"El Moisés" de los miskitos

Reportaje - 06.02.2011
En menos de dos años, el obispo Salvador Schlaefer fue expulsado tres veces del país, porque el FSLN no quería oír su crítica sobre las masacres a las poblaciones indígenas.

Durante tres días, el obispo Schlaefer acompañó a pie a más de mil miskitos que cruzaron la selva caribeña rumbo a Honduras, huyendo de la guerra de los años ochenta. El Gobierno lo reportó secuestrado y luego lo dio por muerto. Pero no era en ese viaje que a él le tocaba morir

Arlen Cerda
Fotos de La Prensa/ Sergio León C./ Archivo/ Cortesía del Vicario Apostólico de Bluefields 

El comunicado que la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional publicó ese 20 de diciembre de 1983 no pudo ser más alarmante aún en un país en guerra. "Al amanecer de este 20 de diciembre —decía el texto publicado por la Cancillería de la República— grupos de mercenarios somocistas procedentes de territorio hondureño, que en los últimos días han incrementado sus acciones criminales siguiendo las orientaciones y planes de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), atacaron el remoto poblado de Francia Sirpi... Al momento de producirse el criminal ataque se encontraba en el lugar el Obispo de Bluefields, Salvador Schlaefer, el padre Wendolyn Schafer y otros religiosos más, cuyos paraderos se desconocen hasta el momento".

Dos días después, en un nuevo comunicado, el Gobierno informó que el obispo y sus sacerdotes habían sido asesinados por la Contra "en circunstancias aún no conocidas muy bien", pero que no faltaron para que en Bluefields doblaran las campanas por casi una hora, mientras el papa Juan Pablo II enviaba una carta de condolencias a la Conferencia Episcopal de Nicaragua (CEN), reunida de emergencia desde la publicación del primer comunicado.

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Descubrir el jeep del obispo enlodado, cubierto de hojas secas y abandonado a unos 12 kilómetros al noreste de La Tronquera, a mitad del camino que va de Bilwi a las poblaciones fronterizas de Leimus y Waspam, en el Caribe Norte, fue para los soldados nicaragüenses un prueba suficiente de que el prelado y sus acompañantes habían sido emboscados y secuestrados por miembros de la Contrarrevolución. El hallazgo fue reportado a través de un telegrama enviado desde la ciudad cabecera a Managua y en la capital se regó de inmediato.

Según una nota publicada en el diario Barricada, la información manejada por el Ejército era que unos doscientos miembros de la Fuerza Democrática Nicaragüense (FDN) habían incendiado la comunidad Francia Sirpi y también mataron a 14 personas.

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El Gobierno entonces apresuró el segundo comunicado en el que, sin explicar las circunstancias ni relatar el hecho, dio por muerto al obispo y culpó a los gobiernos de Estados Unidos y Honduras "en consideración al hecho real de que esta acción criminal es parte de los planes financiados, organizados y dirigidos por la CIA".

La Conferencia Episcopal de Nicaragua, sin embargo, respondió exigiendo pruebas de la muerte del obispo, una aclaración de las circunstancias de su posible asesinato y la demanda de que la figura de Schlaefer no se utilizara para fines políticos.

Al margen de los comunicados, la situación de Schlaefer, los otros tres religiosos y más de mil miskitos, principalmente ancianos, mujeres y niños, era diferente.

"Todo el tiempo teníamos miedo. Por el día caminábamos bajo los árboles más altos para evitar que los helicópteros y aviones que volaban sobre nosotros nos vieran o descubrieran nuestro rastro. Pero en las noches era peor, porque no dormíamos pensando que nos iban a encontrar y disparar a todos. Por la radio ya habían anunciado la supuesta muerte de monseñor y sabíamos que el peligro era mayor", recuerda el sacerdote católico Floriano Vargas, actual párroco de Waspam, y quien en aquellos días de diciembre era uno de los pocos muchachos entre 15 y 16 años que iban entre el grupo de mil miskitos escoltados por la Contra hacia la frontera con Honduras.

—¿Tenían miedo de que les disparara la Contra?

—De ellos no tanto, sino de los sandinistas, porque si decían que monseñor estaba muerto les convenía que así fuera. Sentíamos que venían detrás de él y de nosotros para matarnos a todos. En cambio, a la Contra le interesaba que el obispo llegara vivo con nosotros hasta Honduras —asegura Vargas.

FOTOS DE LA PRENSA/ SERGIO LEÓN C./ ARCHIVO/ CORTESÍAS DEL VICARIATO APOSTÓLICO DE BLUEFIELDS
Una mujer que trabajaba como cocinera en la casa parroquial de El Rama llora sobre el cadáver de monseñor Schlaefer, listo para ser trasladado en helicóptero hasta Bluefields. Cuentan que la mujer descubrió el cuerpo del obispo tendido en el suelo de la cocina, donde murió por infarto fulminante.

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Alberto Schlaefer Berg nació el 17 de julio de 1920 en la ciudad de Campbellsport, del estado de Wisconsin, Estados Unidos. A los diecinueve años medía casi dos metros de altura y pudo ser jugador de baloncesto, pero él escogió ingresar a la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos, donde tomó "Salvador" como nombre de religión. El 5 de junio de 1946 recibió la orden sacerdotal y al año siguiente fue enviado como misionero a una extensa región selvática habitada por una mezcla de poblaciones indígenas en un país tropical.

Salvador Schlaefer llegó a la Costa Caribe de Nicaragua el 6 de agosto de 1947 y durante seis años fungió como administrador de Laguna de Perlas, donde su inglés le permitía expresarse cómodamente con las etnias creole y garífuna.

Pero el nuevo misionero capuchino también se interesó en aprender hablar miskito, tanto que ya lo entendía cuando en febrero de 1953 lo nombraron el primer rector del Seminario Menor Pío X, en Bluefields, y lo dominaba cuando 17 años más tarde fue consagrado como obispo del Vicariato de Bluefields, tras la muerte de monseñor Matteo Niedhammer, también misionero capuchino en Nicaragua.

El día del derrocamiento de la dictadura somocista, Schlaefer cumplió 59 años de edad, pero los años más difíciles de su misión estaban por empezar. Antes de 1982 el nuevo gobierno ya lo había expulsado en al menos tres ocasiones, porque no quería oír sus críticas contra los ataques a las poblaciones indígenas de las zonas fronterizas, que eran desplazadas contra su voluntad.

Cada semana, el obispo visitaba una comunidad o un asentamiento distinto. "Él se mantenía bien informado sobr toda la situación de los miskitos y mayangnas, de los creoles, de todas las etnias, porque dominaba la lengua y nos visitaba. En una gira a Sumibila fue que yo lo conocí y en otra gira de él a Francia Sirpi fue que encontró a esas familias que querían huir a Honduras y que él acompañó", comenta Rodolfo French Naar, el primer sacerdote católico miskito, a quien monseñor Schlaefer le tomó los primeros ministerios sacerdotales en octubre de 1993, apenas cinco días antes de morir.

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La caminata desde el asentamiento de Francia Sirpi, ubicado a unos 20 kilómetros al suroeste de La Tronquera, en dirección al poblado de Leimus, inició el 19 de diciembre. El día anterior, las 120 familias que ahí vivían despertaron con el eco de unas detonaciones. Era la 1:00 de la madrugada cuando empezó el enfrentamiento entre la Contra y el Frente Sandinista, que se presume era un grupo de expedición para el desalojo de Francia Sirpi (o Pequeña Francia, en lengua miskita), porque ya habían desalojado al resto de comunidades entre el río Coco o Wangkyy Tasba Raya y Santa Clara.

El tiroteo solo duró media hora. En ese tiempo la Contra derrotó a los soldados del FSLN y tomó como rehenes a dos sobrevivientes. El siguiente paso de los rebeldes fue ingresar al caserío sobre tambos, que hace un par de años se había construido con la cooperación francesa para reubicar a decenas de familias de Río Coco Abajo damnificadas por las frecuentes crecidas de ese río.

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"Ellos (la Contra) plantearon a nuestra población que los sandinistas iban a desalojar la zona y que podíamos quedarnos en nuestras casas para esperar a que eso pasara o continuaran los ataques y bombardeos con más intensidad después de la derrota del Ejército o que mejor camináramos hasta Honduras. La mayoría quiso caminar, porque ya varios de sus familiares hace años estaban allá", recuerda Vargas, quien tenía una semana de haberse reunido con su madre y hermanos en el asentamiento, después de concluir su primer año de secundaria en Bilwi. Pero luego sus planes cambiarían totalmente.

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Dos miskitos que consiguieron burlar a la Contra, Otto Borst y Tepino Castro, relataron a un periodista del diario español El País que el ataque de los rebeldes fue dirigido contra el pueblo.

Borst dijo que logró escapar el mismo día del ataque porque permaneció horas escondido en el borde interior de una letrina. Según su versión, el obispo fue obligado a participar de la caminata porque aunque él no estaba en el plan original del ataque, la Contra no quería dejar testigos, porque ya antes habían dejado ir a un sacerdote —que justo era Wendolyn Schafer— y este los había delatado en el primer puesto de mando del Ejército Popular Sandinista.

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Castro, por su parte, participó de la caminata durante varias horas, pero logró escapar cerca del amanecer del 20 de diciembre, durante un descanso de 25 minutos que la Contra concedió al obispo, que iba rendido y caminaba con sus habituales sandalias, porque si no era descalzo o con zapatos sin calcetín las sandalias eran lo que él prefería para calzar. Para que él pudiera seguir caminando alguien le cedió unos tenis.

Castro relató al diario español que durante la mayor parte del camino observó y escuchó al obispo discutir con los rebeldes por el maltrato al que eran sometidos.

Sin embargo, su relato no coincide con las declaraciones que dio el obispo un día después de Navidad en su ciudad natal de Campbellsport, en Wisconsin, cuatro días después que apareció con vida en Honduras, junto a miembros de la Contra y al frente de un grupo de cientos de miskitos. "Fueron más de tres días de dura caminata, pero no caminé en contra de mi voluntad ni me obligaron a nada. Mi compañía fue voluntaria no por una razón política, sino por una motivación espiritual... Maltrato no hubo, en verdad me trataron como rey", sostuvo el obispo a los diarios internacionales que hasta allá seguían de cerca el desenlace de su experiencia.

El padre Vargas también asegura que la comunidad no sufrió ningún maltrato. "Lo pesado era la caminata, por eso hubo un grupo que caminó más pronto junto al obispo y otros que caminamos por casi dos días más, entre los que había niños y mujeres", relata.

Según Vargas, las discusiones entre el obispo y la Contra sí ocurrieron y fueron frecuentes durante el primer día. "Él trataba de interceder por los dos rehenes sandinistas que la Contra llevaba amarrados. Monseñor no dejó de pedir por ellos hasta que los desataron y pidió que no los mataran. Yo recuerdo bien eso porque a mí me impresionó", dice Vargas, quien al llegar a Honduras debió continuar parte de sus estudios hasta que los miskitos desplazados pudieron regresar a Nicaragua en 1986 y entonces decidió ingresar al Seminario Menor en Bluefields.

"Yo fui a la Iglesia y esperé a monseñor después de una misa y le pregunté si recordaba la caminata y la gente. Le conté que yo estuve ahí y de lo que sentí. Hablamos buen rato y él tomó mi cabeza y yo lloré. Recuerdo bien que él me dijo: 'Sufren mucho los miskitos, por eso les digo que siempre sean uno. Deben estar unidos'. Eso no lo olvido. Después él me ayudó con todos mis papeles para seguir mis estudios en el Seminario e iniciar la vocación sacerdotal", comenta.

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Mientras en Managua no se conocía del verdadero paradero de Schlaefer, algunos miembros de la Conferencia Episcopal comenzaban a resignarse ante la noticia de su asesinato.

El obispo de Juigalpa y presidente de la Conferencia Episcopal, monseñor Pablo Antonio Vega Mantilla, comentó a los medios de comunicación que la información sobre el asesinato del obispo Schlaefer y los otros tres sacerdotes "era desgarrante". El arzobispo de Managua y más tarde cardenal, monseñor Miguel Obando y Bravo, también opinó que "esto entristece, por la sangre que se derrama en Nicaragua, como la de monseñor Salvador, que vino a servir a los pobres".

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Sin embargo, en el primero de los comunicados publicados, los obispos conservaron algo de esperanza. "Reconocemos que la población fue motivada a abandonar la zona por la situación bélica del lugar y felicitamos la actitud valiente y pastoral del monseñor Salvador Schlaefer Berg", dijeron.

Cuando se confirmó la noticia de que Schlaefer había llegado a Honduras la madrugada del 22 de diciembre, al frente de cientos de miskitos, la Conferencia celebró la información y exigió la protección de su vida. Las declaraciones a los medios cambiaron de tono. Obando dijo que Schlaefer era "como el Moisés de los miskitos, que igual que el profeta que sacó al pueblo de Israel de Egipto y lo guio por el desierto, ahora monseñor había acompañado a su pueblo a tierra segura, a través de un camino difícil. Es admirable", subrayó.

Después de llegar a Honduras, Schlaefer salió de Tegucigalpa hacia Estados Unidos para pasar la Navidad con su familia, que tres días antes le había oficiado una misa por su "descanso eterno", pues lo seguían creyendo muerto. El obispo llegó el 24 a Wisconsin y esperó los trámites para su regreso.

El padre José Wolf, misionero capuchino y más tarde párroco de Bluefields, comentó para la época que algo que a él lo hizo dudar de que la caminata de monseñor Schlaefer fuera espontánea es que él nunca había pensado dejar la Costa. Pero al regreso del obispo, los motivos y las circunstancias de su caminata estaban aclarados.

"Los miskitos —había dicho Schlaefer durante la conferencia el 26 de diciembre— son mis amigos desde hace treinta años y son incapaces de hacerme daño. Simplemente me llevaron como compañía por lo que soy: su guía espiritual. Ellos son gente muy espiritual que desea respeto".

El día de Navidad, el presidente Ronald Reagan se comunicó con Schlaefer para preguntar sobre su caminata de la que también daban cuenta los diarios estadounidenses. El obispo asegura que el mandatario norteamericano le comentó: "Los miskitos desean un gobierno democrático y lo demostraron con los pies, junto a usted".

El 18 de enero, por la tarde, cuando el avión en el que venía Schlaefer acompañado por Vega y Obando, presidente y secretario de la CEN, respectivamente, el obispo de Bluefields se había ganado el título de "Moisés de los miskitos". Así también leía en las pancartas que más tarde portaban las personas que lo esperaron en el aeropuerto de Bluefields que ahora lleva su nombre.

María Luisa Chavarría, una devota católica mestiza que vive en el barrio Fátima de esa ciudad, guarda muchos recuerdos sobre monseñor Schlaefer.

"Para nosotros él fue un santo. Siempre estuvo preocupado por todos: creole, miskito, mestizo. Él no miraba raza, pero sí aprendió a hablar español y miskito para entendernos a todos. Después de su regreso siempre intervino en la defensa de los costeños e inició la traducción al miskito de los libros del Antiguo Testamento y de la Biblia. Monseñor Salvador fue el Moisés de los miskitos, es cierto, pero también un gran pastor y un buen amigo para la Costa".

FOTOS DE LA PRENSA/ SERGIO LEÓN C./ ARCHIVO/ CORTESÍAS DEL VICARIATO APOSTÓLICO DE BLUEFIELD
María Luisa Chavarría, devota católica de Bluefields, guarda fotografías y documentos sobre la presencia de monseñor Salvador Schlaefer en la Costa Caribe. "Para mí, él fue un santo que pasó por esta tierra", dice.

El último viaje

El padre José Wolf, sacerdote capuchino ya jubilado, quien fue párroco de Bluefields y también es del estado de Wisconsin, donde nació y creció monseñor Salvador Schlaefer, asegura que el día en que el Gobierno informó su muerte, sus padres Mathias Schlaefer y Mary Berg, junto a sus hermanos Mary, Cecilia, Anthony, Francis, Therese y Rose, celebraron una misa de difunto en Campbellsport, su ciudad natal.

Otro misionero capuchino en Nicaragua, Gregorio Smutko, relata en una necrología sobre el obispo que para la familia fue una gran consolación y sorpresa cuando el obispo llegó a su casa el 24 de diciembre para celebrar la Navidad. "Él pasó tres días en el hospital bajo observación médica. Sus pies estaban bien lastimados por haber caminado con tenis durante tres días y cuatro horas, aun cuando el último día lo tuvieron que llevar en una 'camita', porque ya era demasiado el dolor que sufría".

Quienes conocieron a monseñor recuerdan de él su buen sentido del humor. El padre Rodolfo French Naar recuerda que cuando él estudiaba en el Seminario Mayor de Nuestra Señora de Fátima, en Managua, aveces se sentía triste porque estaba en una ciudad nueva, donde todos hablaban en una lengua que para él era poco conocida. "Pero cuando monseñor Salvador venía a Managua, siempre iba a visitar a los seminaristas miskitos y recuerdo que decía:'¡Vengan que vamos a hablar en miskito, que ahora sean ellos (el resto) quienes no nos entiendan!".

De sus viajes a las comunidades también hay muchas anécdotas. El padre Wolf recuerda que en uno de los viajes le tocó manejar con monseñor y por más que trataba no podía esquivar tantos baches en la carretera a Bilwi, al punto que el obispo le comentó: "José, creo que me estás golpeando a propósito". Atrapado en el fango durante otro viaje fue que también perdió su Anillo Episcopal, por querer sacar solo con las manos la llanta atorada de la camioneta.

Menos de diez años después de aquella caminata junto a los miskitos de Francia Sirpi, monseñor Schlaefer regresaba de Managua a Bluefields. El domingo 17 de octubre había dado los primeros ministerios sacerdotales a quien más tarde fue el primer sacerdote miskito. "Él se fue muy contento y entusiasmado", recuerda el padre French. Pero cuatro días después, cuando se levantó para prepararse un café en la Casa Parroquial de El Rama sufrió un infarto fulminante y cayó muerto al piso de la cocina. El viaje que iba a seguir en panga hasta Bluefields lo terminó ya muerto en helicóptero, donde trasladaron sus restos.

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El entierro del obispo Schlaefer fue multitudinario. "La gente se amontonaba para cargar el ataúd. Todos querían llevarlo sin importar la religión", asegura Rodolfo French Naar, el primer sacerdote miskito.

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