El turno de fray Odorico

Perfil, Reportaje - 05.11.2006
fray Odorico D'Andrea

A la lista de espera en la Santa Sede de candidatos a santos habrá que agregar ahora al antiguo párroco de San Rafael del Norte. Desde que exhumaron su cuerpo, los ojos de los sanrafaelinos están puestos en un exigente proceso que podría convertirlo, a lo largo de los siglos, en un miembro más del santoral. El turno de fray ha llegado

Octavio Enriquez
Fotos de Uriel Molina

Tumba tras tumba, en el cementerio lleno de maleza de San Rafael del Norte lo que hay es un aburrimiento absoluto, pero el 5 de marzo las cosas cambian. Los sanrafaelinos celebran a un muerto y lo hacen en todas partes.

Cada año los campesinos le cantan Las mañanitas al fraile franciscano Odorico D’Andrea y el 22 de marzo, la fecha en que murió, se hace un concurso para escoger la mejor canción en su honor. La mañana del 22 de octubre de 2006 los campesinos rascan las guitarras en la casa de tejas rojizas, paredes blancas, donde se arremolinan cuatro varones, tres mujeres, dos niños y hasta los perros para escuchar el ritmo pegajoso del acordeón frenético de la banda de Alejandro Valdivia.

No lloran a un muerto, la familia Oliva dice que se alegran por un santo. Flora, la que está casi en el umbral de la puerta, recuerda que el padre hizo la primera boda en el pueblo.

Delfa Pérez, una invitada, asegura que su papá le construyó a él un cuarto en la finca de la familia en la comunidad las Cuatro Esquinas.

Hay ambiente de bailongo adentro de esta casa, donde revolotea la gente bebiendo café, agua o gaseosa. Se paran en las esquinas de cada extremo de la vivienda. Se oye a Valdivia cantar: “Te agradezco por todo lo que has hecho”. Queda viendo en la casa el altar improvisado con tres imágenes del padre en la sala con olor a flores.

Afuera una brisa terca convierte el suelo en barro. Descalzo camina enfrente Randall Zeledón, de 23 años, ingeniero en Computación. Viene descalzo desde La Concordia, a más de 12 kilómetros. Salió a las seis de la mañana y quiere que el sacerdote le ayude para que le vaya bien en un viaje que piensa hacer a Estados Unidos en busca de trabajo.

San Rafael del Norte está en efervescencia. Un enviado del Vaticano, el reverendo Luca de Rosa, llegó a rastrear todo lo que aporte a canonizar al sacerdote. Eso si el papa acepta y se cumplen a rigor una serie de procedimientos tequiosos.

En las calles la declaración papal parece no hacer falta. Muchas fotos del sacerdote decoran el frontal de las viviendas estilo colonial, pintadas de blanco, amarillo y colores pasteles.

Una muchedumbre sube centenares de peldaños de una escalera que llega hasta un cerro, donde
en una capilla hay un mausoleo de mármol en el que descansa el ataúd del padre Odorico.

Una fila de 100 personas espera que se abra la puerta. Un hombre blanco carga a un niño lempo y pide que le dejen entrar. Si lo hace, dice, su hijo puede salvarse. Lo otro que mantiene en revuelo al pueblo es el dictamen del médico forense. Según el doctor Oscar Bravo Flores, del Instituto de Medicina Legal de Managua, el 17 de octubre seis personas fueron testigos de la exhumación del cadáver de Odorico D’Andrea, un requisito indispensable para la canonización.

Se apostaron frente al féretro y cuando por fin lograron develarlo ante el obispo de Jinotega, Carlos Enrique Herrera, no hubo el mal olor que todos esperaban. No hubo tampoco gusanos y cuando se intentó trasladar el cuerpo al otro ataúd no pudieron entre dos, ni tres. Se necesitó la fuerza de seis.

“Desde el punto de vista de la ciencia es un estado natural de conservación. Vamos a proceder a estudiar elementos para explicar por qué este cuerpo, a pesar del tiempo, no está en estado de corrupción. No hay fauna depredadora y conserva la estructura y configuración de sus órganos internos, a pesar que murió hace 16 años y siete meses. No es frecuente lo que tenemos aquí, y lo digo a partir de los estudios que hemos realizado de anatomía forense de la Universidad Complutense de Madrid que incluye incluso el análisis de momias”.

Cuando lo asegura Bravos Flores está delante de una fuente, en el centro de retiros espirituales
Tepeyac, ubicado tras la iglesia de la cumbre, donde están los restos del sacerdote al que la gente se acerca para tocarlo, darle un beso, o para que “le ayude a mi hijo” como dice el que carga al niño debilucho de la fila.

Una imagen de los años 50, cuando el cura italiano recién acababa de llegar a San Rafael del Norte. El cura tenía una voz muy fina.

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En los últimos días no hay nadie que no hable del padre Odorico en San Rafael del Norte. En la, televisión local se transmite un video en que él ofició una misa en la que juntó a contras y sandinistas en 1989, en la comunidad La Naranja, a unos kilómetros de distancia, a pesar que horas antes los convocados tuvieron un combate.

Pero la imaginación, o las creencias, han convertido el acto de valor del sacerdote en casi un suicidio. Gracias a una bullente creatividad popular el sacerdote avanza entre balas que nunca lo tocan como si su sotana fuese un traje diseñado para Los Increíbles.

Fray Damián Muratori, vicepostulador de la causa del padre Odorico para Centroamérica, dice
que esa anécdota convertida en ficción por algunos es la más grande historia que se puede contar
de su amigo. “En esa ocasión dijo que ofrecía su vida por la paz de Nicaragua. Un hombre que ofrece su vida por la causa de una nación vale mucho más que cualquier político que pueda gobernarla”.

Pero se refiere nada más a esa historia. Recorren con igual admiración otros relatos, ahora que
las calles están llenas de banderas amarillas y blancas; ahora que la Jerarquía de Jinotega dio el resultado de la exhumación del sacerdote ante miles de personas congregadas en una misa campal que cuando escucharon que el cuerpo del padre estaba casi intacto se desbordaron en aplausos.

Un hombre de La Concordia cuenta que el fraile una vez pidió un aventón hasta Jinotega, pero los de la camioneta andaban poco combustible. Lo llevaron a pesar del riesgo de quedarse con el tanque vacío y cuando llegaron milagrosamente estaba lleno.

Hay también un poco de leyenda negra contra el cura por su voz aguda. Se dice que muchos de sus compañeros de estudios dudaron de su hombría.

“La voz del padre Odorico seguramente no era una voz varonil, debido a la conformación de las cuerdas vocales, pero era suave, bonachona que bastaba oírlo hablar y atraía a la persona dando un sentido de bienestar y paz. (Algunos sacerdotes) Hacían esos comentarios que tenía voz de mujer, muy finita, hasta hubo rumores cuando era joven que no era verdadero hombre. Son comentarios fuera de lugar que se dan cuando una persona tiene algo que no es normal como la voz, el pelo. El padre Odorico no le daba importancia”, asegura Muratori.

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El fraile es un mito que se fue construyendo desde que llegó en los años 50 a este poblado con carreteras malas en el norte, con el telégrafo como único medio de comunicación.

Olvidado e identificado en el mapa porque allá nació Blanca Arauz, la mujer de Sandino, San Rafael del Norte acogió al sacerdote que venía de Italia con una obra poco conocida por estos lugares. Sin embargo, un breve perfil escrito por el fraile Muratori en italiano, centrado en su nacimiento y primeros pasos en Italia, asegura que Odorico nació en Montario al Vomano el 5 de marzo de 1916. Era hijo de Antonio y Anna Rosa Valeri y fue él mismo quien pidió venir a Nicaragua en 1952. Lo enviaron a Matagalpa el 26 de agosto de 1953. El padre Odorico trabajó en su provincia, desde que fue nombrado sacerdote en 1942, en el Convento de la Santísima Annunziata di Amelia y su campo de influencia fue la provincia de Terni.

“En un cierto sentido fue continuador de aquel apostolado franciscano, humilde, silencioso de los hermanos limosneros propio de las órdenes franciscanas y mendicantes”, añade la descripción.

Se lo tomó en serio. Dice Muratori que el sacerdote viajaba siempre a pie o pidiendo aventones a vehículos o trenes. “La cosa se explica no solo por la amistad y simpatía de los ferroviarios, sino porque estaba reconstruyendo la línea ferroviaria que había sido arruinada por las operaciones militares durante la guerra”.

Fotos de Uriel Molina
Devoción. La gente quería tocar la tumba de mármol del fraile franciscano. Al centro fray Muratori, vice-superior de la Orden de los Franciscanos en Centroamérica .

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Llegado ya a Nicaragua, cuentan sus amigos, que los campesinos se encontraban en el camino con el padre gordo y rosado, con voz aguda, que les cambió hasta la forma de saludarlo. Ya no se oyó en San Rafael el buenos días tradicional, sino un “Alabado sea Dios” que debieron responder con un solemne “Así sea”.

Tomás Herrera Zeledón, un viejo de pocos dientes y pelo blanco, lo conoció a inicios de 1956. Tiene una foto que le tomó en esos días en que se ve que el franciscano era un hombre joven, bastante alto y gordo (pesaba 240 libras).

Hablaba muy mal el español. Se comunicaba con Herrera en el latín que este aprendió en sus años de escuela. “¿Cómo se dice bambino?”, preguntaba cuando ya había aprendido algo, pero le molestaba supuestamente no poderse comunicar.

Al abrir el ataúd no hubo mal olor, tampoco había gusanos y cuando se intentó trasladar el cuerpo se necesitó la fuerza de seis hombres. “No es frecuente lo que tenemos aquí”, dijo, rascándose la cabeza, el forense

Herrera se convirtió en su sacristán y luego empezó a llevarlo en las polvosas calles del pueblo, al mando de la camioneta Chevrolet Apache 30 que pudo conseguir.

Años antes, el cura andaba en bestia por las comunidades más remotas, un animal que le facilitaba “un señor Palacios de la comunidad de San Marcos porque no era cualquier animal el que lo aguantaba”.

“Aquí necesitamos un vehículo, dijo entonces. En ese tiempo vino el general Somoza García en febrero de 1956, días antes que lo mataran. El caso fue que le dio la libre introducción del carro, para que no le cobraran los impuestos, igual que todo lo que traía de Europa. Le dio los primeros 500 pesos, un Darío; Somoza se lo echó en la bolsa y con eso comenzó a trabajar. ¡Eh!, dijo, con esto ponemos la primera piedra en esta iglesia”, recuerda su amigo.

Según Herrera, el padre prefería agarrar el dinero que le donaban y lo invertía en obras a la comunidad. Era tanta su obsesión que solo se ponía sotanas nuevas si se las regalaban hechas. De lo contrario andaba “tiritas”.

Así invirtió en la construcción de escuelas, reparación de caminos, edificación de iglesias, ladrillos y hospitales.

“Hizo de todo. Fue realmente de gran impacto social. No lo podemos comparar con ningún político. Valdría la pena que en lugar de tanto decir se dedicaran a hacer obras. El padre Odorico no tenía ningún recurso humano, ningún presupuesto como lo tienen los ministros y teniendo grandes presupuestos a veces no realizan nada”, dice Muratori.

La prueba que debe pasar el padre Odorico es un examen duro y exigente que tiene el Vaticano para aquellos que son candidatos a santos.

Ni siquiera se puede esperar que su posible canonización dure un siglo, pueden ser dos, tres o el tiempo que se lleve necesario, aunque todo depende del papa, cuenta Muratori.

“El proceso del padre Odorico está en la etapa inicial, en la etapa llamada pausa. En realidad no ha iniciado el proceso, porque este inicia cuando el obispo nombra un tribunal que escuchará a los testigos sobre la vida, eventuales milagros y la muerte del siervo de Dios”, explica Muratori.

Según información de la Santa Sede, el proceso comprende varias etapas. Desde el examen de los escritos que haya dejado al candidato hasta el nombramiento de un tribunal que hace en este caso el obispo de Asís. Hay un abogado que es llamado “abogado del diablo”, porque se encarga de argumentar ferozmente contra la santidad del postulado.

Fotos de Uriel Molina

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Una de las anécdotas que menos se narran ahora ocurrió 17 días antes de su muerte, en Matagalpa, adonde llegó aquejado por infarto en 1990.

En 1990 viajó a una comunidad llamada San Felipe, entre Wiwilí y Quilalí, en el norte. Para ese periplo buscó a Arnulfo García, de 50 años, quien fue su conductor y vive en la entrada del pueblo. Según García, kilómetros antes de llegar al poblado se encontraron con el comandante sandinista de la zona, quien tenía su puesto de mando en Yalí, Jinotega. Le pidió víveres para llevárselos a la gente.

—Vaya al comando y que le entreguen lo que quiera —dijo.

—Cómo voy a decir eso —replicó— necesito una orden suya. Los soldados le deben obediencia a usted. No a mí, deme un papel.

El comandante lo quedó viendo y dijo: “Quien no lo obedece a usted no le obedece a nadie”.

El cuento fuese irrelevante si no hubiera pasado lo que ocurrió la madrugada del 5 de marzo en la comunidad que fue favorecida con los víveres sandinistas. El territorio de guerra se transformó en una zona de acordeones, mariachis y guitarras cuando los miembros de la Contra le pusieron serenata ante al asombro de los presentes.

“Él podía unir a los dos bandos. Viera cuando se murió, no cabían los carros en este pueblo. Cuando se iba de viaje a Italia también era lo mismo y desde San Rafael salían las caravanas a traerlo a Managua”, asegura García.

Flora Olivas dice que sintió como si fuese su padre el muerto. Alejandro Valdivia miró “un pueblo más grande sin él”. Gregoria Olivas llora amargamente al oír a los otros dos y recuerda que la sanó de un problema que tenía en los pies.

Flora vuelve a tomar la palabra y sostiene que lo sueña vivo cada vez que puede. Los mariachis deben de sentir lo mismo, si no sería imposible explicar por qué 40 minutos después siguen tocando en esta mañana con ese entusiasmo que demuestra que no siempre las tumbas son tan frías.

Malo en las vocaciones

El sacerdote Odorico tenía un defecto, según el perfil elaborado por la congregación de franciscanos, era malo al escoger a los jóvenes que podían abrazar el sacerdocio. Según Muratori, como encargado de las vocaciones no “era capaz” a la hora de seleccionar a los aspirantes, porque los tomaba a la ligera y más de alguna vez esto le provocó el llamado de atención de sus superiores.

Las obras

En 1954 enseñó a fabricar ladrillos a los campesinos y comenzó a usar productos hechos por ellos mismos para la construcción de la casa parroquial de San Rafael del Norte.

Construye también caminos, lleva agua potable y pone en acción una línea de transporte regular entre San Rafael del Norte y Jinotega. También lleva luz eléctrica.

En 1961 construye iglesias y capillas de Suní, San Marcos y el asilo infantil en San Rafael.

En 1962 dio inicio a la construcción de la iglesia del pueblo de La Concordia.

En 1967 impulsa la edificación de la escuela de San Marcos y un dispensario médico.

En 1968 construyó el camino de Suní-San Marcos e instala el agua potable.

En el decenio de 1968-78 construye ermitas en diferentes comarcas como Los Horcones. En 1976 construye el centro Tepeyac.

Fuente: Orden de los Franciscanos.

Fotos de Uriel Molina
Los sanrafaelinos caminaron hasta el cerro del Tepeyac, adonde está enterrado fray Odorico D’Andrea.

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