El rastro del coronel Muamar Gadafi

Reportaje - 11.12.2011
Muamar Gadafi

Rebeldía. Poder. Excentricidad. Fortuna. Esta es la historia del beduino que gobernó Libia durante 42 años y una amistad interesada con algunos líderes sandinistas

Por Tammy Mendoza

En sus últimos momentos, el coronel no tenía ya las 200 amazonas que lo protegían. “No podía refugiarse en sus carpas, ni huir en uno de sus camellos. No usaba sus exóticos gabanes y quepis, ni necesitaba los caros lentes oscuros. Ha tenido que vencer su miedo a lugares pequeños y oscuros, y refugiarse en una cloaca.

Muamar Gadafi, el hombre que gobernó sin título y con puño de acero a su país, se quedaba solo. Amigo personal y padrino de Daniel Ortega. Excéntrico y sibarita. Narcisista y egocéntrico. Ese 20 de octubre de 2011 vive sus últimos momentos. Afuera se oyen disparos, fuego de artillería y los gritos de la muchedumbre que los busca rabiosa. Ni amigos, ni petróleo, ni fortunas en el exterior lo pueden salvar. Adiós mujeres. Adiós lujos. Adiós poder. Adiós vida.

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Gadafi nunca estuvo en Nicaragua. Sin embargo, mantuvo una estrecha relación con este país a través de algunos líderes sandinistas que lo buscaron para aprovechar su enorme fortuna petrolera calculada en 200 mil millones de dólares. Antes del derrocamiento de la dictadura somocista, comitivas sandinistas visitaron Libia en esa búsqueda de apoyo financiero a su causa y, en 1999, el líder del FSLN, Daniel Ortega, reconoció que recibía ayuda económica para su manutención personal y la de su partido.

Tomás Borge, uno de los principales dirigentes sandinistas, recuerda una de esas primeras visitas. “Lo conocí en un viaje de un grupo de jóvenes dirigentes latinoamericanos. Gadafi nos recibió en una casa de campaña, pero como era una actividad grupal no tuve oportunidad de conversar con él”, cuenta Borge, actual embajador de Nicaragua en Perú.

En 1982 viajó por segunda vez, ya como miembro del Gobierno de Reconstrucción Nacional y regresó victorioso con un préstamo libio de 10 millones de dólares.

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A Henry Ruiz, otro de los nueve comandantes de la revolución sandinista, no le fue tan bien como a Borge. En una ocasión le encomendaron la misión de gestionar un préstamo, pero no consiguió nada. De su viaje guarda solo algunos recuerdos.

“Yo conocí a Gadafi en tiempos buenos. Era un luchador revolucionario, nacionalista y que convirtió su lucha en la lucha de los pueblos africanos. Trajo a Libia un nivel de desarrollo alto. Pero el poder lo corrompió y llegó su tiempo malo”, considera Ruiz.

Ruiz se recuerda entrando al lugar rodeado de muros. Lo condujeron hasta uno de los campos, donde, al centro, se levantaba una inmensa carpa colorida. En una de las salas, la más amplia, lo esperaba Gadafi. Exóticas y finas alfombras estaban dispuestas para sentarse, pero el comandante sandinista decidió tomar asiento en un pequeño sofá que tenía las patas traseras más cortas. Quedó mirando hacia arriba. Desde un sillón alto, Gadafi escuchaba y cuestionaba todo.

“No era prepotente con las visitas, pero habían actitudes de superioridad en él. Recibía a las delegaciones días o semanas después de la cita prevista. Te mantenías en una casa o en un hotel y hasta que él quisiera, no te podías mover fuera del protocolo. Las conversaciones terminaban igual: su exposición de su Libro Verde”. Según Ruiz, el Gadafi que esperaba final en una alcantarilla de Sirte, era otro al que conoció en sus buenos tiempos. “Estaba en las malas. El poder lo desatornilló, era una antítesis de sí mismo. Estrafalario, opulento, déspota. Una muestra de poder aberrante”, cuenta.

Sin embargo, Tomás Borge no lo vio así en las seis ocasiones que dice haber tenido encuentros con él.

“Era amable. En la primera visita nos regaló un reloj a todos, pero el mío era el más distinguido. Tiene una imagen del coronel que aparece y desaparece en el fondo. Luego me invitaba a sus actividades y me enviaba saludos”, cuenta orgulloso. Se sintió amigo de Gadafi, pero reconoce que Ortega mantuvo una relación más estrecha con él.

A finales de la década del setenta Gadafi apoyó militarmente a los insurgentes sandinistas que intentaban derrocar a la dinastía de los Somoza. Luego del triunfo de la revolución Gadafi y Ortega continuaron en contacto. Hubo ayuda de gobierno a gobierno, pero su relación fue más allá.

Cuando Daniel Ortega regresó al poder en 2007 se encargó de revitalizar las relaciones. Ese año Mohamed Mohamed Lashtar, libio, nacionalizado nicaragüense y sobrino de Gadafi, es nombrado secretario privado del presidente y trabaja como asesor para asuntos de África.

Al año siguiente, Ortega visitó Libia y unos cables diplomáticos revelados por WikiLeaks cuentan que el presidente de Nicaragua “lloró en los hombros de Gadafi” para pedir dinero. El drama, en la visita a la que llevó toda su familia, consiguió que Libia condonara 195.8 millones de dólares a Nicaragua, del total de 313.6 millones.

Italia, 2009. Muamar Gadafi, en la cumbre del G-8 junto al primer ministro italiano Silvio Berlusconi, el presidente francés, Nicolas Sarkozy, el presidente ruso, Dmitry Medvedev y el presidente de EE. UU., Barack Obama.

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Nació en 1942, en la tribu al-Qadhadhfa. Su familia era nómada y creció en una tienda que se trasladaba de punto a punto en el desierto. Conservó la costumbre de beduino y aun siendo el hombre fuerte y poderoso de Libia que fue, acondicionaba en cada una de sus propiedades terrenos para instalar carpas donde atendía sus visitas, tales como las que relata Borge y Ruiz. Si tenía que viajar, las carpas eran parte de su equipaje, al igual que los camellos.

A los 10 años se fue a Sirte a estudiar. Sin dinero, dormía en una mezquita y los fines de semana regresaba en camello a su casa.

Se enamoró de la figura de Gamal Abdel Nasser, emblema del panarabismo, e hizo suya la causa del nacionalismo árabe extremo. Desde entonces Gadafi persiguió la idea de que todos los pueblos árabes, sin exclusión, conformaran una única nación lograda con la unidad política de África y parte de Asia. El líder de la “gran nación” debía ser él, por supuesto. Una nación con democracia directa.

En una de sus clases Gadafi levantó desafiante la imagen de Nasser y fue finalmente expulsado por organizar protestas, contó él mismo a su público en una ocasión.

A los 23 años Gadafi fue enviado a Inglaterra a una academia militar. Su antipatía por los extranjeros también le trajo problemas aquí. Fingió no saber inglés para no acatar las órdenes y fue trasladado junto a un grupo de compañeros libios a otro instituto.

En cuanto regresó a casa, lideró la Revolución de 1969, donde el rey Idris fue derrocado. Con su programa socialista de gobierno, Gadafi nacionalizó en la década de los setenta toda la empresa privada El nivel de vida de la población creció rápidamente con los beneficios del petróleo.

En 1975 condensa su ideología política en El Libro Verde: el poder del pueblo, el socialismo y la democracia directa. Dos años después proclamaba la Jamahiriya Árabe Libia Popular y Socialista Nace el Congreso General Popular y el Comité General Popular. Pero detrás de todo era él quien daba las órdenes. No se movía nada si Gadafi no daba la orden.

“Estado de las masas”, eso sinnificaba Jamahiriya para Gadafi. El se inventó la palabra, el concepto, y quiso que Libia volviera realidad su sueño de nación. Idea que también se dedicó a vender a sus homólogos cercanos y a alguno que otro al otro lado del mundo.

Las ideas de Gadafi serían tomadas muy en serio por su amigo nicaragüense, Daniel Ortega “Eso se llama poder ciudadano, eso se llama Jamahiriya ¡Qué palabra más linda! Jamahiriya.. ¡El poder del pueblo, el poder de los ciudadanos!”, gritaba el presidente Ortega en 2008 al referirse a los Consejos del Poder Ciudadano (CPC) que él organizó en Nicaragua

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Alto. Moreno claro. Musculatura definida. Rostro cuadrado y mentón prominente. Cabello negro y bien tupido. Con porte, serio y mirada penetrante. Un joven apuesto. Además de líder político, se convirtió en una suerte de maestro espiritual supremo. Era un imán para la gente y para las mujeres.

Una de las primeras reformas sociales que impulsó fue la liberación femenina para su participación activa en la sociedad Libia, aún en contra del Islam. Su simpatía en el grupo femenino se disparó y él supo aprovecharla Pronto reclutó un ejército de mujeres que ascendió a 200 miembros. Jóvenes, educadas con los principios del Libro Verde y entrenadas como mercenarias. La guardia amazónica

“Eran mujeres bellas, todas ellas. Con un porte y una presencia que intimidaba a cualquiera”, recuerda Henry Ruiz. “No podías hablarles, aunque todos los hombres se fijaban en ellas”.

Luego de su muerte los testimonios de abusos, maltrato y violación han hecho eco en el mundo. Mujeres que pertenecieron a la “Guardia Amazónica” acusan a Gadafi y denuncian que todo era una farsa, que muchas de ellas disfrazadas con uniformes militares eran en realidad parte de su harén. Sus esclavas sexuales.

Otras lo defendieron hasta el final. Vivieron y murieron por su maestro. Una buena parte huyó y prefieren olvidar su pasado.

En 2009, según WikiLeaks, Gadafi sufría algún tipo de cáncer, pero luego se confirmó que se trataba de diabetes. Donde fuera, estaba a su lado su enfermera personal. Y todos los exámenes médicos a que se sometía eran grabados y revisados por su equipo de médicos. Otro cable menciona que tenía rasgos de hipocondríaco. Pero no solo recurría a la medicina por asuntos de salud, era un hombre vanidoso. En la misma olla de información diplomática se menciona que en los últimos años se sometió a varias cirugías para estirar su rostro y que era fanático al bótox. Se dice que recibió un trasplante de cabello, pero al poco tiempo le fue retirado debido a una reacción alérgica.

Fue un hombre apuesto en su juventud y se lo creyó aun cuando la decrepitud decía lo contrario. Quería estar rodeado de mujeres bellas. En el 2009 durante un viaje a Italia convocó a más de 200 modelos para “una fiesta”. La actividad en realidad era una encerrona para darles clases del Corán e intentar convertirlas al Islam. Con una especie de convocatoria abierta centenas de modelos asistieron, pero a la entrada sus guardias decidían quién podía entrar. Basados en estrictos parámetros de belleza como altura, buena figura y finos rasgos. Nadie menor a 1.75 metros podía ingresar.

Además de la belleza, era un amante de la moda. Con su extravagante forma de vestir imponía su presencia en cada acto que llegara o para cada una de sus apariciones públicas. Lucía un traje diferente para ocasión, quizá un par de veces se le vio con el mismo atuendo. Prohibió el uso de pelo largo, y sus estilistas personales debían dar especial cuido a su melena y al bigote, cuando decidía usarlo. Los lentes oscuros eran otros de sus gustos particulares. Tenía decenas de ellos, marcas caras y lujosas. Estaba rodeado de todo cuanto quisiera.

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Luego del protocolo con el grupo, Gadafi recibió personalmente a Borge, quien dice haber alcanzado a verlo aún de rodillas. Se apoyó sobre sus manos y se puso de pie. Gadafi acababa de terminar una de sus tantas oraciones del día, de rodillas en dirección a la Mezquita. “Conversamos a solas, bueno había un intérprete árabe, malo por cierto, pero logramos entendernos”, cuenta Tomás Borge. “Con él no se hablaba de negocios, los trámites se hacían por medio de las instituciones. Le gustaba conocer a los dirigentes y discutir con ellos el desarrollo de los países, las políticas internas, él siempre exponía su Libro Verde y explicaba el funcionamiento de la nación Libia. Era una cosa impresionante”.

Borge quedó deslumbrado con el nivel de vida de la sociedad libia. Habla de casas y autos para todos. De buen salario y de estabilidad.

“La gente lo quería, estaba agradecida con el Coronel, no entiendo quiénes se rebelaron, de no ser por la cobarde intervención de la OTAN, él estaría con nosotros”, asegura

“¡A nosotros no nos avergüenza decir que éramos amigos del Coronel!”, grita Borge emocionado y a manera de réplica “Nos vimos en unas seis ocasiones. Siempre me invitaba a sus actividades y me mandaba saludos”. Habla de él con pasión y admiración. “Un hombre carismático, sonriente, cercano a la gente… y muy apuesto según las mujeres”.

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En la sala de la casa hay un mueble que brilla más que el resto. Sobre el piso de mármol y bajo la escalera blanca en forma de caracol, una banca de oro es el centro de atención. Cuando los rebeldes entraron, además de saquear, destruyeron cuanto pudieron en señal de rabia contra Gadafi y su familia.

Pero la banca está ahí, intacta La enorme sirena de oro que le sirve de respaldar tiene un rostro familiar para ellos. Es el rostro de Aisha Gadafi tallado en oro. Un regalo de su padre.

La residencia está situada en Fashloom, al este de Trípoli. “El palacio de la prostituta”. Así lo llaman los vecinos. Tres plantas, gimnasio, cocina de lujo, inmensos jardines y una casa de invitados en su interior. Según habitantes de la zonaAisha no salía ni hablaba con los vecinos. La casa estaba vigilada las 24 horas y su padre ordenó que los vecinos cerraran las ventanas que daban a la gran propiedad o serían encarcelados.

Sus nueve hijos, ocho varones y una mujer, poseían villas en la ciudad y casas en la playa Tecnología de última generación, jacuzzis, autos exóticos, zoológicos privados. Aunque su padre prohibió el alcohol en 1969, muchos de los hijos de Gadafi tenían gabinetes de licor bien surtidos.

La fiesta estalló y ellos no estaban en casa Gadafi y sus hijos huyeron. Se dispersaron por Libia y países vecinos. Algunos pidieron asilo. Ortega hace unos meses ofreció públicamente acoger a Gadafi. Le llovieron críticas y el Coronel tampoco aceptó la invitación.

Mientras, los libios se tomaban las calles y entraban a las que fueron sus propiedades. Todo lo que había acumulado la familia en los 42 años de poder, con las jugosas ganancias del oro negro que atesoraban sus tierras. Gadafi no solo era el señor de Libia, era el señor del petróleo.

Los consentía a todos con altos cargos en las instituciones, salarios multiplicados y excéntricos regalos.

Las cuentas a nombre de la familia Gadafi en el exterior fueron congeladas. En Canadá y Austria se congelaron 2,400 millones y 1,700 millones de dólares respectivamente, más 1 mil millones en el Reino Unido. En Alemania, Suiza y EE. UU. también se cancelaron sin haber especificado el monto.

A Gadafi también se le suman propiedades en un distrito comercial en Londres, que tendrían un valor de 455 millones de dólares. Poseía además acciones en Pearson, Financial Times y Penguin Books, con un valor de 355 millones de dólares, según el diario londinense Daily Mail. La misma publicación apunta que el patrimonio de la familia Gadafi, solo en Gran Bretaña, podrían superar los 10 mil millones de dólares. Las cuentas siguen sumando y en Libia esperan que todo sea devuelto al Estado para su distribución popular.

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Hay levantamientos en el Este. Bombardeos de la OTAN. Trípoli está tomada Piedras, balas y fuego. Las muertes aumentan, tanto corno la euforia de la gente. Su nación se vino abajo, aunque otros ven que se levanta.

Libia está en manos del pueblo que la habita y tiene corno huéspedes a tropas extranjeras enviadas por sus “enemigos”.

En 1981 fue declarado “terrorista número uno” por EE. UU., quien lo acusaba por el asesinato del presidente Ronald Reagan y más tarde del ataque terrorista a dos aviones.

Sin apoyo y con un historial manchado con sangre por asesinatos políticos, apoyo a guerras y guerrillas, bombardeos y atentados, estaba de nuevo en la mira

La Organización del Tratado Atlántico Norte (OTAN) interviene en apoyo a los libios que se levantan contra del régimen de Gadafi.

Exigían que dejara el poder y que iniciaran reformas en los derechos humanos y el derecho a la libre expresión dentro del país.

Gadafi se opuso tajante. Según datos de su guardia, ya había sobrevivido a al menos ocho ataques. No dejaría el poder, y en todo caso moriría como “mártir”. No temió a las señales con los derrocamientos de los regímenes en Túnez y Egipto. Mucho menos se amedrentó con los disturbios en el país.

Lucha por casi ocho meses contra su propio pueblo y pierde la batalla. El 20 de octubre Gadafi fue sorprendido por un grupo de opositores mientras se escondía en Sirte. La furia se desató. Disparos de uno y otro bando. Según los reportes de las agencias de noticias uno de los presentes oyó la voz: “No disparen, no disparen”. Era Gadafi. Bañado en sangre. Desprotegido. Con miedo.

El vicepresidente del Consejo Nacional Transitorio confirmó, en una rueda de prensa televisada desde Bengasi, la muerte del coronel Muamar Gadafi. “Gadafi ha muerto a manos de los rebeldes”.

Ortega, el amigo nicaragüense, hasta el día de hoy no ha dicho una palabra de su luto.

1973. Gadafi en una conferencia de Países No Alineados.

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