"El último día de mi existencia"

Reportaje - 16.12.2007
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Buen padre, periodista apasionado, esposo romántico, político nato y luchador de las libertades. Todas esas características en un solo hombre: Pedro Joaquín Chamorro Cardenal. magazine retrata a PJCh
a partir de su último día. Un último día que él presintió

Dora Luz Romero Mejía

Lunes 9 de enero, 1978. Aquella mañana, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal se encontraba en su oficina en La Prensa. En una agenda que descansaba sobre el escritorio y que recién le habían regalado en Navidad, Chamorro marcó con una flecha la cita del día: “Pensemos qué pasaría, si este día fuera el último de mi existencia”.

Sus hijos creen que probablemente fichó esa frase porque había estado reflexionando acerca de lo que decía. Para esa época, Pedro Joaquín Chamorro, director del Diario La Prensa, era consideradoel mayor luchador contra el régimen de Somoza.

Ese día había llegado temprano al periódico, como de costumbre. En La Prensa se enteró de un comunicado en el que se le acusaba de violación a los derechos humanos. Estaba molesto. “Se le acusaba tanto como principal dirigente de la Unión Democrática de Liberación (UDEL) como periodista y director del periódico. Fue una cuestión que le había dolido e indignado muchísimo”, recuerda Edmundo Jarquín, quien junto a él analizó el escrito y ambos dispusieron que le darían respuesta. Esa tarde quedó de verse a las 8:00 de la mañana del día siguiente en La Prensa con Jarquín para realizar las últimas correcciones y retoques a la contestación.

No hubo tiempo para respuestas. Aquella frase que Pedro Joaquín Chamorro había leído en su agenda la mañana del 9 de enero parecía un mensaje escrito para él. Ese fue el último día de su existencia. La mañana del 10 de enero de 1978 fue asesinado.

A treinta años de su muerte, Magazine conversó con sus familiares y amigos para construir el perfil del hombre que es considerado el mayor luchador de las libertades públicas en Nicaragua.

En la oficina de Jaime Chamorro, un hombre recio, de tez blanca y de lento hablar, se observa una fotografía guardada como reliquia en la que aparecen cinco niños. Se trata de los cinco hermanos Chamorro Cardenal ubicados de mayor a menor: Pedro Joaquín, Ana María, Ligia, Xavier y Jaime. Don Jaime, el menor de todos, guarda el retrato con mucho celo.

En esa imagen, Pedro Joaquín Chamorro luce serio, lleva partido al lado y viste formal. Tendría unos 14 años. Ahí, en ese gesto que capturó el flash, mostraba que no había sido casualidad que naciera en Granada el 23 de septiembre de 1924. Tenía porte de granadino orgulloso.

En su biografía se relata que fue bautizado en dos ocasiones. La primera vez en Granada, pero ese día no lloró. Su padre, Pedro Joaquín Chamorro Zelaya dijo que no llorar al ser bautizado significaba que el sacramento no tenía validez, por lo que lo bautizaron nuevamente. Esta vez en Monseñor Lezcano, Managua.

Fue criado en el seno de una familia religiosa y sus estudios los realizó en colegios religiosos. La mentira y el robo, en su casa, eran pecados gravísimos y quien incurriera en alguno era castigado duramente.

Ana María Chamorro, una señora de rostro jovial, recuerda con una sonrisa todos aquellos momentos que compartió con su hermano. “De niño era bravo. Era bien firme en sus cosas”, afirma. Pero sí, a pesar de ese rostro serio y de su carácter fuerte, como cualquier otro niño, le gustaba jugar. Prefería los paseos, la pesca y los partidos de béisbol, aunque “no era muy exitoso”, dice entre risas su hermana.

Recuerda que tuvo varias novias, y a una de ellas le escribió unos versos. Ese era Pedro Joaquín, un joven serio, enamorado de la poesía y aficionado a los deportes.

A pesar de ese rostro serio, no sólo de niño, sino también de adulto, su hermano asegura que era muy bromista. “Recuerdo que había una señora que era muy religiosa. Entonces ellos (Ernesto Cardenal, Luis Cardenal y Pedro Joaquín) le hicieron una broma. Le enviaron una carta, de parte de los protestantes, pidiéndole dinero. La señora escandalizada. Antes no toleraban a los protestantes. Ellos sólo se rieron”. Y así fue a lo largo de su vida: bromista. Según Antonio Lacayo, esposo de su hija Cristiana, pero en aquel entonces su futuro yerno, “Pedro era un hombre que le encantaba dar bromas para todo”.

Comenzó sus estudios en leyes en Nicaragua, pero los finalizó en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). En esa misma época, estudió algunos cursos de periodismo y a su regreso a Nicaragua, su padre le dio un espacio en La Prensa. “Mi papá era el director y Pedro algunas veces escribía muy violento. Mi papá era prudente. Pedro era impulsivo, así que lo tenían que moderar. Algunas veces salió bravo porque mi papá le rompía lo que escribía y le decía que no. Esto no se puede decir y se los botaba en un canasto. Él salía alterado”, recuerda doña Ana María Chamorro, quien dice que esto ocurrió en más de una ocasión.

Pedro Joaquín Chamorro, era considerado el jefe de su familia.
Pedro Joaquín era considerado el jefe de su familia. Foto de los hermanos Chamorro Cardenal. Pedro Joaquín (arriba, sentado), Ana María, Ligia, Xavier y Jaime.

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“Doña Violeta digamos que vivía para Pedro Joaquín. Era una pareja muy unida, donde él era un poco como el rey y ella siempre cuidándolo”. Esa es la frase que viene a la memoria de Antonio Lacayo al preguntarle por la relación de esta pareja. Los hijos del matrimonio dicen que la relación de sus padres fue de mucho amor y respeto. Cristiana, por ejemplo, recuerda a su padre abrazando y besando a su madre. Carlos Fernando sin titubear asegura que era un esposo cariñoso.

Pero, ¿cómo fue como padre? Un padre mágico. Así lo describe Cristiana Chamorro. Para ella, era un hombre que tenía de todo para ofrecerle: diversión, conocimiento, amor, placer, aventura… “Es un padre que te llena en todo momento, que te da felicidad permanente, como si tuviera magia”, dice con aires de nostalgia. Asegura que fue una relación de confianza plena, aunque sí alguna que otra vez “me hacía mala cara porque llevara a algún peludo”. Adoraba jugar tenis con su hija y según dice “era un papá muy cariñoso”. Mientras que para Carlos Fernando confiesa que “no era una persona de abrazos y besos, por lo menos no fue así conmigo. Fue más bien de afecto sobreentendido. Su manera de transmitir amor más que darte un beso era hacerte una broma o darte un trompón”.

La época en la que sus hijos estaban pequeños fue cuando Pedro Joaquín Chamorro vivió persecución política, cárcel y torturas. “El recuerdo es muy duro porque mi papá era una persona a quien yo le debía respeto, amor y consideración. Pero no estaba ahí, la ausencia era dolorosa”, dice Claudia.

Lo que más le molestaba, según cuentan sus hijos y amigos eran dos cosas: la mentira y la traición. “Era intransigente con la mentira. Para eso sí que tenía un temperamento impaciente”, asegura Edmundo Jarquín. Mientras que Carlos Fernando Chamorro lo recuerda como “una persona impulsiva, de carácter fuerte, muy rajatabla, muy directo. Que sufrió decepciones. Lo que más le afectaba era la actitud de algunos amigos, de gente que él quería mucho, de su círculo político más cercano, que en determinado momento terminaron pactando con Somoza”.

No fue un padre de discursos. No les indicaba a sus hijos cómo debía de ser su comportamiento. “Era más una cuestión de ejemplo”, dice Carlos Fernando, quien recuerda que su padre jamás le dio a leer el libro Estirpe Sangrienta: Los Somoza. “Un día me encontré con esos libros en la biblioteca y pude palpar, ver en carne propia el sufrimiento que había resistido en su determinación por cambiar este país”, afirma con la voz entrecortada.

Un hombre extremadamente organizado, disciplinado, con una puntualidad “británica germánica”, así lo recuerda Pedro Joaquín (hijo). Y en su memoria alberga aquellas llegadas a casa cuando andaba de mal humor. “Si llegaba así (malhumorado), inspiraba respeto”, confiesa.

PJCH
Según cuentan sus hijos, Pedro Joaquín Chamorro, era un esposo romántico y cariñoso.

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Al mediodía del 9 de enero, Pedro Joaquín Chamorro fue, junto a Pablo Antonio Cuadra, a almorzar a la residencia del embajador de los Estados Unidos, Mauricio Solaun. Ya para ese entonces, dice Edmundo Jarquín, el director de La Prensa “estaba seguro del fin inminente de la dictadura”.

Esa misma mañana, antes del almuerzo, recibió dos amenazas de muerte. Una por escrito y otra mediante una llamada telefónica, que según Jarquín en su libro Pedro Joaquín ¡Juega!, la recibió Cuadra.

En el camino para la casa del embajador estadounidense, Cuadra le recomendó a Chamorro que utilizara chofer. No era la primera persona que se lo sugería. Ya su hijo Pedro Joaquín se lo había dicho en varias ocasiones. Pero la respuesta era la misma siempre: “¿Para qué? En ese caso seríamos dos los muertos y yo no quiero exponer a un pobre chofer a que lo maten por mí”. Cuando el clima se tensaba y las amenazas eran constantes, prefería que nadie lo acompañara. “Por mucho tiempo yo fui su chofer. Lo llevaba a La Prensa. Cuando había amenazas inminentes, se iba sólo. Pensaba que si lo iban a matar que fuera sólo a él. Tenía un coraje tremendo”, afirma su hijo Pedro Joaquín.

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Repudiaba el somocismo. Y esa riña con los Somoza, que marcó su vida, empezó desde la primaria. Fue compañero de clases de Anastasio y Luis Somoza Debayle en el Pedagógico La Salle. Para ese entonces, el papá de los Somoza era jefe director de la Guardia Nacional y el de Chamorro dueño del Diario La Prensa.

En una ocasión, un amigo de PJCh le preguntó a Somoza por qué su papá quería ser presidente. Dicen que contestó: “Por la plaitita”. Tendrían unos once o doce años. De ahí en adelante empezaron los altercados que en ocasiones terminaron a golpes. “En nuestras peleas de puñetazos, Chamorro nunca me ganó. Yo siempre gané”, presumió Anastasio Somoza Debayle en su libro Nicaragua Traicionada.

Los años pasaron y aquello que pudo haber sido visto como una inocente pelea infantil se convirtió en una batalla sin cuartel, donde Chamorro peleaba por la democracia, la libertad y la justicia de Nicaragua, ante su antiguo compañero de clases que se había convertido en un dictador.

En la primaria comenzaron las diferencias con el somocismo, pero fue hasta el 27 de junio de 1944 que Chamorro decidió participar en una manifestación pública en contra del intento reelecionista de Anastasio Somoza García. Días después pronunció su primer discurso político en la calle del centro de Managua en otra manifestación antisomocista, hecho por el cual fue encarcelado por varios días. “Pedro tenía una actitud de rebeldía contra el somocismo”, aseguró Ernesto Cardenal, en una entrevista realizada hace varios años en el programa televisivo Esta Semana, que dirige Carlos Fernando Chamorro.

Formó junto a otros compañeros UDEL, un movimiento que albergaba a personas de todo tipo de creencia política e ideológica. Había pluralismo dentro de esa organización. Cualquier persona fuera conservadora, liberal, socialcristiana, entre otras, podía militar. Se aceptaba de todo, menos somocistas.
Pedro Joaquín Chamorro detestaba la traición y en un vídeo que aún guarda una entrevista suya, este dice con voz tajante que “el error más grande de los últimos 40 años fue el de Fernando Agüero de pactar con Somoza, porque entregó la oposición entera a Somoza”. Nunca se lo perdonó.

Y fue tal su antisomocismo que jamás se permitió comprar un Mercedes Benz, ya que para él era la simbología de este sistema.
Fue una lucha frontal. Desde el Diario La Prensa este hombre criticó duramente el régimen. Chamorro soñaba con su famoso lema: “Nicaragua volverá a ser República” y para que su sueño se convirtiera en realidad luchaba todos los días desde sus editoriales. Denunciaba violaciones a los derechos humanos, casos de corrupción, tráfico de influencias, administraciones de justicia parcializada, repartición del poder… “Él consideró que la lucha que debía librar el periódico que él dirigía estaba encaminada a erradicar esos males”, asegura Guillermo Rothschuh, un conocedor de la vida del director mártir de La Prensa, pero además periodista de aquella época.

Rothschuh recuerda una anécdota que hoy es el reflejo del periodismo independiente y la libertad de Nicaragua que siempre promovió el director de La Prensa. “El embajador de España en Nicaragua, García Bañón, se apareció en La Prensa como emisario de Somoza, a proponerle un entendimiento con el somocismo. Bañón le propuso algunas magistraturas, diputaciones y algunos entes autónomos. Pedro, con su gran estatura moral, le respondió: ‘dígale a Somoza que si mi cabeza es el precio por la liberación de Nicaragua, tiene mi cabeza a la orden’”.

En la Nicaragua actual, Ana María Chamorro, su hermana, considera que los ideales y luchas de Pedro Joaquín hacen mucha falta. Y desea que se mantengan vivos, es por ello que viene a colación una frase que su hermano mencionó: “La unidad de todo el pueblo, de todos los sectores económicos y sociales, es el mandato de nuestra historia y la exigencia apremiante de las circunstancias que vive el país… porque estamos enfrentados, aquí y ahora, con más posibilidades que nunca a resolver el futuro de Nicaragua entre la alternativa dramática de la dictadura o la alternativa llena de esperanza de la democracia”.

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En la casa de los Chamorro Barrios se vivieron decenas de episodios de tensión y miedo cuando las amenazas de muerte acechaban al jefe de la familia. “Mi papá era una persona que vivía bajo una enorme tensión. Estaba metido en el huracán de la política, del cambio, del periodismo…”, dice su hijo Carlos Fernando Chamorro. Su asesinato era un tema del que se hablaba en su casa y aunque sus seres queridos preferían no hacerlo, los recuerdos aún rondan en sus memorias.

Casi todas las noches Cristiana Chamorro recibía una visita en su cuarto: su papá. Le encantaba platicar con ella. “Platicábamos de todo. Me preguntaba desde qué había hecho hasta cómo estaba en las relaciones con mis amigos, quién me gustaba,” recuerda con una sonrisa en el rostro. Y en una de esas tantas conversaciones apareció el tema de su muerte.

“¿Qué vas a hacer cuándo me muera? —le dijo su padre—. Prometeme que no vas a llorar”.
“¿Por qué me decís eso?”, recuerda que le contestó, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.

Describió su propio entierro. “Vas a ver como la gente se sube arriba de los palos, vas a ver el desfile…”, recuerda que describía y ella no hacía más que llorar. Ahora, 30 años después, considera que “lo hacía como una manera de saber qué tan preparada estaba para el futuro o para las cosas que podían venir”.

“Él tenía la certeza que lo iban a matar. Nosotros vivíamos con el temor. Las cosas en Nicaragua eran para que eso sucediera”, recuerda Claudia Chamorro.

Pedro Joaquín hace memoria y cuenta una anécdota con su padre. “Era una vez que yo agarré la amenaza donde le decían que era el último día de su vida. Yo le fui a decir y me dijo: ¿qué vamos hacer?” Recuerda que su salida del periódico fue muy natural. Había salido con un periódico en la mano.

Cuando llegó a la casa estaba molesto y le dijo: —Mirá papá, ¿cómo podés salir con un periódico?
—Vení para acá. ¿Vos creés que soy dundo yo? —respondió su padre. Inmediatamente le mostró que llevaba una pistola debajo del periódico.

—Tampoco me voy a dejar matar —le dijo.En aquella ocasión, Pedro Joaquín considera que su padre le quiso demostrar que “tampoco era manco y que yo era demasiado ingenuo”.

Sus hijos no fueron los únicos que sintieron miedo. Él también. Detrás de ese hombre que demostraba valentía y serenidad estaba el Pedro Joaquín que sentía miedo. “Él me decía llorando: ‘me van a matar’”, confesó doña Violeta Barrios viuda de Chamorro en una entrevista hace varios años.

Detrás de ese hombre que demostraba valentía y serenidad estaba el Pedro Joaquín que sentía miedo. “Él me decía llorando: me van a matar”, confesó doña Violeta Barrios viuda de Chamorro en una entrevista hace varios años

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Después de la jornada diaria en La Prensa, el 9 de enero, el doctor Chamorro regresó a su casa. Ahí participó de una reunión con Edmundo Jarquín y José Francisco Láinez, Rafael Córdoba, Pedro J. Quintanilla, entre otros. Todos ellos del comité de UDEL. Esas reuniones a las que llamaban tertulias, eran uno de sus placeres. Ahí se hablaba de política. “Conversar con sus amigos, las tertulias políticas y el periódico eran su pasión”, dice su hija Cristiana Chamorro.

Edmundo Jarquín había regresado de Costa Rica la noche anterior (8 de enero). Había sido partícipe de una reunión con el grupo de “Los Doce” (expresión política utilizada para una de las entonces tendencias del Frente Sandinista de Liberación Nacional). Los acuerdos a los que se llegaron esa noche fueron el tema de conversación de la que sería la última “tertulia” del doctor Chamorro.

Esa noche no estuvo presente doña Violeta. Había viajado a los Estados Unidos con su hija Cristiana para ultimar los detalles de su boda con Antonio Lacayo. Los días que estaba en casa, siempre fue cortés con los amigos de su esposo. “Siempre que llegaba Pedro Joaquín con gente, ahí estaba doña Violeta sirviendo bocas, viendo que no faltara nada, atendiéndolo, yo diría con una cortesía y servicialidad infinita hacia él”, considera Lacayo.

Después de varias horas de plática, a las 7:00 de la noche, el dueño de la casa dio por terminada la reunión. “Tengo que irme porque hoy doña Margarita Cardenal de Chamorro está cumpliendo 78 años. Cuando yo llegue a esa edad estaremos en el otro siglo y hablando de Somoza como hoy hablamos de Zelaya”, dijo el doctor Chamorro, según Jarquín.

En el cumpleaños de su mamá participaron sus hermanos y familiares. “Pedro conversó de un viaje en helicóptero que había hecho con Toño Lacayo”, recuerda su hermana Ana María. Esa noche acordó ir a jugar tenis la mañana siguiente con su sobrino Bruno. Como a las 9:30 de la noche se despidió y regresó a su casa.

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A Pedro Joaquín Chamorro Cardenal le tocó tomar las riendas de La Prensa y de su familia cuando su padre murió. Tenía 28 años. “Yo recuerdo que cuando mi papá murió él se sintió responsable por mi educación. Me ayudó mucho”, asegura su hermano Jaime Chamorro. Por su parte Ana María Chamorro asegura que por ser el mayor, su mamá y hermanos lo respetaron como el líder de la casa.

En el periódico, era un director que vivía involucrado en la elaboración del material que saldría publicado. Según dicen periodistas de la época, era un hombre en el que se podía confiar y que además velaba por los intereses de sus empleados. “Se preocupó porque algunos de sus empleados adquirieran casas de habitación, tenía una política salarial desarrollada al extremo que entregaba bonificaciones a sus empleados…”, recuerda Rothschuh.

¡Eso sí! tenía un carácter fuerte y cada vez que llamaba a alguien en la redacción, ya se sabía que era sinónimo de regaño.

Era serio cuando le tocaba serlo. Sin embargo sus familiares y amigos también conocieron su faceta de hombre aventurero, que sabía gozar de la vida. Aunque su existencia giró en torno a la política y al periodismo también tuvo tiempo para dedicarlo a la diversión.

“Mi afición por los toros terminó el martes 13 (1976) en Santa Clara cuando un novillo de 300 kilos arriba despreció la capa desplegada. Se me fue encima y me lanzó contra el bramadero, me rompió dos costillas la cuarta y la octava en el lado derecho”, se lee en su Diario Político. Desde que llegó de México, no hubo año que dejara de torear, sino hasta 1976. “No volvió nunca más”, asevera su hija Claudia.

Pero no era esa su única diversión. Todas las madrugadas salía a recorrer los barrios de la capital en motocicleta, en ella también siguió rutas históricas, era amante de la fotografía, sembrar uvas y le gusta velear, pero en “eso era un fracaso permanente. Siempre se le daba vuelta”, dice Cristiana.

Antonio Lacayo fue uno de sus acompañantes en sus tantas aventuras. La última que realizaron juntos fue cuando fueron a Punta Ñata, una hacienda algondonera, al norte de Chinandega. “Pedro disfrutó como niño subirse a un helicóptero y ver no sólo los cultivos de algodón, sino las faldas del volcán Cosigüina y los farallones del Cosigüina, que allá son muy impresionantes porque caen abruptamente al mar”, cuenta Lacayo.

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10 de enero, 1978. El teléfono de la casa Chamorro Barrios timbró. Faltaban unos minutos para las ocho de la mañana. Pedro Joaquín Chamorro Cardenal contestó al primer timbrazo. El día anterior había acordado verse a primera hora con Edmundo Jarquín para hacer algunas correcciones al comunicado en el que lo acusaba de violación a los Derechos Humanos.

—¡Pedro! Es para saber si nos vamos a ver —le dijo Jarquín.
—Sí, sí, sí. Ya voy saliendo. Si llegás antes que yo te vas directo a la oficina, te sentás en mi sillón, girás y vas a quedar de frente a unas hojas que tienen correcciones con tinta roja y que están arriba de la credencial. Empezá a revisarlas. Ya llego —contestó.

Y así fue. Jarquín llegó antes y siguió sus indicaciones.

Mientras tanto el doctor Chamorro ya de salida, se despidió de su nieta de un añito, le dio un beso y le dijo: “¡Hola Valentina!” Carlos Fernando, su hijo menor, aún dormía y Pedro Joaquín había salido temprano para La Prensa, donde tenía una reunión.

Chamorro encendió su carro, el Saab de dos puertas que recién acababa de comprar y tomó el mismo camino de todos los días. Nunca llegó a La Prensa. De ahí en adelante el resto es historia.

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