El otro Sergio Ramírez

Reportaje - 05.07.2021
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Antes de ser político y el reconocido escritor que es, Sergio Ramírez fue niño en una familia de músicos, joven díscolo y proyeccionista en el viejo cine de Masatepe. Este no es un perfil político. Es un perfil personal del escritor y primer centroamericano en ganar el Premio Cervantes

Por Abixael Mogollón G.

El 21 de abril de 2018, Sergio Ramírez se dirigía a la Puerta del Sol, en Madrid, España, para participar de una manifestación de nicaragüenses contra la represión de la dictadura de Daniel Ortega desatada un par de días antes en contra estudiantes y manifestantes.

La Puerta del Sol estaba llena de trabajadoras del hogar, obreros, vendedoras y jóvenes nicaragüenses que exigían justicia.

Cuando Ramírez estaba llegando a la plaza, una muchacha se le acercó y le prendió un lazo negro en la solapa de la chaqueta. Esa fue la respuesta a la idea que le rondaba desde el 18 de abril.

“Le daba vueltas en mi cabeza que era una incongruencia que yo diera un discurso sobre la literatura y mi compromiso en medio de lo que estaba pasando en Nicaragua. No me sentía tranquilo”, recuerda Ramírez, quien al siguiente día se presentó en Alcalá de Henares con ese mismo lazo en la solapa del traje de etiqueta con el que recibiría el Premio Cervantes 2017.

Con su familia. Fotografía del archivo de Sergio Ramírez.

El jefe de protocolo de la Casa Real se fijó en el lazo negro y le preguntó por el significado. “Es el luto por lo que está pasando en Nicaragua”, respondió.

El rey Felipe VI, cuando lo saludó, también se fijó y le dijo que sentía lo que estaba pasando en el país. Lo mismo le manifestó el entonces presidente del gobierno español, Mariano Rajoy.

Antes de comenzar su discurso, Sergio Ramírez leyó una breve introducción que había escrito a mano la noche anterior. En ella dedicaba el premio a “la memoria de los nicaragüenses, que en los últimos días han sido asesinados en las calles por reclamar justicia y democracia”.

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Carlos Tünnermann Bernheim tiene vivo el recuerdo de tres de sus estudiantes sentados en la primera fila del salón. Erick Ramírez, Mauricio Martínez y Sergio Ramírez. Los tres eran buenos estudiantes de Derecho, “los tres eran buenos muchachos”, pero a dos de ellos los mataron en la masacre del 23 de julio de 1959.

Sergio tenías 17 años, acaba de llegar a la ciudad para comenzar sus estudios universitarios.

Estuvo presente en la masacre y cree que se salvó de puro milagro. Al momento de los disparos agarró por la banda izquierda de donde venían los tiros y se metió de cabeza en un restaurante que se llamaba El Rodeo. Ahí subió hasta el segundo piso y cuando los gases lacrimógenos desaparecieron, la guardia somocista había dejado un reguero de chavalos heridos y cuatro muertos.

“Encontrarse con la muerte a los 17 años es una experiencia que te cambia la vida. Una muerte violenta, además. Ir a levantar a un amigo que está tirado en la calle, le pedís que se levante y está muerto”, comenta Ramírez, de 78 años.
A esa hora se fue, junto a un amigo, a la radio Atenas a pedir que se donara sangre para los heridos. En esas estaban cuando llegó una patrulla de la guardia y los sacó de la cabina. No se debía de hablar sobre el suceso.

Luis Somoza envió una caravana cargada de sangre, médicos y enfermeras, desde Managua hasta León, adelante iba monseñor Alejandro González y Robleto, arzobispo de la capital. Los estudiantes enfurecidos arremetieron contra la caravana y no dejaron que llegara hasta el hospital.

Esa misma noche su amigo, Rolando Avendaña, le dijo: “Mirá, tenemos que hacer un periódico. Nadie va a publicar todo lo que pasó”.

Sergio Ramírez confiesa que le hubiera gustado estudiar periodismo. Una vez le contó a su papá la idea de irse a Chile para aprender ese oficio, y este le dijo que eso “no era ninguna carrera”.

Recién casado con Tulita. Fotografía del archivo de Sergio Ramírez.

Pasaron toda la noche escribiendo a máquina artículos, recuento de muertos y heridos, una crónica y hasta un editorial. El periódico se llamó Extra. Se imprimió y a mediodía estaba circulando por toda la ciudad, al mismo tiempo que Avendaña caía preso por figurar como director del periódico que duró una edición.

A los medios nacionales ya había trascendido la noticia de la masacre y entre los nombres de los asesinados había un joven que se llamaba Sergio Saldaña y otro llamado Erick Ramírez, alguien debió confundir los nombres y resultó que había un muerto que se llamaba Sergio Ramírez. El mismo Carlos Tünnermann, que no estaba en la ciudad el día de la masacre, no sabía cuál de los Ramírez era el asesinado.

Lo mismo le pasó al tío Gustavo Mercado, que, sin decir nada a la familia, salió rumbo a Managua con su esposa, cargando una sábana blanca que iban a usar a modo de mortaja para recoger a su sobrino. En el camino escuchó que no era Sergio el muerto y se regresó. A las pocas horas don Pedro Ramírez ya tenía a su hijo de vuelta en Masatepe, pero aquel muchacho de 17 años ya había cambiado.

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Para 1942, Masatepe era un pueblo de unos cuatro mil habitantes. Sergio sintió desde pequeño la diferencia entre vivir en los barrios de arriba y los de abajo, que anteriormente estaban divididos entre los ladinos y los indígenas, aunque al final todo se volvió mestizo.

Pero quedaron las tradiciones, los ritos, los bailes callejeros, el hablado y las palabras teñidas de términos indígenas que para un niño que se convertiría en escritor serían importantes.

Nació en una familia numerosa. Llegó a tener 56 primos y 20 tíos.

Su padre era Pedro Ramírez Gutiérrez, que primero fue vigilante de un depósito de tabaco en Diriamba y luego instaló una tienda en Masatepe. Pedro fue el único de los 12 hijos de Lizandro Ramírez que no aceptó tocar un instrumento musical.

La Orquesta Ramírez era famosa en el pueblo. El patriarca y bisabuelo, Alejandro Ramírez, les inculcó la música a sus hijos.

Dice el escritor que su papá quizás no quiso aprender a tocar ningún instrumento porque en la repartición que hizo su abuelo al pequeño Pedro le tocó el contrabajo y que era muy grande ese cajón con cuerdas.

Total, que Pedro se dedicó al comercio mientras la orquesta de los hermanos Ramírez alegraba las fiestas patronales hasta altas horas de la noche, pero cada domingo tocaba música sacra en la misa. Así pasaban de los valses y las mazurcas a los glorias y ofertorios.

La orquesta Ramírez ponía la alegría en las parradas, pero también la solemnidad en las misas de domingo. Fotografía del archivo de Sergio Ramírez.

Pedro Ramírez conoció a una muchacha llamada Luisa Mercado y se enamoraron. Venían de dos familias muy distintas. Mientras Pedro era hijo de un músico pobre, Luisa era hija de Teófilo Mercado, un adinerado cafetalero que tenía tierras, una casa grande y hasta una gasolinera, que por aquellos tiempos eran pocas en el país. Pero para más inri, don Teófilo era protestante.

En los años veinte del siglo pasado, ser evangélico en Nicaragua era prácticamente un atrevimiento. Un grupo de pastores había llegado desde Alabama, Estados Unidos, para fundar la Iglesia bautista y se asentaron en Masatepe. Mercado se afilió a la congregación y cuando miró se había convertido en referencia porque hasta los cultos se realizaban en su casa, la cual había días en que era apedreada por los católicos.

Desde un primer momento, don Teófilo se resistió a la idea de que su hija, Luisa, la primera muchacha bachiller de Masatepe, fuera novia del hijo del que tocaba en las misas de los domingos y las parrandas del pueblo.
La joven pareja no tuvo más remedio que casarse “clandestinamente”. Por entonces, los matrimonios entre evangélicos y católicos solo podían ser celebrados por el obispo, así que la ceremonia se realizó en Managua.
Como suele ocurrir con estas tensiones familiares, todo mejoró con la llegada de los nietos.

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Ángel Mercado era bohemio y emprendedor. Era el dueño de la sala de cine de Masatepe. Él mismo salía en su jeep a las calles a anunciar los estrenos y agarraba para Managua a conseguir más películas.

Un día el proyeccionista del cine se emborrachó y tuvo una discusión con Ángel, que decidió correrlo y nombrar a su sobrino Sergio como proyeccionista oficial del Cine Club.

El pequeño de 12 años había aprendido a usar el proyector. Además, estaba entrenado para estar pendiente de que el sonido no se desajustara de la imagen y sabía qué hacer en caso de que la película se rompiera o se quemara.

Si la cinta agarraba fuego, la bajaba rápidamente y la llevaba a la mesa de bobinado, donde la pegaba con acetato y la devolvía al proyector. Todo en cuestión de segundos, lo suficiente para que los espectadores no bajaran a pedradas la caseta de proyección.

El tío Ángel le ofreció un salario al pequeño, pero don Pedro Ramírez no quiso que le pagara al muchacho por temor a que se quedara toda la vida como proyeccionista. Entonces, el tío como no podía pagarle, le hacía regalos. Sergio recuerda especialmente un reloj de pulsera que recibió en una de esas.

El Cine Club era un corral convertido en sala de proyección. Tenía un palco con media agua, y el resto eran sillas al aire libre. Los días de semana había una tanda a las siete y media de la noche y los fines de semana, dependiendo de la película, había una proyección a las siete y otra a las nueve.

De esos tiempos el escritor recuerda la película Violetas Imperiales, de 1952, y al tío Ángel con una caja de madera repartiendo violetas entre las mujeres que asistieron a la función.

El relato parece sacado de la película Cinema Paradiso, pero Sergio Ramírez reconoce que es parte esencial de su historia, porque gracias a esas largas horas proyectando cintas aprendió a narrar con los planos cinematográficos. También contribuyeron a despertar esas ansias por narrar, las historietas infantiles donde por 10 centavos se alquilaba al Capitán Marvel, Supermán, magos y fantasmas.

En la casa de los Ramírez Mercado, la madre imponía la disciplina. Doña Luisa era seria, retraída, no estaba acostumbrada a mostrar sus sentimientos, ni se reía estrepitosamente o lloraba en público.

En cambio, en el clan de los Ramírez eran alegres, bullangueros y burlones. Todos los hermanos se reunían en la tienda de Pedro antes de ir a la iglesia a tocar la misa con el abuelo. Ahí en esa rueda creció Sergio, que disfrutaba de las risas en aquellas tertulias.

Fotografía del archivo de Sergio Ramírez.

“Me encantaba estar en esas ruedas aprendiendo qué era el verdadero sentido del humor, que es un instrumento útil para la escritura”.

Otro de sus tíos que marcó su niñez fue Alberto Ramírez, que también era bohemio, pero más tirado a la fiesta.
El violinista, chelista y compositor caía a la casa de los Ramírez Mercado como paracaidista cuando alguna de sus amantes lo abandonaba. Se emborrachaba y terminaba compartiendo cuarto con Sergio, que se quedaba atraído por aquel instrumento misterioso de cuerda frotada.

A veces el tío agarraba el violín y le tocaba canciones alegres.

Los hermanos Ramírez tenían una tabacalera a medias. Pedro ponía el dinero y Alberto era el “socio industrial”.
“Se pegaban unas madres peleadas por la planilla”, recuerda de su tío y su papá.

El pequeño se iba con siete años a la tabacalera a matar gusanos con los mozos. A finales de los años 40 los insecticidas eran muy caros y por eso los gusanos se mataban a mano.

Ahí aprendió el niño a identificar los dos gusanos del tabaco. El primero era un café que le decían gusano de rosquilla y el otro era un gusano verde y gordo. Por cada insecto muerto se pagaba un centavo.

De esas faenas, al pequeño se le quedaron grabados los desayunos en un ranchito cerca de El Arenal. Huevos, frijoles fritos, tortillas recién palmeadas, queso —si había— y el infaltable café.

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Como todas las ciudades universitarias, León era un lugar intenso. Las protestas contra Somoza siguieron luego de la masacre de los estudiantes, pero también al joven Ramírez le dio tiempo para conocer la ciudad, hacer amigos, salir de parranda y enamorarse.

—¿Se acuerda de su primer trago de guaro? —le pregunto.
—Sí, claro, pero eso no fue en León —ríe. —Eso fue en Masatepe, donde había dos cosas que mi mamá no toleraba, que eran las cantinas y los billares. No sé por qué a los billares les tenía tirria. Quizás se imaginaba que detrás de eso estaba la prostitución. Si me miraban en un billar, me llegaban a sacar a fajazos.
—¿Entonces cómo fue lo de su primer trago?
—Fue en un estanco que estaba en la periferia del pueblo. Unos amigos me llevaron expresamente a tomarme el primer trago de guaro. Tenía 14 años. Era un tacón alto, se llamaba trago de a peso, porque eso valía. Te lo daban con un jocote celeque.
—¿Y probó otras cosas?
—Hasta hoy nunca tuve la experiencia de la marihuana. No sé de cuánto me he perdido —dice riendo.

Para tranquilidad de doña Luisa, su papá lo fue a dejar a León y logró que el ministro de Educación, don Crisanto Sacasa, lo recomendara con su hermano José Trinidad Sacasa, director del Instituto de Occidente, para que Sergio se quedara a vivir con los inspectores del instituto, para que “que no se corrompiera”.

Fotografía del archivo de Sergio Ramírez.

Pero esos inspectores eran gente jugada y corrida. “Todo lo que tenía que aprender lo hice con ellos”. Aquello era un ritual de ir a las cantinas y sentarse a una mesa, alrededor de una botella de Santa Cecilia, Cañita o cualquier guaro lija embotellado, unas boquitas y a veces hasta amanecer.

De la cantina de Cucaracha, agarraban para la cantina de Higinio a la vuelta del Teatro González y después a la de El Laborío. No es que Sergio fuera un gran bebedor, pero sí vivió la experiencia universitaria de la época.

De esos años lo mejor fue conocer a la que sería su esposa, Tulita. Gertrudis Guerrero estudiaba en el Colegió Asunción. Ramírez la miraba cruzar el parque en dirección a su casa, ella tendría unos 14 años. Luego se volvieron a encontrar cuando ella era secretaria en la universidad.

Siempre fue introvertido y poco aventado con las muchachas, pero se hicieron novios allá por 1961 y se casaron en 1964, para después irse a vivir 14 años a Costa Rica, más tarde se fueron dos años al Berlín dividido por el muro y así comenzaron los libros, luego la parte política en el Frente Sandinista, los premios, los hijos y más libros.

Sergio Ramírez quiere ser recordado como una figura literaria. Le estorba el personaje político y por eso no le gusta dar entrevistas de ese tipo. “No soy un político, ni me interesa”. Dice que se da cuenta a veces de las críticas que recibe en redes sociales por su participación en la revolución de 1979 y sus funciones en los años 80, pero no se molesta en leerlas.

Fotografía del archivo de Sergio Ramírez.

Quiere que su legado sea cultural y literario. “Mi primer legado es mi obra, a la que consagré mi vida”, reafirma.
Desde que comenzó la pandemia de Covid-19 en 2020 sale poco, aunque no acostumbraba a salir mucho antes del virus. Acepta que le hace falta ver a sus amigos, salir a tomar algo, dar entrevistas en cafés y aunque volvió vacunado de Estados Unidos, no tiene la confianza plena de que no se puede enfermar debido al nuevo coronavirus.

—¿Cuánto ha cambiado usted desde que era un joven universitario? —le pregunto.
—Los sentimientos que yo tenía a los 17 años, cuando me vi en esa calle rodeado de heridos y cadáveres, son los mismos que yo tengo ahora. Lo único que ha cambiado es mi edad. Yo sé que hay edad para todo, pero lo que soy yo por dentro no ha cambiado ni un milímetro y eso es lo que me da paz de conciencia, si se puede hablar de tener paz de conciencia en este país. Que no la tenemos.
—¿Cómo ve el futuro?
—Pues oscuro, oscuro, desgraciadamente.

Adiós muchachos

En ese libro de memorias, escrito para cerrar una parte de su vida, la política, cuenta todo lo vivido antes, durante y después de la revolución que derrocó a Somoza Debayle.

De cómo su casa en Costa Rica se convirtió en “centro de conspiración”, bodega de abasto, tesorería, cuartel, oficina de relaciones públicas y refugio.

En ese libro cuenta a fondo su participación en el gobierno sandinista de los años 80, la Cruzada de Alfabetización en la que participaron sus hijos, Sergio y María, Fidel Castro visitando Nicaragua en julio de 1980, los cortes de café, el servicio militar obligatorio y la última campaña política en la que participó.

Primeros pasos

-Nació el cinco de agosto de 1942 en Masatepe. Es el segundo de cinco hermanos.

-Con 14 años escribe su primer cuento, que es publicado en La Prensa Literaria, en 1956.

-Entre 1964 y 1973, se casa con Tulita y nacen sus tres hijos: Sergio, María y Dorel. Además se une a la lucha contra Somoza.

-En 1970 publica el libro Tiempo de Fulgor.

-En 1977 conforma el Grupo de los 12 junto con personalidades que están contra de la dictadura somocista.

-En 1979 forma parte de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional. Luego pasará a ser vicepresidente.

-En 1988 publica el libro Castigo divino. Esta obra gana en Gijón, en 1990, el Premio Hammett a la mejor novela policíaca en español.

Amistades y festival

Algo que le produce mucho orgullo es el Festival Centroamérica Cuenta, que con el paso de los años ha ganado popularidad en Hispanoamérica y que, pese a la crisis social derivada de las protestas y la represión, y ahora los problemas de la pandemia, ha logrado reinventarse para seguir celebrándose.
Entre los artistas que han participado en el festival y grandes amistades de Sergio Ramírez, están Rubén Blades, Pablo Milanés e Isabel Allende.

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Reportaje