"El sandinismo nos robó la infancia". Los niños de la Contra

Reportaje - 16.12.2019
Niños-Contras

Cientos de niños campesinos se unieron a las filas de la Resistencia Nicaragüense.  Muchos iban siguiendo los
pasos de sus padres, otros  ingresaron a pesar de que sus familias estaban en contra

Por Amalia del Cid

A los 11 años, Enrique supo que la muerte de verdad existía y aprendió a sentir deseos de venganza. Estaba en la vela de un tío paterno, muerto a manos de un vecino sandinista, cuando se le metió en la cabeza la idea de unirse a la guerra contra el Gobierno. Pero su padre, que ya pertenecía a las filas de la Resistencia Nicaragüense, le dijo que todavía no era tiempo.

Tuvo que esperar dos años antes de ingresar a la Contrarrevolución, relata. Un día de 1984, su papá le mandó un breve recado: “Ahora sí podés. Vamonós”.

La edad promedio de los integrantes de la Contra iba de 17 a 25 años; pero también había señores de 40 y 50, y niños de hasta 10 años que medían casi lo mismo que el fusil que cargaban. “La mayoría se iba con sus padres. Era un problema separarlos”, afirma Luis Fley, antiguo comandante Johnson.

“Muchos hombres mandaban a su mujer a los campos de refugiados que teníamos en Honduras y los hijos ya grandes se iban con ellos. De 13, 14 hasta de 12 años, pero no era recomendable, nosotros no recomendábamos eso”, sostiene. Eran chavalos que no se sentían bien en refugios cercados porque estaban “acostumbrados a la vida del campo” y entraban a la Contra “con el consentimiento de sus padres”.

Sin embargo, no siempre era así. Muchos jóvenes, como Migdonio López, hoy de 49 años, se unieron a la Contrarrevolución aunque sus familias trataron de convencerlos de que se quedaran en casa.

Niño contra en 1987. Las circunstancias empujaron a cientos de menores de edad a tomar parte en alguno de los dos bandos del conflicto armado. Ahí dejaron la
niñez y la inocencia. FOTO/ CORTESÍA DE BILL GENTILE

A él le pidieron que no se metiera a problemas, pero en el pueblo ya muchos se habían marchado a la guerra y él decidió seguirles los pasos. En la escuela le daba clases un profesor cubano que solo hablaba de política y de comunismo, las confiscaciones estaban a la orden del día y en las calles se sentía que “la cosa se estaba poniendo fea”. Había que tomar un bando en el conflicto. “Hicimos un grupo de gente y decidimos agarrar el camino de la montaña cuando escuchamos de los milpas, los primeros que se levantaron”, recuerda.

El ejército de la Contrarrevolución no tenía un sistema de reclutamiento. El ingreso era voluntario. “La represión del Frente era la mejor arma para que la gente se fuera a la Contra, no teníamos que andar convenciendo a nadie”, dice Fley. “Se iban para evitar la represión”.

De esa manera cientos de niños terminaron de voluntarios en el conflicto armado. “El sandinismo nos robó la infancia”, lamenta Enrique. Treinta años después del fin de la guerra sigue usando su seudónimo de combatiente para ocultar su verdadero nombre. Teme que el “enemigo”, como todavía llama al Frente Sandinista, tome represalias.

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Enrique trabajó en radiocomunicaciones. Interceptaba los mensajes del ejército sandinista, conformado en su mayoría por cachorros reclutados en las ciudades para el Servicio Militar, y los decodificaba para pasárselos a las tropas de la Contra. Nombres raros, letras raras, letras combinadas con números raros que él, de alguna manera, sabía descifrar.

Desde que entró a la base de entrenamiento se separó de su padre. “Ahí ya caminabas solo, cada quien a desempeñarse en la función que le correspondía. Si te tocaba la misma tropa quedaban juntos, pero generalmente era jóvenes con jóvenes y adultos con adultos”.

Aunque su trabajo de radioperador era bastante tranquilo, sí participó en hostilidades. Nadie está seguro en una guerra y cuando “vas caminando el hostigamiento es constante”, explica. “Desde el momento que te integrás a un movimiento armado... No sabés la hora ni el momento. Todo es que te encuentre el enemigo y se rompen fuegos”.
Era extraño que un niño pensara tanto en la muerte. De vez en cuando los chavalos del campamento jugaban con una pelota, pero nunca olvidaban que estaban en guerra.

“Imaginate que a los 11 años estás en una vela de un pariente, que sabés quién fue el que te lo mató, que el que te lo mató vive a una cuadra. Son marcas que te quedan”, señala Enrique. “En ese momento tu vida ya no es un juego, ya no es un deporte, no es tratar de llegar a unas olimpiadas, no es llegar a ser un ingeniero, sino cómo vas a vengar la muerte de tu familiar asesinado”.

Después de que entró a la Resistencia fueron asesinados cuatro miembros más de su familia. Ninguno de ellos era militar.

En 1986 mataron a otro de sus tíos, cuando colocaron una mina en la propiedad de su abuelo paterno, que era paso de combatientes de la Contrarrevolución. Y en 1988 emboscaron a ese mismo abuelo cuando se encontraba con dos de sus nietos, niños de 10 y 11 años de edad.

Enrique está seguro de que el Frente Sandinista se ensañó con su familia porque se pensaba que “quienes no estaban con ellos, estaban en contra de ellos”.

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“ La mayor parte de los miembros de la Contra eran jóvenes de origen campesino. Inclusive estaban entre la adolescencia y la niñez. Habían niños de 12 años, de 10 años, cuando yo ingresé tenía 17 años. Nos agrupamos en pequeñas células”, cuenta Maximino Rodríguez, excombatiente de la Contra.

Pero “nosotros respetamos los derechos humanos”, asegura. “Cuando agarrábamos a un chavalo cachorro les decíamos que se hicieran contras y se cruzaban. ¡Eran cantidades de muchachos! El ejército sandinista era un ejército forzado, mientras que el de nosotros era de chavalos voluntarios, jóvenes campesinos que conocían bien el terreno”.

Al terminar la guerra —dice Maximino— los contras fueron “abandonados”. “Niños y niñas que solo sabían volar tiros y les dieron tierras, no sabían qué hacer con esa tierra. Muchos de nosotros entramos tan pequeños que no trabajamos en otra cosa que no fuera la guerra”.

Algunos todavía se dedican al oficio que aprendieron en los años del conflicto armado, porque se procuraba que los más jóvenes no participaran en los combates más violentos y ayudaran en otras tareas. El mejor ejemplo es el de los odontólogos que aprendieron a sacar muelas en las clínicas de la Resistencia. “Te vas a Bocay, a El Cuá, a Waslala, Wiwilí y los odontólogos de esa zona, todos fueron de la Contra”, asegura Luis Fley.

Cuando era un niño, Migdonio López creía que la guerra iba a ser “muy fácil”, pero aprendió que andar en la montaña “tiene un costo grande”. Peleó en el Frente Norte y en el Frente Sur. Vio caer a muchos de sus compañeros, casi tan jóvenes como él. A los 12 años estaba dispuesto a “ofrendar la vida” para que “Nicaragua fuera libre”.

Niños de la Contrarrevolución se movilizan en la montaña cargando fusiles y pesadas mochilas.
Foto/ cortesía de Bill Gentile

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