Había una vez…

Reportaje - 09.11.2014
Managua 10 de Oct del 2014. BiblioMovil,en Jinotepe Carazo  visitas por Colegio Ruben Dario /Campos Azules/ y Comunidad de Roman Estrada LA PRENSA /Uriel Molina

Un grupo de niños tiene su primer encuentro con los libros. Una visita quincenal y así inicia un cuento de letras, magia e imaginación

Por Tammy Zoad Mendoza M.

La cebra tiene hipo. Brinca al caminar, brinca al sentarse, no puede ni hablar sin brincar. Pero la cebra es orgullosa, le han dado muchos consejos para su problema y no ha tomado en cuenta ninguno. El hipo hace que sus rayas salten y se mezclen. La cebra no se ha dado cuenta que ya no es una cebra. Con tanto brinco sus rayas han resbalado por sus piernas. Parece un burro blanco de patas negras. “¡Hasta que entre todos sus amigos le dieron un buen baño con agua fría, la pobre cebra se curó!”, cuenta Ingrid García, de 7 años. Ingrid sonríe casi siempre. Su lengua se asoma por el par de ventanas que dejaron los dientes de leche que mudó hace un par de semanas. Es una morenita simpática y menuda, de brillantes ojos oscuros y cabello fino, como hilitos de seda negra. Sus amigos ríen con ella al escuchar la historia.

Nicole Ponce y Marcos Gutiérrez, ambos de 6 años, también están chintanos. Son compañeros de clase del primer grado de primaria en la escuela Rubén Darío, comunidad Campos Azules, a cinco kilómetros del centro de Jinotepe. Los tres conocen a la cebra de la que habla Ingrid. Conocieron su historia en el libro que hace un tiempo llegó a sus manos, de la misma forma en la que llegaron los cientos de libros que han leído los niños que estudian aquí, en el peregrinaje quincenal que realiza la organización Libros para Niños en la zona. Su escuela es una parada en la ruta de lectura.

Donde no existen bibliotecas de ningún tipo, los padres no tienen dinero para comprar cuentos o los niños no pueden ir hasta los lugares donde se consigue literatura infantil, esta organización pone los libros al alcance de sus manos. Aquí empieza la historia de los pequeños lectores que contracorriente se aventuran a leer lo que les gusta. En escuelas y comunidades remotas, sorteando las carencias típicas de las zonas rurales como la falta de servicios básicos, ellos hacen a un lado su realidad, se tiran al suelo con los libros y empiezan a crear su propio mundo, uno que traspasa los horizontes de su pueblo.

“En Nicaragua la tendencia de deserción escolar va en aumento desde primero hasta sexto grado, pero es en los primeros años que el niño desarrolla frustración porque siente que no logra asimilar los contenidos”.

Vanessa Castro, especialista en Educación.

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Un camioncito blanco corcovea en el camino lodoso. El aguacero de la madrugada ha dejado huecos y charcas en lo que normalmente es una trocha pedregosa y polvorienta. Luego de superar los obstáculos, hace su entrada triunfal por el campo. La hierba está mojada y el verdor tiene manchas café, son las huellas de los niños que corretean por todos lados. El recreo acabó, pero hoy es día de fiesta.

“¡Ahí vienen los libros! ¡Los librooos!” “Oí, los libros, corré!”. Se agitan los chavalos y corren en estampida hasta rodear el microbús que se ha estacionado bajo un palo de mango.

Una camioneta, un microbús, un camión azul. Depende de la zona, esos son los vehículos que los promotores de lectura de Libros para Niños utilizan para realizar las rutas del Pacífico y Norte. Miles de libros recorren el país en esta labor itinerante que empezó en 1993 cuando la estadounidense Mary Jo Amani decidió crear una organización que acercara a la niñez nicaragüense con la literatura infantil.

Están desde los clásicos del danés Hans Christian Andersen, hasta los contemporáneos de lujo como la colección del británico Anthony Brown o el norteamericano Ian Falconer; creador de Olivia, la intrépida cerdita que tanto les gusta a estos chavalos. La literatura nacional también tiene cabida aquí. El Fondo Editorial Libros para Niños, otro proyecto de la organización, ha logrado publicar 40 títulos. El más reciente, Mi gato Mostacho, de Lourdes Mayorga, es la sensible, divertida y aleccionadora historia de una niña que se enfrenta a la muerte de su mascota.

“El objetivo sigue siendo despertar en los niños el interés y el amor por los libros, estimular la lectura desde temprana edad a través de textos de calidad. Que se sientan que pueden descubrir y ser dueños de las historia s, que puedan llevarlas a su casa y compartirlas con sus familias, luego traerlas y llevarse más”, explica Ericka García, coordinadora de Libros para Niños en Carazo, zona apadrinada por la Embajada de Noruega.

“¡IGH! No traje mis libros… Y mi casa está cerrada”, dice afligido Marcos Gutiérrez, el pequeñín de 6 años que es mucho más bajo y delgado que sus amigas, Ingrid y Nicole. Marcos es vecino de la escuela. Cada vez que llegan a cambiar los libros, él se cruza el cerco y lleva los libros para recibir otros nuevos. “Es para no cargar en la mañanita, no mire que además en la mochila solo me alcanzan los cuadernos pequeños. No tengo de otra”, se justifica, siempre con un tono melódico, pronunciando las “eses” como zetas.

Hoy no podrá llevar libros, pero no se amilana. Si no tiene devolución, no necesita hacer la fila para entregar libros ni llenar la ficha de los que se lleva. Es tiempo que aprovecha para abalanzarse sobre el cajón verde de plástico. Es un gatito escurridizo que se mete entre el tumulto, mete la garra y ¡zas! Saca un libro, y otro, y dos más. Los hojea rápido y devuelve un par.

¡Llévame a casa, osito polar!, de Hans Beer, es de sus preferidos. Le gustan las historias de animales, amigos y aventuras. Ha releído tanto este libro y el de la historia del ratón, que una noche soñó que acompañaba al tigre de bengala y al osito polar hasta la madriguera del ratón. “Anduvimos por la nieve, nos subimos a un tren y llegamos a la casa del ratón. Yo era chiquitito, del tamaño del ratón. ¡Y hasta me invitaron a cenar!” ¿Qué comieron? “¡Un quesito riiicooo!”, dice entre risas, con la nariz arrugada. El gatito se relame con solo recordar. “La literatura de calidad estimula no solo el aprendizaje tradicional, sino también el desarrollo de sus capacidades analíticas, su curiosidad, su imaginación. Eso es muy valioso”, expone Vanessa Castro, doctora en Educación.

Para que los niños puedan llevarse un libro deben tener la autorización de sus padres. De esta manera ambos se responsabilizan de regresar en buen estado el libro. Si se daña, deben arreglarlo. Si se pierde, deben donar uno o ayudar a reparar libros dañados. “Al principio los libros no regresaban o venían muy rotos, sucios, en partes. Ellos no sabían cómo manipular un libro, no tenían amor por ellos, pero ahora las pérdidas son muy pocas, se ve cómo se esmeran en cuidarlos. Quieren sus libros, quieren leer, lo disfrutan”, comenta Ericka García.

Solo unos cuantos no pueden llevarse los libros a casa. Sus papás no les dan permiso, no quieren responsabilizarse del libro y tampoco lo ven como algo vital para sus hijos. “En Nicaragua hay cultura terrible de menospreciar la literatura infantil como forma de aprendizaje, y aún más las narraciones orales que son importantes para que ellos vayan desarrollando no solo el lenguaje, también sus procesos de lógica y cuestionamiento, su capacidad de entender, explorar e imaginar el mundo”, explica la doctora Castro.

“El otro extremo es que muchos padres y maestros reverencian al objeto, en este caso el libro, en lugar de ver al niño como un sujeto que tiene derecho y necesidad de aprender con esta herramienta. Guardan los libros o los vuelven intocables. Es preferible tener un libro arrugado o abierto de tanto uso, que un niño sin leer”, enfatiza.

Managua 10 de Oct del 2014. BiblioMovil,en Jinotepe Carazo visitas por Colegio Ruben Dario /Campos Azules/ y Comunidad de Roman Estrada LA PRENSA /Uriel Molina
Además de llevar los libros a las escuelas y comunidades, los promotores leen a los niños y les ayudan a elegir los libros. Aquí, Ericka García, coordinadora de Libros para Niños en Carazo.

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“¡Bueeenaaasss tardes chavalas y chavalos! ¡Llegaron los libros! Prepárense para cambiar sus cuentos”, se desborda la voz del megáfono que corona la camioneta blanca. De fondo suenan canciones que hablan de cabras, de niños y paisajes. A ambos lados del camino de tierra se alzan casas desde las que se asoman ojitos curiosos entre la penumbra del interior. Las nubes anuncian que seguirá lloviendo y los árboles bailan con el viento llamando otro aguacero. Es la tarde de un miércoles y la comunidad Román Estrada parece no haber despertado hoy.

De repente, luego de un par de llamados, aparecen entre las veredas niñas y niños cargando bultos en sus brazos. Otra vez el cajón verde de plástico atrae la atención de los pequeños, otros, prefieren rebatir en los canastos que están en el suelo. Pero en medio del barullo de “este es mío y ese es tuyo”, aparece una mesa, y sobre ella, el escenario de un teatro miniatura tallado en madera.

“¿Cuál quieren que les cuente?”, pregunta Omar Narváez, detrás del miniescenario. Solo se escuchan murmullos. Las madres y los niños se ríen entre ellos. No saben qué elegir. “¡Ya sé! Les voy a contar la historia de Un sapo enamorado”. Y empieza aquel hombre a hablar del sapo verde que se sentía enfermo, que no sabía qué hacer para declararle su amor a la pata blanca. Los niños se sonrojan, cuchichean. Las mamás se carcajean con las preguntas ocurrentes que les tira Omar, pintor de profesión y promotor de lectura. Les saca una sonrisa y una reflexión al público en cada estación del camino. Es el de la voz del perifoneo, conduce la camioneta, lee cuentos de una forma simpática y su arte en la pintura está plasmado en el libro Del Trópico, del poema de Rubén Darío, y en las paredes de los Rincones de Cuentos, esas bibliotecas infantiles que durante 21 años la organización ha instalado en el país inicialmente con la ayuda de la Embajada de Finlandia y luego con las alcaldías y fundaciones que apoyan y promueven la lectura para niños.

“Cuando un niño lee conoce las historias de personajes diferentes a los que ve en su entorno, otros lugares y culturas, se le abre a mente. Ve más allá, no solo piensa en ser el sucesor de su padre, descubre que hay otras posibilidades. Yo no sé lo que va a pasar después, pero estoy seguro que cuando sean adolescentes van a tener ese hábito. Siempre que tengan qué leer”, sentencia Narváez.

Emeling Peña, de 10 años, lee desde que tenía 6. Está en cuarto grado de primaria. Llueva, truene o relampaguee, sale de su casa con sus libros bajo el brazo y regresa a casa con otros. “Uhhh, hace tiempalales que yo leo. Yo ya sabía leer cuando Libros para Niños vino aquí al Román Estrada, pero esto de que le lean a uno es bien bonito, hasta para los niños que no saben leer. Aprendemos cosas maravillosas de otros países, cosas que no se ven aquí. A mis papás les gusta que les lea, dicen que están orgullosos de mí”, comparte Peña. Su papá es conductor y su mamá trabaja en un empresa local. Emeling quiere ser doctora. Ella y su amiga se empericuetan para venir a la tarde de cuentos. Bien peinaditas, con vestidos de vuelos y en chinelas, pues los zapatos son para la escuelas o las fiestas. Le gustan los cuentos de familia, las adivinanzas y los libros de poesía, como Hago de voz un cuerpo, un libro en el que quince poetas van desmenuzando y volviendo a armar el cuerpo humano con metáforas, comparaciones o simpáticas exageraciones.

Luego de escuchar el cuento que otra de las promotoras les ha narrado, Emeling desanda el camino a casa. Al llegar, guardará sus libros en la bolsa plástica que cuelga de la viga de la madera que hace de pilar principal. Al final de la tarde, los tomará de nuevo, saldrá al patio, se tirará en el viejo sofá y con la vista del barranco de fondo, volverá a leer. Ahí empezará otro viaje por las páginas.

Managua 10 de Oct del 2014. BiblioMovil,en Jinotepe Carazo visitas por Colegio Ruben Dario /Campos Azules/ y Comunidad de Roman Estrada LA PRENSA /Uriel Molina
Es un sistema de préstamo gratuito, solo hace falta querer leer y el compromiso de padres e hijos de cuidar los libros y devolverlos en tiempo y forma.

“Hay lugares donde no hay agua ni luz. Además de esas limitaciones a los niños se les ha negado el derecho a la sana recreación, al aprendizaje divertido, a la posibilidad de ver el mundo. Es satisfactorio ver cómo disfrutan leer, que les lean, tener un libro”.

Omar Narváez, promotor de lectura.

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En medio del chavalero del canasto hay varios chiquitines que no saben leer, pero no importa. Ellos se inventan sus historias. Aunque no se puedan llevar un libro a casa, se tiran en el zacate húmedo a narrar lo que se les ocurre al ver las ilustraciones. “Un gato miedoso se asoma por la puerta. Al otro lado un gato blanco se sube a la cabeza de la niña chela, que está atacada de la risa. Después un puño de gatos se asoma por la ventana. Tienen hambre. Quieren entrar a comer”, recita Jean Carlos Campos, el niño chirizo que aún no sabe leer. Tiene 5 años y está en tercer nivel.

“Hay una vinculación cercana entre el lenguaje oral y el lenguaje escrito, el aprendizaje y la diversión. Estimular a los niños con canciones, narraciones y cuentos es darles la oportunidad de desarrollar sus capacidades al máximo. De los cero hasta los ocho años aproximadamente es la edad en que el cerebro almacena, procesa y asimila de mejor manera todo lo nuevo. Es una ventana de aprendizaje que debemos aprovechar”, explica Castro, la especialista en Educación.

Los tres amigos se divierten viendo a Jean Carlos. “Ese chavalo no sabe leer, pero le gusta inventar. Siempre agarra libros. Se ve que le va a gustar leer. Yo ya estoy grande, por eso sé leer”, dice orgulloso Marcos. Nicole es la más callada del trío, pero le gusta leer tanto como a Ingrid y a Marcos.

“E. Eeelll Pa-to ca-caminó por el bosssque”, empieza a leer en voz alta al grupo, pero la distrae la algarabía encendida en el patio de la escuela Rubén Darío. Unos han vuelto a correr, haciéndose los sordos al llamado de la maestra. Otros siguen dándole duro a la pelota que se deshace a cada patada. Y están los que cuelgan como monitos de los árboles que abundan en el lugar. Aquí no hay columpios, ni juegos plásticos, usan letrinas y no siempre hay agua, como ahorita, que Marcos quiso beber agua pero la paja chilló porque ella también tiene seca la garganta. Sin embargo ellos se ven felices con “sus” libros. “No importa doñita, sigamos platicando. Cuando llegue a la casa bebo agua”, dice el chavalito, acostumbrado a su pueblo.

—Contale Nicole, cuáles libros te gustan. El que me contaste la vez pasada, de los gatos rateros —dice Marcos, invitando a su amiga a la plática.

—Los cuentos de Pombo son bonitos, el del renacuajo paseador. Cinco noches arrechas, aunque parezcan de miedo. Nano y los muñecos también —responde Nicole.

—¡Ese yo lo andaba! Es bueno —salta Ingrid.

—Pero el que vos decís es Un pleito. El de los gatos ladrones que se pelean y luego se disculpan y no vuelven a andar de vagos —continúa Nicole.

—Es que disculpándose se mira uno bonito, pero peleando no. Feo se mira uno peleando.

—¡Horrible!

—¡Espantoso! —remata Nicole, quien reconoce que aunque le resulta fácil sumar, prefiere leer, leer mucho.

Se llevan tres o cinco libros. Depende lo que encuentren ese día. Han aprendido a no juzgar ningún libro por la portada. Los agarran, los hojean, se les ve con el ceño fruncido repasando las letras para entender de qué va el asunto. Son lectores exigentes, luego de un par de años ya saben qué historias les gustan, qué temas les interesan. Hay unos que buscan saber cómo un grillo puede ser un héroe, otros porque se pelean la tortuga y la culebra o conocer de la nieve, de otros países y otros idiomas. Al final de la jornada, después del Colorín colorado aquí no hay un punto final, porque en quince días, en algún rincón de Nicaragua, otro cuento estará por empezar.

Managua 10 de Oct del 2014. BiblioMóvil,en Jinotepe Carazo visitas por Colegio Ruben Dario /Campos Azules/ y Comunidad de Roman Estrada LA PRENSA /Uriel Molina
Abejas al panal.Llegan los libros y ellos corren a las cajas para elegir su favorito.