Esos extraños curas…

Perfil, Reportaje - 01.06.2008
Padre José Luis Montoya

No parecen lo que son. Estos sacerdotes se salen del molde tradicional y manejan motos a altas velocidades, esculpen sus músculos mediante rutinarias sesiones de gimnasio, cantan en un grupo de rock o admiran al Ché Guevara. Sus feligreses los adoran y los critican

Luis E. Duarte y Eddy López
Fotos de Uriel Molina

Aquél era el padrecito Montoya. Lentes oscuros, cabello largo. Vestía de sotana, tenía el rostro , rígido, algo marchito, y negaba enfáticamente que le hubiera pegado a alguien como lo denunció un joven a quien agarró metido en su iglesia.

“Yo le di con un palo de alfolí —que sostiene la bolsa para las limosnas— en la mano, pero fue porque al descubrirlo escondido detrás de la imagen del Santísimo, a eso de las 12 y media de la noche, me amenazó con un cuchillo”. José Luis Montoya intentaba así ser convincente en el periódico. Era marzo del 2005 y aquélla no sería la única sorpresa que daría a su feligresía.

Cuando Yelba López, de 75 años, conoció al padre Montoya fue un día de 1996 en que se arrimó al confesionario. “A ver hija, ¿cuáles son tus pecados?”, le preguntó el flaco, pelilargo.

“Señor, señor, ¿qué será esto?”, se preguntó. Varios tuvieron desconfianza porque los más viejos fueron educados bajo la imagen de un padre serio y el nuevo no lo era.

La misma sorpresa debe haber causado el padre Benjamín Villarreal en Rivas, cuando llegaba en una moto renegada al hospital. Ese hombre, alto, pelo largo y rizado, levantaba pesas, armaba perreras de boxeo entre los muchachos durante estuvo en Ometepe, y luego fue conocido a nivel nacional en los días tristes de Posoltega, al occidente del país, cuando más de dos mil campesinos quedaron sepultados bajo lodo después del deslave de un cerro, y él era el párroco de ese lugar.

“(En una ocasión) Tuve que sacarle el aire a uno en una esquina, y a otro tuve que parármele enfrente, pues no era para menos. Empezaban a ofenderte, a molestarte, tenés que reaccionar de alguna manera para que te respeten. Si no te respetan por la sotana, pues por la tana y la macana. (Y golpea el puño contra su mano)”, dijo Villarreal en una ocasión.

Tres facetas. El padre Benjamín Villarreal, con su pelo largo y rizado, ayudando a un menesteroso. También haciendo ejercicios y celebrando uno de sus cumpleaños.

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La parroquia San José de Obrero, de la colonia Primero de Mayo, en Managua, debe por esas nomenclaturas inesperadas una celebración anual cada Día Internacional de los Trabajadores. Esta vez hay unas confirmaciones y como es costumbre, una kermés en la calle.

En un mural frente a la Iglesia católica se lee “Bienvenido Arzobispo Brenes”, pero el prelado ha enviado sus disculpas y a un cura que lo representa en los oficios religiosos de ese día.

El sacerdote oficia la misa y entrega a los muchachitos a la fe, mientras un grupo de niños espera su turno para cantar. Sólo una cosa rara. ¿Quién está de gafas oscuras en pleno púlpito, pero vestido con las túnicas sagradas de la eucaristía?

Todos saben quién es en el barrio. Todos reconocen ese hablar callejero, incluyendo a los pandilleros, las prostitutas, dos de los grupos a los que más concede tiempo, pero igual saben quiénes son las vendedoras o amas de casa que cada mañana, mientras limpian sus aceras, lo ven trotar con sus calzonetas zocadas. Así es el padre Montoya, rebelde desde el Seminario cuando lo corrieron dos veces por comunista.

En su cuarto en la casa cural, Montoya conserva su escritorio de trabajo junto a la cama. Es un lugar cargado de cosas personales donde llama más la atención sus imágenes de The Beatles y el Ché Guevara, más incluso que las de la propia Virgen María, sepultadas entre pósteres, discos y camisetas.

Hay música en el ambiente, “Queremos montar canción de Maná, ya tocamos Santana”, dice.

Montoya es un padre rockero que ha formado un grupo llamado RX, las siglas de “Resurrexión”, donde toca la guitarra rítmica y canta. Montoya parafrasea al Ché y explica que sus canciones llevan un discurso netamente cristiano para “la reconstrucción del hombre nuevo”.

Las vibraciones de una guitarra eléctrica se escuchan con armonía metálica, introduciendo un canto espiritual de uno de los tres discos del grupo. Uno de los integrantes de la banda acompaña a Montoya porque están organizando varias presentaciones, incluso una gira a Costa Rica.

El guitarrista es un muchacho de poco más de 20 años, a quien el padre lo sacó del heavy metal y las drogas para cantar mensajes cristianos.

Suena el teléfono, no contesta. Luego el celular y dice ese refrán que no se quita aunque estemos en abril. “Que Dios te bendiga, te prospere y te conceda una feliz Navidad y una buena amistad”.

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Rum, rum, rum. Rivas. Años ochenta. La moto renegada entra aprisa en el Hospital de Rivas y al volante va un hombre pelilargo, recio.

Benjamín Villarreal estuvo en ese departamento del sur de Nicaragua y vivió también en la isla de Ometepe, donde recuerdan que en 1982 era popular entre la muchachada por su forma de ser.

Mientras los sacerdotes anteriores oficiaban sus misas con la mayor ceremoniosidad, él era diferente. Hacía ejercicios, pesas, salía a trotar todos los días a las cuatro de la mañana seguido de una muchachada que se impresionó con la personalidad del sacerdote.

Armaba peleas callejeras junto a la casa cural, rodeado de jóvenes que hacían cadenas humanas alrededor de los boxeadores aficionados bajo gritos de euforia. Villarreal vive ahora en León, tiene 54 años, y hace ejercicios con las pesas y las máquinas que tiene en su propia casa residencia. Habita en una casa enorme, junto a la casa San Francisco, donde ubicarlo a veces es imposible porque su celular, dice su asistente, es tan privado que él no lo maneja.

Pero se da la oportunidad de hablar con él y lo primero que confiesa es que desde joven le gustó sobresalir en distintos deportes. Acepta que es un desastre en su forma de vestir, porque “no interesa vender apariencia de santidad”.

Hay fieles católicos, como Brenda Zelaya , que no toleran verlo con el pelo largo. “Eso es de mujer”, reprende ella, mientras otro lo defiende al definirlo como moderno.

Pero ser demasiado modernio le ha costado mucho. Algunos sacerdotes lo critican tras bambalinas. “Cuando me voy a tomar una foto para identificación me dice: “por que no te cortás el pelo para que salgás como cura´. Yo me río, me tomaré la foto, me pondré el cuello como cura, pero el pelo lo dejaré”, dijo en una entrevista.

Entonces la vida lo mantenía ocupado en Posoltega, hace dos años después de la tragedia que cambió para siempre ese poblado. Villarreal sostenía que ni siquiera se imaginaba en un futuro como obispo. “¿Qué obispo andaba en una moto así (a velocidad de 160 ó 180 kilómetros por hora)? ¿O andaba con el pelo largo?”, preguntó.

Foto de Uriel Molina
El padre Benjamín Villarreal, en su juventud. Este padre estuvo en Posoltega cuando sufrieron la tragedia del huracán Mitch.

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El padre Montoya, dice que “antes no era así”, es decir, antes que se le apareciera la Virgen María. Entonces estaba en la parroquia de Ticuantepe. “Buscaba quién ser y no me daba cuenta que ya era y desde entonces he tratado de ser lo que soy”, dice ahora circunspecto.

—¿No habrá sido autosugestión o algo parecido?

—Respeto lo que dicen los sicólogos pero no fue así para mí. No fue alucinación. No lo vi solo, ni estaba drogado o borracho. Vi una figura resplandeciente, completa y flotando sobre un manto.

Cuando uno mira sus fotos de niño con el pelo ordenado y corto o aquella imagen en la que aparece cantando en un grupo de música testimonial previo a un concierto de Pancasán en los ochenta, uno pudiera creer que no siempre fue así.

Cómo fue, es lo de menos. El mismo cardenal Miguel Obando pudo ver con sus propios ojos y con sorpresa al cura rockero en el Hard Rock Cafe de Miami donde el Canal 13 hispano presentó un concierto hace cuatro años.

Montoya es así, ya todos conocen sus sermones alucinógenos. Probablemente la Iglesia se haya acostumbrado al sonar de su guitarra eléctrica. Con la música quiere llegarle a los jóvenes porque a las iglesias sólo están llegando los ancianos “que ya quemaron los car-tuchos” y está lográndolo, según la
feligresa Yelba López, quien cuenta que el sacerdote ha conseguido que la Iglesia se llene.

“Si lo quitan de la parroquia, yo me muero, le dije una vez a monseñor Brenes, Arzobispo de Managua, el padre es divertido”, cuenta López, de 75 años.

—¿Y el pelo largo? –le preguntamos. —¿Y así no lo usó el Señor? –replica ella defendiéndolo como una tigresa.

La popularidad del padre Montoya ha sido precedida por un camino pedregoso. Este ex monaguillo del barrio Riguero y la Máximo Jerez, donde estaban “los curas más rojos, aunque yo nunca he sido comunista”, sabe que la vida en los barrios orientales no ha sido muy diferente del contexto violento que ha vivido.

En su juventud mientras hacía algunas actividades, fue detenido por la Guardia Nacional un par de veces y se salvó de milagro. Su padre, un mecánico de aviación, desapareció aparentemente por la GN al estar involucrado en actividades subversivas con los guerrilleros.

Montoya dice que no canta rock, ni juega futbol con los muchachos, o da sermones con humor por estrategia, sino, porque es parte del contexto en el que ha vivido. “No me gusta que los jóvenes sean del tipo fracasado, arruinado por el alcohol”, dice y por eso él predica un “evangelio más radical, más convencido”.

Cualquiera que sea el caso, no supone un problema para sus superiores. El secretario de la Conferencia Episcopal, monseñor René Sándigo, conoce bien a Montoya y al padre Villarreal, este último el hijo de Fernando Villarreal y Angela Ofelia Vallejos, nacido en San Jorge, Rivas, que de pronto decidió hacerse sacerdote en 1971. Su familia era católica.

“El hábito no hace al monje”, los defiende Sándigo después de salir de una reunión con toda la Arquidiócesis de Managua.

Luego dirá: “Ellos tienen su riqueza humana, pastoral, intelectual —pilares de la formación religiosa— y han considerado esa forma de presentarse ante el público, con la que se sienten bien y eso no contradice para nada su ministerio”.

Foto Uriel Molina
Año 2002. El padre Montoya, en lo que parece un día cualquiera en su oficina .

Las mujeres

Uno de los problemas que más debe enfrentar todo sacerdote es la tentación de las mujeres. El padre Benjamín Villarreal contaba en el año 2000 que las mujeres con las que se había encontrado eran muy respetuosas; que chileaba con ellas, pero nunca pasó a más.

“Siempre hay sus habladurías, siempre habla la gente de una u otra cosa, pero prefiero que me digan que ando con muchachas a que soy mano de hierro, que me pesa la mano (homosexual)”, dijo entonces.

—¿Hay tentaciones? —le preguntó el editor de magazine, Fabián Medina.

—Normal como todo hombre —dijo.

—¿Y qué hace?

—Aaah, si no tenés una mística para contrarrestarla, estás chicle. Tenés que tener una fuerza de voluntad y la religión te puede ayudar. La oración es una fuerza.

—¿Ha tenido alguna crisis?

—Muchas, muchas, claro que sí.

—¿Antes más que ahora?

—Eso no pasa nunca. Acordate que somos seres sexuados, y eso no se quita hasta que vayamos a la tumba.

El padre José Luis Montoya resuelve el problema de otro modo. Se ríe. Este sacerdote jura que respeta el celibato, al que considera “una obra maravillosa de Dios”, pero añade: “Acordate que celibus es estado de soltería. Yo soy soltero”. Ríe de nuevo.

Otros curas

En Río San Juan hay un sacerdote irlandés llamado Cornelio Doogan que predica la protección a la naturaleza. No está en contra de las cervezas ni del baile, pero sí de un control de ambas cosas. En Tola, Rivas, el sacerdote Walter González ha hecho historia según sus feligreses que lo han llegado a considerar un santo. Una vez, por ejemplo, le donaron una camioneta doble cabina, la vendió y donó el dinero para que los pobres más pobres hicieran casas. Al verlo de pie, lo que más llamaba la atención eran esos zapatos chollados y viejos.

(Con la colaboración de Octavio Enríquez)

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