Hermanos enfrentados en la guerra

Reportaje - 25.01.2009
Familia-Violeta-Barrios-de-Chamorro

Los conflictos que ha vivido toda su historia Nicaragua, han llegado con
frecuencia a la familia. Hermano contra hermano a veces enfrentados a muerte

Luis E. Duarte

“Y serán enemigos del hombre los de su propia casa”. San Mateo 10:36.

La vida los llevó a frentes diferentes. A veces trinchera frente a trinchera. En tiempos que la palabra reconciliación está de nuevo de moda, magazine conversó con algunas personalidades que adversaron a sus hermanos ideológica o militarmente.

Luis Fley, ex comandante de la Contra, recuerda a sus hermanos menores en el Ejército sandinista; la socióloga y ex guerrillera Sofía Montenegro revela la relación con su hermano Franklin, mayor de la Guardia Nacional, y Cristiana Chamorro explica cómo desde La Prensa con dos hermanos en el Gobierno y otro en la Contra, su madre pudo mantener la paz familiar en los años ochenta.

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En 1987 Luis Fley viste de verde olivo, el uniforme made in USA que le ha entregado la CIA. Francisco, uno de sus quince hermanos, va vestido de civil, pero no es menos peligroso, lleva un recado de la Seguridad del Estado sandinista. Le pide que abandone la lucha, que le van a perdonar todo, si se integra al proceso, que no está del lado correcto.

“¿Y mi mama cómo está?”, pregunta Luis, quien lleva seis años combatiendo en la montaña. En su casa no saben de él, porque si se pone en contacto, seguro lo agarran.

Ahora anda todo peludo, parece un guerrillero cubano. Qué ironía. Francisco ha cambiado también, ya no es el mismo chavalo de la secundaria, ha sido una impresión muy fuerte verlo de nuevo.

De los hermanos Fley, sólo el mayor, Luis, está en la Contra. Lo echaron preso sólo por ir a una reunión con Alfonso Robelo y desde entonces quedó fichado y acumuló el rencor suficiente para abrir frente.

Desde 1981 está en la Contra, aún cuando tres de sus hermanos menores ya habían firmado con el Ejército sandinista.

—¿En combate sabia dónde estaban sus hermanos?

—Era incómodo porque no sabias dónde estaban, pero recibías información. Uno estaba de politico en Apanás, otro de radioescucha y otro en abasto en Matiguás, ninguno de los tres operaba en patrullas en la linea de combate.

Enrique moriría sin embargo, durante una emboscada de la Contra el 8 de enero de 1988 en Santa Lastenia, entre Matagalpa y Jinotega, mientras Jorge se retiraría años después. Luis Fley sabe quién dirigía la operación en que lo mataron. Francisco llevaba quince días en el campamento, pero el Ejército
sabía que tenía probabilidades de regresar vivo porque el comandante contra no lo va a dejar morir, es su propia sangre.

Debió ser aquél un raro encuentro entre hermanos: “Cuánto tiempo sin verte, cómo han cambiado, si apenas fue ayer que jugaban en los potreros y el campo. Mí hermano, mi querido hermano, cómo estás”.

“No somos guardias, los que estamos aqui somos campesinos —le dice—, tenemos que defender la democracia, aqui no vamos a entregar las armas, tenemos miedo, fuimos obligados por las circunstancias”, repite el hermano contra.

Francisco no sabe si es la última vez que ve a su hermano vivo. Y ahí están ahora en una iglesia, un rancho de tablas y paja donde su hermano lo va a entregar al pastor para que lo lleven a su base donde estará a salvo.

EL mayor GN, Franklin Montenegro (centro) en su último cumpleaños en diciembre de 1978, abraza a su hermana y militante Sofía. La imagen fue publicada en el diario Novedades.

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Sofía Montenegro seca sus lágrimas porque aunque su historia es conocida, repetirla o recordarla aún causa dolor. Habla del hermano muerto, aquel mayor de la Guardia Nacional que fue capturado en julio de 1979 y después de tres meses en la cárcel fue asesinado. Le aplicaron el “plan fuga”, rumoran.

Su madre, al saber de la muerte del hijo mayor, la llamó asesina, cuenta la periodista Margaret Randall. Sofía salió de la casa y sólo varios años antes de la muerte de su madre, lograron reconciliarse.

Aquí hay una pausa, un silencio inevitable como su llanto entre el humo de un cigarrillo y el aire acondicionado de su oficina que comparte con otra mujer.

Buscando explicar la ironía entre ambos polos de pensamiento en una misma familia, revela que su hermano primogénito era el heredero del oficio paterno. Su padre también fue militar. Ella en cambio, es la menor de seis varones y tres mujeres, vivió el movimiento de los sesenta en Estados Unidos, donde estudió la secundaria y regresó a Nicaragua con un sentimiento de rebeldía.

“Mi hermano tenía fama de ser revoltoso dentro del ejército, compartía los temas políticos con los varones; con las mujeres y particularmente yo, que era la más chiquita, no tenía vela en ese entierro, (sólo) hablaba con mi padre y los hermanos mayores“, expresa.

La vida en los setenta requería casi de forma natural de los universitarios la participación en el movimiento estudiantil, las protestas y el debate político contra la dictadura para la cual servía el ya temido hermano Franklin.

“Yo tenía ese problema en la universidad y también lo sufrían un poco mis hermanos porque todo el mundo sabía que teníamos un hermano militar y había un chiveo”.

—Y en el momento de combatir, no tenías la idea…

Era una idea terrorífica que la tenía él compartida. En la medida que pudo, entendemos en la familia, trató de protegernos.

Los Montenegro son una familia muy grande, pero no sólo los hermanos menores se involucraron en la insurrección, también primos, entre ellos Iván Montenegro, guerrillero sandinista muerto en mayo de 1979. Un mercado capitalino lleva su nombre actualmente.

“Para mí, mi hermano era muy querido, era un tipo muy chispeante, simpático y yo era su baby sister, su hermanita del alma y también lo quería mucho, pero a medida que la situación se fue complicando y se entró abiertamente en guerra en este país, eso implicó que a mí y otros hermanos un poco mayores que yo, nos fuéramos involucrando. Creo que fue dificil para él porque sabía que estábamos en el fogón”.

“En el 78 estaba claro que no sólo éramos nosotros, los sobrinos, primos, prácticamente la generación más joven estaba involucrada, creo que era la situación del país, entre hermanos hay una generación que piensa distinto, el involucramiento fue inevitable, natural, era parte de la vida estudiantil en la Nicaragua de esa época”.

Hubo si una conversación donde definieron posiciones, pero cada quien conservó la suya, así “cuando Franklin se enteró, la advertencia fue que nos cuidáramos, porque tenía implicaciones para nosotros, pero también para él”.

El pacto entre hermanos sería evitar que la madre anciana sufriera con las diferencias. Lo cual respetaron los hermanos menores, cuando el mayor fue detenido y trataron de ahorrarle la búsqueda de su defensa. “Lo doloroso es que cumpliendo la solicitud de e’l, de mantenerla al margen, ella anduvo de cárcel en cárcel que era el drama de un montón de gente, no sólo el nuestro y eso mi madre nunca me lo perdonó, sólo hasta hace seis años que resolvimos”.

Por su relación filial, irónicamente no fue señalada en los duros ochenta, sólo recientemente la misma ex compañera de lucha y actual Primera Dama, Rosario Murillo, revivió ese episodio familiar.

Magazine/La Prensa/ Archivo
Las hermanas Marta y Rosa Pasos, en una de las primeras ediciones de Magazine.

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Violeta Barrios de Chamorro es una de las figuras más representativas del conflicto en los ochenta. De sus cuatro hijos, dos (Claudia y Carlos Fernando) estaban al lado del gobierno sandinista y los otros dos (Cristiana y Pedro Joaquín) en la oposición.

Cristiana Chamorro Barrios, la menor de los cuatro, estaba en el Diario La Prensa que era uno de los frentes opositores más importantes contra el gobierno y Carlos Fernando era el director del órgano oficial del partido, Barricada. Claudia era embajadora en España y Pedro Joaquín estaba en la Contra.

“Es cierto que nuestra familia ha estado muy ligada a la historia de Nicaragua y su destino, pero sostengo que nuestra familia no es emblemática de lo que pasó en los ochenta, porque en ese tiempo si vos disentías con el régimen terminabas confiscado, exiliado, en la cárcel, muerto o perseguido, mientras en la casa disentíamos, pero habia respeto”, expresa la periodista.

Aunque creía que sus hermanos eran consecuentes con lo que pensaban, nunca entendió sus posiciones. Sin embargo, los cuatro tuvieron como referencia a Pedro Joaquín Chamorro Cardenal y su esposa Violeta Barrios. “Mi papá provocaba la discusión abierta y se dejaba provocar y ahí no había represión por decir lo que pensabas y por hacerlo, crecimos en un ambiente de muchos juegos, beisbol, ajedrez, cartas, bagminton y en eso aprendimos a tener un bando contrario que respetar y cuando perdías o ganabas, no merecía burla el otro”, mientras su madre, como casi todas, “aunque mis hermanos no estuvieran donde ella estaba situada, no hizo nunca diferencias”.

“Teníamos una casa en el mar con un cuarto para todos, seguían los juegos y los temas políticos de repente eran discutidos, pero no llegamos nunca a trompearmos en una mesa, había momentos más dificiles que otros, cuando el país estaba muy tenso, cuando las políticas del sandinismo eran muy duras
con La Prensa e insultaban a mi mamá, entonces no llegaban tanto, pero cuando pasaba nos volvíamos a ver”, recuerda.

“Hoy por hoy los cuatro tenemos la misma posición, contra Daniel Ortega”, dice Cristiana. “Los valores, principios y visión de país con la cual fuimos criados, no ha cambiado, pero en un momento la gente, no sólo mis hermanos, tomó la posición que creyó”.

—La Prensa y Barricada eran como dos polos opuestos, era muy fuerte.

—Yo no lo tomaba en sentido personal, creía que ese otro lado obedecía a otro proyecto que veía equivocado.

—¿Hubo una reconciliación entre ustedes?

—No es que vos veniste e hiciste un esfuerzo de coincidir con este hermano o hermana, cada quien en su propio proceso ante sus compromisos con el país se encontró de vuelta, pero nunca dejamos de vernos. Mi mamá siempre ha sido un punto de unión, en la casa ha habido un lugar para todos, es muy natural el verte y encontrarte, incluso en tiempos muy dificiles hasta nos protegíamos, si yo sabía que un hermano estaba en peligro le decía, lo mismo del otro lado.

Cuando ganó la madre, Claudia era embajadora en España, por lo que la reunión familiar fue celebrada después con champaña. “Era lo mínimo que podíamos hacer, yo no sé si votaron por ella porque estaban por el otro bando, pero ellos le reconocieron su triunfo, era pleno amor, al final había ganado su madre y era el Presidente, nunca se confundió eso”, explica la periodista.

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Mónica Zalaquett, quien en los ochenta realizó labores de “concientización” entre los campesinos del norte, encontró que la mayoría de familias tenían miembros en la Contra, pero además, “en el campo estaban todas las familias divididas, no había quién no tuviera un miembro o un cercano en otro bando, había hermanos contra hermanos que se enfrentaban constantemente, en el fondo estábamos peleando los mismos”.

“Una vez estábamos en un operativo militar y entramos en una casita y no había nada que proviniera de la ciudad, estaba todo construido con cosas de la montaña, barro, lodo lianas, uno veía el atraso más profundo, era como estar en otro planeta, no sólo era la pobreza, sino, el aislamiento total de desarrollo,
incluso campesinos que al llegar los militares preguntaban por Pedrón porque creían que era la misma guerra de Sandino”.

“De una u otra manera buscaban lo mismo que yo”, dice la actual directora del Centro de Prevención de la Violencia (Ceprev). Por eso Zalaquett escribió en los noventa la novela Tu fantasma Julián, donde narra la experiencia de dos hermanos en bandos opuestos.

“Viviendo con los campesinos peleando en el otro bando, había tanta razón de unos como de otros, tanto los contras como los sandinistas luchaban por Nicaragua, querían lo mismo, tierras, justicia, trabajo”, dice Zalaquett que ingresó en 1974 al Frente Sandinista.

“Pero las heridas de la guerra quedan y todavía están abiertas y de ellas se alimentan los políticos”, considera la autora.

“Todo proceso de reconciliación por mi experiencia, pasa por el sinceramiento, por el reconocimiento y validez del dolor, de una y otra parte. El resto de mi familia suponían que no me dolía mi hermano, es ilógico, yo era su hermana chiquita, la muñeca chiquita de la casa. Franklin miraba a su hermanita y yo lo recuerdo con ese amor que me tenía, lo querendón que era. Cuando el resto entendió que había sufrido su pérdida, entonces sí pudimos encontrarnos. Se trata del reconocimiento del otro, de la persona, humanidad y dolor del otro”, dice Sofia Montenegro.

Por eso, el discurso de Rosario Murillo “es vacío y mentiroso además, porque implicaría lo que hacen las familias sin ayuda del Gobierno, ni la Iglesia, sino de personas que han compartido infancia, lazos, memoria, vínculos, y eso es lo que se restablece pero sólo cuando los miembros, como en mi caso, reconocieron que el dolor no era exclusivo, era compartido”, agrega.

Su madre nunca se resignó a la pérdida, “le quedó ese enorme boquete, como a cada madre con la pérdida de un hijo”. La distancia política la podían poner a un lado, pero la distancia emocional fue resuelta paulatinamente en el momento que respetaron las decisiones de los otros en el pasado.

“Es cierto que debés ver tu historia, pero no debés cargar en la construcción del futuro las heridas de la historia. Debés sanar para construir un país sin heridas”, expresa Cristiana Chamorro Barrios.

Magazine/La Prensa/Cortesía
El comandante Johnson, Luis Fley, entrega a su hermano del ejército sandinista Francisco en una comunidad evangélica de la montaña.

Pasos vs. Pasos

En su edición 14, Magazine también entrevistó a las hermanas Marta y Rosa Pasos, voceras del Ejército Popular Sandinista y de Ia Resistencia Nicaragüense, respectivamente.“En el fondo las dos luchábamos por Io mismo, un país mejor”, dijeron entonces.

No papá

Mónica Baltodano recordaba, en un artículo publicado hace un par de meses, a algunos miembros sandinistas que se opusieron a sus propios padres en la dictadura somocista.

Martha Isabel Cranshaw, cuyo padre la envió a la cárcel; Marisol Castillo, actual esposa de Lenín Cerna es hija de Chema Castillo, víctima de un comando sandinista en 1974.

Doris Tijerino y Hugo Torres, también eran hijos de oficiales de la guardia, y el mismo padre de Carlos Fonseca administraba parte del capital de los Somoza.

Un ejemplo moderno es el de Eliseo Núñez, padre e hijo, militando en partidos liberales diferentes, pero con una línea política muy opuesta.

En su edición 123, Magazine entrevistó a hijos de altos funcionarios del actual gobierno sandinista que disienten, entre ellos Raití Juárez, cuyo padre es Armando Juárez, Inspector General del Ministerio Público, y Bernardo Herrera, cuya madre es Ruth Selma, directora de Enacal.

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