El rey del volcán Casita

Reportaje - 11.11.2018
El Casitas

Un hombre y su familia viven en la cumbre del fatídico Casita y siembran la tierra en el centro del cráter del volcán que cobró la vida de 2,500 personas hace 20 años. Esta es la curiosa historia de Juan Laguna

Por Amalia del Cid

Aquí en la cima del volcán Casita, al filo de un abismo que acaba Dios sabe dónde, Juan Laguna parece ser el rey del mundo. Como si el vasto territorio que se extiende desde sus pies hasta el horizonte de alguna forma le perteneciera.

Entrecierra los ojos y señala con el índice algo que al inicio solo él mira: un pequeño claro que apenas se distingue entre los árboles de una remota colina. Por ahí pastan sus vacas, dice. Y hasta ese claro va a buscarlas a veces, cuando caminando sin rumbo se alejan más de la cuenta. Cada mañana las deja irse solas, ladera abajo, libres como él, y a menudo las encuentra desquebrajadas al fondo de algún barranco.

Pasa que en el Casita el terreno “es flojo” y traicionero. Si alguien “se arrima” demasiado al borde de un precipicio, la tierra puede, de pronto, ceder. Las vacas son pesadas y los barrancos profundos; “se caen los animales desde diez o 15 metros de altura”, cuenta Juan Laguna, como si el ganado en caída libre fuera la cosa más natural del mundo.

Lo es cuando se vive en la cumbre de un volcán. Y la familia de Juan lleva veinte años habitando la cima del Casita. Antes vivieron casi dos décadas dentro del propio cráter del coloso, pero una gran inundación los hizo escapar en plena noche, cuesta arriba. Ahora siembran maíz y frijoles en el centro de la hoyada del volcán, una tierra que por ser de nadie es de Juan Laguna.

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Chinandega, Nicaragua. 29/10/2018. Historia de don Juan Laguna y su esposa Maria padilla quienes vivieron dentro del crater del volcan Casitas pero despues de la tragedia del huracan Mitcho hace 20 años decidieron vivir a la orilla del crater. Don Juan y su esposa criaron a todos sus hijos en la punta de este vcolcan y son la unica familia campesina que vive en la zona junto a los militares del ejercito y los cpfs que cuidan las antenas de las repetidoras de TV nacional. Oscar Navarrete/ LA PRENSA.

El camino hacia la cima del Casita es una invitación a no subir. Se trata de una inacabable trocha cubierta de piedras enormes, redondas unas y puntiagudas otras, como las del lecho de un río. A veces la trocha se abre paso penosamente entre el bosque y la maleza. A veces culebrea en ángulos imposibles, con paredones de tierra a un lado y barrancos al otro.

Al final de ese camino escabroso se encuentra la casa que habitan Juan Laguna y su esposa María Padilla. Una estructura de techo bajo y madera cortada en el mismo volcán, donde abundan los pinares. Por las rendijas de las tablas se cuela el frío de la madrugada y a las 5:00 Juan y María ya están en pie; él buscando leña para encender el fogón; ella en la cocina para preparar el café.

No hay mucho más qué hacer, aparte de trabajar. Por supuesto no cuentan con luz eléctrica y tampoco con agua potable. Se bañan en el ojo de agua que brota de una gran roca en la ladera del cráter o van al pozo cavado en el fondo de la hoyada, adonde Juan lleva las vacas cuando es verano y el ganado no encuentra agua en las charcas de siempre.

A sus treinta años decidió que haría de la hoyada su hogar. Por entonces era campisto y cuidaba el ganado de la familia Callejas, que posee tierras en la ladera del Casita, cuenta. Pero cuando al estallar la insurrección sandinista sus patrones se marcharon al exilio, huyendo de la situación política del país, él se fue a construir un rancho en el cráter, pues lo había conocido mientras arreaba vacas y el terreno le había gustado para sembrar y vivir.

Casi todo lo que consumen es producido por ellos mismos. Doña María Padilla, de 64 años, limpia los frijoles que cosecharon en la hoyada; detrás de ella están los bidones que llenan en el ojo de agua del cráter y echado en el suelo se encuentra Tonky, el compañero de cacería de Juan Laguna.  Foto/ Oscar Navarrete

Si aquellas tierras le pertenecían al Estado, cuando sus antiguos patrones regresaran al país no podrían sacarlo de la hoyada, reflexionó. Ahí mismo cortó algunos árboles para levantar horcones y paredes; se mudó al cráter con María y juntos criaron seis hijos, tres hombres y tres mujeres, que empezaron a bajar del volcán cuando tuvieron edad para asistir a clases.

En la hoyada la vida transcurría lentamente y en total aislamiento. El rancho estaba rodeado por unas 33 manzanas de bosque y dirigiendo la vista hacia cualquier parte, no podía mirarse demasiado lejos. Desde la casa de los Laguna Padilla solo se apreciaban el cielo abierto y las enormes laderas rocosas del cráter, pobladas por una densa vegetación. Nada más. Era como vivir dentro de un gran domo.

A pesar de todo, ahí María se aburría menos. Sus hijas estaban pequeñas, vivían con ella y tenía con quienes platicar, recuerda. En esos años, dice, solía lavar la ropa de los soldados acuartelados en la cima del volcán y luego la colgaba en las afueras del rancho, lo que en medio de la guerra los convertía en un blanco militar.
Pero nada de eso los animó a salir del cráter. Y, como Juan Laguna predijo, ningún ser humano los pudo sacar. Lo hizo el huracán Mitch.

Por la mañana preparan leña para encender el fogón y hacer el café. Luego la jornada se va sobre todo en trabajo de campo y quehaceres domésticos. No hay luz eléctrica, ni agua potable. Cuentan con un celular y cargan la batería en la empresa que tiene una antena en la cima del volcán, pero a duras penas “agarran señal”. Foto/ Oscar Navarrete

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Octubre de 1998 fue un mes trágico. El mes del Mitch, uno de los peores huracanes del siglo. Llovió tanto y tan sin parar que el 30 de octubre la ladera del Casita acabó desmoronándose y un alud de lodo, palos y rocas sepultó por completo a dos comunidades que se asentaban en las faldas del volcán: la Rolando Rodríguez y El Porvenir. Unas 2,500 personas murieron en el desastre; pero allá arriba, en la cima del coloso asesino, la familia de Juan Laguna se salvó.

En la víspera del deslave, la noche del 29 de octubre, en la hoyada se había acumulado tanta agua que los catres y los peroles empezaron a flotar dentro del rancho. A eso de las 9:00 comprendieron que debían huir cuanto antes y caminaron “guindo arriba”, a oscuras y bajo el aguacero, resbalando y tropezándose entre el lodo y los matorrales.

Juan, María, una hija y dos nietos conformaron el grupo que llegó remojado a la cumbre del volcán. Los otros hijos ya vivían aparte o no se encontraban en casa. La familia subió buscando la base militar ubicada en la cima, desde donde los soldados vigilaban las antenas de comunicación del Ejército. Ya conocían a Juan, el extraño vecino que reinaba en el cráter, por eso no les extrañó verlo aparecer en el cuartel en busca de posada.

Este es el cráter o la hoyada del volcán Casita. Al centro puede apreciarse una zona pelada, es la parcela de Juan Laguna. Ahí siembra maíz y frijoles para autoconsumo. En este cráter también tiene un pozo de quince varas de donde saca agua para bañarse y, en época de verano. darles de beber a las vacas. Desde que la hoyada se inundó, en octubre de 1998, Juan no ha querido volver a vivir en ella. Cerro abajo, sin embargo, lo conocen como “Juan Hoyada”.  Foto/ Oscar Navarrete

Esa noche, afirma el periodista chinandegano Benjamín Chávez, la hoyada del Casita se llenó totalmente, luego de por lo menos una semana de lluvia torrencial. Y al día siguiente, dice Juan, no se veían ni las copas de los árboles. Todo era un uniforme espejo de agua.

En la inundación se ahogaron cinco terneras de Juan y trece cerditos de María. Pero ellos salieron justo a tiempo y a las 11:00 de la mañana del viernes 30 de octubre, la hora en que ocurrió el deslave del Casita, se encontraban a salvo en la cima del volcán. Oyeron un derrumbe en la ladera y más nada. Arriba no se escuchó el estruendo como de helicópteros y aviones que más tarde describieron los sobrevivientes de la tragedia.

Es más, los Laguna Padilla ni siquiera se daban cuenta de lo que había ocurrido, hasta que esa tarde la noticia llegó desde la comunidad de Santa Narcisa, ubicada más abajo, en la ladera del volcán. Así se enteraron de que las parcelas de la Rolando y El Porvenir habían desaparecido y en su lugar solo quedaba un cementerio.

Esto solía ser una base militar, antes de que la familia Laguna Padilla dejara el cráter del volcán para mudarse a la cima del Casita. Juan Laguna construyó una casa de madera en el mismo terreno. Foto/ Oscar Navarrete

“Cuando los militares vieron la mortandad allá abajo, les dio miedo y me dijeron: ‘Quédese ahí’”, relata Juan, hoy de 67 años. Agarraron sus bultos y se marcharon cuanto antes. De modo que el amo y señor del cráter también tomó posesión de ese tierra y pronto construyó otro rancho de madera.

Actualmente sigue teniendo de vecino un cuartel del Ejército, que está situado en un terreno un poco más alto, junto a las antenas de los canales del Gobierno. Los soldados llegan a buscar la leche de las vacas y a comprar paquetes de cigarros. Saludan con respeto cuando entran a la propiedad y piden permiso para usar el ojo de agua.

“Nadie es dueño de este cerro, este cerro es del Estado”, reconoce Juan Laguna. Pero “antes en la hoyada mandaban los Callejas, ahora la mando yo”.

El paisaje es impresionante en los dominios de Juan Laguna. Foto/ Oscar Navarrete

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A veces María Padilla se aburre de la rutina de moler maíz, palmear tortillas y limpiar frijoles, entonces sale de esa humeante cocina en la que solo ella manda y camina hacia los miradores del Casita para contemplar el paisaje. “Es como un parque”, piensa. Y se entretiene viendo los diminutos vehículos que allá abajo, muy lejos, transitan el fino hilo de las carreteras. Siempre parecen llevar prisa.

Desde su parque personal, a una altura de casi kilómetro y medio sobre el nivel del mar, María ve las nubes de frente. También aprecia las moles del San Cristóbal y El Chonco y, en contraste, la microscópica existencia de los seres humanos que van apurados hacia algún lugar.

Arriba el tiempo transcurre más lento y hay que llenarlo con tareas del campo o del hogar. Juan Laguna va todos los días a la hoyada a ver el maíz y los frijoles que siembra para consumo casero. Y tres veces a la semana baja a las parcelas que tiene en la comunidad de Santa Narcisa, donde cultiva granos para vender. Debe andar dos horas a caballo para llegar hasta ahí, así que sale de casa antes que el sol aparezca en el horizonte. En esos viajes aprovecha para comprar las cosas que no produce: sal, jabón, arroz, azúcar, aceite, café.

María palmea tortillas casi todos los días. Ella misma nesquiza y muele el maíz, que viene de los siembros que tienen en el cráter en el volcán. Foto/ Oscar Navarrete

Por lo demás, todo lo que consumen es producido o cazado en el rancho y en el cráter. Tienen varias docenas de pollos y, hasta la última cuenta, todavía poseían 34 reses. También poseen caballos y un perro llamado Tonky, que ha resultado ser un buen cazador y avisa con grandes ladridos cuando advierte la presencia de un cusuco o un venado. Juan nunca deja la escopeta en casa cuando va a la hoyada, por si en algún momento le sale “un animal o un humano”. “Si me quieren agarrar una vaca, tengo que defender lo mío”, explica.

En casa todavía vive un hijo que ayuda con las tareas del campo. María, de 64 años, es la que más permanece en la vivienda, barriendo, limpiando, ordeñando vacas y preparando cuajadas. A veces baja a la ladera del cráter para llenar varios bidones de agua que luego carga en su caballo y todas las tardes va a bañarse al pequeño manantial. Como es de esperarse, casi no recibe visitas en la cima del volcán y ella puede pasar hasta dos meses sin salir del Casita.

Juan Laguna arreando ganado en la pendiente del volcán Casita. Dada la topografía accidentada del terreno, a veces los animales se le caen en profundos barrancos y los destaza para venderlos en una finca cercana. Foto/ Oscar Navarrete

Ya son 37 años los que llevan en el volcán y no le tienen miedo, a pesar de que el agua del manantial es tibia y los deslizamientos de tierra no han parado. Hace unas semanas, por ejemplo, se derrumbó la capa superficial de una pared del cráter; pero a Juan y María eso no les quita el sueño. Han aprendido a moverse en el terreno “traicionero”; saben que las piedras pueden deslizarse y que nunca se está del todo seguro a la orilla de un barranco.

A pesar de esto, cada día Juan Laguna sigue soltando a sus vacas para que vayan a pastar a la buena de Dios y cuando se le caen por los precipicios las destaza en el mismo lugar. Las reses pequeñas para consumo propio y las grandes para vender la carne en la finca Argelia. Nada se pierde.

A medida que avanza la tarde y los terneros atados en el patio muestran más hambre, crece la inquietud de Juan. Finalmente se amarra una espuela, una sola, al pie derecho y monta su caballo para ir a buscar al ganado. Hoy no murió ninguna vaca.

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