Godoy el vice que no fue

Reportaje - 02.12.2007
Virgilio Godoy

Con mucha lucidez el ex vicepresidente Godoy habla de conspiraciones, traiciones y su mal de Parkinson, de sus intentos guerrilleros, el encuentro en Cuba con el Ché Guevara, el viaje a Panamá para matar a Somoza y la “Vicepresidencia en blanco”

Luis E. Duarte
Fotos y reproducciones de Orlando Valenzuela

Dos semanas después de la caída de Fulgencio Batista en 1959, los líderes de oposición de Nicaragua partieron en romería hacia La Habana como muchos en Latinoamérica que querían compartir sus ardores guerrilleros.

Liberales, conservadores, social-cristianos, comunistas, socialistas y hasta sindicalistas miraban con admiración el triunfo de la pequeña guerrilla insular. Entre los visitantes estaba Virgilio Godoy, un abogado flaco de rostro áspero que venía de México con un círculo de intelectuales en el exilio a pedir apoyo para acabar con la dictadura de los Somoza, y con una carta del Movimiento Revolucionario Nicaragüense dirigida a Ernesto “Ché” Guevara, encargado por Fidel Castro de recibir a los extranjeros.

El grupo se hospedó en el hotel Habana Hill y luego fue trasladado por el jefe de protocolo a la fortaleza La Cabaña. Godoy entregó en la recepción la carta que Guevara nunca vio y, como los demás, no habló con Fidel Castro ni Camilo Cienfuegos —la probable excepción fueron Pedro Joaquín Chamorro Cardenal y Chéster Lacayo, este último andaba escoltado en La Habana con cuatro vehículos armados hasta los dientes.

“Me llevaron a la oficina de Guevara (…), estaba muy enfermo, tuberculoso y con asma”, afirma el político. En una de las tertulias en esos meses en Cuba, le preguntó cómo los doce sobrevivientes de Sierra Maestra lograron reactivar el movimiento.

El Ché mencionó “dos condiciones”: el optimismo de Fidel por el “triunfo del mundo” y porque ya no podían regresar al Golfo de México, por donde entraron.

En los tres meses que se quedó en Cuba, continuaron conversando sobre todo del movimiento para Nicaragua, para eso designaron irónicamente a un ex oficial de la Guardia Nacional: Rafael Somarriba Guevara.

Chéster Lacayo era un conocido antisomocista que fue recibido como el líder de todo el movimiento, tenía reclutados a mil 500 hombres en La Habana, todos cubanos e incluso, según Godoy, cobraba tres pesos por la inscripción. En la mañana vestía un uniforme blanco de almirante, en la tarde uno de verde olivo y por las noches iba de caqui. “Quería entrar por Puerto Cabezas con sus mil 500 cubanos”.

Su relación con estos movimiento generó una amistad con Rogelio y Sergio Ramírez Mercado, quienes le ofrecieron trabajar en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-León) en 1963, sus vínculos los mantuvo hasta el triunfo de la revolución, integrando coaliciones dentro del Partido Liberal Independiente (PU) al cual se había integrado desde los trece años. Por eso fue nombrado Ministro del Trabajo en 1979, cargo que ocupó hasta 1984 cuando fue candidato a la Presidencia.

“Mucha gente del Frente estaba en el PLI como los Núñez (René y Carlos), Omar Cabezas, Bayardo Arce y (Tomás) Borge”, recuerda. El mismo se involucró en dos acciones guerrilleras, en El Dorado, Nueva Segovia en 1958 y El Chaparral, León en 1959.

Uno de los intentos lo hizo estudiando en México y entrenando en las afueras de la ciudad con otros 500 voluntarios. Cuando llegaron a Guatemala quedaron 400, en julio eran 200 en Honduras, después en Juigalpa con Ramón Raudales se encontraron apenas 44. Lo asignaron secretario del jefe guerrillero y le dieron una máquina de escribir que cargaba junto con la papelería a sus espaldas dentro de una mochila.

Pero el grupo se desintegró por falta de preparación militar y política. Godoy volvió a México para llevarse a su esposa e hija a Nicaragua. De esa historia guarda una fotografía en el Aeropuerto de Toncontín, Honduras, con un grupo de jóvenes centroamericanos, entre ellos Carlos Fonseca Amador.

Reproducción de Orlando Valenzuela
Muy Joven se fue a estudiar a México para convertirse en abogado.

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Fonseca “era un místico, muy puritano en su manera de ser, cuando lo aprisionaron en 1963 pidió que lo defendiera”, revela el ex Vicepresidente. Se conocieron accidentalmente durante la huelga estudiantil de 1952 y personalmente cuando el matagalpino llegó como bibliotecario al Instituto Ramírez Goyena.

“Para tener contacto con la gente de manera organizada” crearon el Instituto Nocturno Oriental de la Santa Faz, en el barrio Costa Rica, auspiciados por el “Monseñor de los Pobres”, José Arias Caldera.

Pero el mundo político de Godoy está ligado al pragmatismo de sus aliados y las volteretas políticas de personajes no tan místicos. A mediados de los ochenta en una pugna de poder del PU, Eduardo Coronado formó otro partido. En los noventa, Antonio Lacayo, a quien había propuesto en la Unión Nacional Opositora (UNO) como jefe de campaña, marginó a los partidos que llevaron a doña Violeta Barrios Chamorro al poder y que tenían posiciones más radicales contra el sandinismo, a él incluso.

Sus aspiraciones presidenciales en 1996 fueron reducidas al mínimo cuando su pupilo favorito Guillermo Selva, actual magistrado de la Corte Suprema de Justicia, disputaba el liderazgo con Wilfredo Navarro.

Godoy le negó la cabeza del joven político porque “no había hecho nada”. Selva se fue y después también lo hizo Navarro, dejando una fractura en el partido que hasta hoy no recupera el peso político que tuvo durante 50 arios.

—¿Era Navarro su sucesor?

—No sé quién ha inventado que era mi delfín. Prefería a Guillermo Selva, tenía la madera para ser presidente del PU, pero se fue porque no se llevaba con Wilfredo. Silvio Calderón nos dijo (a la directiva), “Navarro o nosotros”.

—¿Es lo más doloroso en su carrera? —Lo más doloroso es ver desmoronarse a las personas en las que creí, me pusieron contra doña Violeta. Nacho Briones inventó una noticia con frases ofensivas. El SNOT (Sistema Nacional de Organización del Trabajo de los ochenta) me dolió también mucho, era un proyecto formidable, pero a los cubanos no les pareció (y lo cambiaron).

—¿Es el PLI de centro-derecha?

—A veces de centro-izquierda, oscila, es un partido especial que no se desespera.

—Pero sin figuras públicas.

—Mejor. ¿Conocés a alguna figura del partido liberal suizo? Tienen 400 años en el poder. No estamos bajo cuna caudillezca.

—Pero ¿qué pasaría con el PLI sin Godoy?

—Nada. Seguiría como siempre ha seguido.

Godoy no destaca en la opinión pública desde hace años, pero todos los días está por las tardes en su oficina en Ciudad Jardín. De él se dice que es honesto y un ilustrado, en los ochenta evitó que el partido recibiera los tres mil dólares de subvención de la Embajada de Estados Unidos, tampoco se involucró con la Contra y trataba de no reunirse con el Encargado de Negocios para no comprometerse, aunque este de pronto aparecía sin aviso y se sentaba para esperarlo en la sede del partido.

Sin embargo, su carácter fuerte es motivo para que muchos de sus aliados hablen de su “modo difícil”. Su hija menor, Sonia, explica que en casa aplican la ley de darle la razón, mientras la mayor, Lissette, lo describe como una persona con cara seria que en realidad “es cajeta”, cuando quiere regañar “termina abriéndose con nosotros”.

Según Antonio Lacayo, ex Ministro de la Presidencia, el dirigente liberal tenía posiciones demasiado radicales que se empezaron a ver desde la campaña electoral de la UNO y cree que se radicalizó más por la presión de sus aliados en el Consejo Político que querían restarle poder a Barrios Chamorro e incluso recortarle su período presidencial.

Godoy afirma que se pudo hacer más en ese tiempo, los sandinistas estaban desmoralizados y débiles, pero el Gobierno tuvo miedo y dieron demasiadas concesiones. “Chamorro les dio al final la oportunidad de recuperarse y Toño como estaba, convencido que iba a gobernar quería una oposición fácil, el problema era yo, no tenía una actitud reverencial con los comandantes como él”.

Lacayo afirma que todo el programa político de la UNO se cumplió: pacificación, democratización, libertad empresarial y de prensa, el cese de la devaluación e inflación, pero Godoy insistía que el Consejo Político fuera la autoridad suprema del nuevo gobierno y pidió que condicionaran la desmovilización de la Resistencia.

“Nunca estuvo dispuesto a subordinarse a una mujer sencilla, ama de casa” y un día antes de la toma de posesión le mencionó a Carlos Andrés Pérez (amigo personal de Barrios Chamorro) que no se metería en la función pública, tendría una “Vicepresidencia en blanco”, describe Lacayo en La Difícil Transición Nicaragüense.

El nuevo gabinete estuvo compuesto por personas que a Godoy no le parecieron capaces, asegura Lacayo a magazine. Con un tono arrogante les dijo que ellos no eran los indicados para las negociaciones de transición porque estaban “muy crudos” políticamente.

Aunque Godoy considera a Violeta (Barrios) como “una mujer simpática con una perspicacia increíble”, tilda a su yerno de “un jesuita que no logró graduarse”, incluso sospecha que actuó con Daniel Ortega cuando fue secuestrado junto a otros miembros del Consejo Político en 1994. “Era algo kafkiano, el jefe del secuestro nos pidió protección y Daniel llegaba cada noche a hablar con los secuestradores, tranquilamente”.

Tal cosa es “algo estúpido”, contesta el ex ministro. La rivalidad histórica, sin embargo, no se manifiesta en las actividades comunes entre ambos que al verse se saludan procurando no tener alguna larga conversación.

Reproducción de Orlando Valenzuela
Diciembre de 1989 en León, durante la campaña electoral de la UNO.

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Quería ser concertista, director y compositor y le pidió a su padre, el médico Virgilio Godoy Gutiérrez, que lo mandara a Chile, pero se fue a México en 1954. Aún con la intención de estudiar música se inscribió en la Universidad Nacional del Estado de México, en Toluca, pero el tutor encargado por su padre lo matriculó en Derecho.

Godoy ni siquiera aprendió a tocar un instrumento y aún se conforma escuchando clásicos, especialmente románticos como Beethoven y Chopin. De sus largos años en el norte le quedan además de los estudios, el gusto a las rancheras y comer chile, especialmente el chipotle.

Hoy cree que ese cambio de destino era preferible, porque es más fácil que un abogado y no un músico se meta a político. En 1956 el mismo tutor, Juan José Meza, lo llamó en secreto para conspirar. Resultaba que no sólo era abogado, sino, político.

—¿Estarías dispuesto a sacrificarte por tu país?

—Depende.

—¿Estarías dispuesto a matar a Somoza?

—Sí.

Lo tomó a sangre fía. No recuerda haber dudado en ningún momento, ni cuando estuvo con la pistola en la mano esperando la oportunidad de acribillar al dictador detrás de la puerta de la Catedral en el centro de Ciudad de Panamá. Somoza llegó cinco minutos antes y no tuvo oportunidad de matarlo.

El dictador había acudido a una Cumbre de Presidentes en Panamá y Godoy partió primero de México a El Salvador, donde vivía su padre exiliado desde 1947. Ahí se encontró inesperadamente con un vecino suyo de León a quien tenía años de no ver, un “muchacho sencillo, de buen carácter” con quien había jugado chibolas.

La madre de Rigoberto López Pérez vivía una cuadra y media, los Godoy le compraban helados, era una mujer popular en el barrio El Calvario y el hermano mayor, Salvador, fue su compañero de clases, pero el encuentro con el asesino de Somoza en El Salvador pasó inadvertido, “no sabía que andaba en eso también”.

En Costa Rica, Carlos Pasos, fundador del PU, le dio una pistola y lo envió solo por trechos y bananeras hasta Panamá, donde finalmente llegó en julio al ride en la maletera de un vehículo y se hospedó en un hotel del parque central para esperar al dictador.

Tres meses después supo en México que López Pérez había logrado acabar con Somoza.

Mientras dice esto su esposa Sonia Pérez de Godoy y sus dos hijas presentes se sorprenden por el relato. Es la primera vez que lo escuchan.

Reproducción de Orlando Valenzuela
Al centro y a la derecha, de cuclillas y camisa clara. Detrás el más alto de todos es Carlos Fonseca, en un intento guerrillero a finales de los 50. la imagen se tomó en el Aeropuerto de Toncontín, Honduras

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Se dejaba absorber por las tertulias políticas y académicas sabatinas en el círculo de conspiradores despatriados en México agrupados en la Comisión de la Emigración Nicaragüense. Estaban Hernán Robleto, fundador del diario Flecha; Ramón Romero, ex director de la Biblioteca Nacional, y el poeta Ernesto Mejía Sánchez, entre otras personalidades.

Godoy sacó el postgrado de Ciencias Políticas en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) entre 1958 y 1959, en la ciudad refugio de exiliados latinoamericanos como Rómulo Gallegos, Presidente venezolano derrocado por Marcos Pérez Jiménez.

En 1960 viajó a Quito para estudiar otro postgrado y después del golpe militar regresó a México para buscar a su esposa, con quien se había casado en la distancia a través de un poder jurídico que envió por correo a un abogado.

Sonia Pérez dice que su marido literalmente “fue casado” el mismo día de su cumpleaños, el primero de mayo y se lo informó por medio de un telegrama, juntos procrearon tres hijos, pero el político tiene otros dos fuera de este lazo y también es abuelo de cinco niños.

Virgilio Abelardo Godoy Reyes tiene 73 años. Su oficina en la casa H-4 de Ciudad Jardín es una vivienda vieja donde se lee en la entrada Partido Liberal, el “Independiente”, está oxidado y apenas se lee por contexto.

Dos muchachas y un conductor lo acompañan entre fotos de mártires de un partido que tuvo mejores tiempos. El mismo es uno que pudo ser alguna vez Presidente. Godoy tiene la estrella liberal desde la cuna, nació en León el Día Internacional de los Trabajadores, el mismo año que asesinaron a Sandino.

Es nieto del general Paulino Godoy, uno de los líderes de la revolución liberal de 1893, “porque Zelaya era uno más. La revolución fue de León, donde estaba el grueso de personas. Los leoneses se sentían dueños de ese fenómeno”.

Su padre Virgilio Godoy Gutiérrez era un médico antisomocista que huyó a Honduras y se encontró con un presidente amigo de Tacho Somoza que lo encarceló.

Él mismo es producto de la escuela pública, pasó a la Escuela Superior de Varones de León y luego al Instituto Nacional de Occidente, pero durante unas vacaciones en una finca de parientes, uno de sus hermanos mayores murió por una bala perdida de una trifulca, así que como tercero de la familia, ocupó el puesto del difunto en el Instituto Ramírez Goyena para acompañar al hermano primogénito.

—Qué más recuerda de su infancia?

—León era apacible. Me parecía muy hermosa, mi quehacer era sencillo, la escuela era en la mañana y en la tarde, cenaba en mi casa y después salía a la biblioteca a leer.

¿Esa era toda su rutina?

—Mi padre nunca me regaló otra cosa que no fueran libros, en mis cumpleaños y Navidad.

¿No le faltaron juguetes?

—Francamente no.

En ese momento entra una pareja joven y lo saluda. Conversan un par de minutos y los muchachos se despiden con besos y abrazos.

—Son de su familia?

—Son de la juventud del partido.

Me ven como el abuelo.

—¿Qué es lo que tanto leía?

—Todo… menos pasquines.

—Sus favoritos?

—En primaria era Flaubert y la biografía de una hija del General Amílcar Barca; en la secundaria me fascinaban las novelas costumbristas de Alegría, Icaza, Rivera, Gallegos; en la universidad era una literatura vinculada con los estudios, más temas sociales.

Godoy estudió Derecho en la Universidad del Estado de México, Derecho Internacional en la Universidad Central de Ecuador y Ciencias Políticas en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en el período de 1970 a 1973, donde tras la efervescencia de Tlatelolco se encontró con un grupo de exiliados nicaragüenses que se reunían cada sábado para hacer su país de nuevo.

Reproducción de Orlando Valenzuela
En un baile con quien sería su esposa Sonia Pérez.

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Baja de su auto y de pie junto a la puerta se detiene. Su cerebro espera la orden de salida. Enfrente el edificio del PU, donde ha sido su oficina desde los noventa.

Una joven morena muy guapa que conoce bien esta rutina sale de la recepción para ayudarlo y Godoy se apoya en su brazo. Pasan unos quince minutos cuando una inesperada carga de energía llega a su cuerpo. Como si no pasara nada sale caminando sin ayuda, viento en popa casi empujado por un resorte. Este síntoma se conoce como bradicinesia (lentitud de movimiento). Las neuronas son las únicas células del organismo que no se reproducen, ni regeneran, cuando se pierden en la sustancia negra del cerebro se produce el mal de Parkinson.

En los últimos años cuando se menciona a este político liberal su mal es una referencia. Sus manos tiemblan todo el tiempo y el movimiento a veces hace sonar las llaves en sus bolsillos.

La enfermedad es más conocida por la acinesia (falta de movimiento), pero el endurecimiento de los músculos provoca los temblores en el cuerpo, particularmente en manos.

Fue empezando la campaña electoral de 1989 cuando un médico privado le explicó que padecía una enfermedad incurable y degenerativa, entonces apenas perceptible, nadie más lo supo, aparte de su familia.

—Bueno y cuánto tiempo me queda.

—Hay muchos pacientes que llegan a vivir 12 años con la enfermedad.

Eso fue hace 19 años, es decir, “ya llevo seis años de sobregiro”, dice Godoy.

Después de eso lo invitaron a visitar a Ronald Reagan como un gesto al anciano Presidente de Estados Unidos que quiso demostrar su fuerza a la provocación del bloque comunista en tierras americanas. “Fue un encuentro irrelevante”, dice Godoy.

Eran dos políticos de diferentes orígenes con sus recientes diagnósticos: Alzheimer y Parkinson.

—¿Cómo ha sobrellevado esta enfermedad?

—No hay enfermedades, sino, enfermos. Paso tranquilo, sin problemas, otros días son dificultosos. Lo importante es que eso no me afecta mentalmente, aunque sí mis relaciones humanas.

Foto y Reproducción de Orlando Valenzuela
Al centro rodeado de su esposa, hijos y nietos, en su casa de la Colonia Centroamérica.

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