En busca del centro olvidado

Reportaje - 28.03.2004
EL Hotel Nicaragua

Managua es la única capital sin centro. O, más exactamente, con uno
destruido, olvidado, muerto. Para sus habitantes, la zona es un infierno; para aquéllos que la conocieron cuando estaba viva, es tan sólo un recuerdo; y, para la Alcaldía, es una serie de planos virtuales.
Más de treinta años después del terremoto que la devastó, el área central continúa esperando su reconstrucción. ¿Hasta cuándo?

Juan Ruiz Sierra

Un joven extranjero que venía a vivir a Managua llamó hace poco a un amigo suyo nicaragüense. Le preguntó qué zonas de la ciudad eran tranquilas y no excesivamente caras para alquilar una vivienda.

—Te aconsejo la Colonia Centroamérica —dijo el nica.

—¿Está cerca del centro? —preguntó el extranjero.

—¿Querés decir de Metrocentro?

—¿Qué es Metrocentro?

—Un centro comercial.

—¿Metrocentro está cerca del centro?

—¿Del centro? Managua no tiene centro —y ahí acabó la conversación.

El extranjero llegó a la capital y salió a pasear. No conocía a casi nadie, así que anduvo y anduvo solo por Managua. Únicamente encontró una sucesión de viviendas en barrios de extrarradio. Le obsesionaba la ausencia de un centro urbano, algo que tienen todas las ciudades. Al poco tiempo, el joven, que era algo ignorante, supo que un terremoto hizo trizas la antigua Managua en 1972. Llegó al lugar de los hechos. Lo que vio le dejó anonadado: no dejaba de preguntarse, "¿cómo es posible que después de más de 30 años el antiguo centro de Managua siga estando así?"

Justo en el centro del antiguo centro se encuentra la Farmacia Managua, donde 20 familias sobreviven como pueden.

La ciudad virtual

La computadora del despacho de Gerald Pentzke, arquitecto y director de Urbanismo de la Alcaldía de Managua, muestra dos imágenes, una encima de la otra. La inferior presenta una vista aérea de las 600 hectáreas del centro de la ciudad antes del terremoto de 1972: aparece el edificio de la Asamblea Nacional rodeado de buenas casas, con su jardín cuidado, sus calles bien asfaltadas y sus cuadras perfectamente delineadas. La fotografía superior es la misma imagen, pero 30 años después: alrededor del edificio donde se reúnen los diputados ya no hay ni rastro de aquello que se veía en la anterior; sólo ruinas y terrenos vacíos. La primera foto es en blanco y negro, la segunda es en color. El color, en la imagen, suele representar lo mejorado, lo moderno, lo renovado. El blanco y negro, por el contrario, tiende a mostrar escenas y lugares más deteriorados, menos desarrollados. En estas fotografías sucede al revés, y el contraste resulta antinatural.

Pentzke es un hombre moreno, de treinta y tantos años, con un sentido del humor algo ácido y una risa apagada. En la antesala de su oficina del Ayuntamiento hay una detallada maqueta de cómo será el antiguo centro de Managua, de acuerdo con lo especificado en el Plan Maestro del Área Central de Managua, un proyecto de reconstrucción que comenzó a elaborarse durante la administración sandinista de Carlos Carrión y se concluyó en 1995, cuando Amoldo Alemán era alcalde. En su misma oficina, detrás de su asiento, aparece un colorido cuadro que también refleja lo que será ese espacio de cumplirse lo recogido en el plan. Todo parece perfecto en esas dos representaciones: las cuadras, las hileras de árboles, las casas pintadas de blanco y el lago de Managua de un color azul intenso.

Ese centro de Managua sólo existe en la oficina de Urbanismo de la Alcaldía. El verdadero centro, el que habitan los pobladores de lugares como la antigua Farmacia Managua, es muy distinto. Su atmósfera es inquietantemente silenciosa y está lleno de cáscaras de antiguos edificios. Se parece más al paisaje después de una batalla que a una ciudad. Es como si el temblor hubiera ocurrido en la madrugada de ayer; no en la madrugada del 23 de diciembre de hace más de 30 años. Pentzke levanta con una mano un ejemplar bien encuadernado del Reglamento del Plan Maestro, lo señala con la otra y dice: "En la práctica, esto no se ha traducido en nada".

Murciélagos y escombros

La antigua Farmacia Managua es un lugar horrible. Situada en el Parque Luis Alfonso Velásquez Flores, frente a unas cuidadas pistas de tenis, está enclavada en el centro exacto de lo que era la capital. Frente a ella se situaban dos mercados: el Central y el de San Miguel, los principales de la época. De todo eso no queda absolutamente nada. Ahora hay 20 familias que viven como pueden en un caparazón de concreto, en medio de un lugar por el que nadie pasearía de noche. El edificio se cae a pedazos, por los estragos del terremoto y por el uso continuo y descuidado de los "paracaidistas", personas que llegaron aquí porque no tenían otro lugar.

Juana María Amador es una anciana y castigada mujer de pelo lacio y ojos tristes. Lleva viviendo en la antigua farmacia desde 1982 y es la más antigua ocupante del lugar. Cuando llegó ya había varias familias instaladas, pero todas ellas, a través de distintos proyectos, consiguieron que les dieran una casa en condiciones. Amador sigue aquí, como ella dice, "esperando, esperando y esperando".

Quiere huir del centro. De todas maneras, explica que no ha sabido nada de un eventual derribo del edificio, ni el propietario ha llegado jamás para echarles del lugar.

Ser el dueño de un edificio en el antiguo centro debe ser parecido a dedicarse a la fabricación de obsoletas máquinas de escribir: ¿quién está interesado en ellas ahora? Ni siquiera los dueños de las construcciones que no fueron severamente dañadas por el temblor corren mejor suerte.

El antiguo Hotel Nicaragua era, en su tiempo, uno de los alojamientos más selectos de la ciudad, como lo atestiguan sus grandes murales que reflejan episodios históricos nacionales y la escalinata de madera noble que sube al segundo piso del edificio. Sólo los murciélagos se alojan hoy en este bloque de dos pisos y 53 habitaciones, que se encuentra rodeado de miserables construcciones improvisadas. Es el lugar perfecto para rodar una película de terror. A cada paso se espera un sobresalto, en este caso producido por las decenas de murciélagos que, volando en círculos, buscan refugiarse de la luz del sol en esta abandonada cueva. También defecan en las paredes, cuyos azulejos se encuentran repletos de una maloliente sustancia marrón. Nora de Delgado, la propietaria del hotel, lleva seis meses intentando vender el lugar. Nadie la ha llamado. Por muy ilustre que sea su origen, por muy buena que sea su estructura, ¿quién va a querer comprar un edificio situado al lado de un asentamiento?

Al poco que lo fue todo y ahora no es nada se le suma otro problema: la dificultad de acceder a los terrenos de titularidad pública, en este caso de la Presidencia de la República. "Si alguien quisiera invertir en el antiguo centro, no sabría por dónde empezar. El procedimiento es demasiado complejo", sostiene Pentzke, el director de Urbanismo de la Alcaldía.

Los terrenos del área central cambiaron de manos en 1992, cuando, por decreto, dejaron de ser titularidad de la Alcaldía y pasaron a la Presidencia, siendo primera mandataria Violeta de Chamorro. "Fue una medida motivada por los celos", señala un antiguo funcionario de la Presidencia. "En aquella época, el entonces alcalde Arnoldo Alemán viajó a Taiwan y convenció a esos chinos para que financiasen con varios millones de dólares la reforma del antiguo centro. Eso hubiera supuesto que el gordo se asegurase la Presidencia, así que Antonio Lacayo (entonces Ministro de la Presidencia) decidió de un día para otro que esos terrenos pasaban a ser de la Presidencia".

Este cambio de titularidad puede explicar en parte por qué se han construido casi exclusivamente edificios públicos en la zona: el Ministerio de Relaciones Exteriores, el Palacio de las Comunicaciones o la Casa Presidencial. "El procedimiento de venta de inmuebles estatales a compradores privados es complejo", explica Roberto Fuentes, ingeniero y asesor en Infraestructura de la Presidencia entre 1998 y 2002, "tiene que pasar por la Asamblea Nacional y es arduo. Era más fácil ceder los terrenos a instancias estatales".

Y así, lo poco edificado en el centro han sido construcciones que se llenan de funcionarios durante el día y quedan desiertos durante la noche. Nada que ver con las calles y las tiendas rebosantes de vida que recuerdan los que conocieron la Managua extinguida. Porque hay gente que todavía recuerda aquella ciudad.

El nostálgico

Mario Fulvio Espinosa, histórico reportero de La Prensa y el más consistente cronista de la desaparecida capital, puede ver la antigua Managua en muchas esquinas del Área Central. Es capaz de decir la hora en la que las barcas salían al lago mientras se pasea por el Barrio de Pescadores, capaz de recordar frases asociadas a lugares paradigmáticos del centro, frases como "ahí te voy a ver pasar por la 15 de Septiembre", en referencia a la calle del mismo nombre, que va a dar al Cementerio General y que venía a significar que tarde o temprano todo el mundo muere; frases que, como aquéllos que ya pasaron por la 15 de Septiembre y como el mismo centro, están muertas.

Manejando su automóvil en busca de los pocos vestigios que quedan de esa ciudad que nunca volverá a ser, Espinosa emplea la palabra "trauma" para describir el sentimiento de su generación por la desaparecida Managua. El trauma de la ciudad caída, de la ciudad desaparecida, de la ciudad muerta. "Era otra vida, otra gente, otro lugar", resume. "Ahora, Managua está hecha contra el peatón".

¿Hasta cuándo seguirá siendo Managua un lugar hostil al peatón, un lugar por el que no se pueda ir caminando a hacer compras, un lugar sin centro? Según Pentzke, "el país siempre ha tenido otras prioridades, otros problemas más acuciantes. Hasta que no se resuelvan éstos, el Área Central habrá de esperar". De acuerdo con Fuentes, "todo depende del impulso político".

Un impulso político que no parece haber sido especialmente fuerte. "Mi impresión es que el Gobierno no ha hecho lo suficiente para remodelar el centro", opina Pentzke. "Y la Alcaldía", continúa, "aunque sólo fuera por el valor simbólico, debería invertir más. 'Adecentar' un poco el Área Central no implicaría una gran inversión".

Mientras tanto, las repercusiones de la ausencia del centro se dejan sentir. Para Fuentes, esta circunstancia hace que "la ciudad sea más complicada y más cara para vivir en ella. El tráfico es un desastre, y los desplazamientos son largos, lo que supone caos circulatorio y mayor gasto en combustible". En opinión de Pentzke, las consecuencias también se extienden a la forma en que los ciudadanos tratan a la capital: "La falta de aprecio de los managuas hacia su ciudad está relacionada con la carencia de un centro. Se ve en la forma en que botan la basura en la calle". "El centro de Managua está muerto", concluye Fuentes, "pero es peor que eso; es un cadáver en descomposición".La Prensa/ Mayerly García

El plan inaplicado

El reglamento del área central de Managua, que regula el Plan Maestro del mismo nombre, es, como suele decirse, papel mojado. En teoría, tiene por finalidad "establecer el instrumento legal para hacer efectivas las disposiciones urbanísticas, normas técnicas y procedimientos administrativos inherentes a la implementación del plan". En la práctica, no se ha aplicado; "no se ha traducido en nada" en palabras del director de Urbanismo de la Alcaldía de Managua, Gerald Pentzke.

De aplicarse, el plan comportaría "ubicar funciones político-administrativas, comerciales, culturales y recreativas en el centro de la ciudad; estructurar funciones del centro metropolitano en armonía con la estructura de la ciudad; integrar los elementos físico-naturales de valor ambiental y paisajístico a la estructura espacial del centro; y fomentar el uso habitacional como complemento de las funciones metropolitanas". Basta con darse una vuelta por el área central para constatar en qué han quedado todas estas buenas intenciones.

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