Érase una vez el fascismo

Reportaje - 13.04.2014
El-facismo

¿De qué hablamos cuando decimos “fascismo”? El poderoso y despiadado sistema que dirigió Benito Mussolini a principios del siglo pasado parece estar siendo retomado por gobiernos autoritarios de la actualidad. Este es un ABC de su origen y esencia

Por Arlen Cerda

“¡A Roma! ¡A Roma!”, respondió a gritos la multitud entusiasmada. Se dice que eran unos 40 mil hombres y al frente de ellos estaba un diputado italiano de 39 años, algo calvo y un poco panzón. “Os digo con toda solemnidad: o se nos entrega el Gobierno o lo tomaremos, ¡marchando sobre Roma!”, les había dicho antes de la ovación. Benito Mussolini inició así una acción que en menos de tres días lo llevó directamente al poder, a finales de octubre de 1922, y que le permitió sentar las bases de una nueva era: la fascista.

Desde Nápoles, donde se realizó aquella asamblea a 227 kilómetros de Roma, y de otras ciudades del país, a bordo de trenes, camiones, automóviles o simplemente a pie, la multitud se dirigió a la capital italiana armada de pistolas, palos, mazos y otras herramientas, amenazando con desatar una guerra civil si se atrevían a impedirles el paso y no había razón para dudarlo.

Desde hace año y medio, miembros de aquella multitud, a quienes llamaban “camisas negras”, se habían dado a conocer por atacar física y verbalmente a sus adversarios políticos, principalmente comunistas, a través de “escuadras de acción” que protagonizaban violentas provocaciones en las calles. De hecho, un mes antes de la marcha a Roma, el grupo había obtenido el control de seis ciudades italianas tras pleitos callejeros, apedreamientos e incendios que se considera marcaron el inicio de aquella “revolución fascista”.

The New York Times, en una crónica publicada por ABC en noviembre de 2012, con motivo del 90 aniversario de la marcha, narró con detalle la llegada a Roma de Mussolini: “Viajó hasta Civitavecchia en un tren especial, puesto a su disposición por el Gobierno. Pero durante el trayecto fue obligado a descender de él, ya que los raíles habían sido arrancados por el Ejército para impedir el avance de los fascistas hacia Roma. Sin embargo, se encontró con uno de los vehículos privados del Rey, que le trasladó a Roma. Pero su avance fue muy lento, porque todos los caminos estaban llenos de miles de fascistas marchando hacia la ciudad, quienes insistían en detener el coche cada pocos minutos para aclamarle”.

Mussolini llegó a Roma el 30 de octubre y ese mismo día el rey Víctor Manuel III le encargó que integrara un nuevo gobierno.

“He rechazado la posibilidad de vencer totalmente y podía hacerlo. Me autoimpuse límites. Me dije que la mejor sabiduría es la que no se abandona después de la victoria. Con 300 mil jóvenes armados totalmente, decididos a todo y casi místicamente listos a ejecutar cualquier orden que yo les diera, podía haber castigado a todos los que han difamado e intentado enfangar al fascismo. Podía hacer de esta aula sorda y gris un campamento de soldados: podía destruir con hierros el Parlamento y constituir un gobierno exclusivamente de fascistas. Podía: pero no he querido, al menos en este primer momento”, dijo Mussolini ante la Cámara, a quince días de su nombramiento como presidente del Consejo de Ministros. Dos meses después, los camisas negras fueron institucionalizados con la creación de la “Milicia Voluntaria para la Seguridad Nacional”. La era fascista había iniciado.

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Ellos se conocieron en Venecia. Adolfo Hitler (1889-1945) admiraba a Mussolini desde que el italiano organizó la marcha sobre Roma que lo llevó al poder. Era junio de 1934. Hitler tenía entonces año y medio como canciller, mientras Mussolini hace más de una década había dejado de ser un número tres del Partido Socialista Italiano para promover y establecer dentro de Italia un régimen nacionalista y militar, que luchaba a su vez contra el liberalismo y el comunismo y con el cual había logrado influir al caudillo alemán, que impulsaba en casa su propio proyecto nacionalsocialista.

“Es una persona muy emocional. Cuando me vio hubo lágrimas en sus ojos”, contó más tarde a su amante el caudillo italiano sobre el canciller alemán, según anotó Clara Petacci en sus diarios recientemente desclasificados, que revelan detalles íntimos sobre el italiano.

“Il Duce” le llamaban a Mussolini. “Mein Fuhrer” a su homólogo alemán. Ambos abrazaron en sus inicios al socialismo y eran oradores talentosos y líderes carismáticos que según los politólogos e historiadores supieron capitalizar el descontento de sus compatriotas por las pérdidas en la Primera Guerra Mundial, apoyados por movimientos que se valían de la violencia y la intimidación y beneficiados por una exitosa propaganda y adoctrinamiento de masas.

El inicio de esa estrecha relación —que algunos no consideran amistad debido a los supuestos reiterados desprecios de Mussolini hacia Hitler, a pesar de la fiel admiración del alemán— marcó el inicio de la expansión del fascismo y le dio al régimen otro caudillo protagonista.

Hitler, sin embargo, no era un novato político. Hacía más de una década él también había iniciado su ascenso al poder mediante la exaltación de la unificación de todos los pueblos de origen germano, el anticomunismo y el antisemitismo, un componente de superioridad racial que caracterizó su nacionalsocialismo y alimentó al fascismo, elevándolo a sus últimas consecuencias. En total, un saldo de 17 millones de personas muertas, que según el académico Rodrigo de León Borge, decano de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Humanidades del American College, es una de las razones principales por las cuales el fascismo está tan satanizado.

Un cuarto intento de asesinato le dio a Benito Mussolini (1883-1945) el pretexto que necesitaba para profundizar su proyecto. Las circunstancias del atentado aún no están muy claras y existe un libro de Brunella Dalla Casa, titulado Ataque contra el líder: las muchas historias del caso Zamboni (2000), que asegura podría tratarse de un montaje.

La versión oficial es que el 31 de octubre de 1926, durante un desfile por un aniversario más de la marcha sobre Roma, realizado en la ciudad de Bolonia, “Il Duce” iba en un automóvil descapotable y una bala le pasó un centímetro por encima de uno de sus zapatos. De inmediato, un grupo de camisas negras se echó sobre el “anarquista”: un joven de 15 años de edad, a quien dejaron tendido a un lado de la calle con 14 puñaladas, un balazo y huellas de estrangulamiento.

Según el historiador estadounidense Charles F. Delzell y el italiano Fabio Fernando Rizi, el gobierno fascista se valió del atentado para suprimir las libertades políticas y civiles de los italianos.

Todos los partidos de oposición fueron disueltos y se anuló el mandato parlamentario de 120 diputados. Además, se prohibieron las publicaciones antifascistas, se creó la “Organización para la vigilancia y la represión del Antifascismo”, como una policía secreta y se estableció la pena de muerte contra quienes cometieran atentados contra “el rey, la reina, el príncipe heredero y el presidente del Consejo de Ministros”, que desde 1922 hasta 1943 no fue otro que Benito Mussolini.

Las manifestaciones de descontento se deben cortar de raíz, le habría aconsejado su hermano menor Arnaldo, también confidente y consejero político de su confianza, quien murió inesperadamente producto de un infarto, en 1931, justo durante el apogeo del régimen fascista.

La amenaza de una huelga general de parte de la izquierda italiana aceleró la lucha de Benito Mussolini por el poder, obtenida gracias a una multitudinaria marcha de los camisas negras hacia Roma.

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Pero al “Duce” lo amaban. Eso decía su propaganda, mientras por todas las ciudades y pueblos de Italia fueron proliferando durante los años de su régimen sus imágenes y estatuas y en ocasión de la firma de los Pactos de Letrán —que representó varios beneficios para el Vaticano, incluyendo su reconocimiento como un Estado independiente a Roma, en 1929— el propio Papa Pío XI llegó a referirse a Mussolini como “un enviado de la Divina Providencia”.

Para las mujeres, Mussolini también parecía especial. “Un dios al que hay que adorar, un soberano; un hombre ideal”, asegura la escritora francesa Diane Ducret, autora de Las mujeres de los dictadores, que lleva dos ediciones desde el 2011.

Según Ducret, “condesas, campesinas, monjas o putas le escriben para pedirle mil cosas y para contarle sus deseos más nimios. Es padre, consejero, director espiritual, el que velará por su honor. Recibe así entre treinta mil y cuarenta mil cartas al mes, que se conservan en el archivo de Estado del Eur, en la secretaría particular del Duce”.

“La abuela me dice con frecuencia, en los momentos de desánimo, que usted es nuestro padre, el ángel y el tutor de nuestra inmensa y hermosa familia que es Italia”, le escribió una mujer llamada Erlisa en una carta enviada en julio de 1929.

Para entonces, uno de los principales proyectos de su régimen ya tenía tres años de andar, y se trataba de la Opera Nazionale Balilla, una masiva organización juvenil promovida, administrada y alimentada por el Estado, cuyo objetivo —según el mismo Mussolini— era “reorganizar la juventud desde el punto de vista moral y físico”.

“La juventud será nuestra”, auguró Mussolini y se calcula que cinco millones de niños y jóvenes entre los 8 y los 18 años de edad llegaron a afiliarse a la Balilla, mientras todas las demás organizaciones juveniles eran disueltas por decreto de ley, a excepción de la Juventud Católica Italiana, promovida por el Vaticano. Y en Alemania, Hitler hacía lo propio.

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En Berlín, originalmente le llamaron “Operación Colibrí”, aunque más tarde le dieron el nombre de “la noche de los cuchillos largos”. El objetivo del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán o Partido Nazi era apoderarse de todas las estructuras del Estado alemán y fue necesaria una purga que duró tres días, entre el 30 de junio y el 2 de julio de 1934.

Miembros de las “camisas pardas” o Sturmabteilung, que contribuyeron al ascenso de Hitler, pero de quienes él comenzó a desconfiar, y simpatizantes del vicecanciller Franz von Papen, que siempre le criticaba, fueron asesinados esos días. Oficialmente se contaron unos 85 muertos, entre ellos comandantes de las camisas pardas en distintas ciudades alemanas y su líder principal Ernst Röhm. Además, más de mil oponentes al régimen fueron arrestados.

A mediados del mismo año en que llegó al poder (1933), Hitler ya había logrado establecer un Estado unipartidista, pero aún no ejercía el poder absoluto ni tampoco controlaba al ejército alemán. Falsificar pruebas de un supuesto golpe de Estado le sirvió para justificar la purga.

“En esta hora yo era responsable de la suerte de la nación alemana, así que me convertí en el juez supremo del pueblo alemán. Di la orden de disparar a los cabecillas de esta traición y además di orden de cauterizar la carne cruda de las úlceras de los pozos envenenados de nuestra vida doméstica para permitir a la nación conocer que su existencia, la cual depende de su orden interno y su seguridad, no puede ser amenazada con impunidad por nadie. Y hacer saber que en el tiempo venidero, si alguien levanta su mano para golpear al Estado, la muerte será su premio”, declaró Hitler un mes y medio después de aquella operación.

Tras la guerra civil española (1936-1939), el militar Francisco Franco logró instalarse en el poder. Al inicio él también estableció un régimen fascista, pero con el fin de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, éste derivó en una dictadura de carácter conservador, católico y anticomunista, conocida como “franquismo”, que duró hasta su muerte en 1975. En la foto, simpatizantes franquistas conmemoran el 32 aniversario de la muerte del dictador, con una concentración en Madrid, realizada en 2007.

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Totalitarios, mesiánicos y violentos. La periodista e investigadora nicaragüense Sofía Montenegro define el fascismo como “una ideología de un estado totalitario, porque es de hecho la apropiación del Estado por parte de un individuo o un grupo” y agrega: “suele ser una amalgama que tiende a proponer una suerte de renacimiento de la nación”.

Hoy se vuelve a hablar de fascistas desde Rusia y Ucrania hasta Venezuela y Nicaragua. Pero, ¿realmente existe el fascismo en la actualidad?

“Yo creo que aquí se está usando, como en el caso de Venezuela, sin ton ni son”, asegura Montenegro, para quien a la que menos le queda la calificación de fascista es la oposición venezolana “porque en todo caso a quien le tocan las características que estamos enunciando es al propio gobierno venezolano”.

El académico Ricardo de León Borge, del American College, también considera que “el uso del término fascismo o fascista en la actualidad es un poco ridículo y se usa con un tono peyorativo contra quienes piensan diferente”.

Lo que se pretende —estima— es una “descalificación” contra el adversario político, para llamar la atención de todo el pueblo diciendo: “Si yo apoyo a este grupo (que se opone al gobierno) cuando venga a gobernar va a ser un régimen fascista y nos va a quitar el derecho de expresarnos y reunirnos”, como lo hizo el fascismo.

“El pueblo es el cuerpo del Estado, y el Estado es el espíritu del pueblo. En la doctrina fascista, el pueblo es el Estado y el Estado es el pueblo… Todo en el Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado”.

Benito Mussolini,

presidente del Consejo de Ministros de Italia, que estableció el primer régimen fascista.

“MUSSOLINI SECRETO”

Clara Petacci, la amante que Benito Mussolini mantuvo por más de veinte años y fue colgada codo a codo junto al dictador italiano, anotó detalladamente en su diario las confesiones del caudillo durante su relación, que lo retratan como un hombre racista, desdeñoso, violento y despiadado. Y también un amante insaciable.

Según el diario español El Mundo, la “querida más famosa” en la historia de Italia en solo un año llenó más de mil ochocientas páginas de su diario contando su relación con el Duce, 29 años mayor que ella.

El voluminoso diario —enterrado en un jardín, luego descubierto, confiscado y ahora desclasificado— le ha permitido al periodista Mauro Suttora escribir su libro Mussolini secreto, que describe a un hombre de sentimientos y pensamiento político violento, furioso con el papa Pío XI y que no le ocultaba su desprecio por el alemán Adolfo Hitler o el español Francisco Franco, a quien apoyó en la guerra civil española.

Sin embargo, al mismo tiempo podía declarársele a ella como un “esclavo de su carne”.

“Tiemblo mientras lo digo, siento fiebre al pensar en tu cuerpecito delicioso que me quiero comer entero a besos”, le decía a su amante que todo lo anotaba compulsivamente.

Antecedentes

Antes de que Benito Mussolini echara a andar su proyecto fascista en Italia, el precedente más claro fue la Acción Francesa que el político de extrema derecha, poeta y escritor francés Charles Maurras (1868-1952) fundó en 1898. Su ideario político promovía un ultranacionalismo y una política reaccionaria, fundamentalista católica y antisemita.

FASCISMO PARA PRINCIPIANTES

Desde sus primeras expresiones, durante el período de entreguerras en la Europa del siglo pasado, historiadores y politólogos han intentado sin éxito una definición exacta de fascismo, pero sí han identificado ciertas características básicas. A mediados de marzo, la revista estadounidense Foreign Policy resumió estas en seis aspectos, a partir de los cuales concluyó que actualmente aún no hay un nuevo régimen fascista.

• Su primera característica es el establecimiento del Estado por encima de todo, como manifestación de unidad para hacer valer y defender los derechos colectivos, de manera que no exista nada fuera del mismo.

• Además, está la presencia y culto al hombre fuerte a cargo, como los todopoderosos Duce o Führer, que según sus propagandas “encarnaban” los anhelos de la nación.

• La quimera de la pureza racial, con teorías que respaldan la idea de minorías inferiores que les representan una amenaza que debe ser eliminada, es otro componente.

• Asimismo, está la visión de la nación inherentemente amenazada, en la que la toma de poder del líder representa un renacimiento nacional que barrerá la decadencia y debilidades del período precedente.

• Las otras cualidades son el gusto de verse a sí mismos como la “tercera vía” y única alternativa válida para todas las demás ideologías existentes y el uso de una propaganda eficiente y de la represión militar.

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