jesuita hizo un día un juramento apasionado, se casó y divorció del Frente Sandinista, dirigió la Cruzada Nacional de Alfabetización y hoy, a sus 75 años, sólo pide a sus compañeros que le permitan llegar una hora más tarde al trabajo

Amalia Morales

El dolor estalló antes que el juramento.

Apareció cuando Fernando Cardenal estudiaba filosofía en la universidad jesuita que quedaba sobre el monte Pichincha en las afueras de Quito, Ecuador. Como un enemigo que prefiere ir despacio, se fue dejando sentir en la época en que Fernando leía a Santo Tomás de Aquino y a Aristóteles, y miraba desde la ventana de su habitación, esa ciudad fría y desconocida que no cabía en sus profundos ojos azules. Lo martillaba también cuando el único paisaje posible era la montaña de un verde espeso, monótono, que se contemplaba desde el otro extremo del edificio de dos plantas, donde vivió interno cinco años.

Llegaba temprano. Antes que rayara el alba. Apenas Fernando abría los ojos y comenzaban las actividades propias de un jesuita en formación, como es la oración, la meditación y el estudio, se instalaba en la alcoba de su cabeza. Le molía a palos el coco. A medida que el día avanzaba, la molestia que arrastraría durante toda su vida como una bola de hierro y por la que se sometería a muchos tratamientos, se hacía más intensa. Entonces su mirada azul parpadeaba y se achicaba debajo de esas cejas pobladas que heredó de su papá. No había caso, a Fernando le dolía siempre la cabeza. Mucho más de lo que le había dolido a su abuela materna, y de lo que le dolía a su mamá, Esmeralda, y a su hermano, Ernesto.

"O me tiraba a la cuneta y me hacía víctima del dolor de cabeza y me hacía un hombre inútil para todo, o decidía no hacerle caso al dolor de cabeza estuviera como estuviera. La decisión fue nunca retirarme a mi casa por el dolor de cabeza", dice el cura Fernando Cardenal que acaba de completar 75 años y que es uno de los personajes vivos más importantes en la historia contemporánea de este país.

Así lo hizo. Nunca se quejó. Nunca se retiró. Nunca.

Al principio, por encima del dolor estuvo la decisión que tomó a los 18 años cuando salió bachiller del Colegio Centro América de Granada: sería jesuita. Descubrió la vocación en un retiro espiritual que organizaron en sus últimas vacaciones de secundaria. En el libro de sus memorias, y es la versión que él sostiene con palabras, dice que experimentó una alegría tan inmensa en ese encuentro que al final, salió convencido que en adelante así quería vivir, en una perpetua felicidad con Dios.

Su hermana menor, Esmeralda, una viuda de 73 años, maneja una versión más mística del tema. Dice que el cuento que ella siempre oyó en la casa es que iba un Fernando, muchacho, manejando un jeep por las calles de Managua, un 31 de diciembre de noche, y pasó frente a la Catedral. Como era el último día del año, habría misa de gallo a la medianoche, así que estaba abierta. Era temprano todavía, no había gente. Las bancas estaban solitarias. Fernando entró, vio el sagrario y una velita prendida a su alrededor. Esa imagen le bastó para sentir el llamado.

Así fue como el quinto de los siete hijos de Rodolfo Cardenal y Esmeralda Martínez, un matrimonio leonés-granadino de arraigados principios religiosos, trocó la idea de ser Administrador de Empresas y dedicarse a los negocios como su papá, por el deseo de ser cura. Más tarde, uno de sus hermanos mayores, Ernesto Cardenal, poeta, bohemio y enamoradizo, nueve años mayor que él, también entraría a un Seminario para ponerse sotana.

El padre Fernando Cardenal es incansable, quiere trabajar por los pobres hasta el último día de su vida.

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“Era un muchacho normal, dejémoslo ahí", responde Fernando Cardenal, a la pregunta de si entró virgen o no al Seminario. Está sentado detrás del escritorio, en su despacho de Fe y Alegría, organización educativa que dirige hace casi una década.

Tan normal era que hasta los 16 ó 17 años se disputaba las enamoradas con su hermano Gonzalo. Tan igual a los demás de su círculo, que hasta los 20 años no era consciente que en el mundo había una profunda división social, entre ricos y pobres. Que entre unos y otro hay un abismo de diferencia, y que él, por azar, pertenecía al primer grupo, al de los menos que dominan a los más.

"No me fijaba en la pobreza. No era algo que yo veía, y si la veía, no lo captaba, era amigo de los empleados de mi papá, era muy amigo del chofer, de las empleadas de mi mamá, pero no porque fueran pobres, no era desde esa óptica que me acercaba", dice este hombre, al que los jesuitas inculcaron que las palabras fe y justicia iban juntas.

La realidad de plomo fue más aleccionadora. Más dolorosa tal vez que su cabeza. Estaba en Medellín, la segunda ciudad más importante de Colombia. Cumplía el noviciado final. El paso previo a su ordenación como jesuita. Vivía en la casa de su congregación, situada en el barrio Pablo VI. Un sitio donde la mayoría de la gente malvivía sin trabajo. Donde no había mucho que comer ni que hacer. La dieta era panela (dulce de rapadura) y la masa de maíz cocida, conocida como arepa, muy popular también en Venezuela. Los jesuitas saben que con la panza vacía la gente se enferma y no puede estudiar. En el libro de sus memorias, Fernando recupera una imagen que resume los nueve meses que estuvo ahí.

"Abrí la puerta de la calle y me encontré con el espectáculo de que los niños de la familia Jaramillo, que vivía enfrente, estaban buscando en la basura los desechos de nuestra comida y se los estaban comiendo".

El impacto fue total. Saltó la zanja. Se empapó de las historias amargas que abundan al otro lado del abismo. Por eso, cuando le tocó irse de Medellín, tras nueve meses de oler desgracias y respirar calamidades, hizo un juramento como el más apasionado de los hombres:

"Me voy, pero les dejo un juramento. Ante Dios prometo que donde quiera que esté en el futuro voy a trabajar por la justicia, por la construcción de una sociedad nueva, por la liberación de los pobres en América Latina, de todos los marginados y excluidos del continente. Esto lo haré en cualquier país en que me toque vivir, en cualquier tarea que me ordenen trabajar mis superiores religiosos".

Por debajo de los pobres estaría siempre el dolor de cabeza. Por encima, o a la par de ellos, sólo estuvo lo que llegaría después.

En el homenaje que le hicieron al lado de Mónica Baltodano, Santis Suárez, Carlos y Gonzalo Carrión y Luisa Molina, entre otros.

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Es domingo, mediados de febrero. El viento levanta polvo y arrastra las hojas secas. Hoy un grupo de amigos le va a celebrar el cumpleaños en la Ruta Maya. Ahí se reencuentra con amigos de varias generaciones.

Para la ocasión ha cambiado su vestuario del día a día. Guardó los jeans, las sandalias romanas y la faja de tejidos ecuatorianos. Combinó un pantalón caqui con una camisa de algodón negra escosesa, con la faja y los zapatos del mismo tono oscuro. Hoy se perfumó, o lo perfumaron las que se acercaron a abrazarlo y besarlo. Hoy le quitó el cordón negro a sus anteojos que impiden que se le caigan fácilmente. Tal vez sea por la alegría que lo embarga, pero hoy no se le notan las magulladuras de la nariz y de la ceja que le provoca el contacto con el sol. "Es un cáncer que heredé de mi padre", dice.

Sentado en la mesa, al lado de su cuñada Margarita y su hermano Rodrigo, el menor, y sus sobrinos,
no parece un cura. Por sus manos finas podría ser un banquero que se ha pasado la vida estampando firmas. Por su figura delgada y encorvada podría ser un intelectual, o un artista, un pintor tal vez.

En su despacho de Fe y Alegría hay un cuadro de Jesús dibujado por Róger Pérez de la Rocha.

A esa oficina llegó temprano como de costumbre el último lunes de enero, el verdadero día de su cumpleaños.

Llegó primero como siempre. Encendió el computador. Antes se tomó las cuatro gotas de dos medicinas que le ha orientado el neurólogo que lo atiende y que le permiten trabajar el computador por tres horas seguidas. Seguramente, antes se había tomado las dos pastillas para la presión que lleva en una de las dos cajitas redondas que guarda en el bolsillo derecho de sus levis. En los últimos dos años, gracias a un tratamiento con un especialista nica, que vive entre Managua y Miami, los dolores han disminuido casi al punto de desaparecer.

Silvio Gutiérrez, uno de sus más cercanos colaboradores en Fe y Alegría, dice que ese día le mandó a todo el personal de la oficina una circular en la que les pedía autorización para llegar una hora más tarde a partir de esa fecha.

Gutiérrez dice que antes de llegar a ese punto les explicó que conoce a otros hombres de su edad que están en sus casas jubilados, pero que él no quiere irse, quiere seguir trabajando hasta el final de sus días. Es así que un día se reúne con unos banqueros que van apoyar el proyecto de Fe y Alegría, otro día con su cardiólogo Jorge Cuadra, y un viernes se aparece por el colegio Roberto Clemente de Ciudad Sandino, donde reciben clases casi 1,200 niños.

"Él nunca ha faltado al trabajo, ni por los dolores de cabeza", dice Emilia Ruiz, su asistente desde hace 28 años, quien sólo sabe de su mal cuando lo nota decaído.

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Cuando volvió a Nicaragua, ordenado como jesuita, ya sabía automitigar su dolor. En México aprendió a inyectarse las dosis de Lisalgil que necesitaba. Fernando volvió a un país que no conocía. Volvió a un país en el que otros dolores brotaban desde cualquier esquina, donde la guardia de Somoza hacía de las suyas. Tarde o temprano un dolor colectivo iba a reventar.

A finales de los sesenta, la Universidad Centroamericana (UCA), que los jesuitas habían fundado en Managua y en donde Fernando Cardenal aterrizó con el nombramiento de vicerrector estudiantil, era un hervidero antisomocista. Los estudiantes reclamaban por todo. Estaban picados por el bicho contra el tirano que hacía ronchas, desde hace algún tiempo, en universitarios, escolares y campesinos diseminados en todo el país.

Fernando se estrenó en el cargo, primero, con una toma pacífica de la universidad por parte de los estudiantes. Más tarde, ocurrió la toma de la Catedral. Ahí, el "padre Fernando", como empezó a ser llamado, saltó a la portada de La Prensa afirmando que los presos políticos, por los que se había hecho la toma del templo religioso, habían sido torturados. Desde entonces se volvió una figura incómoda para el somocismo y en un potencial aliado del clandestino Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), que con el respaldo del pueblo derrocó a la dictadura el 19 de julio de 1979.

Con el FSLN, Fernando Cardenal vivió una relación sentimental similar a las etapas que cumple un matrimonio que acaba en divorcio: enamoramiento, matrimonio, felicidad por muchos años, y al final una infidelidad brutal y demoledora, en la que hay reproches, y que revela una verdad que estaba a flor de piel.

En sus memorias, Cardenal describe con lujo de detalles desde sus primeros coqueteos con el FSLN, pasando por la etapa preinsurrecional a la que se fueron sumando muchos jóvenes cristianos que lo seguían a él. Muchos de ellos se desgranaron de las mejores familias. Muchos cayeron en el camino. Muchos se desencantaron después.

Sin duda, el período revolucionario fue el más intenso en la vida del padre.

Su huella es gigante en la Cruzada Nacional de Alfabetización, el evento educativo más importante que ha celebrado este país. No sólo porque movilizó a más de 100,000 personas, sino por la proeza que logró: redujo la tasa de analfabetismo de 51 por ciento a 12.9 por ciento.

Ésa es quizás la parte más romántica del matrimonio. La época en que cualquier desgarro se podía abordar con los líderes máximos. Fernando recuerda en su libro la vez que le comentó a Daniel Ortega, el actual Presidente, su preocupación por el peligro que corrían las mujeres brigadistas en la montaña, a propósito de la violación que había sufrido una de ellas.

"Él compartió plenamente la inquietud y quedamos de acuerdo en que se pondría en el Código Penal el doble de pena para aquel hombre que violara a una brigadista de la alfabetización. Y así se hizo".

Con emoción cuenta la vez en que su cuerpo larguirucho se ocupó de molde para las hamacas que les darían a los brigadistas. Al fin no sirvieron, quedaron muy chingas.

“...en Nicaragua, en todos los campos y montañas del país, estaba naciendo un hombre nuevo, la mujer nueva; esa nueva criatura de la que habla San Pablo en las Sagradas Escrituras. Personas que no tienen su centro de gravedad en sí mismas, sino fuera, en los demás", recuerda.

Al padre Cardenal no lo intimidaron nunca las exigencias de los obispos y el Nuncio, que siempre lo acusaron a él, a su hermano y a dos curas más (el padre Miguel D'Escoto y el padre Parrales) de incumplimiento a las leyes canónicas.

"Soy muy intenso. Lo pequeño, lo mediano y lo grande lo vivo con una gran intensidad", dice y cierra la boca con el mismo rictus que conserva su papá en la fotografía, blanco y negro, que se tomaron en 1950, en ocasión de los 15 años de Esmeralda. Ahí Fernando está de pie entre su hermano mayor, Rodolfo, y Gonzalo, que es sólo un año mayor que él, y con el que a simple vista se confunde porque se vestían de la misma manera. Mientras que Rodrigo, con quien Fernando se mira a menudo, y a quien influenció tanto al punto de enredarlo en la madeja revolucionaria, es sólo un niño de cinco años. Con intensidad vivió la etapa de la Cruzada. Con intensidad se zambulló entre los jóvenes de la Juventud Sandinista.

Con intensidad se consagró más luego al Ministerio de Educación. Desde esos años, no ha habido más un ministro universal encargado de todos los niveles educativos. Con intensidad sobrellevó la expulsión de la Compañía de Jesús. Aunque nunca dejó de vivir como jesuita. Siempre vivió entre ellos y años después cursó el noviciado, y fue readmitido en la Compañía de Jesús. Y con intensa tristeza vivió "la debacle", como el llama a la degradación de la dirigencia sandinista que se expresó en la repartición de los bienes del Estado, mejor conocida como la Piñata.

"Llegué a amar a la Revolución Sandinista más que a mi vida y siempre estuve dispuesto a sacrificar cualquier cosa por ella, inclusive cosas muy queridas para mí...", dice la carta en la que renuncia a su militancia en el FSLN.

"Si hay algo que al padre le duele profundamente es la mentira, eso lo decepciona profundamente en las personas", dice Emilia Ruiz. Eso lo hiere más que cualquier dolor de cabeza.

Los siete hermanos Cardenal Martínez, entre ellos dos sacerdotes el padre Fernando y el poeta Ernesto Cardenal.

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