Totogalpa el pueblo sin muchachas

Reportaje - 29.01.2012
Totogalpa

Si quiere encontrar una mujer joven, no busque en Totogalpa. Encontrará mujeres mayores, hombres
y niños, pero no muchachas. Se fueron a España a buscar vida. Igual sucede en Ocotal y Somoto.

Por Tammy Zoad

Ambas, abuela y nieta, son pequeñas, morenas y de ojos almendrados. El rostro vivo de un pueblo indígena. Doña Concepción Pérez, 64 años, luce sencilla. Una blusa, falda a las rodillas y una moña que doma su pelo cenizo. El sol es inclemente, pero de vez en cuando el viento fresco da una tregua y uno se libra del sofocante calor del lugar. Cuando no es el calor, es el polvo. A doña “Concha” no le molesta, sacude un poco los pies y sus sandalitas viejas se despejan.

Pero la chavala de 15 años que está sentada en el muro de la casa luce inquieta. No es solo el viento que la despeina lo que hace que entre en la casa, ella tiene cuesteriosidad por saber noticias de su tía. Ambas platican en la sala del caserón de dos plantas que luce como nuevo en medio de unas casitas viejas de adobe con techos de tejas. Aquí uno se sienta tranquilo y ve la vida pasar desde una mecedora que cruje. Es mediodía en Totogalpa.

En ese mismo momento, al otro lado del Atlántico, María Lucía Pérez, 33 años, está atareada sirviendo la cena, sacudiendo camas, poniendo todo el orden antes de salir del trabajo. Es también una mujer sencilla, pero luce arreglada. Una blusa cuello alto, jeans y zapatos o botas, depende el frío que haga en el día. No se despega su chaqueta oscura o un suéter cuando sale. Atiende el celular desde la casa de sus jefes, y pide hablar más cuando ya esté en su apartamento. Le toma una hora llegar si toma el metro, pero más tiempo si usa un par de buses. Todos los días tiene que atravesar la ciudad. Son las ocho de la noche. Madre e hija. Totogalpa y San Sebastián. Nicaragua y España.

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En menos de diez años el pueblecito ha cambiado. La docena de calles de tierra se ha multiplicado y
lucen revestidas de asfalto. Las casitas de adobe y techo de teja ahora están salteadas entre los caserones de cemento y hierro que se alzan en cada cuadra. Parece que el lugar se estuviera construyendo de nuevo.

No es extraño ver que en un caserón habite solamente una señora y sus nietecitos. Los hombres trabajan la tierra o salen a las cabeceras departamentales para hacer “rumbitos”. Hay albañiles, carpinteros, electricistas. Las mujeres son amas de casa, tienen algún negocio o salen para trabajar en los pueblos vecinos en diferentes actividades del hogar.

Del Totogalpa de los chorotegas solo algunos rostros indígenas quedan. ¿Dónde están las muchachas? Tal vez el pueblo con menor índice de historias de amor per cápita sea Totogalpa, un pueblecito indígena del norte de Nicaragua, que se ha quedado sin muchachas casamenteras.

Ocotal
Ocotal es la segunda ciudad donde se reportan mayor número de migraciones. La economía del lugar está basad en comercio y préstamo de servicios dentro.

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Todo comenzó con el viaje de un par de jóvenes hace casi 10 años. Comenzó en Somoto, luego en Ocotal y ahora es Totogalpa, donde la ausencia de mujeres jóvenes es visible. Todas se han ido a España.

Prestan, empeñan o hipotecan. Dejan todo lo que tienen por lo que quieren. Trabajo y dinero. Si son
euros, mejor. Un día salen de sus pueblos, atraviesan el océano y llegan con una maletita para buscar
vida en tierra ajena.

“Las Montoya fueron las primeras. En Somoto la gente tenía años de salir, pero aquí nadie se imaginaba hacer semejante viaje. Volvieron como un año después y se notó el cambio. Mejoraron su casa, se veían mejor. Hicieron viaje de nuevo y comenzaron a desfilar las chavalas”, comenta una totogalpina. La migración funciona así: una prueba suerte, si le va bien recomienda a otras de su círculo cercano, le busca contactos y se van, una por una.

Con 1, 580 dólares para el boleto, unos cuantos más en la bolsa, María Lucía Pérez fue de las primeras que siguió el rastro en busca de fortuna.

Las casualidades y hasta la desgracia tuvieron que ver en el acercamiento entre estas tierras tan lejanas. Para finales de 1998 el huracán Mitch castigó duramente estas zonas y varias ciudades de España se interesaron por ayudar a través de las uniones llamadas oficialmente “hermanamientos”. Madrid y diferentes ciudades del País Vasco se “hermanaron” con estos pueblos pobres. Pero los hermanamientos trajeron además de las donaciones y proyectos de desarrollo, relaciones entre los somoteños y las diferentes brigadas de ayuda españolas. Amistades, romances, invitaciones laborales.

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Antes de que se realizaran estudios, los habitantes de la zona ya conocían la historia. “Hasta el que
era alcalde de Somoto se casó con una española”, cuentan en Ocotal.

“Encontramos aquí el origen de este nuevo flujo migratorio que rompió las rutas tradicionales hacia
Costa Rica y Estados Unidos. Somoto y Ocotal son los lugares de donde más cantidad de gente sale
en busca de empleo a España”, comenta Paola Zepeda, oficial a cargo de la Organización Internacional
para las Migraciones en Nicaragua (OIM).

Del paisaje de cerros verdes, casitas de adobe pintadas en mil colores y una fila de burros amarrados
a los árboles del parque, solo quedan las pinturas que se venden en la ciudad. Somoto se ha transformado. Así como España transformó a María Lucía. Administrar euros, aprender la lengua euskera, orientarse en una ciudad desconocida, en un país lejano. Algo tan simple como adaptarse al clima, al trato español o el uso de un tren son parte del proceso.

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Aeropuerto de Milán, primero de agosto de 2004. El oficial de Migración interroga a una joven.

—¿Hacia dónde se dirige?

—A España.

—¿Motivos de viaje?

—Turismo

—¿Tiene familia?

—Unos tíos.

—¿Por cuánto tiempo viene?

—Por tres días.

—¿Cuánto dinero trae para la estadía?

El fajo de dinero en la bolsa de su pantalón suma 196 dólares en billetes de uno. Se pone nerviosa, siente miedo y prefiere decir parte de la verdad .

—Tengo 196 dólares, pero es lo único que necesito porque mi familia me recibirá allá.

Un jeans verde y una blusa gris, sin gota de maquillaje y usando sandalias bajas. Lleva una maleta de mano con tres cambios de ropa y una mochila raída en la espalda. Lo más lejos que había llegado de su casa hasta entonces eran los 216 kilómetros de Totogalpa a la capital, Managua.

“Me moría de frío, no sabía cómo funcionaban muchas cosas acá, te sentís perdido, además de solo. Voy a cumplir ocho años de estar aquí, las cosas han cambiado bastante... ¡Pero vale, no me puedo quejar!”, reconoce María Lucía Pérez, de 33 años, con una mezcla de acentos.

Dos de sus hermanos también están trabajando en San Sebastián, España. Han llegado tres sobrinos,
dos a estudiar y uno a trabajar.

¿Qué hacen allá? Las mujeres trabajan en labores domésticas, cuidando ancianos o niños, en supermercados y en los mejores casos como enfermeras o profesoras de apoyo. Para los hombres el espacio laboral es más reducido, trabajar en ganadería de pequeñas fincas o en viñedos son las opciones más comunes. El salario promedio en estos empleos es de 800 a 1,300 euros mensuales.

“Mi hermana se fue con una amiga”, cuenta Karen Lucía Vásquez. “Ya tiene cinco años de estar allá, luego se llevó a mi mamá”. Hazzell Vásquez y su madre trabajan cuidando ancianos.

Al recorrer Ocotal se escuchan las referencias de los viajantes. “La fulanita vino en diciembre”. “La menganita se fue en julio”.“La perenceja ya va a volver”. Parece que todos tienen un familiar, pariente o amigo en España. El que no ha ido, está pensando en irse. El que ha venido piensa en volver. Los que se quedan añoran a los que no están, pero saben que si regresan aquí no encontrarán empleo.

“La cosa está dura”, reconoce doña Sandra Elizabeth Jiménez, de 49 años. Con nueve hijos vivos, cuatro de ellos en España, lo sabe muy bien. Arlen fue la primera en irse junto con su esposo en el 2005. Tuvieron una bebé y ahora son ciudadanos españoles. Ambos trabajan y no tienen planes de volver. Sandra y Xóchitl le siguieron a San Sebastián. Rigoberto decidió irse a los 17, ahora tiene 19 años y trabaja cuidando enfermos en un hospital.

“La gente se va porque aquí no hay empleo, pero allá la cosa no está fácil. Los españoles ya no quieren más gente en su país. La gente aquí cree que es solo irse...”, dice doña Sandra desde su puesto de carne en el mercado de Ocotal.

“Añoro a mis hijos, les digo que se vengan, que como sea resolvemos. Me apoyaron en un momento difícil
y se los agradezco, pero no quiero que dejen la vida allá”.Viaje a la madre patria

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Milagros” no quiere a Zapatero. Durante el gobierno del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero
las leyes y regulaciones migratorias fueron más severas. Más requisitos para aplicar a los permisos
de trabajo, extensión de período a más de 3 años para poder optar por la tarjeta de trabajo o el
arraigo social y esperar dos más para la ciudadanía.

Se habla español, sí. Pero también el euskera o vasco una lengua antigua y local, y el catalán en Cataluña.
No se necesita visa, pero luego de tres meses como turista se necesita de un permiso de estadía y
esto no aplica para poder trabajar.

“Los oficiales de Migración andan de civil, plagan las calles y te analizan de pies a cabeza. Te detienen,
te interrogan, eso es lo más incómodo”, dice “Milagros”, con cinco años de estar en España.

Salió una madrugada de diciembre de 2006 de Ocotal. Besó a su hija de un año y medio y tomó una maleta de mano, el boleto que le costó 1,114 dólares y 120 dólares en la bolsa, en billetes de un dólar. En la puerta de la casa estuvo a punto de desistir. No podía. Madre soltera, desempleada y
con 21 años.

“Sentí que se me partía el alma. Joder, en el vuelo no paré de llorar”, recuerda emocionada.

Blanca, alta y de cuerpo curvilíneo. Traje de ejecutiva, tacones y bien maquillada. Una maleta pequeña
y poca ropa. En el aeropuerto Madrid-Barajas la detuvieron.

De unas sesenta personas igual que ella, solo siete pasaron, recuerda.

Al mes en España consiguió su primer empleo. Con un salario de 1,200 euros salió de su deuda en tres
meses, tenía que dejarse dinero para pagar piso, alimentación y transporte.

Dos años más tarde la detuvo Migración, estuvo presa tres días y la deportaron.

En el aeropuerto de Managua la esperaba su madre junto a su hija de casi cuatro años. “Tía Milagros,
¿cómo te fue?”, dijo la niña.

“¡Joder! Yo sentía que me moría, te vas allá para ganarte la vida, pero perdés un montón de cosas aquí. Que mi hija no me reconociera fue un golpe duro”, dice con la voz quebrada.

La situación económica de su familia en Nicaragua era insostenible. En el 2009 armó viaje, esta vez pasaría de turista en París.

“Llegué a Francia para entrar por tren a España, pero tenía mi récord manchado por la deportación. Me detuvieron y me abrieron un juicio, pagué alrededor de dos mil dólares, todos prestados”, recuerda “Milagros”.

Al año siguiente logró llevar a su hija. Ambas están en proceso de legalizar su situación,
pero “Milagros” dice que solo quiere trabajar un año allá, reunir dinero y regresar para poner algún negocio en Ocotal.

“Aquí nada es fácil, tenés que cuidar el poco empleo que tenés por que cada vez son más gente y lo peor de todo es la envidia que hay entre nosotros. Es triste, te molesta. No solo Migración te persigue, entre nicas se boicotean”.

María Lucía también lo sabe, pero agradece la suerte que ha tenido. Desde que salió de Totogalpa hace cinco años nunca le ha faltado el empleo, aunque duro, pero con paga fija. Ahora incluso tiene planes de estudiar Enfermería.

“Nada es mejor que tu país, tu familia, pero aquí me han recibido bien. Me quedaré hasta que se pueda, pero no recomiendo a nadie dejar Nicaragua”, confiesa María Lucía Pérez, quien añora Totogalpa, el “pueblo sin muchachas”. Sin embargo aquí, una de sus sobrinas, Daniela, al igual que otras jóvenes del lugar, sueñan con volar hasta el
otro lado.

Totogalpa
La Alcaldía coordina un programa de apadrinamiento de que un grupo de totogalpinas que trabajan es España donan mensualmente 15 dólares para la educación de los niños más pobres de la comunidad.

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