Fuego sobre Juigalpa

Reportaje - 14.08.2016
260-MAG-Jui2

Era octubre de 1988 y desde la base del Quinto Comando Militar Regional de Juigalpa llovieron cohetes. Cinco proyectiles irrumpieron en el pueblo y acabaron con la relativa calma en tiempos de guerra. Esta es la historia de lo que pasó y la de los sobrevivientes de aquel accidente militar poco conocido

Por Tammy Zoad Mendoza

5:00 a.m. Es miércoles y el pueblo se despereza para empezar otra jornada. Las calles de Juigalpa aún están vacías, pero en las casas hay actividad. Doña Beata Urbina está en pie preparando el desayuno para su familia; Solón Martínez, su esposo, es el primero en salir de la casa a trabajar. Va al campo a revisar sus cultivos y sacar un ganado. Dorisel Martínez Urbina, hija menor del matrimonio, no tardará en despertar para ayudar a su madre en las labores de limpieza antes de irse a la escuela.

A dos kilómetros de ahí, en la base militar que corona la colina que se alza al noroeste, el teniente Carlos Kasper Flores, jefe de la técnica aérea del destacamento de la Quinta Región, está reunido con unos soldados antes de salir a una misión, mientras en el campo contiguo el equipo técnico revisa los seis helicópteros que alzarán vuelo según el plan del día. 12 de octubre de 1988.

Ya son más de las siete y Rafael González, un chavalo de 13 años, avanza por el barrio Sandino. Se detiene en la esquina junto al Colegio San Francisco, y se sienta en la acera alta de una casa esquinera, la casa de doña Beata. Dentro, Dorisel, también de 13 años, recién acaba de limpiar el piso. Se acerca al portal, toma las dos hojas de la puerta para cerrarla… ¡Pum, pum, pum!

5:00 a.m. Es miércoles y el pueblo se despereza para empezar otra jornada. Las calles de Juigalpa aún están vacías, pero en las casas hay actividad. Doña Beata Urbina está en pie preparando el desayuno para su familia; Solón Martínez, su esposo, es el primero en salir de la casa a trabajar. Va al campo a revisar sus cultivos y sacar un ganado. Dorisel Martínez Urbina, hija menor del matrimonio, no tardará en despertar para ayudar a su madre en las labores de limpieza antes de irse a la escuela.

A dos kilómetros de ahí, en la base militar que corona la colina que se alza al noroeste, el teniente Carlos Kasper Flores, jefe de la técnica aérea del destacamento de la Quinta Región, está reunido con unos soldados antes de salir a una misión, mientras en el campo contiguo el equipo técnico revisa los seis helicópteros que alzarán vuelo según el plan del día. 12 de octubre de 1988.

Ya son más de las siete y Rafael González, un chavalo de 13 años, avanza por el barrio Sandino. Se detiene en la esquina junto al Colegio San Francisco, y se sienta en la acera alta de una casa esquinera, la casa de doña Beata. Dentro, Dorisel, también de 13 años, recién acaba de limpiar el piso. Se acerca al portal, toma las dos hojas de la puerta para cerrarla… ¡Pum, pum, pum!

Dorisel está en el suelo, sentada en un charco de sangre, su sangre. Rafael, el chavalo que estaba sentado en la acera, cayó de bruces en la calle. En la base militar, el teniente Kasper salió como alma que la lleva el diablo creyendo que los estaba atacando la contra y que debían defenderse.

“Versión oficial, proyectiles disparados por accidente. Cae metralla de Mi-17 sobre Juigalpa”, “Accidente en Juigalpa con helicóptero artillado. 6 heridos por proyectiles”. “Deplorable accidente en Juigalpa: 6 heridos”. En los tres diarios nacionales el accidente fue noticia de portada al día siguiente.

¿Qué pasó? 28 años después Carlos, Rafael y Dorisel cuentan su versión, y qué fue de ellos después de aquel accidente militar que quedó en la memoria colectiva de los juigalpinos que lo vivieron y de los que han escuchado la historia de los cohetazos que por un error humano se dispararon desde la base militar en la colina frente a la ciudad y cayeron en el pueblo.

Dorisel, de 41 años, es testimonio vivo de ello. Ella es aquella niña que recibió el impacto del proyectil, uno de los cinco que bajaron al pueblo, que entró por la puerta grande de su casa esa mañana.

***

El mismo año en que se firmarían los acuerdos de paz, el Ejército Popular Sandinista desplegaría la mayor operación ofensiva contra la denominada Resistencia Nicaragüense, la Operación Danto 88. Unos tres mil efectivos militares del EPS entraron a Honduras para atacar campamentos de la contra, debilitar a esta estructura y de esta forma garantizar que llegarían con ventaja a la mesa de negociación de paz para aceptar sus condiciones.

El 23 de marzo, en Sapoá, departamento de Rivas, firmaron el acuerdo para el cese al fuego. Se comprometieron a suspender operaciones militares a partir del 1 de abril del 1988 mientras se desarrollaba el proceso de negociación para el cese definitivo del fuego. Pero era octubre de ese año y el país seguía encendido en guerra. Las portadas de los periódicos registraban ataques de uno y otro bando, muertes de militares y civiles y constantes fuegos cruzados.

La misión de combate del 12 de octubre del 88 estaba programada para las ocho de la mañana, y desde las cinco de la madrugada empezaron las revisiones finales a las naves y municiones. Eran seis helicópteros MI-17 artillados con cohetes rusos S-5. Estos proyectiles aire-tierra, de propulsión con pólvora, tenían un alcance de hasta cuatro kilómetros y eran de explosión por contacto. Una vez se estrellaban con suficiente fuerza en algún objeto, tenían capacidad para destruir lo que hubiese en diez metros a la redonda. Parecen gigantes lápices metálicos con la punta afiladísima y en el otro extremo una cola con aspas. Lápices mortales que estallan y manchan de sangre.

“Las naves se mantenían artilladas y todos los días les hacían un chequeo, el 360 se le llama, para saber cómo están las baterías, combustible, pala, todo. Está el técnico de vuelo y el técnico de armamento, el mecánico que verifica municiones, su correcta colocación y hace las pruebas”, explica Carlos Kasper, de 57 años, entonces teniente y jefe de la técnica aérea del destacamento de la Quinta Región.

Kasper estaba dando las últimas recomendaciones antes de salir a misión cuando… ¡Pum, pum, pum! El estallido sacudió el lugar y ellos salieron disparados a ver qué pasaba. “Pensamos que nos estaba atacando la contra, y cuando vi ¡ala gran puta. El helicóptero estaba disparando!”, cuenta y se sobresalta al recordar tan mala sorpresa.

No recuerda con exactitud si las aeronaves estaban artilladas en su capacidad máxima o a la mitad pero explica que “entre 16 y 32 cohetes debían tener cada uno en las loncheras” (compartimientos donde se cargan y desde donde se disparan los cohetes). “Y eso no es que se dispara uno solo, salen en pareja de ambos lados, ahí se fueron como treinta y pico de cohetes, otra cosa es que solo tres o cinco hayan caído en la ciudad”, comenta Kasper, rascando en la memoria.

De inmediato corrió y ordenó detener a los técnicos que realizaban el chequeo y se les interrogó. Vio el humo que salía del hogar de niños que está colina abajo. “¡Matamos a los niños!”, pensó, pero por suerte el humo era por la quema de basura en el patio del lugar. Fue a dos kilómetros, donde apenas se distinguen colores y formas de los tejados, donde habían caído cinco proyectiles.

Al poco tiempo llegó la comisión de investigación, encabezada por el auditor general de las Fuerzas Armadas. A los técnicos los arrestaron de inmediato, a Carlos Kasper y a Félix Pereira, otro jefe en la unidad, les quitaron el cargo y los enviaron castigados a Managua. Ahí el coronel Javier Pichardo, jefe de la Fuerza Aérea Sandinista, los amonestó y fueron reasignados a una nueva sección.

A través del órgano oficial del FSLN, Barricada, se dio a conocer que “de acuerdo a la Ley Penal Militar aquellos que incumplieran las reglas en la preparación o realización de vuelos, y causaran muerte, lesiones o catástrofes graves”, se les privaría de libertad entre 10 y 30 años, de comprobarse su falta. El reporte final de la investigación no se publicó en los medios, la llegada del huracán Johan arrasó en las portadas las semanas siguientes. No hay quien recuerde el nombre de aquel técnico, menos quien sepa qué fue de él, si estará purgando o no su condena.

Respecto a la posición de las aeronaves, Kasper explica que era la correcta. Cada uno de los siete helicópteros estaba dispuesto en su pista de aterrizaje y despegue, orientados hacia el Este, sentido en el que el helicóptero alzaba vuelo desde la colina, hacía una maniobra de avanzar para luego elevarse y empezar la ruta.

“Fue una negligencia del técnico”, sostiene Carlos Kasper, quien se retiró con el rango de teniente primero. “En el techo del helicóptero hay un botón de prueba para cuando realizás los chequeos, pero él manipuló el bastón de mando. No sé si no se fijó, estaba distraído o fue boludencia. No tenía por qué tocar el bastón de mando, apretó el disparador y salieron los cohetes”. La desgracia.

“La guerra continuó, nosotros nos quedamos en Managua, supe que habían heridos leves y que una niña había perdido su pierna. Nunca la vi, no podría verla”, alcanza a decir Carlos Kasper, antes que un nudo en la garganta le corte de tajo la voz.

***

La niña está en la camilla y empieza a despertar. Un grupo enfermeras y médicos la rodea.
—Hola Dorisel. ¿Cómo estás?
La niña solo asiente.
—¿Sabés qué te pasó? —le pregunta una mujer.
—Sí —responde escueta la niña.
—¿Qué te pasó? —le pregunta otra vez la mujer.
—Perdí mi pierna.
—Sí. Perdiste tu pierna… —silencio, los doctores se miran entre sí y quien se presentó como psicóloga empieza a explicarle lo que había ocurrido. —Hubo un accidente…

“Yo nunca perdí la consciencia, sabía que algo me había pegado fuerte, me botó y luego me vi sentada en el charco de sangre. Mi pierna derecha estaba desgajada a un lado, solo tenía un hilito de piel que la unía a mí. Cuando vi eso supe que era imposible, que ya no tenía más mi pierna”, recuerda Dorisel Martínez Urbina, ahora de 41 años.

En un camión militar la llevaron al Hospital Militar Alfonso Núñez, donde le hicieron una cirugía de emergencia para reconstruir al área que el proyectil había mutilado de un tajo. Solo quedó un pequeño trozo de hueso de la pierna unido a su cadera, que ahora está cubierto por una capa gruesa de músculo y piel.

Luego de la primera intervención estuvo 27 veces en el quirófano. “Tuvieron que dejar abierta la herida porque tenía restos de pólvora y debían hacer los lavados quirúrgicos en una sala por lo delicado de la situación”, detalla Dorisel.

Habla de su viaje a Cuba, donde estuvo cuatro meses hospitalizada en rehabilitación y fisioterapia. Ahí le diseñaron su una prótesis especial que se ajustaba con una faja al muñón corto de su pierna. Se ajustaba perfecta y no le provocaba alergias, tenía movilidad de rodilla y en el pie, caminaba tan cómodamente que el primer año fue de fácil asimilación.

Estaba terminando el primer año de secundaria, era alumna destacada y una chavala que no paraba en la casa, siempre tenía algo que hacer. Mandados, actividades del colegio, juegos con los amigos. En 1991 se integró a segundo año de secundaria pero suspendió los estudios en tercer año.

“Me puse rebelde. Mi mamá me trataba de ayudar y yo no me dejaba, le decía no, que me dejara. A veces no me entendían, pero como ella decía: ‘Dios le da a cada quien la cruz que puede cargar’, y yo tenía que cargar con la mía. Ella me sobreprotegía y yo me rebelaba contra eso”, recuerda Dorisel.

Quien la escucha pensaría que se refiere a otra persona cuando habla con naturalidad de aquel día en que perdió la pierna, recuerda que Rafael estaba sentado en la acera, que su madre estaba en la cocina y que ella pensaba en que se le hacía tarde para ir a la escuela, el colegio San Francisco de Asís, en la esquina al lado de su casa.

Va hasta su antigua casa, en el barrio Sandino, pide permiso para entrar y pasa a la sala. Se convierte de nuevo en aquella niña de 13 años, la que lampaceaba el piso, la que se acercó a la puerta café de doble hoja. Es la misma puerta, café y con surcos que forman rectángulos, como dos tabletas de chocolate que se juntan al centro. “La misma puerta”, dice, pasa los dedos por los surcos y le da dos toquecitos con los nudillos: “Buena madera”.

“El niño que estaba sentado en la acera de mi casa fue el primer afectado, le pegaron varios charneles. A mí me pasó llevando la pierna, a mi mamá también le pegaron charneles y el cohete fue a pegar a un barril de agua, ahí quedó. Se apagó”, cuenta.

Aunque reconoce que en cuanto a movilidad su vida cambió, Dorisel dice que ha hecho todo lo que ha querido. Tras la muerte de su madre y su padre, dividió su tiempo entre el trabajo y los estudios. Trabajó en una tienda, fue recepcionista, secretaria y se graduó en Contabilidad Pública y Finanzas. Desde hace 15 años trabaja en la Alcaldía de Juigalpa. Un año antes nació su hijo, que ahora tiene 16 años y está a punto de graduarse como bachiller y quiere ser veterinario.

“En la adolescencia fue lo más difícil, los mismos grupos de amigos te hacen sentir diferente, te van excluyendo y el resto de gente cree que porque te falta una pierna tenés que dejar de avanzar. ¡No hombré! Yo me traslado en moto, ando de arriba a abajo, me gusta ir al mar, viajé a Cuba, voy para México”, cuenta y sonríe.

Las cirugías, tratamientos, fisioterapias y las cuatro prótesis que usó las asumió el Ejército en su momento, pero ella dejó de recibir apoyo. Tampoco cree necesitarlo, es una mujer independiente, dice Pero a partir de su embarazo, en el 2000, empezó a usar bastones para movilizarse porque las prótesis nacionales para su muñón eran para fajarse en el vientre y el material le provocaba alergia por contacto. Con el paso del tiempo, la falta de práctica y el peso, se le dificulta un poco y se le cansan los brazos. “Debo retomar la prótesis por salud. Tengo que hacer terapia de nuevo, entrenar para fortalecer el muñón y que pueda levantar y mover una nueva prótesis, pero necesito que sea una prótesis como la cubana”, cuenta Dorisel, quien tendría que movilizarse al Hospital Nacional de Rehabilitación Aldo Chavarría, en Managua, porque en Juigalpa no hay centros de este tipo.

“Mi familia nunca pidió nada, no estaban metidos en política o en la guerra, fue un accidente. Nunca he sentido rencor por eso, tampoco he querido saber quién fue o cómo, a veces uno por buscar encuentra cosas que no quiere. Estoy bien así”, asegura Dorisel.

***

De todos los proyectiles que pudieron haber salido disparados en aquel accidente, fueron cinco los que llegaron hasta al pueblo. El barrio Sandino fue el más afectado, según reportes de La Prensa, Barricada y El Nuevo Diario. Varias casas reportaban paredes horadadas, techos rotos, chanchos y gallinas tendidos en los patios tras recibir charnelazos.
El estruendo sacudió toda la zona de la barrera de toros. Además del cohete que entró en casa de Dorisel, otro rompió la parte superior de la fachada del colegio San Francisco de Asís, un tercero se estrelló en la casa del lado y otro en la entrada de una vivienda más al sur. Ninguno explotó.

“En el trayecto los cohetes perdieron velocidad, atravesaron paredes delgadas y al momento del impacto final no tenían a suficiente fuerza para explotar. Gracias a Dios no detonaron, no habrían quedado vivos”, reconoce Carlos Kasper, de 57 años, quien se retiró del Ejército hace 25 años con el rango de teniente primero.

Entre los seis heridos que registraron las noticias, el de mayor gravedad fue Rafael González Acevedo, de 13 años. Estaba sentado en la acera de la casa de Dorisel, esperando que llegara su jefe para irse con él a empezar otra jornada como ayudante de albañilería, cuando de repente sintió una bola de fuego en la cabeza y cayó. Veintidós días después despertó en el Hospital Militar Alejandro Dávila Bolaños. Estuvo en coma, de las 13 heridas en todo el cuerpo, un fragmento del proyectil impactó en la parte izquierda de su cabeza, le rebanó la piel, rompió el cráneo y le dejó secuelas de por vida.

Rafael Acevedo ahora tiene 41 años, tres hijos y sigue trabajando en construcción. Tiene en su cuenta siete operaciones, dos meses en el hospital, año y medio en cama, y le tomó tres poder volver a caminar. Su pie izquierdo también fue impactado por un fragmento y tuvieron que reconstruirlo. Quedó un poco más corto e hinchado, como si tuviera una bola de tenis atrapada en el empeine. Renquea, le cuesta apoyar el pie, le duele. “A mí me ayudaron del Ejército un tiempo, como cinco años, pero quedé mal. Sufro fuertes dolores de cabeza, mareos, y en el 2001 convulsioné por primera vez, me pasa cada vez más seguido. Dicen los doctores que al romperse el cráneo quedaron astillas, huesitos súper finos que tocan un nervio y por eso tengo convulsiones”, cuenta Rafael. Él aún resiente el accidente y pide ayuda para hacerse nuevos análisis y conseguir tratamiento para los dolores de cabeza y las convulsiones.

“Nosotros protegíamos la vida de los civiles, éramos muy cuidadosos, pero las desgracias pasan. Una bala no lleva nombre, te da y no ve quién sos. Saber que hubo heridos, que una niña perdió su pierna, eso fue doloroso, lo más horrible para mí. Me dijeron que ella vive ahí en Juigalpa, que trabaja en la Alcaldía, pero la fecha y yo no tendría fuerzas para verla”, admite Carlos Kasper, a quien cada cierto tiempo algún viejo conocido le pregunta: “¿Te acordás cuando se te fueron los cohetazos en Juigalpa?”.

Ayapal

Carlos Kasper no recuerda otro accidente militar de la Fuerza Aérea Sandinista que haya tenido víctimas civiles, además del de Ayapal en 1982.
El 9 de diciembre de 1982, uno de los helicópteros de la FAS que trasladaba indígenas de las comunidades fronterizas con Honduras hacia San José de Bocay, se desplomó poco después del despegue.
De las 92 personas a bordo, murieron calcinados 75 niños y nueve madres. El gobierno sandinista culpó entonces a la contra, y convirtió en bandera política la tragedia. Las investigaciones técnicas realizadas por especialistas rusos determinaron que el desplome se debió a una falla técnica.
En declaraciones posteriores exmilitares reconocerían que hubo negligencia y que el sobrepeso pudo haber provocado que el rotor de cola se rompiera, se desestabilizara la aeronave, cayera y luego explotara, convirtiéndose en un horno humano.

Sección
Reportaje