Grandes disparates

Reportaje - 07.05.2006
Los nueve comandantes

¿Soñadores o irresponsables? Grandes proyectos salieron de las mentes de la dirigencia revolucionaria que gobernó Nicaragua en la década de los años ochenta: vacas lecheras inservibles traídas del frío Canadá, un río desviado para hacer una laguna que irrigara un gran ingenio azucarero, aserraderos en la selva, ferrocarriles sin destino, aeropuertos sin aviones… Los comandantes sabían cómo comenzar los megaproyectos pero nunca supieron cómo hacerlos funcionar

Octavio Enríquez
Fotos de Orlando Valenzuela, Carlos Malespín y Moisés Matute

Esta es la historia de un país pequeño y pobre llamado Nicaragua, gobernado entonces, principalmente, por nueve comandantes de uniforme verde olivo, a lo Fidel Castro. Llegaron al poder tras derrocar a una de las dictaduras más sangrientas de América Latina. El general Anastasio Somoza Debayle salió del país en un vuelo privado el 17 de julio de 1979, con lo que se allanó la entrada a Managua, desde todos los departamentos, de los jóvenes guerrilleros a la Plaza de la Revolución.

Nicaragua era un país entonces bajo fuego que en 1985, según las crónicas de la época, tenía todo un historial de pobreza y daños: 48 escuelas destruidas, 502 cerradas, 44 mil hectáreas de bosques quemadas, 4 millones de dólares perdidos en producción de oro, amén de los 4 mil muertos y 425 mil desplazados víctimas directas del conflicto entre contras y sandinistas.

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Pero, “si pequeña es la Patria, uno grande la sueña”, dijo Rubén Darío hace un siglo en su poema Retorno. Y los comandantes soñaron en grande. Tres mil vacas holstein traídas desde las gélidas ganaderías canadienses que no sirvieron para mucho, un aeropuerto para caza bombarderos soviéticos MIG-21 que Nicaragua nunca tuvo, un ingenio azucarero donde faltaba el agua y había que construirle un lago que lo irrigara, aunque para ello se tuviese que trasladar a seis comunidades con todo y su cementerio; un aserradero en plena selva que no tenía energía eléctrica para funcionar… Tantos proyectos que consumieron, según Jaime Wheelock, unos de sus mayores impulsores, 1,500 millones de dólares y que según un ministro de la época sólo fueron “disparates”.

El vicepresidente Sergio Ramírez supo en 1986 que la dirigencia revolucionaria había perdido la razón, cuando un grupo de militares del alto mando del Ejército entró en la Casa de Gobierno con otro megaproyecto. Uno más. Esta vez la idea era convertir a Managua en una gran trinchera construyendo un anillo alrededor de la ciudad, pues se creía que EE.UU. intervendría militarmente al país después. Junto al plan de hacer una zanja alrededor de la ciudad estaba también la intención de hacer casamatas o fortines de cemento. “Nunca se intentó medir las posibilidades reales con la magnitud de los proyectos. Yo hablé aparte con (el general) Osvaldo Lacayo, del Estado Mayor, y le fui dando largas al asunto (de la trinchera y las casamatas)”, dice Ramírez 20 años después.

Cada proyecto nacía bajo la influencia de un padrino que, dependiendo de su poder, podía hacer que mucho dinero corriera tras sus ideas temerarias o febriles y miles de millones lo hicieron, a pesar que la guerra seguía destruyendo al país y engordando al Ejército con el 35 por ciento del presupuesto global del Estado.

El discurso del periódico oficial del sandinismo era triunfante. Fidel Castro habló de Sandino y Cuba en su visita a la inauguración de un ingenio que con el paso del tiempo acabó como ilustra la foto de la derecha.

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Camino a Teustepe, Boaco, donde la gente sobrevive de la agricultura y la ganadería, se levanta una gran tolvanera. La profesora Aura Lila González está en el aula de segundo grado por cuyas persianas la tierra entra libre entre los huecos de los vidrios ausentes. La villa en la que vivió no era así: no había tantos zancudos y los polvazales si bien no eran una novedad, tampoco resultaban insoportables.

Su villorrio se asentaba junto al río Malacatoya, que en esa región del país ejerce un influjo poderoso para la gente, pues alimenta con su humedad los cultivos a su alrededor y servía para recrear a los chavalos que se tiraban sin preocupaciones a cualquier hora del día. La radio sonaba como suele hacerlo en esos pueblos alejados, donde aún guarda cierta primacía sobre la televisión. Varios funcionarios del Estado llegaron hasta la casa de todos estos vecinos y echaron la suerte de todos en una brillante idea, a la que la gente se resistió.

Era imperativo que seis comunidades fueran trasladadas para construir sobre los huesos de estos poblados una enorme presa que abastecería de agua a un ingenio azucarero a una distancia de diez ó 12 kilómetros. Cabrían en esa represa 140 millones de metros cúbicos de agua, más o menos dos veces lo que consume Managua todos los días.

Ese ingenio azucarero sería el Victoria de Julio. Y se soñaba gran-de. Tanto así que para su inauguración, el 11 de enero de 1985, vino el propio Fidel Castro, y los más encumbrados de la izquierda latinoamericana, entre ellos el Nobel colombiano Gabriel García Márquez. Las máquinas empezaron la monstruosa construcción que emplearía a la mayoría de los ciudadanos de Las Canoas. Además de azúcar también se produciría electricidad. Pero soñar esta vez sí costaba dinero. Para el proyecto se necesitaban 220 millones de dólares de los cuales Cuba desembolsó 80 millones.

En el diario Barricada, órgano oficial del Frente Sandinista, se vivía una fiesta. A la par de la foto de un tractor abriéndose paso en un lugar agreste se podía mirar el edificio recién levantado que se inauguró ese enero de 1985. Para llegar a ese punto muchas cosas pasaron en aquel sitio y muchas cosas pasarían. El pueblo estrenaba una escuela que tenía el piso rojo y todo se desarrollaba igual que siempre hasta una madrugada de diciembre de 1983. En aquella penumbra, el rugido de los motores de los camiones Kamaz 3 se imponía en el silencio. Sobre esos vehículos pesados salieron hacia las viviendas prefabricadas que les entregaba el Estado los habitantes de San Agustín, La Empanada, Los Ventarrones, Mal Paso y La Concha.

La profesora Aura Lila González, en la escuela de la comunidad de las Canoas, recuerda cuando los sacaron del viejo poblado.

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La historia que pretendían construir los comandantes era otra. Los megaproyectos fueron por los menos 12, que costaron mil 500 millones de dólares, según Jaime Wheelock Román, Ministro de Desarrollo Agropecuario y Reforma Agraria (MIDINRA).

“El gobierno revolucionario propuso reconstruir el país. No sólo rehabilitar la infraestructura destruida por la guerra y los bombardeos de la Guardia Nacional sobre las ciudades o emprender una obra social, sino desarrollar económicamente el país. Sacarlo del atraso y el subdesarrollo”, cuenta Wheelock, dedicado 20 años después a un organismo no gubernamental.

Las ideas tenían que ver con rieles, envases de alimentos, cartoneras, aserraderos, riego y electricidad. Había para escoger. Sergio Ramírez se convirtió en el padrino de un ferrocarril de vía ancha del que sólo se llegaron a construir siete kilómetros en Corinto, Chinandega. Era evidente que el dinero escaseaba, pero la dirigencia sandinista no perdía el tiempo. Surgió así una competencia por ver quién jalaba más dinero hacia sus proyectos y al final quien tenía más influencia conseguía más plata, según Ramírez.

Otros opinaban que había un choque de estrategias. “El golpeteo de poderes se da por la concepción de un grupo que buscaba la economía campesina y otro que creía que los campesinos eran unos estúpidos y había que convertir al país con una visión de desarrollo similar al de Europa o EE.UU.”, dice un ex funcionario que prefirió el anonimato.

¿Qué clase de país fue el que se ideó en el escritorio de Wheelock? Era uno en que, entre otras cosas, la población se beneficiaba de una procesadora de alimentos, que se levantó en Sébaco y ahora es una Zona Franca; un país en que una planta hidroeléctrica sacaba al Estado de los problemas del alto costo del petróleo, pero es ahí donde viene el drama. La escalada del conflicto hizo que todo quedara en papeles que resultaron muy caros, pues según Emilio Rappaccioli, ex director del Instituto Nicaragüense de Energía (INE), se invirtieron por lo menos siete u ocho millones de dólares en estudios. Con ese fracaso, que no sería el último, se escapó la oportunidad de conseguir 350 megavatios, una producción de energía tan alta que equivale el 60 por ciento de la producción nacional y hubiera sacado las castañas del fuego en medio de la crisis actual.

En la lejana península de Chiltepe se compraron tierras y hermosas vacas que ya daban una producción alta para la que había en el país. Luego vino una megaidea: Nicaragua debía importar tres mil vacas holstein de Canadá…

“El litro de leche costaba tres, cuatro, cinco veces lo que costaba ordeñarla manualmente. No eran vacas de pasto extensivo, sino animales confinados con alimentación que no era sólo zacate, sino zacate cortado, melaza y eran sistemas automáticos de ordeño. Nadie se preocupó de ver antes cuánto costaba amortizar esta inversión. No era viable”, dice Sergio Ramírez. Ricardo Coronel Kautz, el padre del proyecto, prefiere pensar que las crí-ticas, que también se hicieron en ese momento, eran mal intencionadas.

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Néstor Avendaño tiene los datos de la época más agria de la guerra en un fólder negro engrosado con papeles oficiales de aquella época. El entonces Viceministro de Planificación sonríe cuando revisa la carpeta. Los números explican por sí mismos su planteamiento, ese que le valió críticas de los dirigentes y una sanción escrita por prácticamente no acompañarlo en sus sueños.

¿Cómo un país aplastado por un conflicto armado puede intentar meterse a proyectos tan grandes como estos sin la preparación adecuada de la gente?, se preguntaba. Para Wheelock, quien admite el empuje de estos proyectos por su influencia, la solución más fácil hubiese sido aceptar una economía de guerra y no hacer nada.

Para Avendaño son “estos disparates” los que llevaron al país, como un niño en un terrible paseo, a una falta de divisas para financiar sus compras al exterior y a una enorme deuda externa.

Entre 1980 y 1985, conforme a los datos del Ministerio de Planificación, el Gobierno invirtió 4,154 millones de dólares. En ese mismo período, un estudio de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) concluía que la guerra desangraba al país en 7 mil 680 millones de dólares. ¿Tenía lógica entonces promover estas ideas con semejante lastre?

El comandante Henry Ruiz cree que el error es no haber tomado en cuenta la capacidad financiera del país y eso ocurría porque tenían los fondos del exterior. “Nos disparamos a una escala de desarrollo y a sostener una guerra que para nosotros era imposible desde el punto de vista económico. El resultado fue una hiperinflación, la más agresiva a nivel mundial en período corto”, razona en su casa, separado del ala dura del FSLN y ligado a Herty Lewites, el principal contrincante del ex presidente Daniel Ortega que por cuarta vez, desde su derrota en 1990, va de candidato a la Presidencia.

En enero de 1984 empezaron a morir los más ancianos del pueblo. Había pasado ya la algarabía que cuenta el escritor chontaleño Carlos Alemán Ocampo, en su libro “… y se hizo la presa”. No había más señoras felices con las llaves de sus casas nuevas en Las Canoas, ni hombres pidiendo, ante el deseo de otro grupo del pueblo, que los bares no quedaran lejos de los más de 200 hogares que Agroinra,
el ejecutor de los proyectos del MIDINRA, les construyó rumbo a Teustepe, Boaco.

La profesora González recordó el 7 de diciembre de 1983 cuando llegaron a traer a los pobladores. Si los más jóvenes iban contentos en la oscurana, con los más viejos ocurría lo contrario. La ancianita, de 101 años, miró el terreno donde un día se levantó su casa, vio al chancho que un pariente cargaba y a las gallinas, al pozo recién construido. “Tierra de la que salgo y jamás voy a regresar”, dijo frente al desarrollo del progreso que decía empujar el Gobierno. En enero la señora murió, recuerda la profesora González, su nieta.

Ocho meses antes las autoridades trasladaron el cementerio que estrenó la viejecilla. Las brigadas del Ministerio de Salud vestían con trajes especiales y a cada uno de los familiares los vacunaban antes de acercarse. Se podía ver a la gente esperando que colocaran a sus muertos frente a ellos.

Habían enemigos que los parientes se encargaron que quedaran separados y hubo historias de amor como el caso de una viuda, cuenta Alemán Ocampo, que lo fue dos veces y quería a sus maridos juntos. Tenía hijos de uno y el otro, y era mejor para todos.

Wheelock llama a los megaproyectos “ejes articuladores”, pero en verdad lo que hubo es un desorden. Contrario a lo que se puede pensar de una economía planificada, había fricciones entre los comandantes. “Fue una ingrata experiencia de los economistas de ministerios claves, liderados por personajes políticos de primer orden, que provocaban no sólo problema entre las instituciones, sino en la política económica del país. Un comandante de la revolución se sentía dueño absoluto, una persona suprema sin posibilidad de error en la implementación de la política que tenía a su cargo”, lamenta Avendaño.

Todo eso acabaría, lejos del progreso prometido, con la emisión de billetes para pagar la mano de obra, porque los países que cooperaban con Nicaragua ponían sólo el equipo. Avendaño recuerda que Wheelock condonaba deudas a las cooperativas y ese dinero nunca volvía a las arcas del Banco Central, una serie de errores que por suerte, según el economista Avendaño, no pasaron a más porque la mayoría de la deuda de los megaproyectos no se pagó por la condonación que los países del mundo hicieron al gobierno de doña Violeta Barrios de Chamorro.

El comandante Henry Ruiz asegura que ya privaba un discurso populista. Todo lo que se pedía se daba y “no terminábamos un proyecto y comenzaba otro sin tener la plata suficiente. La racionalidad se nos perdió en 1985”.

Para abastecer de agua aun ingenio hicieron una represa con la capacidad de guardar lo que Managua se consume en dos días. Esa es la represa Las Canoas.

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El desastre sería contrarrestado al parecer con ilusión. Los proyectos continuaban. ¿No tiene un plan para desarrollar el cultivo de la Palma Africana? Sí señor, allí está y todavía sobrevive en manos privadas. ¿Otro para tabaco? También. El problema según Sergio Ramírez es que no había suficientes casas de curado. No se pensó en eso tampoco.

Los enormes bosques del Caribe nicaragüense fueron un objetivo igual de apetecible. La madera preciosa del Triángulo Minero, Rosita, Siuna y Bonanza, estaba a la disposición de un proyecto estatal. Se invirtieron más de 35 millones de dólares con maquinaria española e italiana y uno de los soldados que viajó a la zona cuenta que 300 camiones llevaron los materiales de la fábrica desarmada. Se comen-zaron a hacer los galerones, con el mayor de los apuros cerca de Rosita, pero casualmente nunca se desempacó la maquinaria porque la guerra se puso dura.

“Yo lo llamo catedrales en la selva. Antes de pensar en la infraestructura para la construcción, si había carreteras para sacar el producto, si había energía suficiente, porque consumía un huevo de energía, se hizo la planta. Es como que te construya un palacio en la cumbre de la montaña y no calcule o no me importe cómo llevar esa energía hacia arriba”, sostiene el ex Vicepresidente.

Vendría lo peor. Los contras quemaron los galerones y después, cuando el Frente Sandinista perdió en las elecciones, las cajas fueron saqueadas. Sacaron los motores y todo lo que pudieron, un negocio que, como muchos clandestinos, terminó con éxito en el Mercado Oriental, el más grande y desordenado de Managua y probablemente de Centroamérica al que la gente le da publicidad diciendo que en ese lugar se halla desde una aguja hasta un avión a precio bajo.

Más de 20 años después, frente a la tranquila fábrica de textiles en Sébaco, se alborotan unas 15 personas. ¿Qué fue del proyecto de desarrollo del Valle de Sébaco? Varias personas llevan almuerzos para los trabajadores. Allí, donde las obreras se arremolinan en torno al comedor, funcionó durante un tiempo una procesadora de alimentos que llegó a producir puré de banano y chilotes, modesta producción para 12345 los aires de grandeza con que se le concibió.

Quizás un poblador anónimo es el que se encarga de resumir lo bueno de estas ideas: “Ph! la revolución. Yo me acuerdo, yo trabajé aquí, era maquinista, nosotros ayudamos a hacer este lugar, viera cómo costó hacerlo. La Contra atacaba para dañar los bienes logrados por el pueblo. Yo le aseguro que, si fueran aquellos tiempos, usted y yo entraríamos a esta fábrica y hubiéramos pedido lo que fuera. Nadie nos hubiera quitado nada. Todo era del pueblo”.

El resto es un desastre. ¿Qué fue del ingenio? Las instalaciones del antiguo Victoria de Julio, llamado así por el 19 de julio nicaragüense contra Somoza y el 26 de julio del asalto a Moncada en Cuba, están destruidas. Los ladrillos dispersos están hecho tucos, la carretera comienza a agrietarse y hay un pedazo de una pared que sobrevive levantado. Allí se ve al Ché, Sandino, Fidel Castro y Edén Pastora felices celebrando una historia que después se complicaría con privatizaciones oscuras denunciadas en los periódicos.

A más de diez kilómetros una mujer se pega manotazos, pone velas en su casa, y maldice a los zancudos. En un campo de béisbol, el polvo se alza con rebeldía sobre la gente que cava huecos más grandes que un cuerpo normal para buscar agua. No es la misma gente que sacaron un día de Las Canoas. La población ha crecido como la masa con la levadura y el agua es un bien preciado, tanto que es más fácil hallar una Coca Cola. Allí, donde el pasado se confunde con el presente, es donde reinaba antes la ilusión de unos y el desprecio de los adversarios de la revolución. Ellos todavía se preguntan si aquellos jóvenes de verde olivo que se hicieron del poder a punta de fusiles y se les ocurrieron todas estas ideas, fueron en verdad héroes o villanos de esta historia escrita a punto de millones, fracasos y esperanza. Sobre todo eso, esperanza.

Fuente: Ex funcionarios consultados por Magazine.

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