Fabricantes de barcos

Reportaje - 24.09.2006
Milton Arcia

Desde pangas hasta yates de lujo. De restauradores a navíos coloniales.
¿Cómo no podrían existir en Nicaragua, un país bañado por océanos, los viejos lobos que han convertido este oficio en su vida?

Octavio Enríquez
Fotos de Orlando Valenzuela

El viento sopla fuerte en las costas de Granada, donde Milton Arcia lucha por reconstruir los esqueletos de barcos viejos que pueblan lo que pareciera un cementerio naval. Sopla también en las costas de Malacatoya, donde el pescador Dolores Chávez construye pequeñas embarcaciones para lanzarse a la mar a buscar la vida. Al occidente, en Chinandega, el viento entra donde el italiano Giorgio Bargellini admira la primera criatura de su cosecha: un yate de lujo de 31 pies de largo.

Arcia, Chávez y Bargellini, comparten en distintos puntos del país una misma pasión, la construcción de barcos. Constructores de barcos han existido muchos en la historia del país, desde que Nicaragua fue colonia de España, desde que El Realejo, el puerto principal en esa época, fue un punto importante para la construcción naviera en la América descubierta por Cristóbal Colón y gobernada con mano firme por Pedrarias Dávila.

Eran los tiempos coloniales, la época en que se hacían buenos y muchos navíos, según fray Juan de Torquemada, quien escribió sobre este país entre 1613 y 1621. El historiador Clemente Guido Martínez, el recopilador de la cita, sostiene que en esa época los barcos se medían según los caballos que cupieran adentro, 90 caballos en el caso de los más grandes.

Algo de esta tradición naviera debieron heredar los constructores artesanales de la década de los 60 que se hicieron famosos por sus obras. Manuel Gómez, asesor de la presidencia de la Empresa Portuaria Nacional, dice que en 1968 en San Juan del Sur las construcciones artesanales se convirtieron en verdaderas arcas de Noé. Así se conocieron apodos como Chico Clavo o Pepe Sánchez, carpinteros de mar que sin mucha preparación construían moldes de barcos y los hacían con sus propias manos con tan buena suerte que otros, en otros lugares como la Costa Caribe o Jinotepe, hicieron lo suyo con embarcaciones hechas también de madera, los barcos que surcaban el lago, el mar o los ríos junto a otro tipo de naves como los enormes barcos atuneros.

En ninguna de estas fabricaciones artesanales, según Gómez, se supo de un hundimiento. No hubo naufragio que recordase que los carpinteros de ribera más allá de ser expertos en asuntos navales, eran solo eso: carpinteros. Que como hacían una silla hacían también un barco.

¿Qué ha quedado de esos años?

Historia. Algunos sobrevivientes.

En la actualidad, la Dirección de Transporte Acuático, la encargada de regular este tipo de transporte, reporta 7,182 embarcaciones inscritas en sus registros, entre una suerte de barcos atuneros, construcciones artesanales y unas mil embarcaciones deportivas.

Mil 500 del total de embarcaciones fueron retiradas, porque se les canceló el permiso para navegar. La principal razón es que ya han sido corroídas por el tiempo y la salinidad va afectándolas hasta llevarlas a un estado que Fabio Torres, director del registro, llama desguace, porque si algo hay que saber, según explica el empresario Milton Arcia, es que en el mar una embarcación dura 25 años mientras en el agua dulce pueden durar hasta 100.

Aún con los problemas que reconoce esta dirección para garantizar las condiciones de seguridad en las embarcaciones, en los últimos cinco años son siete, a lo sumo nueve, los hundimientos que han ocurrido, de acuerdo con Torres. La principal causa, sin embargo, es el error humano y tal parece, siguiendo las declaraciones de Torres y el director del área, Jorge Morales, que la calidad de las embarcaciones construidas en Nicaragua está lejos de ponerse en duda.

Magazine buscó las historias de estos fabricantes y se ha encontrado con el empresario que quiere reconstruir los barcos como hacen algunos pintores con esas genialidades de la pintura ya desteñidas por el tiempo. Y está en ese grupo también el inversionista italiano que se hizo a la mar cuando niño y ahora construye yates de 160 mil dólares, aunque por ahora nadie se los compre.

Y un poco más abajo el calafate. Así llamaban a los carpinteros de ribera, los herederos de la tradición de hacer barcos a la orilla de mares, ríos y lagos, entre la brisa que pega en la cara o la tormenta que recoge los pelos y recuerda, como dice Neruda, que el mar que da de comer muchas veces es un despiadado enemigo.

Foto de Orlando valenzuela
Un moderno calafate. Dolores Chávez se ve enorme sobre una de las pangas que construyó en Malacatoya.

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El restaurador. ¿El mar es un enemigo? Las huellas de que el tiempo también lo es se ven en un taller enorme en las costas de Granada, junto al astillero El Diamante. Está lleno de arandelas, motores, barcos viejos, un cementerio de barcos imbuido en un ruido grotesco y las chispas de los hombres que sueldan piezas, llenos de sudor.

Sueldan, golpean y enderezan paredes metálicas. El ferry número tres pronto zarpará y debe estar listo. Milton Arcia camina en la cubierta, sube al segundo piso y desde allí se contempla el cementerio. No hay una cruz que anuncie el nombre de la lápida, pero sí está la memoria de Arcia y su segundo, un marinero de 75 años, que mira un poco hacia el sur y dice acodado en una baranda: “Ahí trabajé yo, en aquel también fui tripulante”.

Se trata de dos embarcaciones. El General Somoza y el vapor Victoria. El primero un barco que le regalaron, según él, al dictador y el que Arcia adquirió como chatarra (a 35 dólares por tonelada), lo mismo que el segundo, una embarcación que marcó un hito en la historia del país y que le vale comentarios de gente que llora al recordar su traslado en el desaparecido Victoria, víctima de un incendio hace más de 40 años.

Así que el Victoria es un fantasma. Solo una carcaza, con dos inscripciones en las paredes. Adentro está pura agua y lleno de moho. El General Somoza es otra cosa, este muerto tiene más de su pasado latente. Los tabloncillos de la cubierta sin embargo craquean cada vez que se pone un pie en él. Es preciso caminar por los clavos para evitar una caída. Arcia muestra desde el ancla hasta unas arandelas gigantescas que quedaron en el interior sin que la gente sepa ahora para qué eran útiles.

Del Victoria cuenta que fue un barco muy importante para Nicaragua. La construcción de ese barco de vapor, de 136 pies ingleses de eslora, 28 pies de ancho, fue encargada a la Compañía Pussey and Jones de Wilmington, Delaware, por el señor Francisco Alfredo Pellas para facilitar la navegación en el lago Cocibolca y significó mucho para centenares de personas que se transportaban desde San Ubaldo, San Carlos y San Jorge a Granada en una época de revueltas y revoluciones que impedía el feliz tránsito si no era de este modo. En él se transportaron tropas a ambos lados del lago y también se hicieron honras fúnebres presidenciales como la de Evaristo Carazo, sorprendido por un ataque cardíaco en Granada en agosto de 1888.

“A uno le tienen desconfianza en esto de la construcción de barcos solo porque no lo ven chelito, ojos azules, pero nosotros aprendimos de los holandeses, quienes son los mejores haciendo barcos. Ellos vinieron a mediados de los años 80 y nos enseñaron a hacerlos. Me acuerdo que eran buenos a las cervezas y nosotros los invitábamos a salir”. Algo parecido siente un italiano que cree que muchas veces los nicaragüenses no compran los productos por solo ser nicaragüenses y prefieren lo americano. Se llama Giorgio Bargellini.

Milton Arcia: “A uno le tienen desconfianza solo porque no lo ven chelito, ojos azules. Pero nosotros aprendimos de los holandeses, los mejores haciendo barcos”.

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El hacedor de yates. El Dorado 31 sale de Marina Puesta del Sol como al mediodía. Hierve occidente en este muelle, lleno de yates de hasta 500 mil dólares de valor. En el timón va un italiano, nacido entre velas, según narra, porque a los dos años lo cargaba su tío para romper botellas y hacerse a la mar con buena suerte.

Giorgio Bargellini tiene pinta de esos marineros curtidos. Dejó Italia hace ya bastantes años, se metió a construir barcos y cuando llegó a Chinandega hizo un estudio de mercado en el 2004. Luego decidió entrar a un negocio que a simple vista parece de muy poco mercado hasta ahora en Nicaragua y de muy poca historia: la venta y construcción de yates. Sin embargo historia sí tiene, como recuerda Manuel Gómez. En San Juan del Sur ya se hacían yates hace muchos años. Este italiano dice que en su caso empezaron a construir el primer ejemplar en un galpón que alquilaron en Chinandega.

Al principio la gente llegaba a asomarse para ver aquella rareza. Cuando lo vieron en el mar tampoco se han sorprendido, cuenta este italiano, porque han visto el esfuerzo que ha involucrado a mucha mano de obra nica, lo que ha abaratado los costos de la construcción pues un yate de Bargellini vale 160 mil dólares, mientras otras embarcaciones pueden costar en el extranjero entre 300 y 340 mil dólares. Está muy bien decorado, mucho espacio donde se puede pescar, y hay termos para echar los pescados.

El infierno del mediodía en Chinandega aminora cuando el yate sale. La nave, recién retocada en la pintura, arranca suave. Tiene cama, cocina, aire acondicionado y baño. El barco tiene 31 pies de largo por 12 pies y tres pulgadas de ancho, dos motores de 240 caballos de fuerza, y aunque hasta ahora no lo ha vendido aún insiste en comerciar su producto.

Bargellini, al igual que Arcia, se queja de que los nicaragüenses prefieren todo lo que viene de afuera. “Tengo la impresión que solo por ser norteamericano compran los barcos usados o nuevos como quieran. Es dificil vender en Nicaragua y este producto tiene buena calidad”.

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El calafate. Adiós a las embarcaciones del Gran Lago de Granada y a los yates. Dolores Chávez es un heredero anónimo de los calafates de la antigüedad. Vive en la comunidad Los Cocos, en Malacatoya, Granada. Casa pobre, patio amplio que comunica con una bocana del lago.

Como los calafates, Dolores también aprendió a hacer su lancha y con ella salir a pescar todas las madrugadas. Tiene también una pequeña. ¿Cuánto demoró en construir esa embarcación? Mientras Milton Arcia puede ocupar en sus embarcaciones más elaboradas uno, dos y hasta tres años, este pescador dura cinco días en darle forma a las 12 tablas de cuatro varas con las que completa la armazón. Aunque para muchos lanzarse al mar con una embarcación de estas puede ser un suicidio, él lo toma con la mayor naturalidad. Nunca se van lejos. Siempre pescan en la ribera para evitarse problemas con la marea.

“El lago ha sido mi mejor patrón, no tengo queja de él, más bien todo lo que tengo me lo ha dado”, dice el pescador chintano, barrigón y descalzo, en el ambiente fresco de la ribera junto a su casa. Varios granos de arena invaden su cabello. Lo de su devoción por el mar parece ser un canto. Parece sacado de un poema. Como una vez dijo Neruda, el poeta chileno, cantándole al mar: “Los hombres de la orilla, tenemos frío y hambre/ eres nuestro enemigo,/ no golpees tan fuerte,/ no grites de ese modo,/ abre tu caja verde/ y déjanos a todos/ en las manos/ tu regalo de plata: el pez de cada día”.

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