Piloto de magnates

Reportaje - 21.03.2010
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Ha transportado a Jeques, príncipes y princesas. A presidentes y ministros. En más de una ocasión le ha tocado trasladar a la familia de Osama Bin Laden. El nicaragüense Irving Silva cuenta lo que significa capitán de esta gente que vive en un mundo lleno de excentricidades

Dora Luz Romero

Sereno. Como de costumbre. Con una sonrisa en el rostro y pisando una alfombra roja, espera a sus pasajeros. Lleva una camisa blanca donde resaltan las charreteras doradas y un pantalón negro que combina con la corbata que cuelga de su cuello.

Los pasajeros llegan en sus carros y el capitán Irving Silva, un señor blanco, canoso y de bigote espeso, les da la bienvenida. A las mujeres no las mira a los ojos, porque es una señal de irrespeto.

Caminan sobre la alfombra roja, suben las escaleras del avión -también forradas de rojo-
y se ubican en sus lugares para el despegue.

Silva espera a que todos suban. Su misión esta vez: trasladar a la familia de Osama Bin Laden a Medina, una ciudad sagrada para los musulmanes, donde se encuentra la
tumba de Mahoma y donde sólo las personas más adineradas logran enterrar a sus
muertos.

En aquella ocasión, recuerda Silva, la familia Bin Laden iba a un entierro. “Iban los hermanos de Osama Bin Laden y otros familiares”, dice.

“Esta es una familia muy educada. Mi experiencia con ellos ha sido muy agradable en el sentido que son muy corteses, no son ostentosos. Son personas muy respetables, además del capital que tienen”, cuenta.

Y luego llega la comparación que resulta inevitable. “Ellos no se parecen en nada con Osama (Bin Laden). Creo que ni lo mencionan. Vos ves la imagen de Osama y la de ellos y es totalmente diferente. El hermano de él, bien rasuradito, blanquito, nítido. Nada parecido”, asegura.

Pero conocer a la familia de Bin Laden no fue nada fuera de serie en la vida del piloto nicaragüense Irving Silva. Desde hace más de tres décadas, Silva ha trabajado para empresas donde uno de los servicios que prestan es transportar exclusivamente a gente millonaria, famosa e influyente. Pero no sólo eso. Los jefes de Silva han sido jeques árabes muy adinerados con quienes ha mantenido una relación muy estrecha. También ha trabajado con la familia Saud, a la que Arabia Saudita le debe su nombre.

Fotos de Uriel Molina
Silva confiesa que desde niño los aviones fueron su pasión.

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Los aviones que pilota Silva son unos palacios”. Al ver las fotografias da la impresión que
lo que muestra no es un avión sino una casa lujosamente equipada. No hay ni siquiera un detalle que diga que eso es un avión. Muebles de madera preciosa, baños enchapados en oro de 18 quilates, alfombra de terciopelo, televisores de plasma… Esos son apenas algunos de los lujos en estos aviones que pueden llegar a costar hasta 80 ó 90 millones de dólares.

“Tienen sus propias escaleras eléctricas, con sistema eléctrico diseñado especialmente para este avión, al igual que un servicio de agua potable. Un sistema de entretenimiento mejor que cualquier night club, tienen su salita privada donde hacen sus oraciones, su comedor y una cocina para cualquier chef de altura”.

Pero, ¿quiénes andan a bordo de estos palacios?

Cuenta Silva que una de las personas para las que trabajó durante muchos años fue el jeque de origen etíope, pero ciudadano de Arabia Saudita, Mohammed Al Amoudi, el hombre más rico de Etiopía y considerado en el 2009 por la revista Forbes como el hombre número 43 entre los más ricos del mundo entero.

“Él tenía ocho aviones, todos ejecutivos, todos unos palacios. Además de utilizarlos para transportarse, él mueve en carácter de amistad a la realeza de Arabia Saudita o de diferentes países que le requieren”, dice.

Y es precisamente por eso que a este aviador nicaragüense le ha tocado trasladar a tanta gente famosa y millonaria como los príncipes y princesas de Arabia Saudita o los presidentes de Camerún y Etiopía.

Dice Silva que su relación con la realeza árabe -a pesar de ser quien los llevaba y traía- fue muy limitada. Sin embargo por el tiempo que trabajó con ellos cuenta que son personas “que guardan respeto en su forma de vestir. Guardan rigurosamente sus costumbres, sobre
todo las mujeres. Cuando van por un viaje oficial van con su vestimenta tradicional, llevan algo encima, como una especie de seda de oro, depende de la ocasión. Pero una vez
que van de vacaciones salen con sus trajes Dolce Gabanna y todo”.

Silva se ha tomado unos días para venir de vacaciones junto a su esposa Clelia Durán. Sentado en una banca de madera en la casa de su amigo Arturo Prado, el señor Silva hace intentos por recordar detalles de sus viajes con estas personalidades. Pasa su mano derecha sobre su ancha frente, soba sus entradas. No es tan fácil recordar cada detalle. Este hombre ha trabajado en 26 líneas aéreas y en su récord tiene más de 25 mil horas en el aire. Así que los rostros y los recuerdos se cruzan y los años los vuelven cada vez más borrosos. Lo que sí recuerda con memoria fotográfica es un incidente que ocurrió con un
joven de la realeza de Arabia Saudita que pensó le costaría su trabajo. “Dentro de las realezas también hay ovejas negras”, asegura sonriendo antes de contar la anécdota.

Silva esperaba -como de costumbre- al muchacho para llevarlo a Riad, la capital de Arabia Saudita, pero cuando lo vio, notó que éste había llegado con un grupo de amigos. La capacidad del avión que volaría ese día tenía espacio para 22 personas. Ni una sola más. “El quiso meter mas de la cuenta. Le dije: lo siento señor, pero no puedo”. Silva recuerda que el joven se molestó y escondió a tres de sus amigos en el baño. “Yo llamé a mi jefe para preguntarle y él me dijo: ¿para qué me llamas? ¿Acaso no sabés tu deber? ¿Acaso él te dará la licencia cuando te la quiten?”, recuerda Silva. Sus palabras fueron suficientes para que el aviador apagara el avión y le reiterara al muchacho que no saldría, por su seguridad. Finalmente el joven accedió. Sacó a los tres amigos y volaron hacia su destino.

“Esa vez pensé que era causa para que me despidieran, pero no. Al joven no lo volví a ver jamás”, asegura Silva.

***

De niño, Irving Silva corría detrás de los aviones. El patio de su casa quedaba justo frente a la pista del extinto Aeropuerto Xolotlán.

Recuerda que al escuchar el sonido de las turbinas corría desesperado a esperar que despegara para así correr junto a él y en su imaginación volaba como un pájaro. Abría sus
brazos, sus pies iban presurosos y el no dejaba de sonreír. Eso le hacía feliz. Aún lo hace feliz porque es imposible que recuerde aquella escena sin que una sonrisa amplia se estacione en su rostro. “Me gustaba correr detrás de los aviones para recibir el aire y así nació mi entusiasmo”, dice don Irving con los ojos de un adolescente enamorado.

Además de su proximidad con el aeropuerto, había otro factor que lo invitaba a convertirse en aviador: su papá era piloto. “Mi padre fue uno de los oficiales fundadores de la Fuerza Aérea en 1938. Fue de los primeros oficiales de mantenimiento”, explica.

Luego su papá decidió formar una escuela para aviadores a la que llamó Instituto Aéreo Silvair. “Yo fui una peste detrás de él para aprender a volar, pero nunca me dejaba”, asegura. Pero fue tanta la insistencia que su papá terminó por enseñarle con la ayuda de instructores de la Fuerza Aérea.

A los catorce años, Irving Silva aprendió a volar. Para ese tiempo, el muchacho delgado del que ahora sólo quedan fotografías en blanco y negro, vivía dos mundos.

Uno que estaba detrás del patio de su casa y otro que empezaba de la puerta de su casa para afuera. Detrás de su patio era parte de ese grupo de hombres amantes de la aviación y frente a su casa era un niño como cualquier otro, que disfrutaba andar en bicicleta, jugar basquetbol y visitar muchachas.

—¿Recuerda su primer vuelo solo?

—¡Claro! Uno nunca olvida ese momento. Mi primer vuelo solo fue algo que no me esperaba porque yo sabía que mi padre siempre tenía un instinto de protección y como los
instructores eran amigos de él, siempre tuve el miedo de que el hablara con ellos para decirles que no me dejaran ir solo. Hasta cierto punto me había resignado y me tomaba la oportunidad como una ganancia, así que no me preocupaba tanto. Pero un dia de tantos el instructor me soltó ahí en el Xolotlán, ahí sentí la sensación de la que tanto oía hablar.

—¿Y cual es la sensación?

—Es una sensación de júbilo, de aventura… A esa edad uno no esta acostumbrado que depositen tanta confianza. El cargo que tiene un muchacho a esa edad es muy grande
y lo tomé muy en serio.

Ese dia, cuando Irving Silva aterrizó, lo echaron en un pila llena de agua. Ésa era la costumbre, cuenta, y fue así que comenzó a sentirse parte de los pilotos nicaragüenses,
un grupo al que no cualquiera tenía alcance.

Mucho antes de trabajar en este mundo cargado de excentricidades, dinero y lujos, de volar para príncipes, jeques, presidentes… Silva —para complacer a su padre- estudió Administración de Empresas. Pero no logró terminar porque la aviación era su pasión. También hizo el intento con Zootecnia. El resultado fue el mismo. Finalmente entró a la
Fuerza Aérea de Nicaragua, luego estudió dos años en Estados Unidos y regresó al país para trabajar en la línea aérea La Nica. Ahí, hizo su último viaje el 17 de julio de 1979, cuando triunfó la revolución, y se trasladó a vivir a Miami.

Fotos Uriel Molina
Ahora el sueño de Irving Silva es retirarse en Nicaragua. En la fotografía junto a sus compañeros de trabajo.

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Desde ese tiempo, Silva comenzó a trabajar en compañías privadas con clientes exclusivos y adinerados. En un mundo sofisticado donde asegura volar aviones “autosuficientes”. Pero los aviones no son los únicos lujos con los que vive esta gente. En este mundo, el avión nunca se retrasa, como suele suceder frecuentemente en las líneas aéreas comerciales. En este mundo, los pasajeros tienen una terminal exclusiva. En este mundo, los pasajeros no hacen tantos trámites en Migración, nunca hacen fila y tampoco se les hace esperar.

La última vez que ocurrió algo así —cuenta Silva- fue en el aeropuerto de Riad La dirección general de Aeronáutica Civil retuvo los pasaportes de los pasajeros que eran de la realeza de Arabia Saudita. Aquella vez, además de regresarles sus documentos en menos de diez minutos, varias personas fueron despedidas.

Silva está acostumbrado a trabajar con este tipo de clientes. Clientes como el Presidente de Camerún, que en una ocasión iba de vacaciones a Suiza y el pueblo le despidió con música, baile y hasta el aeropuerto de la ciudad fue cerrado. Clientes que por haber tenido un buen vuelo o por haber hecho esperar a la tripulación, ofrecen dinero en señal de agradecimiento o de disculpas. “Si uno les dice que es propina se ofenden porque para ellos ésa es la manera de decir gracias”, afirma Silva, quien ha recibido “propinas” de miles de dólares.

—¿Cuanto es lo mas que le han dado?

—Cinco mil dólares. Todos billetes nuevos. Nunca toque un billete viejo.

—¿Quién le dio esa cantidad?

—I..a realeza de Riad.

“Con su secretario mandan a la tripulación una cantidad igual para todos, no va por rango. Lo mandan en un sobre y dicen muchas gracias”, relata Silva.

El aviador nicaragüense actualmente trabaja en Qatar para Fahad Buzwair, un multimillonario exitoso con el negocio del gas licuado.

“Los dueños de las empresas para las que he trabajado te dan todas las facilidades. Te dan la residencia, seguro médico, te abren una cuenta de banco, licencia para
manejar…”, dice.

“Cuando el presidente de la compañía sabe que hicimos una buena labor, entonces nos llama y nos dice que muchas gracias que le pase el resto del mensaje a la tripulación que él los compensará de alguna manera. También cuando se trata de un empleado nuevo,
en su apartamento encontrará su saco de arroz, refi’igeradora llena, no hay sábanas usadas, ni toallas usadas, hay una consideración tremenda para el trabajador”, reconoce Silva.

Pero no se trata sólo de dinero, asegura. Gracias a su trabajo este hombre ha aprendido de otras culturas, que suenan tan ajenas y lejanas de Nicaragua. Silva ha sabido qué es vivir en una ciudad impecablemente limpia y desarrollada como Singapur, pero también ha sentido lo que es vivir en Bangladesh, donde la pobreza golpea en la cara.

Ha sido feliz —dice- pero cree que es hora de regresar. Es tiempo de volver a Nicaragua, el país que un dia fue testigo de su primer solo en el extinto Aeropuerto Xolotlán.

Fotos Uriel Molina
En una de las lujosas salas de los aviones que pilota

Proyecto

Irving Silva planea regresar a Nicaragua según cuenta uno de los proyectos que tiene en mente es traer al país un tipo de avión que tenga acceso a lugares inaccesibles. “Que no se necesiten pistas para que pueda aterrizar: que lo pueda hacer sobre agua. en caminos. en carreteras”. explica Silva. La idea —afirma— es hacer “trabajo misionero. como asistencia civil. como ambulancia”. El aviador dice que ése es su sueño para retirarse.

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