Guanacaste

Reportaje - 21.11.2004
Playa Los Cocos Guanacaste.

Nicaragua perdió esta provincia hace más de siglo y medio, pero los guanacastecos continúan en un limbo cultural: no ansían ser nicaragüenses pero sufren el desprecio de los josefinos, quienes les ven de menos por morenitos, por no pronunciar la s, por guanacastecos, por, en definitiva, ser unos nicas regalados

Eduardo Marenco Tercero
Fotos Orlando Valenzuela

Al llegar a Liberia, capital de la provincia de Guanacaste, lo primero que rompe la monotonía del paisaje —ese paisaje bucólico, armonioso, ese aire de felicidad, de pueblo sin desgracias—, es por supuesto, un nica.

Eddy Orozco Orozco se cubre el rostro del sol con una gorra, y los brazos con una sudadera. Vende cargadores de celular sobre la línea amarilla del semáforo, frente a un Food Mall con las últimas ofertas de Papa Johns y Burger King. Se vino hace doce años desde San Dionisio, Matagalpa, y durante doce horas al día toma un baño de sol o de lluvia. Luego se va a dormir a un cuarto que renta en el centro de Liberia. El fin de semana ocurre lo mejor que hay en su vida: viaja más de 200 kilómetros para llegar a San José, donde le espera Vilma Zeledón, empleada doméstica que vive en La Carpio, compatriota suya, y lo más importante, su mujer.

Liberia alberga a guanacastecos y nicaragüenses. Los ticos son otra legión. Se es guanacasteco antes que tico. Y se es guanacasteco por voluntad propia. O como ellos dicen: "De la patria por nuestra voluntad". Es la declaración de fe de la pequeña ciudad, que aparenta dormitar en la más maravillosa de las parsimonias. El tiempo es lento. Los niños corretean por el parque central, los novios se besan sin prisa, y hasta la luz cae con dejadez.

"Esta provincia ha estado corno muy arrinconada", dice Sonia Alvarez, vicealcaldesa de Liberia, una señora morena, extrovertida, de voz chillona, de modales melosos, de collares rojos; y a quien a sus años, aprender a contestar un celular es un acto heroico. La culpa será de Alcatel.

El Estado de la Nación coincide con la vicealcaldesa: Guanacaste es una provincia despoblada —de ticos—, es la segunda más pobre del país, e históricamente ha sido vista de a menos. Casi como una extensión de territorio nicaragüense. O lleno de nicaragüenses.

Liberia
Liberia. Tiene las dimensiones de Rivas, la parsimonia de Masatepe y la hospitalidad del nica.

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Del otro lado

"Que se las arreglen a como puedan", ha sido la consigna según la vicealcaldesa. Y sufren esta desidia, a pesar de que en Guanacaste se produce la mitad de la energía (hidráulica, eólica y geotérmica) que el país consume o exporta; y a pesar de que son el granero de la patria.

Han aportado la tortilla y el gallo pinto a la dieta nacional; y el punto guanacasteco al folclor tico. "Cogieron lo de nosotros para lucirse, la comida, el baile, pero se afrentan de los guanacastecos y ¿de dónde viene todo? De allá", dice la vicealcaldesa, arellanada en un sillón de concejal. Se resiste a admitirlo, pero cuando habla de allá: habla de Nicaragua.

En la provincia no hay empleo para los guanacastecos. Trabajo sí lo hay. Y durísimo. Pero no para guanacastecos. Ellos, por ejemplo, no están para cortar la caña o cosechar los melones. "La caña es un trabajo que no lo queremos los guanacastecos", reconoce la vicealcaldesa. Implica asolearse, reempaparse, ensuciarse. Reventarse el espinazo. Es en sus palabras, "un trabajo muy pesado" para un guanacasteco, profesional por demás, en su mayoría.

La esperanza entonces es el turismo de playa, los canopys, la belleza de sus volcanes y los parques naturales. Papagayo, por ejemplo, es un hotel al pie de un golfo de maravilla. La noche cuesta sesenta dólares con bebidas y comidas incluidas. Hasta un aeropuerto internacional tienen ya. Pero todo esto da poco empleo.

El padre de la vicealcaldesa, Crisanto Alvarez Angulo, llegó a ser gobernador de la Provincia de Guanacaste, y vivió la época dorada de la ganadería, la era romántica de la pampa y de la sabana. Pero esa época llegó a su fin. Fracasaron el arroz y el algodón, dice esta mujer, socia de Dos Pinos, el equivalente a Parmalat en Nicaragua. Con Papagayo, todos los josefinos quieren venirse a Guanacaste, reclama, ¿Ahora sí no? "Por eso yo digo, nunca tires una escupa porque te va a caer encima".

Por ahora Guanacaste sólo da para tremebundos titulares de prensa: "Guanacaste con hambre... Guanacaste sorprende en pobreza... Guanacaste apenas sobrevive...": 32 de cada cien familias viven en la pobreza. La mitad de la población (281,000 hab.) está desocupada. Miles de nicaragüenses los suplantan en los oficios que éstos desprecian: corte de Caña, naranjas y melones; obreros de la construcción, celadores, empleadas domésticas, dependientes... de lo que sea.

Un articulista, preocupadísimo por el nivel de pobreza en Guanacaste, se preguntaba hace poco en las páginas de La Nación: "¿Habrá xenofobia escondida en los repliegues del alma del costarricense de la meseta?"

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Azul y blanco

La identidad del guanacasteco se define en oposición a la del josefino. Y en semejanza a la del nicaragüense. Esto los deja en un limbo cultural. "Nosotros somos amistosos, somos alegres, abiertos, queremos a la gente, no importa de dónde sea, nos abrimos; (en cambio), el josefino es orgulloso, frío", dice la vicealcaldesa y pone cara de mujer de nariz respingada.

Para los josefinos los guanacastecos son unos nicas regalados. La expresión, con su implícito chovinismo, sigue vigente hasta en las bromas de los adolescentes. Y aflora en la víspera del 25 de julio, cuando en Guanacaste se celebra la anexión a Costa Rica.

Ante el mal karma que les acompaña, el guanacasteco ha decidido defenderse con orgullo, por lo que su lema es: Guanacastecos por nuestra voluntad.

Karla Morales Centeno, de 18 años, está sentada de piernas cruzadas en una banca de concreto del parque central de Liberia. Es morena, y espera con impaciencia a Mauricio Zamora Sánchez, de 20 años, moreno, también. Ambos visten el uniforme escolar, azul y blanco, como el de los nicaragüenses, pero ellos son guanacastecos.

Karla está en el décimo año de bachillerato, no recuerda bien la fecha de la anexión, sólo sabe que es en julio. Pero se ruboriza cuando se le pregunta por la expresión nica regalado. Doblan las campanas de mediodía en la Iglesia de Liberia.

Mauricio, que recién llega, está en el sexto del bachillerato técnico. Nació en Limón, tiene quince años de vivir en Liberia, y su madre es nicaragüense. La historia de su provincia la entiende así: "Guanacaste era como un Estado independiente, un día comenzó la discusión para ver qué país se quedaba con Guanacaste, si Nicaragua o Costa Rica, y pues, allí los resultados fueron que Guanacaste se anexó a Costa Rica".

Simple. Pero no tan simple. Hace poco leía en el periódico: "Todavía no están listos los papeles de la anexión, o sea, que Guanacaste es todavía un Estado aparte". De nuevo el limbo. Histórico. Existencial. Material. Una orfandad.

"Antes no había frontera, éramos vecinos", dice la vicealcaldesa, que insiste en querer contar su vida entera en un suspiro. Igual que un nica en un autobús: es capaz de develar sus mejores secretos ante el primer extraño que se sienta al lado. "Había una amistad como de familia", continúa. De hecho, eran las mismas familias: los grandes patricios de Guanacaste fueron nicaragüenses.

La distancia que separa Liberia de San José es un poco mayor a la que les separa de Managua. La amistad, sin embargo, era con Rivas. Y cuando se examina la historia, cuenta la vicealcaldesa de rojo collar, se descubre una verdad sencilla: "Todo el mundo era de Nicaragua".

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Territorio Mapache

Playa Los Cocos es una versión desmejorada de San Juan del Sur. Una pequeña bahía con yates, poca playa y una calle central llena de bares y hostales. Según los broshures, las playas ticas son de arena blanca. Pero acá hay una arena mojada, gris, ordinaria...

En este lugar hay una tienda de artesanías para turistas: las maracas que dicen "Costa Rica", las hacen en Masaya; las diez mujeres que las venden son de Nandaime, Posoltega o León; pero eso sí, el patrón es tico.

También hay celadores y obreros que construyen apartamentos, ofertados a 45 mil dólares. Todos son nicaragüenses.

Pablo Bayardo Silva López, de 63 años, laboró durante 35 años en el Ministerio de Salud de Nicaragua, pero con la pensión no le daba ni para dar de comer al perro, así que se fue a Playa Los Cocos, donde es celador de Pato Loco, un hostal propiedad de Mary Kirigen, una gringa de Utah, retirada también, con la diferencia de que ella dedica su vejez a administrar su inversión y él a cuidársela de malhechores.

La simpática Mary Kirigen sólo habla inglés y lo primero que aclara es que no es mormona y que la bandera de las barras y las estrellas ubicada a la entrada del hostal, está a media asta en señal de duelo por la reelección de George Bush.

Ella no soporta a Bush, probablemente porque tiene a un hijo en Irak, según cuentan. El celador de Pato Loco está un poco peleado con la vida: para él, los ticos son unos desgraciados. "No te alzan ni a ver, esos carajos no quieren a nadie, son unos negreros". Carajillo diría uno de ellos. Carajillo. "Aquí vive uno peor que un perro", añade don Pablo. Dos jovencitas de ojos azules, piel bronceada y rizos dorados, preguntan si el restaurante de pastas abre hoy. "No, hoy no hay pasta". Se van apesadumbradas.

Don Pablo asegura no llevarse mal con los guanacastecos. Habla de ellos como si no estuviese refiriéndose a los ticos. Algunos le han expresado el deseo de conocer Nicaragua. Pero él lo considera una insensatez: "Yo les digo que mejor ni vayan, están bien aquí. ¿Qué van a ir a hacer?"

Vive en El Sardinal, a adonde también viven decenas de obreros nicaragüenses que laboran en territorio Mapache, donde una ui banizadora construye hermosos apartamentos de verano.

Arnulfo Romero, de 56 años, es granadino y es jefe de cuadrillas en territorio Mapache. Son apartamentos de dos pisos. Le quedan 1 bres hasta 250,000 colones cada 18 días: unos siete mil córdobas.

Los peones ganan 400 colones la hora, al día laboran unas diez, ganando unos 4,000 colones, o el equivalente a casi doscientos córdobas dobas al día. A sus peones les paga seis mil, unos doscientos treinta córdobas al día. Los 170 obreros de Mapache son nicaragüenses.

"Allí trabaja mi marido", dice Leticia Noguera, de treinta arios, una nandaimeña que se desempeña como vendedora de artesanías en la principal tienda de Playa Los Cocos. Ella y sus compatriotas ahorran cincuenta dólares a la semana. Algo imposible en Nicaragua. Pero sí en esta provincia que alguna vez fue también su país. Cosas de la vida.

LA NICARAGUA QUE NO FUE
Fuente: Díaz Lacayo, Aldo. Gobernantes de Nicaragua. Managua, Aldilá editor, 1996,207 p. Pasos Argüello, Luis. Enclave colonialista en Nicaragua, 1978, 238 p. Zamora, Augusto. Intereses territoriales de Nicaragua, Managua, Fondo Editorial de lo jurídico, 1995, 365 p.

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¿Quién pegó fuego al Mesón?

Magali López Camacho espera a que abran el tribunal de La Cruz, el último pueblo antes de llegar a la frontera con Nicaragua. A pocos metros suyo, hay un mirador desde donde se divisa un golfo brutal. Esta mujer malquiere a los nicaragüenses, a pesar de que los josefinos le malquieren a ella. Por guanacasteca.

"En San José dicen que los guanacastecos son como que fueran nicas. Yo pienso que no, porque cada país es cada país. Si sos guanacasteca sos nica, dicen, pero yo digo que no, vea".

Admite que les vende a menos. ¿Por qué? "Supuestamente porque esto era de Nicaragua", suelta casi a la fuerza.

La cantina brava de camioneros al borde de la carretera, donde al mediodía de un viernes hay una juerga bien organizada, y donde se oye María Cristina me quiere gobernar... y yo le sigo, le sigo la corriente...; ese bar, es de una nicaragüense. Está en el mostrador como una matrona insignie y nos ve desde allá como a forasteros. Aparenta estar de malas pulgas y en el menú esta vez no hay chuleta de pescado. "Ése es el bar de los tombos", explica Edgar Francisco Morales Navarro, un rivense cuarentón que vive desde hace trece años en La Cruz y que tiene su comedor, al otro lado de la carret

era. Y aquí sí hay chuleta de pescado. Chico está claro que hay xenofobia y racismo de la gente de la meseta central hacia los de Guanacaste y hacia los nicas más aún. Sus hijos son ticos y le bromean: "Papá, aquí el único nica sos vos". A ellos la historia se las cuentan al revés: De este modo, "fue Juan Santamaría el que le pegó fuego al mesón en la batalla de Rivas contra Walker y no Enmanuel Mongalo". Y cosas por el estilo. "Hay un desdén de la gente de la meseta central al guanacasteco, yo le decía a un Cartago que si no existiera Guanacaste no tendrían folclor, la tortilla, la carne asada, el baile". El ochenta por ciento de las personas de La Cruz son nicaragüenses. Aunque históricamente Nicaragua perdió el territorio, culturalmente es reconquistado cada día, de forma silenciosa, subrepticia, solapada, encubierta, mal vista, pero real.

Chico ilustra: "El de la meseta central cuando viene a estos lados viene como conquistador, ellos se creen muy españoles allá arriba, de descendencia española o italiana; los rasgos físicos son distintos". De hecho, en el almanaque de la CIA, el 94 por ciento de los ticos son blancos ("incluidos mestizos"). En Nicaragua, es al revés, dice la CIA: los mestizos son el 69 por ciento ("incluidos mezclados: amerindios y blancos"). Los blancos son el 17 por ciento.

Maritza Zamora es una tímida profesora de la escuela Sonsapote, cercana a la frontera, tan introvertida es que se niega a que le tomen fotografías. Espera un autobús frente a la escuela, ubicada al borde de la carretera. Es una vieja escuela, de paredes roídas, pero aún conserva un gran mural que dice: "Escuela Sonsapote: orgullosamente guanacastecos". Ahí acuden a clases niños nicaragüenses y guanacastecos. Se llevan bien. Son distintos a los de la meseta central.

"El guanacasteco es más fuerte, más sin miedo, se echa el agua; en cambio el de San José es como más débil", dice esta maestra.

A pocos minutos de allí, está La Vuelta, una comarca llena de barracas, hechas de latas de zinc y tablones desvencijados. A medida que se acerca la frontera con Nicaragua, aumenta la pobreza, aumentan los nicaragüenses y la sensación de desprecio.

Tan sólo atravesar la frontera, la pobreza se muestra más descarnada, o cabría decir, encarnada: llueven los vendedores ambulantes, la gente que pide, el polvazal. El barullo. Luego se ve la primera pinta en rojo en una pared donde alguna vez fue aduanas: "Libertad para Arnoldo Alemán", dice.

Ya estamos en Nicaragua.

Los extremos: el hotel cinco estrellas en Papagayo
Los extremos: el hotel cinco estrellas en Papagayo y la pobreza extrema a dos minutos de la frontera con Nicaragua.

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