Gaspar García Laviana, el sacerdote que dejó de lado la biblia y se unió a la guerrilla

Reportaje - 11.05.2020
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Llegó desde Asturias, España, a predicar el Evangelio, pero a medio camino dejó la biblia y se unió al Frente Sandinista. Unos lo ven como un mártir pese a violar el quinto mandamiento

Por Abixael Mogollón G.

Es octubre de 1978 en algún lugar de Panamá. Dos enviados especiales de la revista española Interviú atravesaron el océano para entrevistar al sacerdote español que forma parte de la guerrilla nicaragüense, Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).

El cura acaba de ser deportado de Costa Rica y luego de esta entrevista volverá a Nicaragua, donde casi dos meses después morirá.

Sin afeitar, quemado por el sol, con una boina negra y rodeado de jóvenes guerrilleros que se tapan el rostro, Gaspar García Laviana, dice con amargura que desde que llegó a Nicaragua en 1969, siente que predicó en el desierto y que un día se dio cuenta de cuál era su misión.

-Cuatro años recorriendo todos los organismos oficiales en busca de ayuda que nunca llegaba –dijo -cuatro años de mentiras, cuatro años atontando a la gente, dándoles ilusiones efímeras y ficticias con mis programas y mis proyectos. Y un día me di cuenta de que yo era un servidor más de la tiranía somocista, un lacayo de aquel régimen corrupto. Mi misión consistía simplemente en que la gente no siguiera dormida.
-¿Y entonces? -le pregunta uno de los periodistas.
-Entonces planeé matar al dictador.

Los dos reporteros se quedan helados. En frente no tenían a un guerrillero cualquiera. Era un comandante del FSLN que luchaba contra una tiranía dinástica y además sacerdote católico en activo.

Le preguntaron cómo planeaba asesinar a Somoza.

García Laviana les contó que no solo era él quien había concebido el magnicidio. Que tras ellos había un “maestro” que sabía que Somoza tenía una casa en San Juan del Sur, al lado del mar. Una casa muy custodiada por la guardia y donde el dictador pasaba algunos fines de semana.

Habían localizado una alcantarilla desde la cual era fácil llegar hasta debajo de la propiedad. Ahí planeaban poner una bomba y detonarla a distancia.

-¿Un atentado tipo Carrero? -soltó uno de los periodista, recordando la bomba que había puesto la banda terrorista ETA en 1973 al político franquista, Luis Carrero Blanco y que acabó con su vida.

El atentado nunca se llevó a cabo porque según el sacerdote se dieron cuenta que el verdadero problema de Nicaragua no era Somoza, sino el somocismo.

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En las filas sandinistas lo llamaban comandante Martín. Quizás porque nació en el caserío de Les Roces; Consejo de San Martín del Rey Aurelio, en Asturias, el ocho de noviembre de 1941.

Al poco tiempo sus padres se trasladan a la población cercana de Tuilla, una localidad minera que marcaría a fuego, carbón y acero la sensibilidad y forma de ver la vida del joven Gaspar.

Su padre se llamaba Silverio García Antuña, fue minero durante 42 años y tuvo la suerte de jubilarse, su madre se llamaba Enriqueta Laviana Fernández.

El pequeño miró de cerca las tragedias y el sudor de los mineros en su padre, quien con mucho esfuerzo lograba llevar el sustento a su familia.

Eran varios hermanos, por lo que los padres los metieron al seminario buscando que no fueran devorados por la mina. Daba igual qué estudiaran, todo era que no se vieran obligados a jugarse la vida todos los días en el hoyo.

Cursó la secundaria en Valladolid y comenzó los estudios sacerdotales de Filosofía y Teología en Logroño.
En esos años conoció a Pedro Regalado, uno de sus mejores amigos y quien sería su compañero de viaje en la aventura de evangelizar en América Central.

Cuenta Regalado, en un documental por el 30 aniversario de la muerte del sacerdote que muchas veces estando en el seminario, García Laviana quiso dejar los estudios porque tenía fuertes dudas de su vocación sacerdotal.

En 1966, ya como el padre Gaspar García Laviana, celebra su primera misa en la pequeña capilla de Tuilla. Había entrado a la congregación de Los Misioneros del Sagrado Corazón de Jesús.

En la parroquia de Tola, donde fue enviado cuando llegó a Nicaragua. LA PRENSA/INHCA

Fue enviado a la joven parroquia de San Federico, en Madrid, ubicada en un barrio pobre y marginal, donde se dio cuenta que tenía que ganarse el pan con un trabajo a parte del sacerdocio.

Así fue como se metió a carpintero. Por la mañana era común ver al joven cura vestido con un mono de trabajo, tragando polvo mientras trabajaba con la madera, y por las tardes reunía a los jóvenes del barrio para enseñarles el catecismo o intentar que dejaran las drogas.

Acababa de concluir el Concilio Vaticano II y se hablaba de abrir las puertas y ventanas de las iglesias para que entrara el aire nuevo impulsado por el mensaje de renovación que predicó el papa Juan XXIII.

Así pues, cuando su congregación pidió misioneros para llevar la palabra de Dios a Nicaragua, El Salvador y Guatemala, el joven Gaspar se ofreció sin dudarlo.

“En Madrid hay muchos curas”, cuentan sus amigos que dijo. Varios años después confesaría que de “Nicaragua solo sabía que hacían falta sacerdotes”.

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Nadie en la dictadura somocista se imaginó que aquel joven sacerdote idealista sería un dolor de cabeza para el régimen y mucho menos que un día dejaría la sotana para hacerse guerrillero.

Cuentan que Somoza en 1978 dijo a unos periodistas españoles: “Qué habría dicho Franco si yo le hubiera enviado gente tan indeseable como ese cura Laviana, que anda por ahí haciendo el imbécil con las armas”.

Aterrizó en Nicaragua en 1969. Lo mandaron a la parroquia del municipio de Tola en Rivas. Ahí no había casi nada. Era una zona de misión de unos seiscientos kilómetros cuadrados. Casi todos analfabetas, desnutridos y explotados. En medio de esa miseria Gaspar comenzó su trabajo.

“Yo hice escuelas, traté de estimular a la gente para que aprendiera, pero me di cuenta de que no apreciaban la cultura, de que les importaba un comino la alfabetización. Yo traté de enseñarles técnicas agrarias, pero era inútil, no tenían tierras donde aplicar los nuevos conocimientos. Así, durante cuatro años”, dijo en la entrevista con Interviú.

Además, se topó con la prostitución y violación de menores. La mayoría de ese negocio lo controlaban miembros de la Guardia Nacional y grandes terratenientes de la zona que eran muy cercanos a Somoza.

Con la alta jerarquía de la Iglesia Católica también tuvo problemas, lo que ocasionó que lo cambiaran de parroquia, pero siguió.

Los denunció en las homilías, y muchas veces intervino y sacó a niñas de burdeles y casonas donde eran obligadas a ejercer la prostitución. Así fueron los primero cinco años, hasta que la guardia se comenzó a hartar del cura Laviana.
Pedro Regalado, quien entonces estaba en una pequeña capilla cercana, asegura que fue testigo de cómo lo intentaron asesinar varias veces.

“Las autoridades le dijeron que se tenía que ir porque era comunista”, dijo en aquel documental hace 10 años.

Que Gaspar estaba influenciado por la Teología de la Liberación no era secreto para nadie. Dentro de este movimiento hay varias corrientes entre ellas la guerrillera que fue tomada por otros sacerdotes de América Latina. En el caso de Nicaragua solo García Laviana. En cambio, otros sacerdotes como Ernesto y Fernando Cardenal tuvieron un papel más ideológico o político como Miguel D`Escoto.

Ya como el comandante Martín, en 1978 con otros guerrilleros en el Frente Sur Benjamín Zeledón. LA PRENSA/INHCA

Se presume que Gaspar García Laviana hizo sus primeros acercamientos con un grupo del Frente Sandinista antes de 1973. Para entonces según el cura, el Frente era una “cosa pequeñita”. Le presentaron a unos muchachos con los que habló, y el programa de aquellos chavalos convenció al cura a unirse a la guerrilla.

Fue su segundo noviciado. Siempre se sintió orgulloso de comenzar desde abajo en la guerrilla. Al comienzo le encargaban pequeños trabajos de propaganda. Mandar y recibir mensajes, sobre todo. Así estuvo un par de años combinando las acciones con el Frente, con el trabajo en la parroquia y la denuncia contra el régimen.

A inicios de 1977, Laviana y Regalado fueron a Managua a realizar unas diligencias en el consulado español. Estaban comiendo cuando entró el embajador y le dijo a Gaspar que afuera había un vehículo esperándolo, que agarrara su maleta y se fuera al aeropuerto a tomar un avión, que iba de regreso para España porque su vida corría peligro.
Según el padre Regalado fue tal la cara de susto del embajador, que el cura obedeció sin poner resistencia. Tomó su último vuelo a España.

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El exsacerdote Andrés Álvarez recuerda que una de las primeras cosas que hizo Gaspar al aterrizar en España fue visitar a su hermano Silverio García, que también era sacerdote.

“Estaba desconcertado, estaba con una profunda duda de si volver o no a Nicaragua. Esa duda le causaba angustia porque sabía que si regresaba era para incorporarse definitivamente al Frente”, contó hace 10 años en un documental de la televisión asturiana, Silverio García.

El cura volvía a su pueblo luego de siete años fuera. La familia, amistades y conocidos fueron a recibirlo para que les contara cómo era Nicaragua y el trabajo que hacía en aquel pobre país del centro de América.

Pero Gaspar llegó muy conmocionado. Hablaba mucho de Somoza, del tipo de tiranía que tenía montada, del terremoto de 1972 y la miseria en la que había quedado el pueblo.

A la periodista Karmentxu Marín, no le sonaba a nuevo todo lo que llegó relatando Gaspar, porque era el tipo de cosas que recibía de su amigo por medio de cartas.

“Una vez me escribió muy triste contando que luego del terremoto Somoza se había quedado con la ayuda internacional de los damnificados”, dijo la periodista española en el documental por los 30 años de la muerte del cura.

Incluso muchas veces Gaspar se hizo pasar por el mismísimo Somoza a través de cartas que escribía, firmaba y enviaba a las autoridades locales, para ordenar que les dieran comida a los campesinos y terremoteados. “He llegado a firmar como el general Somoza. Es que me van a fusilar si me descubren, pero como ya los tengo detrás me da un poco lo mismo”, le escribió el sacerdote.

Antes de esto el cura pidió una reunión con Somoza. En su parroquia tenía refugiadas a casi 200 familias que veían cómo pasaban los días y no recibían ayuda ni alimentos. Cuenta Andrés Álvarez, coadjutor de la parroquia de San Federico de Madrid, que una tarde Somoza lo recibió junto al delegado de Cáritas de Nicaragua.

“Somoza tenía los pies sobre la mesa y estaba recostado con un enorme puro y cuando entró Gaspar les dijo que las cosas que mandaban eran para Somoza y su familia”, relata.

Sus amigos lo describen como tierno, espontaneo, alegre y entusiasta, pero de genio fuerte. Covadonga Querol, monja benedictina y amiga de Gaspar, asegura que siempre fue muy pacífico y si se atrevió a tomar las armas “fue porque no tenía otra salida”.

Mientras que, para el escritor y exmiembro de la junta de gobierno, Sergio Ramírez, “Gaspar representa la santidad. El compromiso hasta la muerte y dejar todo como en el evangelio”.

La canción que le dedicó Carlos Mejía Godoy dice:
Logró cambiar la parroquia
sotana, confesionario
por montaña y Evangelio
fusil revolucionario.

En ese dilema estaba. Volver a Nicaragua para de una vez por todas agarrar las armas, quedarse en España y comenzar una vida nueva o entrar a un monasterio para vivir en silencio. Porque esta última opción también la contempló. Escribió a la Orden de los monjes Trapenses para pedir su ingreso y también a la orden de los Cartujos, pero al final pudo más el ansia guerrillera.

En la primavera del 77 se decide a volver a Nicaragua. Habló con sus superiores y les informó de su decisión. La mayoría la aceptó y la respetó.

Dentro de la vertiente guerrillera de la Teología de la Liberación se ha llegado a justificar el asesinato de los dictadores, utilizando el viejo término griego de “tiranicidio”. Esto como justificación moral ante el asesinato.

La postura oficial de la Iglesia Católica a este respecto quedó más que evidente, cuando el Papá Juan Pablo II amonestó públicamente al sacerdote Ernesto Cardenal, quizás la reacción con el cura García Laviana habría sido la excomunión.

Esto es algo sumamente llamativo. Su congregación religiosa siempre lo apoyó en esta opción de tomar las armas. Gaspar Murió como un sacerdote de los Misioneros del Sagrado Corazón, pese a la contradicción con que supone a la doctrina cristiana que prohíbe matar o hacer daño al prójimo.

“Sobre armas yo le podría decir que los que lo critican no han leído el Evangelio, donde San Lucas cuenta que los apóstoles tenían armas en la última cena. Lo importante es que el cristianismo sea revolucionario sino no es cristianismo”, dijo el poeta y sacerdote revolucionario Ernesto Cardenal, en el 30 aniversario de la muerte de García Laviana.

Altar en Rivas en 1979, su entierro oficial se realizó en octubre de ese año. LA PRENSA/ARCHIVO

En la cita bíblica que mencionó Ernesto Cardenal, Jesús les dice a sus discípulos que bajen las espadas y amonesta a Pedro que hirió a uno de los romanos. Ahí Jesús antes de ser apresado según el Evangelio de Juan dijo “el que a hierro mata a hierro muere”.

Mientras que en el pasaje del Evangelio de Mateo se condena a los que matan.

“Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio”, dice en el capítulo cinco.

El 26 de abril de 1977, se dirigió en una carta a las autoridades de la Iglesia Católica y acompañado de varios sacerdotes, cuenta muchas de las denuncias que ha realizado y de las amenazas de muerte que ha recibido.

Por ejemplo, en dicha carta Gaspar dice que el 21 de marzo de 1977, el coronel departamental de Rivas lo manda a llamar. Al llegar el coronel comienza a grabar la conversación entre los dos. Le asegura que nada le va a pasar y que a Somoza no le interesa tener a un cura muerto. Además, el guardia le recuerda la muerte solo unos días antes, del sacerdote jesuita Rutilio Grande, amigo personal del arzobispo de San Salvador, monseñor Óscar Arnulfo Romero.

“Me dijo que tenga cuidado porque la mafia podía hacerme lo mismo y que yo hago mal en no aceptarle un guardia en la puerta de mi casa. Desde ese momento supe con claridad que la Guardia Nacional estaba preparando mi muerte, porque esa cinta grabada probaría la inocencia de ellos”, dijo en esa carta a las autoridades eclesiásticas españolas.

Luego de comunicar su decisión de volver a Nicaragua, celebra con su familia una misa de despedida, para entonces acababa de llegar a España Carlos Mejía Godoy y los de Palacagüina, tocaron la misa campesina en aquella eucaristía y luego acompañaron al sacerdote en una cena con su familia.

Carlos Mejía recuerda ese momento y se quedó impresionado del amor que tenía Gaspar hacía su madre, “la asturiana más guapa”. Ya tarde antes de terminar el convivio Gaspar reafirmó su decisión.

“No hay otro camino. La lucha armada es el único camino que queda para poder cambiar este país de tanta corrupción y tanta miseria”, recuerda el cantautor que le dijo.

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Ascendió rápido en las filas del Frente Sandinista su preparación duró unos tres años. Recibió instrucción militar en Cuba, estuvo en la clandestinidad durante varios meses saliendo solo de noche del buzón, y ya luego estaba enseñando como usar los lanzamorteros en los campamentos del Frente Sur, así se le observa en vídeos de la época grabados por periodistas españoles.

Tenía 37 años. Muchas veces tuvo que refugiarse en El Ostional, en San Juan del Sur, frontera con Costa Rica y también estuvo un breve tiempo refugiado en Guatemala. La guardia lo andaba en la mira.

En octubre de 1977 estuvo a punto de entrar en combate por primera vez junto a 25 guerrilleros, pero al final por órdenes superiores le dijeron que se mantuviera al margen. Cuenta que estaba en la zona de Managua cuando vio pasar varias tanquetas que iban rumbo a Masaya a atacar a sus compañeros.

“A mi lado había una muchacha llorando. Le pregunté qué le pasaba y me dijo que su hombre era sandinista y estaba en Masaya pegando tiros. Me costó mucho trabajo no delatarme”, contó a periodistas españoles.

Pero fue hasta febrero de 1978, que entra en combate por primera vez en Rivas.

¿Qué si el padre mató alguna vez? Pues confesó que no sabría decirlo pero que tenía buena puntería, incluso usando armamento pesado.

“Cuando uno está en combate, dispara contra el enemigo para derrotarlo. Claro que alguno habrá caído. Yo tiro a matar, desde luego. Y cuando se dispara un rocket son varios los que saltan por los aires”, dijo sin inmutarse el sacerdote.

Para el comandante Martín ya no era difícil ver a Somoza y a la guardia como solamente enemigos.
En una de sus célebres homilías dijo que el “somocismo era pecado” y que había que librarse de la opresión con el fusil en la mano.

Amigos y familiares de García Laviana llegaron a Nicaragua en 1979 para su entierro oficial. LA PRENSA/ARCHIVO

“Por mi pueblo nicaragüense, he de combatir hasta mi último aliento por el advenimiento del reino de la justicia en nuestra patria, ese reino de la justicia que el Mesías nos anunció bajo la luz de la estrella de Belén. Patria libre o morir", dijo eufórico en la que fue una de sus últimas misas. Porque Gaspar cuando ya se metió de lleno en la guerrilla dejó de celebrar la Eucaristía.

Decía que la montaña no era un parque. Que la montaña era todo peligro, hambre, zancudos, aviones y guardias.

Al exguerrillero, José Antonio Sanginés, le manifestó que no estaba seguro si un campamento era ambiente para una eucaristía. Para entonces ya no era el Padre García Laviana, era el comandante Martín.

Con lo de las misas no contaba el sacerdote Ernesto Cardenal.

Llevaron al poeta a uno de los campamentos del Frente Sur, Benjamín Zeledón. El cura español y el nicaragüense no se conocían, ahí llegó el poeta trapense se puso el alba, la estola y sin casulla comenzó una misa en medio del campamento guerrillero.

A García Laviana no le habían informado que llegaría Cardenal. Se molestó, pero no impidió que se celebrara la misa, aunque él y otros guerrilleros no participaron.

“Santo fue como sacerdote y santo fue como guerrillero.”, dijo el ya fallecido Ernesto Cardenal, del cura asturiano. Carlos Mejía Godoy piensa que no quiso ir a la eucaristía porque “su función estaba más allá de un acto ceremonial”.

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Cuando cayó el comandante Martín faltaban siete meses para el triunfo de la revolución. Tenía tan clara la derrota de Somoza, que lo dijo y lo repitió hasta la saciedad antes de morir.

En esos meses antes de la ofensiva final, la guardia somocista comenzaba a entrar en sus horas bajas, no así la propaganda del régimen que estaba más activada que nunca tratando de levantar el ánimo y la imagen de la dictadura.

“Que Somoza iba ganando la guerra” eran las noticias que llegaban fuera de Nicaragua. Gaspar cuando cruzaba la frontera hacía Costa Rica y le preguntaban sobre esto se reía.

“Nuestra infantería está intacta. Somoza se ha limitado a arrasar las ciudades conquistadas con la aviación. La dictadura ha eludido el combate”, decía muy seguro.

Días antes de morir transmitía alegría y optimismo. En una de las cartas mensuales que le escribió a su hermano Silverio, le dijo que cuando derrocaran a Somoza él se iba a apartar de los que tomaran el poder, para evitar que la Iglesia Católica intentara a través de él cualquier tipo de influencia dentro del gobierno de reconstrucción.

El sacerdote dominico, José Álvarez Lobo, fue uno de sus últimos amigos que lo vio con vida unos días antes de su muerte. Estaban en Guanacaste, Costa Rica.

Cuenta Álvarez Lobo que le llamó mucho la atención que Gaspar le hablara solo en su lengua materna, el asturiano.

El 11 de diciembre de 1978, Martín venía de Costa Rica hacía Nicaragua y se encontró con un grupo de guardias somocistas. Era de madrugada cuando comenzó el enfrentamiento.

El lugar del combate es conocido como El Infierno, en Cárdenas muy próximo al Río Mena. Otra versión cuenta que el comandante Martín había buscado a un baqueano para que lo guiara por la zona más montañosa y que este lo traicionó llevándolo directo a una emboscada.

Martín fue herido de gravedad. Una bala le destruyó parte de la mandíbula y sus hombres lo cargaron a como pudieron, pero fueron alcanzados por la guardia.

La patrulla somocista quiso utilizar los cuerpos como señuelo para matar a otros guerrilleros. Pero se montó un fuerte operativo para recuperar los cuerpos. Además de García Laviana, cayeron el guerrillero Luis Arroyo Ugarte y otro combatiente que no se logró identificar.

Entre los asistentes al entierro estaba Daniel Ortega y compañeros de armas de Martín. LA PRENSA/ARCHIVO

La radio clandestina transmitió la noticia de su muerte así: “Hermanos, les quiero comunicar una noticia dolorosa, el comandante Martín, Gaspar García Laviana, el cura sandinista, cayó en combate hace unas pocas horas. Sin embargo, no es el momento de llorarlo, hoy más que nunca tenemos que seguir el ejemplo heroico de nuestros mártires. Adelante compañeros”.

El martes 12 de diciembre el periódico Novedades publicó la foto del rostro desgarrado de Gaspar García Laviana y los otros dos sandinistas con gran titular que decía: Sacerdote comunista muerto en “El Infierno”.

En la nota señalan que los rebeldes eran mercenarios y pertenecientes a las Brigadas Internacionales. Además, detallan el armamento que cargaban y lo describen de “sofisticado”.

Al grupo de Gaspar se les encontró según el informe militar: Una ametralladora marca MAC, dos fusiles Fal, siete granadas, una caja metálica de municiones, un par de binoculares, varios pañuelos rojinegros, una lampara, una mochila, una lata de sardinas tica marca “Delicia”, un repelente, dos sacos Macen, algo de medicina y moneda costarricense.

El entierro oficial del comandante Martín fue hasta octubre de 1979. De España vino su familia y amigos. Se hizo una larga procesión y hasta hubo tensión, porque tanto los feligreses de la parroquia de Tola como el pueblo de San Juan del Sur reclamaban el cuerpo.

Al final se decidió que las botas del cura guerrillero se quedaran en San Juan del Sur y su cuerpo en Tola. Ahí había querido que lo enterraran.

“Gaspar es mártir. Mártir del reino que es mayor que la iglesia y los dogmas escritos”, dijo Pedro Casaldáliga Pla, obispo emérito de São Félix do Araguaia, en Brasil. Pero la Iglesia Católica no lo reconoce como tal.

Conexión con la KGB

En 2015 el portal católico ACI Prensa publicó una entrevista con el exespía soviético, Ion Mihai Pacepa. Según el rumano la Teología de la Liberación fue una creación de la KGB (el servicio secreto de la Unión Soviética). Y que nació en 1960 de un súper secreto “Programa de desinformación”.

“El movimiento nació en la KGB y tuvo un nombre inventado por la KGB: Teología de la Liberación. Durante esos años, la KGB tuvo una inclinación por esto movimientos. El Ejército de Liberación Nacional de Colombia, creado por la KGB con ayuda de Fidel Castro; el Ejército de Liberación Nacional de Bolivia, creado por la KGB con ayuda del Che Guevara; y la Organización para Liberación de Palestina (OLP), creado por la KGB con ayuda de Yasser Arafat”, Según el exespía estos fueron algunos de los movimientos de “liberación” nacidos en los cuarteles de la KGB.

Otros curas guerrilleros

El caso del comandante Martín, es solo uno de los sacerdotes que se volvieron guerrilleros. Por ejemplo, en 1989 se logró contabilizar 10 sacerdotes españoles que formaban parte de la guerrilla Ejército Liberación Nacional (ELN). El cura Camilo Torres Restrepo originario de Colombia se unió a la guerrilla de su país y fue uno de los principales impulsores de la teología de la liberación.

Cero y Martín

Contó el comandante Martín que en una ocasión en un puesto fronterizo vestido de civil lo detuvo la Guardia. Uno de los muchachos que lo acompañaba se puso nervioso, a lo que uno de los soldados llamó por radio: “Atención tenemos al comandante Cero”, Gaspar se puso a reír por la confusión. Finalmente lo soltaron.

Edén Pastora una vez le preguntó por qué siendo cura y español se metió a la guerrilla. Le respondió que había llegado a Nicaragua a combatir contra satanás, la prostitución, el vicio y el alcohol y resultó que todo eso eran “los guardias de la plaza”.

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