Hijos de las remesas

Reportaje - 31.07.2005
Camilo Betancourt

Una generación de muchachos crece en el país a expensas del dinero que envían sus papás desde el extranjero. Nostalgia, dolce vita y pobreza son los sentimientos que conviven entre los remeseros

Amalia Morales

Desde hace cuatro años la mamá de Tania Centeno es omnisciente. Su hija, de 12, no puede tocarla ni verla, más que a través de una foto tamaño postal que está enmarcada al lado del televisor, en el centro de la casa de ripios, ubicada en el barrio Pantanal, de Managua.

Pero a pesar de que no hay un contacto físico entre la hija y la madre, esta última está pendiente
y sabe lo que le sucede a Tania: si va a la escuela, si va bien en clases, si ha pagado los 100 córdobas mensuales del colegio, si tiene comida, si Betty, la hermana mayor de Tania, pagó la factura de luz, si hay comida en la casa, si no se les ha ido el agua... ¡En fin! sabe todo lo que le pasa a la adolescente, aún si está triste, porque su voz por el celular delata su estado de ánimo. Tal vez la mente, no poder ver lo hermosa que está su pequeña, una morena de pelo y ojos negros, que fácilmente aparenta tres años más.

En estos días, a la mamá de Tania le dijeron que Betty se quedó sin trabajo —es doméstica— y ella hizo arreglos para que unos ex patrones suyos en Costa Rica la empleen aquí. Y no es que sea un ser sobrenatural que todo lo puede. No. Betty Sánchez, la mamá de Tania, es una más de los miles de nicaragüenses a los que la pobreza ha expulsado del país. Se estima que un millón de nacionales, repartidos en Costa Rica, Estados Unidos y el resto del mundo, sostienen a otro millón (un 20 por ciento de los hogares) que está dentro del país.

"Mi mamá se fue, pero siempre está pendiente de mí". Las palabras de Tania se traducen en el envío mensual de 60 dólares —unos 1,000 córdobas mensuales al cambio actual— que a ella y a su hermana le sirven para cubrir lo básico: comida, servicios y escuela.

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Desde sus ocho años, el mejor regalo de Tania en Navidad es la llegada de su mamá. "Ella viene a pasar Navidad y Año Nuevo". Al pasar las fiestas, en enero, se suma a la romería de nicas que retorna a Costa Rica. En Liberia hace lo mismo que aquí: trabaja como doméstica.

Ruddy Villalta, en cambio, no espera una fecha en el año para ver a su papá, al que no conoce más que en fotos y por teléfono. Tenía dos años cuando éste emigró a Estados Unidos, en los años ochenta. Sin embargo, la distancia física y temporal se ha acortado con una cantidad de dinero puntual que toca cada mes a la puerta de Ruddy, y con la comunicación permanente, pues es raro que pase una semana sin comunicarse.

La socióloga dice que muchos migran porque tienen deudas, porque se quedaron sin trabajo aquí, y otros se van con ilusiones de arreglar sus viviendas

La remesa de 200 dólares mensuales, que se duplica en los buenos tiempos, determina hasta cierto punto el estilo de vida de Ruddy. A continuación dos ejemplos: si no fuera por ese dinero que le llega religiosamente, probablemente se hubiera bachillerado en un colegio público, que era lo que podía costearle su mamá, y no en el Bautista como lo quiso su papá, quien en Miami se gana la vida en decoración de interiores. Y segundo, quizá tampoco tendría para comprar las costosas zapatillas de marca que lleva puestas ahora. "Fue un gusto que quise darme", dice a modo de disculpa este muchacho de 20 años, voz suave y contextura recia, que se peina con gel, y que creció en Villa Libertad, en el mismo vecindario que Camilo Bentancourt (26) y Agateyte Hernández (23), también hijos de las remesas.

Tania Centeno
Tania Centeno tiene a su mamá en Liberia, Costa Rica, quien le manda puntual una remesa.

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Por fuera, la casa esquinera donde vive Camilo Bentancourt, parece abandonada. El muro y las paredes que dan a la calle lucen despintados y descascarados. Por dentro, el aspecto no es menos lúgubre. No tiene patio y de no ser por el televisor encendido, la sala estaría oscura. Hay cierto desorden en la cocina y en el cuarto. Camilo reconoce que si su mamá estuviera allí, otra sería la cara de la casa.

Pero ella y su papá ahora viven en Belice. Primero emigró ella. Le salió una oferta de trabajo con un sueldo más alto que el que tenía aquí. Eso y las deudas que había contraído, la impulsaron a irse. Más tarde arrastró a su papá y a su hermano menor. En la casa sólo quedó Camilo, quien en ese entonces estudiaba psicología en la UNAN, su hermana también universitaria y un primo que se crió con ellos.

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Los papás de Camilo no siempre le mandan dinero. "A veces, cuando pueden, porque la situación allá no es fácil", justifica. "La situación" son dos palabras claves del vocabulario de los hijos de las remesas, en su nombre se han ido sus seres queridos.

La gente emigra por circunstancias económicas, reconoce también la socióloga Martha Cranshaw, quien enfoca su análisis en los emigrantes, sobre todo en las mujeres jefas de familia que emigran. Un 30 por ciento de los hogares en este país están jefeados por mujeres, recuerda.

Cuando la madre se va, además del eje económico, se trastocan otros pilares como la administración del hogar y el referente emocional. "También es la madre la que determina las reglas del juego", revela la socióloga, quien cree que es un desafío mantenerlos a la distancia.

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"Mi mamá siempre me dice que me porte bien y que me cuide mucho". Tania, que no evita las lágrimas al evocar a su madre, escucha estos consejos de su propia voz unas tres veces por semana. Está "muy pendiente" —otra palabra de cajón entre los remeseros— de ella.

La juerga comienza los viernes. A las perreras de baloncesto le siguen los tragos hasta el amanecer. Según el tamaño de la "vaca" (la cantidad de plata) puede prolongarse todo el fin de semana

Ruddy y Agateyte también hablan seguido con sus remesadores, mientras que Camilo habló con ellos, la última vez, hace unas cinco semanas. Y en su caso, recibió dinero por última vez hace más o menos un año. Sin embargo, no lo tienen todo, pueden vivir sin depender de una remesa. Él, su hermana y su primo consiguen trabajo de vez en cuando —en su caso de encuestador— y con lo que reúnen, entre los tres, sobreviven.

Ruddy Villalta
Ruddy Villalta cubre sus estudios universitarios con el dinero que le envía su papá desde Estados Unidos.

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Para Agateyte, un muchacho bajito, pálido y flaco, come años, no es posible vivir sin los 40 dólares semanales que le manda su mamá desde Carolina del Sur, adonde se fue cuatro años atrás. Cuando hay retrasos, de uno o dos días por alguna razón, hace algo que era impensable cuando ella estaba aquí: empeña su anillo de graduación para beber. Contrario a Tania, quien estudia primaria, o a Ruddy que cursa arquitectura; o, a Camilo que tiene una carrera, Agateyte, no estudia. Coqueteó con alguna ingeniería en las aulas de la UNI, lo mismo que en la Upoli, pero ninguna lo retuvo. Dejó la universidad y por el teléfono le ha dicho a su mamá que volverá.

Tampoco trabaja. A veces le ayuda en el comercio a la tía con la que vive, pero eso no lo entusiasma más que gastar las tardes en pasear al pitbull, o echarse unos tragos con el grupo de la esquina.

La juerga comienza los viernes. A las perreras de baloncesto, que se arman debajo de un aro que está puesto frente a la casa de Camilo, le siguen los tragos hasta el amanecer. Según el tamaño de la "vaca" (la cantidad de plata) puede prolongarse todo el fin de semana.

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A la respuesta de que si actuaría igual si su mamá estuviera, Agateyte responde con frescura y poco convencido: "Ah, sería diferente".

Agateyte cuenta que al irse su madre, él y su hermano de 15 años, quedaron al cuidado de una tía. Su mamá le manda aparte a ella para que les provea alimentación y techo. Una de las cosas que más extraña de su antigua casa es la privacidad. Antes tenía un cuarto para él solo, ahora comparte casa con 13 personas y habitación con su hermano y cuatro primos más.

Cranshaw dice que muchos migran porque tienen deudas, como los papás de Camilo, porque se quedaron sin trabajo aquí, como la mamá de Agateyte, y otros se van con la ilusión de arreglar sus viviendas. Por esta última razón se fue la mamá de Tania. "Ella quiere construir la casa" que actualmente es de lata y madera. Pero en cuatro años que lleva en el exterior todavía no alcanza a mandar ni para un ladrillo. Sí ayudó a comprar el televisor que destaca en el centro de la vivienda.

"Ella quiere venirse hasta que puede construir su casa", comenta Betty, quien también quisiera emigrar, pero se aguanta por Tania. "Es que no la puedo dejar sola a ella". Mientras dice esto, la adolescente enseña contenta la mudada y el alhajero que un día antes le mandó su mamá.

Si no fuera por ese dinero que le llega religiosamente, probablemente se hubiera bachillerado en un colegio público, que era lo que podía costearle su mamá, y no en el Bautista como lo quiso su papá

A pesar de la sonrisa de Tania, la dolce vita de Agateyte, el bienestar asegurado de Ruddy hasta que cumpla 30 años, y del libre albedrío que disfruta Camilo, pese a las dificultades, en toda esta carnada de remeseros hay un dejo de nostalgia y de ausencia por estos padres que emigraron, pero que a la distancia siguen con ellos.

REMESAS
Fuente: BCN, SOCIÓLOGA MARTHA CRANSHAW

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