Entre el genio y la botella

Reportaje - 18.11.2007
Carlos Martínez Rivas

El poeta más renombrado que ha tenido Nicaragua, después de Rubén Darío, vivió su grandeza literaria entre la máquina de escribir, el licor y la soledad en una pequeña casa de Managua, donde varios escritores y amigos conocieron al personaje que una amiga describe con dos palabras: genio y bestia

Octavio Enríquez

Noviembre, 1989.
La poeta lleva horas y horas bebiendo, cuando se levanta con los ojos desorbitados y de pie ¡eureka !: el genio.

“Yo soy el alma de tu padre”, en el mismo día, durante el día, hasta que las llamas purifiquen las culpas que cometí en el mundo “. Pausa a la declamación.

Si es uno en estos tiempos, recordemos a Mel Gibson, protagonizando a Hamlet en la película, a Berenice Maranháo, a la mente, a la vida en blanco, a la muda al ver el prestacho en bata, como procónsul romano con una corte militar, algo entrecano , ojos pequeños, nariz chiquita, barrigón, y vísperas recitar parlamentos enteros del personaje de Shakespeare.

Ha entrado en un estado de gracia literaria. Sus gatos, Murr y Poe, se han puesto en contacto con los minutos antes, se han escuchado, se han dado a conocer, una mujer de hablar fácil y alegre, que se ha acompañado al momento, a la vez que a la fuerza de Carlos Martínez Rivas fue un libro de dibujos y versos en las paredes, mientras estaba solo, mientras se movía entre la biblioteca y la cocina.

“Hasta el momento, sin embargo, se da cuenta que está delante de un genio, una persona que tiene algo que decirte. Me impactó, me provocó. Era una construcción que estaba haciendo y deshaciendo. En esa persona existía una bestia y un genio Yo conozco al genio y al hombre común Conozco al genio con sus carencias de hombre; idiota como todos los hombres a veces; Traiciones a Carlos Martínez Rivas (semblanza no autorizada).

Revista / La Prensa / Cortesía / Oscar Cantarero
Carlos Martínez Rivas en un día cualquiera en su casa en Managua. “Su vida era la bohemia pura”, dijo una vez Pablo Antonio Cuadra. Revista / La Prensa / Cortesía / Oscar Cantarero

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Los últimos que vimos, los que están en vivo, los que están en público, los que se publican, y ahora, en la actualidad, se suicidan y se suicidan. congruente con el sufrimiento que marcó su existencia a partir del suicidio de su madre.

Los últimos que vimos, que te acompañaste de putas y gatos, a los que te gustaría tenerlos.

Tal vez siguiendo, dice el poeta Julio Valle Castillo, aquel versículo escrito por él en el cual dijo que el amor que tuvo que matarlo primero antes que creciera.

Otros, ni siquiera, han encontrado las puertas de su casa, el número ocho en Altamira, que ahora es una bodega, ni una sola pintada, ni una sola vida.

El celebrado escritor británico Graham Greene no pudo nunca reunirse con él cuando visitó Nicaragua. El poeta nicaragüense le explicó al periodista Wilmor López que no lo había recibido porque “yo no estaba vestido apropiadamente; y tampoco me avisó”.

Queda un testimonio algo lejano en el libro La sonrisa del jaguar, de Salman Rushdie, donde se encuentra un acercamiento a un lugar donde se habla de Martínez Rivas y Ernesto Cardenal. Era José Coronel.

Carlos Martínez Rivas es sin duda uno de los poetas más grandes que ha tenido Nicaragua. Como Darío, por su alcoholismo, es una personalidad que suele dividir a la gente, entre los que aprecian su genialidad y quienes critican su alcoholismo exacerbado.

“Tengo la obligación de decir que Ernesto Cardenal en 1947 que nadie en Nicaragua hasta hoy, ni Rubén Darío tal vez, ha sido publicado tanto como poético, como ‘estado de gracia’ de poesía como él (Martínez Rivas) y es bastante decir “.

Para Julio Valle-Castillo, académico, poeta y quien conoció a Martínez Rivas, la gente no sabe lo que se dice en comparación con Darío, se reformó la lengua, aunque se dice que fue un buen poeta, y recuerda que una vez lo insultó a él Me llamé de mí y me llamé en otra parte, escribiéndole un poema a uno de sus hijos que padece el síndrome de Down.

Fuente: El siglo de la poesía en Nicaragua/ II Tomo

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Martínez Rivas nació el 12 de octubre de 1924 en Guatemala, bajo el signo de Libra, y el suceso que marcó su vida ocurrió el 30 de noviembre de 1951. Bertha Rivas, la madre de Carlos, se había acercado a la Iglesia en Managua, la ciudad donde tenía una pensión, y le había dicho al sacerdote que se suicidaría, lo que el religioso jamás pudo revelar porque estaba bajo secreto de confesión.

Rivas había contraído deudas con el Banco Nacional y debía también por unas joyas. Desde el punto de vista sentimental estaba sola desde la separación con su esposo Félix Martínez Leclair. Se sintió presionada.

Los familiares no quieren hablar del tema, sin embargo no hay biografía del consagrado poeta que evite contar la historia de esta mujer. Hasta el mismo Pablo Antonio Cuadra exaltó el gesto de Martínez Rivas, quien al morir su madre pagó centavo a centavo la deuda.

Sin embargo alguien que conoció del suicidio relata que el vate lloró sobre el cadáver de su madre; que buscó al doctor Fernando Vélez Paiz explicándole que su madre tenía los mismos síntomas de Madame Bovary, el personaje de Flaubert. Y que nada se pudo hacer para salvarla.

“Al día siguiente del entierro (Carlos) tuvo que abandonar su casa y pertenencias tras un mandato de embargo a favor del Banco Nacional”, relató Pablo Centeno Gómez en una reciente compilación de la obra de Martínez Rivas.

En ese mismo documento, que se agotó pocas semanas después de publicarse, Centeno recuerda lo que el poeta dijo con relaciónala muerte de su madre en un diario de 1951: “Murió mi mamá qué alivio es librarse con su pérdida del temor de perderla”.

Sin embargo nunca la olvidó, la recordaba en mesas de trago, se sabía con puntos y comas la carta de despedida que ella escribió un día antes fingiendo que se quedaba de noche escribiendo.

El poeta incluso lo cuenta en un prosema titulado las dos caras de un disco: “(…) trece años después de aquéllos —los años de STARS DUST con Eddy Dushin al piano— unía a madre e hijo, aprensiva pero indisolublemente, en un solo ser. Hasta la separación, a la muerte de ella por suicidio con una madrugadora toma de arsénico, un 30 de noviembre de 1951”.

“Yo no sé si hay suicidio, no hay certeza niega todavía desde California Félix Martínez Rivas, 86 años, hermano del poeta—. No decía eso el dictamen médico. Decía que le había fallado el corazón”.

Pero Félix no estuvo en la casa. Vivía en Estados Unidos, igual que su hermano Luis. Carlos dormía cuando llegaron a despertarlo para avisarle. Ese día, a esa hora, cambió el poeta de 27 años, que bebía desde los 15 años cuando trabajó en la Embajada de Argentina, en Costa Rica, con el señor Enrique Loudet, donde el panida tuvo una prolongada estadía. Cambió para mal: una sombra se cernió sobre él.

Revista / La Prensa / Reproducción / Centeno Gómez, Pablo. Al pie de la cátedra de Carlos Martínez Rivas.
Carlos, de pie, junto a su madre Bertha Rivas y sus hermanos: Luis y Félix Martínez. Magazine/La Prensa/Reproducción/Centeno Gómez, Pablo. Al pie de la cátedra de Carlos Martínez Rivas.

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Carlos Martínez Rivas había sido un hombre feliz. Con una infancia encantadora.

Su familia viajó mucho antes de radicarse en Nicaragua. La razón es que Félix Martínez Leclair, su padre, era vendedor de seguros de la compañía Imperial Canadá. Vivieron un tiempo en Guatemala, donde nacieron tres hijos del matrimonio: Félix, Luis y Carlos.

Pero un día, cuando el menor tenía seis años, decidieron mudarse a Managua. Viajaron en barco y entraron al país justo cuando Managua se desplomaba enteramente en el terremoto de 1931. Viendo lo que pasaba, el padre decidió que se mudaría definitivamente a Granada, su ciudad de origen, pero antes vivieron unos meses en Chinandega mientras hacía todos los arreglos para el traslado.

Fueron bien recibidos por sus primos, entre ellos Olga Rivas, a quien ya adulta Martínez Rivas llamaba “La Mula”, aunque ella lo que recuerda es que le decía “mana”, un diminutivo de “hermana”.

Los Martínez vestían muy bien, de chaqueta, mientras el resto de familiares y amigos eran pobres. Verlos jugar era todo un espectáculo.

“A mí me decían Guatemalón por ser el hermano mayor, Luis era Guatemala y Carlos Guatemalito. Nosotros hablábamos un español con un acento muy castellano y la gente de Nicaragua se come las ‘s’ entonces no le entendíamos a la gente al principio”, cuenta Félix.

La madre mimó siempre a Carlos. Le mandaba a comprar palomas de Castilla, se las cocinaba, estaba pendiente de comprarle frutas en el mercado y era la encargada directa de la educación de todos sus hijos, sobre todo después que se separó del padre porque él era mujeriego.

“Carlos desde niño era muy inteligente. Recuerdo que una vez llegó un señor a la casa y le dijo a mi madre, al vernos a los tres hermanos que él, el menor de nosotros, sería famoso. Carlos tenía gracia y era bien parecido”, dice su hermano. En su juventud también tuvo todo para ser feliz. Fue muy noviero, según su prima.

Había realizado varios viajes a Europa y fue reconocido desde los 17 años como un prodigio, un niño precoz y talentoso, lo que le valió granjearse un nombre en el estatus literario, toda una valía pues conoció a escritores como el argentino Julio Cortázar, y el mexicano Octavio Paz. Sus amigos.

Hay quienes dicen que el suicidio lo marcó tanto que nunca volvió a ser el mismo. El historiador fallecido, Alejandro Bolaños Geyer, ex compañero de clases en el Colegio Centroamérica de Martínez Rivas, llegó incluso a asegurar que el poeta padecía del complejo de Edipo, es decir que amaba y deseaba a su madre.

Bolaños dice que supo de esto cuando el propio Martínez se lo reveló en un poema que le envió después de traducirle unos versos de Byron que aparecían en un diario de William Walker, que padecía supuestamente lo mismo según las investigaciones de Bolaños.

“Esa es una exageración —refuta el hermano de Carlos—. Pasa que era el más pequeño de nosotros, el muchachito, era un amor a su madre. Carlos no era así, ni mi madre tampoco”.

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Cuando tenía 17 años y era una joven promesa de la poesía. Magazine/La Prensa/Cortesía B. Maranháo

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“Carlos vive la bohemia pura —criticó un día a mediados de los 90 del siglo pasado Pablo Antonio Cuadra—. Hay que ver las dos cosas. Tiene una resistencia, no sé cómo ha hecho para resistir 40 años bebiendo los peores licores del mundo. Ha perdido mucho. Ese tipo de vida le ha cortado posibilidades de trabajo”.

Al ritmo de las desgracias y el licor, el humor del poeta fue cambiando. Se casó con Esperanza Mayorga, la madre de sus dos hijos y después se separó por desamor con ella, según Julio Valle-Castillo. Ella se fue a vivir a Estados Unidos, el poeta fue cariñoso con sus hijos durante una etapa y luego quedó solo.

Valle-Castillo dice que con golpes en la vida como el divorcio de sus padres y el suicidio, el poeta fue perdiendo su gracia.

“A veces se ponía muy violento, a la gente que más lo quiso, que más lo protegió, y que se interesó por él, fue a la gente que más agredió”, asegura.

La lista de los agredidos es enorme. Poetas que Martínez Rivas regañaba en público, que los asareó porque leían mal sus poemas delante de un auditorio entero. Sin embargo Wilmor López considera que era correcto, que decía lo que pensaba. “Una vez me dijo: No quiero perder la amistad con Omar Cabezas, no quiero corregir ese libro, si lo corrijo vamos a perder la amistad”, cuenta López sobre La montaña es algo más que una inmensa estepa verde, que ganó incluso el premio de Casa de las Américas y que recientemente fue reeditado.

Valle-Castillo asegura que el rival del poeta siempre fue uno de sus compañeros de generación. Cuando Martínez Rivas despuntó, los expertos lo incluyeron en una generación que llamaban la de “los tres Ernesto”: Ernesto Mejía Sánchez, Ernesto Cardenal y Carlos Ernesto Martínez Rivas, todos brillantes.

El rival, según Valle-Castillo, fue siempre Ernesto Cardenal, de quien “cuantas veces podía hacía una burla, un hazmerreír”. A Wilmor López una vez lo mandó a felicitar por un reportaje televisivo sobre la vida de Joaquín Pasos y entre otras cosas, en esa nota privada que muestra el periodista, llama “fantoche” al poeta que recientemente a sus 80 años fue nominado al Premio Nóbel de Literatura.

“Carlos Martínez Rivas era de repente un aguijón. Duro. A Octavio Paz, un año después de que ganó el Premio Nóbel de Literatura lo criticó (1990). Dijo que no lo merecía, le escribió un poema en contra. Y
después Paz le publicó en su editorial llamado Vuelta”, narra el periodista López.

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Con Esperanza Mayorga, su esposa, y su primer hijo Emmanuel, ahora piloto. Magazine/La Prensa/Cortesía B. Maranháo

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¿Por qué fue entonces tan popular Martínez Rivas si era un borracho, un malcriado y un irresponsable? La respuesta parece estar en la admiración que hay sobre la precisión de su poesía, su constante corregir y rehacer. López conserva aún un libro de La Insurrección Solitaria, la obra capital del panida, que Martínez Rivas le regaló y empezó a corregir en su presencia, marcando errores con un lapicero.

Lo exigente lo aplicaba a todos los niveles. Según una entrevista con Pablo Antonio Cuadra, Martínez Rivas incluso discutía con él.

“Me manda sus poemas, se lo publico. Si sale un error me manda una carta de este tamaño (grande) insultándome: ‘Que no cuido de sus cosas’. A la quinta carta de insulto, vos copiás tus poemas y yo la voy a fotocopiar en letra más grande, le dije. Ampliándola y así lo voy a publicar. Saco su primer poema, y me manda otra carta. `¿Cómo es posible que hayas dejado pasar un error que cometí en la máquina?’, me dijo”. Luego risotadas y un sonoro: ¡Así es Carlos!

Su prima Olga Rivas dice que lo amó y lo odió al mismo tiempo. Y recuerda que siempre le gustó ver a su primo tocar guitarra, cantar la música de Agustín Lara o simplemente comer.

“Mi primo tenía una personalidad única. Linda. Aún después de muerto me hacen falta esos pleitos, me encantaba pelear, que peleáramos”, confiesa esta mujer que escribió un poema a su primo donde lo llamaba “el hachero”.

Valle-Castillo recuerda que una vez Martínez se apareció en su casa en Altamira llamándolo ladrón porque una revista para la que los dos colaboraron en el extranjero le había pagado sólo a Valle-Castillo. Entonces cuando lo supo, Martínez casi le bota la puerta muy temprano.

Según Valle-Castillo, el poeta era así porque así concebía al artista que este crítico literario emparenta con poetas de vidas trágicas como Malcom Laury. El escritor nicaragüense Erick Aguirre considera sin embargo que era más bien un monje rebelde.

“No creo en el mito del poeta maldito —dice Aguirre en su libro Juez y Parte—. Poetas malditos son aquellos que trastocan a lo inmediato, no sólo con su obra, sino con su promiscuidad y las irrestricciones de su propio comportamiento, los valores sociales, éticos, religiosos con los que les toca vivir. Llegan a ser bisexuales, proxenetas y por lo general llegan a ser esnobistas. En Carlos advierto la actitud de un hombre profundamente religioso, pero decepcionado de la religión, un hombre que hasta el final de su vida dudó si creer en Jesucristo o en Baudelaire”.

Tal vez Martínez Rivas dio en el clavo ante las críticas que lo señalaban de desarreglado, pelo largo, pantalones sostenidos con una cuerda como faja.

Un día de 1984 el poeta describió su personalidad durante una comparecencia pública. “Pareciera que la gente se pregunta a qué hora, o cuando he saboreado y acumulado yo tanta lectura en esta época y posterior. Porque de acuerdo con lo que ven de mi vida pública, externa, no se lo explican. Deducen que los 14 años que viví en Europa me las pasé bebiendo vino; los 10 en EE.UU. bebiendo whisky, y el resto de mi existencia centroamericana en Costa Rica y Nicaragua bebiendo ginebra extra-concha y Flor de Caña Etiqueta Negra”.

“Pero en realidad y a pesar de mi curiosidad del querer vivir —otra expresión de Shopenhauer en el mundo como voluntad y representación—, mi verdadera vida ha pasado por el camino del estudio y la reflexión. Lo que sucede es que nunca he sacado, como algunos muchos, mi disciplina a la calle. A la calle sólo he sacado mi disipación y he reservado mi disciplina para la intimidad…”

Al final de los días del poeta, en junio de 1998, recordó Isolda Rodríguez —escritora y vecina de
Altamira— el poeta lloraba la ausencia de sus familiares, pero la soledad fue siempre una opción personal. Como su vida, entre la poesía y la tragedia personal, entre el genio y la botella que tanto daño le causó, lo llevó a realizar su suicidio. El último crimen perfecto como llamaba él a la creación de un poema.

Revista / La Prensa / Cortesía B. MARANHÃO
Al poeta le gustaba cantar la música de Agustín Lara. Era mujeriego. La poeta escribía notas como la de arriba, en la que asegura que tiene tiempo de no ver a una mujer preñada. Revista / La Prensa / Cortesía B. Maranháo

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