Gira en bici

Crónica, Reportaje - 08.12.2013
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Respirar hondo. Sudar frío. El aire quema. Pedalear. Pedalear y, a pesar del mejor esfuerzo, ir de última en la cola, pero llegar a la meta. Esta es una crónica que invita a vivir aventuras en dos ruedas

Por Tammy Zoad Mendoza M.

Concentrada. Tan concentrada en esa maldita piedra que voy directo a ella. En cámara lenta. La bicicleta tropieza, salto del asiento y sin poder meter las manos, porque se me engarrotaron del nervio, caigo sobre mi rodilla derecha. Ensartada en un pedregal fino con la bicicleta encima. Gracias al sistema de resortes que desarrollamos ante la vergüenza de caer, en segundos estoy de pie. A seguir pedaleando. Voy a medio camino de mi primera ruta ciclística en montaña. Medio viva o medio muerta. A estas alturas ya ni siento. Ni las piernas, ni el dolor. “Vamos. Puedo. Tammy Zoad. Calmate. Dale”, me digo. Pedaleando, jalando o arrastrándome con la bicicleta. Jadeo. Jadeo. Jadeo.

Caminar unas cuadras es mi única actividad física. Soy ligera, enérgica, pero con muy poco músculo.

Llevo una temeraria deportista por dentro que me ha despertado un sábado por la madrugada para ir de gira con un grupo de intrépidos ciclistas que se han dedicado a explorar rincones de Nicaragua a bordo de sus bicicletas y han descubierto paisajes y experiencias únicas. Yo también quiero. Veremos si puedo con la ruta Ticuantepe-El Ventarrón-La Borgoña. Grado de dificultad: medio o alto. Eso está por verse. Me esperan al menos 20 kilómetros de terreno montañoso, sin mencionar elementos sorpresa.

Son más de las 5:00 a.m. Me citan en el punto de salida de siempre, una bocacalle cerca del kilómetro 13 Carretera a Masaya. A esta misma hora se reúnen diario al menos media docena de ciclistas para hacer una ruta corta en carretera y senderos cercanos. Su rutina de ejercicios antes del trabajo.

Hoy hay muchos más. La mayoría con piernotas talladas a punta de pedal, músculos embutidos en lycras especiales y uno que otro con pancita abultada. Hombres y mujeres. De 20, 30, 40 o 50 años. Los mayores casi siempre en mejor condición física que algunos jóvenes novatos. Empezando por mí, que estoy medio disfrazada de ciclista: sudadera holgada, short de manga ancha en el que bailan mis patitas de pollo, con un calzón de esponja integrado que se ajusta a la perfección. Zapatillas deportivas muy diferentes a esos zapatos con uñas que se adhieren al pedal.

Pedaleo y trato de recordar la última vez que anduve en bicicleta. Hace meses. “Pero esto es de las cosas que nunca se olvidan”, me digo. Mi falta de práctica me hace perder el control al inicio. La rapidez y destreza de los que me rebasan me provoca inseguridad. Me tambaleo, freno a trompicones o trato de ir más rápido de lo que debo. “No te sofoqués, pedaleá a tu ritmo”, me dice Katia Pasos, una chavala que practica ciclismo desde hace un par de años.

“¡Ponchado!” “¡Ponchado!”, escucho detrás de mí. La caravana se detiene para esperar y ayudar al infortunado cuya llanta se ponchó. Aquí andan preparados con bombas de aire, parches y neumáticos de repuesto. Aprovecho para empezar un nuevo ritmo y ganar tiempo. Avanzo en un camino de tierra y a esta hora empezamos a dar los buenos días a los que van a pie, en bicicleta o en carretas.

El primer tramo atraviesa un pequeño poblado hasta llegar a la calle del semáforo de Ticuantepe. A partir de aquí nos adentramos en caminos de tierra cada vez más irregulares, montosos e inclinados.

Estoy en ese punto en el que la adrenalina puede más que la fatiga. Justo cuando empiezo a emocionarme, algo pasa. Logré subir pedaleando un par de trechos empinados empujada por mi entusiasmo, pero después de los primeros esfuerzos esa sensación de dolor placentero en las piernas es ahora un temblor involuntario. Siento cómo se desmenuzan mis piernas por dentro y alguien ahí adentro jala cada cuerda de músculo a su gusto y antojo. Sigo pedaleando, ahora sintiéndome más pesada, pero sin parar. “Si me detengo, hasta aquí llegué”. Pedaleo. Jadeo. Pedaleo. Jadeo. Jadeo. Jadeo. Subiendo, subiendo, subiendo.

“No vamos ni por la mitad”, me dice Katia. Siento ansiedad y la deportista que llevo dentro me presiona. “Yo puedo. Tengo que poder”. Adentro jalan más fuerte las cuerdas de mis piernas, de mi espalda, de mis brazos. Dolor. Frío. Calor. No sé qué. Respiro por la nariz pero a ratos he tenido que abrir y cerrar la boca para tragar saliva espesa y dulce. Goteo sudor por todas partes. “No vamos ni por la mitad”, resuena la voz en mi cabeza.

Me detengo. Bajo de la bici. Es como si mis músculos se encogieran presionando mis huesos. Siento la piel floja, mojada, rala. Necesito agua. Me avergüenza que al poner la botella en mi boca, mi mano tiemble tanto que debo hacer un par de intentos para beber correctamente.

“¿Querés tomar otra cosa, banano o de estos?”, dice Katia y me da un sobre con una gel que me supo amarga. Era parar o caer de bruces. Sentarme de nuevo es doloroso, aunque en las piernas ya no sienta nada. Voy en automático.

Presión-empuje-deslizamiento-tracción. Mientras el motor humano propulsa la máquina a fuerza de cadera, rodilla y tobillo; el cuello va tenso, los brazos soportan una parte del cuerpo y hasta las nalgas trabajan en esta orquesta de anatomía y mecánica.

***

Es un grupo simpático. Ciclistas veteranos que pedalean con cadencia, otros que intentan hacer piruetas y gastar energías extras haciendo gala de su juventud y los menos experimentados que van a como pueden, sorteado huecos y dejando el aliento en cada cuesta. Un grupo agradable, espontáneo y unido en cada gira o ride, como ellos les llaman.

Se conocieron en ProRider, la tienda especializada en bicicletas, accesorios para ciclistas y complementos para deportistas, que ha servido como punto de encuentro y conexión para personas que encuentran en la bicicleta no solo una manera de ejercitarse, sino una actividad que les da las dosis necesarias de adrenalina y aventura.

Así empezó don Roberto Pasos, excampeón nacional de motocross, quien debió dejar las motocicletas luego de una lesión y ahora, acompañado de sus hijos Katia y Roberto, encabezan la caravana ciclista que sale a diario en busca de nuevos senderos.

Pero los fines de semana van más lejos. El Crucero, Masaya, Granada, San Juan del Sur u Ometepe. No hay lugar al que no se pueda llegar pedaleando, empujando o cargando la bici. Se vale todo mientras el espíritu deportivo lo mantenga de pie.

La experiencia no solo pone a prueba los cuerpos mejores entrenados, también requiere de concentración, de paciencia y de mucha fuerza de voluntad. “Yo puedo. Vamos. Aquí voy”, funciona. No se los dice alguien que lea libros de autosuperación, se los dice quien logró llegar al cerro el Ventarrón, a 495 metros de altura, en su primera experiencia de ciclismo de montaña, con poco músculo, poca resistencia y una rutina sedentaria.

“No llegué hasta aquí para subirme a una camioneta”, me digo e intento darme prisa para no sentir el vapor de la camioneta que me escolta. Me siento como hostigaba por esos toros que resoplan antes de dar su embestida. Seguro mi lentitud exaspera al conductor. Seguro los que van adelante, platican alegremente o se toman fotos con los piñales y el azul de fondo, o posan con el cráter humeante del volcán Masaya que se levanta al este de donde estamos.

No importa. Despacio, despacio, despacio. Logro de nuevo el equilibrio. Cuando empezaba a disfrutar los caminos de tierra y paredones tapizados con maleza adornada por el morado y azul de lindas flores acampanadas, siento que algo no anda bien.

“¡Púchica!” Subiendo de nuevo. Como humana promedio, mis pulmones almacenan un máximo de cinco litros de aire, aunque con el ritmo de respiración normal son tres por minuto. Los ciclistas son capaces de procesar hasta ocho litros de aire en una gira agitada.

Esto es nivel medio y siento que me ahogo. Tengo un colibrí atrapado en el pecho. Revolotea. Siento que con su pico hará reventar mi corazón. Respiro hondo y lento. El aire me quema. Cierro los ojos y lo dejo salir lentamente. El pecho me va quedando vacío.

“Ahora todo tiene sentido”, pienso al recordar las advertencias del equipo que me ha invitado, al que yo (y mi editor) le insistía en una ruta dura, la más dura que hubiera para medirme en la aventura.

La práctica del ciclismo es una excelente manera de mantenerse en forma y saludable, pero sobre todo me parece un deporte que divierte, que se disfruta. He llegado a decir que amo montar en bicicleta. A estas alturas, araño ese amor para no terminar vendiendo mi bici luego de esto. Así como siento nostalgia cuando me subo a una, cuando freno a trompicones y salto del asiento sin posibilidad de poner la pierna para sostenerme, revivo los dolores de infancia que han hecho llorar a más de uno al estampar la entrepierna en el tubo. ¿Le ha pasado?

***

En la cima del Ventarrón
En la cima del Ventarrón.La satisfacción de superarse a sí mismo es más fuerte que el cansancio. Después de un descanso toca bajar procurando no caer en el intento.

 

Atrás quedó el tramo en el que no veía más que caminos de tierra, paredones y riscos. Monte a un lado, monte al otro. Huecos, zanjas y piedras. Se abre ante mí un paisaje de colinas llenas de púas, árboles frondosos y el imponente volcán Masaya o Popogatepe, el cerro que arde y rocía de humo sus alrededores.

La vista es realmente hermosa. Me impresiona que hayan lugares tan bonitos a unos cuantos kilómetros de la capital, que haya un grupo de aventureros que los recorran en bicicleta y que muchos hayamos dicho algún fin de semana “no hay nada que hacer afuera”. El zangoloteo y la magullada empiezan a valer la pena. Así como se aprenden técnicas para pedalear o hacer cambios, se aprende a respirar aire fresco y a hacer paradas para contemplar la naturaleza. Hasta la loca y desordenada Managua se ve guapa desde aquí.

Pero el viaje debe continuar. Falta el área más dura en la que hasta los más duros bajan de la bicicleta y la cargan para poder llegar hasta arriba. No la aguanto, pero puedo jalarla. No siento pena. Parecemos cabritos subiendo con las bicicletas a cuestas. Soy la que siempre queda rezagada del rebaño.

Voy aspirando lo último que queda de espíritu deportivo. Caminando como araña mientras arrastro la bicicleta por el lomo del cerro.

¡Llegué! No sé si celebran o están asombrados. Yo lo estoy. También “Memo” Flores, el fotógrafo a quien le tocó acompañarme, tuvo que bajarse de la camioneta de apoyo y escalar hasta la cima del cerro El Ventarrón. “Flaquita, flaquita ¿por qué te metés a estas cosas…?”, me dice Memo sofocado por su propia respiración. Se deshace en sudor el doncito pelón. “Flaquita, flaquita, supongo que esta era la única forma de hacer esto ¿verdad?”, dice mientras se agarra del zacate para poder escalar. Suspiro. He traído al pobre Memo a sudar la gota gorda.

Hoy temprano cuando vi las piernotas de los ciclistas y mis patitas de pollo supe que me llevaban al menos un par de piernas de ventaja. Pero “yo puedo, yo puedo. Llegué”. Así como el clásico ranchero, “no hay que llegar primero, sino hay que saber llegar”.

En la cima. Contemplo el valle verde del este, el Xolotlán en mi horizonte y el cráter del volcán Masaya. La vista desde aquí vale cualquier dolor de espaldas, nalgas y piernas juntos. Raspones, alergias y la constelación de morados que me aparecerán están justificados con las olas de aire fresco que me bañan y el olor que se desprende de la tierra húmeda por la brisa. Soy una campeona.

“Después de un gustazo, un trancazo”. Verídico. Si las subidas me preocupaban, la bajada me estresa más.

No siento las piernas y llevo el asiento clavado entre las nalgas. Bajarme de la bicicleta y volverme a subir es la parte fea. Estoy más que clara dónde queda el coxis y siento presión en cada músculo de la zona. Duele. Pero dolerá más si dejo de presionar los frenos y pierdo el control en bajada. Debo concentrarme.

Me concentré tanto en la maldita piedra que fui directo a ella. Caí. Salté del piso. Me arde la rodilla. Me arde la cara de vergüenza. Nadie vio. Pero los raspones, la tierra y los hilos de sangre en la pierna me delatan.

Sigo el camino en picada. La vibración, por la velocidad que llevo, me aturde. Vértigo. El camino se cierra y solo queda un angosto pasillo de tierra entre los piñales. Una caída en las matas llenas de púas y me convierto en alfiletero.

Tengo que calmarme. La ansiedad hace perder la confianza, sin confianza no hay equilibrio y sin equilibrio pasás más tiempo cayendo que sobre la bicicleta. Lecciones básicas del ciclismo y la vida.

Me caigo media docena de veces. Me molesto. Me avergüenzo. Me levanto rápido. Es fácil lidiar con el ridículo cuando nadie te ve.

Seguimos bajando. Los pobladores de la zona deben creer que somos una manada de locos que andan sudándose por gusto. Nos saludamos. Sonríen. Seguro llevo la cara de tomate y la nariz blanca. Agitada.

Se acaba el camino de tierra. Veo adoquines, pavimento, vehículos. ¡Lo logré!

Una parte de mí está feliz por haber terminado. La otra está feliz con el recuerdo del trecho en el que recorrí un campo de montes altos y seco que bailaba con el viento, así como aquella escena idílica de la película Gladiador en la que Maximus Decimus Meridius avanza lentamente por el campo de trigo para reencontrarse con su familia. Él entonces estaba muriendo. Yo, estaba a punto caer por primera vez.

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