Hippie, novicio y militar

Perfil, Reportaje - 09.05.2004
Roberto Sánchez

Roberto Sánchez Ramírez ha sido hippie, novicio, parrandero, periodista, militar e historiador.
Tuvo acceso a las cuentas cifradas del Ejército sandinista en bancos de Europa y conoce muchos de los secretos del general Humberto Ortega, personaje del que aún distanciado dice guardarle
“la lealtad del silencio”

Eduardo Marenco Tercero
Fotos/Archivo de Roberto Sánchez Ramírez

Su álbum fotográfico se asemejaría al de Forrest Gump: conversando pistola al cinto con Yasser Arafat, saludando a Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz, con subametralladora en mano. Junto a Kim II Soong, gobernante de la Corea del Norte. Cantando con Carlos Mejía Godoy. Conversando con el brasileño Roberto Carlos, el baladista. Entrevistando a Mick y Bianca Jagger. Fumando al lado de Graham Greene. Siendo saludado por Fidel Castro, o a bordo de un yate junto a los comandantes sandinistas y el gobernante cubano, con subametralladora al hombro, a dos pasos del barbudo comandante.

La mayoría de las fotos se las tomó en los tiempos del poder sandinista, cuando era asistente personal del general Humberto Ortega, o cuando viajaba junto al comandante Daniel Ortega, como asesor militar.

Es cascarrabias. Fachendo. Obsesivo con sus ideas. Regañón. Generoso con sus amigos. Es una biblioteca andando. Le sofoca la imperfección y la inexactitud. Es capaz de coger el teléfono, desde su lecho de enfermo, y llamar a alguien para corregirlo, “que ve, en ese dato te timaron, eso no es así, fue asá, cometiste un grave error histórico”.

En el ejército le decían el Viejo. Ya no es panzón como lo era antes de un infarto que casi le cuesta la vida. Pero sigue teniendo el cabello blanco, la sonrisa burlesca, los ojillos atentos y los ademanes de jefe.

Gracias a las gestiones de Daniel Ortega fue atendido en Cuba después del infarto que sufrió en diciembre. Le hicieron cuatro bypass en el Hospital Ameijeiras y está agradecido con Cuba. Le llovió ayuda de Sergio Ramírez, del presidente Enrique Bolaños, del Centro Nicaragüense de Escritores, del obispo Pablo Smith, la Alcaldía de Managua y del Ejército. Recibió llamadas de solidaridad de Arnoldo Alemán, de excancilleres, y la visita de Humberto Ortega.

Fotos/Archivo de Roberto Sánchez Ramírez
Fidel Castro, con su usual puro en la mano, saluda afectuosamente a Roberto Sánchez, durante una de sus visitas a Nicaragua en tiempos de la revolución.

Enfreno

En años frenéticos anduvo en la onda hippie, calzando sandalias de llantas de camión, se dejó
crecer la melena, usaba collares sicodélicos y diademas de paz y amor, fumó marihuana pero no se atrevió con el LSD. Llegó al convencimiento, dice ahora, que era mayor el poder de la mente y no requería estimulantes.

Éramos palmados ve, tomábamos cualquier cosa”, dice.

Asegura que fue el primer alumno de la UCA que dio clases en la universidad, siendo profesor auxiliar de Sociología, impartiendo cátedra a personajes como Noel Ramírez, José Antonio Alvarado y Carlos Reyes Sarmiento. Solía aparecerse en el aula con su pinta de peace and love, pantalón de campana, sandalias de llanta, con la gran melena y una barba con trencitas y empezaba la clase con una sentencia: “Todo está en la mente”.

Se sentaba sobre el escritorio de piernas cruzadas, y al rector, el jesuita León Pallais, le llegaban
las quejas. “Padre, a mí me pagan por dar clases, no por modelar”, contestaba.

La malicia la lleva en los huesos. Nació en Masatepe hace 64 años, hijo de María Josefa Ramírez Pérez y de Remigio Sánchez Brenes. Cuando niño solía esconderle la dentadura postiza a su bisabuelo, el coronel conservador Macario Pérez, veterano entonces de las filas del general Emiliano Chamorro. Con la travesura se ganó muchas fajeadas de tajona de cuero crudo.

Sus primeros treinta años fueron de parranda y desorden, con un intermezzo en un noviciado de los hermanos La Salle en Italia, a donde estudió un año canónico hasta que se lesionó la columna a raíz de una caída y suspendió sus estudios. Al poco tiempo ya estaba de regreso en Managua y se había casado.

Su primera experiencia sexual fue de alquiler, casi traumática, pues en aquellos años cincuenta
no había educación sexual, ni caricias, y “más tardé en subir que en terminar”.

Ha sido un desastre en materia amorosa, según él mismo reconoce. Se ha casado tres veces y ha tenido ocho hijos con cinco mujeres diferentes, lo cual le avergüenza ahora, por lo irresponsable que fue. No conoce a uno de sus hijos. “No hay que esconder las miserias como los gatos”, señala. Pero en el pasado, admite, se sentía gamonal, gigolo,y era de los que gritaba con tragos entre pecho y espalda que de lagartija para arriba todo es cacería.

Fotos/Archivo de Roberto Sánchez Ramírez
Cantó con Carlos Mejía Godoy un tema de su autoría durante un festival.

El vuelo de las golondrinas

Incursionó de lleno al periodismo en 1971, cuando ya era un agitador sandinista profesional, pero
el hambre le obligó a conseguir un empleo estable, siendo reclutado para Semana, una nueva publicación de LA PRENSA.

Allí escribiría crónicas como Bailando charamusca, que narraba la vida de los “chelineados”, unos bares donde había mujeres que bailaban con los comensales a cambio de un chelín. O reportajes como El triste vuelo de las golondrinas comienza a las cinco p.m., en el que retrató la vida de las prostitutas de la Avenida Roosevelt, quienes empezaban su labor a la hora que las golondrinas se iban a reposar.

Una vez, acompañado del fotógrafo Carlos Doña (q.e.p.d.), se dirigió a la carne asada de la Avenida Roosevelt pero no encontraron comida porque la matriarca había muerto. Entonces escribió la crónica La noche que no hubo carne asada.

Pero el reportaje que le enorgullece fue la crónica de la aventura que implicó ir a colocar la bandera de Nicaragua al cayo Quitasueño, disputado con Colombia, en octubre de 1972.

Lea: Y ondeó la bandera

En otra ocasión escondió un cadáver para demostrar que el muerto existía y que lo había matado
la Guardia Nacional.

Era reportero de LA PRENSA y de Extravisión donde trabajaba con Manuel Espinoza, William Ramírez (q.e.p.d.) y José Esteban Quezada. Producía tantos artículos que prefirieron contratarlo fijo, pues salía más barato.

Cubría con frecuencia “los encargos” del doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal.

No olvidaba que como director resolvía los problemas con sus redactores en La Perla o en Tata Lolo, donde se echaban sus tragos. O si no, los invitaba en Semana Santa a su quinta en San Juan del Sur, a comerse un ternero deshuesado.

El 9 de enero de 1978, la tarde anterior a la muerte del doctor Chamorro, le dijo que no saliera a la calle a la mañana siguiente porque le tenía un encargo. Nunca supo cuál era y en la práctica el encargo fue cubrir su muerte.

Fotos/Archivo de Roberto Sánchez Ramírez
Entrevistó a Mick y Bianca Jagger, por ser el único reportero de La Prensa que hablaba francés.

Las cuentas secretas

Con el triunfo de la revolución, Roberto Sánchez se convirtió en hombre de confianza de los
hermanos Ortega, a quienes conoce desde adolescentes. Fue el vocero del Ejército Popular Sandinista (EPS) durante cuatro años, y el asistente personal de Humberto Ortega durante seis años, así como asistente militar de Daniel Ortega en viajes al exterior.

Se encargaba de las cuentas cifradas en bancos internacionales, de las que poco se sabe. Una vez, durante un periplo en Europa, estuvo en el hotel Beau Rivage donde se encontraban al mismo tiempo todos los hombres del escándalo Irán-Contras, y donde alguna vez se había hospedado la emperatriz Sisi de Austria.

—Hablemos de su relación con Humberto Ortega. ¿De amor y de odio?

Luces y sombras. Yo agradezco al general Ortega la confianza que me dio.

—Entiendo que se encargaba de hacer depósitos de dinero en bancos suizos.

Bueno, se ha hablado, se ha publicado, lo que ocurre es esto: cuando un país está en guerra, hay bloqueo, y si estás asediado por los órganos de Inteligencia de Estados Unidos, eso te obliga a romper los esquemas de normalidad. En esa época fuimos contrabandistas, caímos en el borde de los hechos delictivos, pero fue una necesidad. Nicaragua no podía tener a su nombre cuentas bancarias porque Estados Unidos las podía embargar, fue la época de las cuentas cifradas a nombre de personas. Algunas se manejaron bien, otras mal, unas sirvieron al proceso revolucionario, al gobierno sandinista y otras lamentablemente quedaron a nombre de particulares. Fue un abuso.

—¿Usted llegaba con un maletín en mano a depositar?

No era necesario. Se arranca con un determinado depósito, a partir de allí sos un cliente del banco, ya sea el Banco de París o un banco en Ginebra.

—¿Viajaba hasta allá solo?

No, a veces viajábamos a Panamá, al centro financiero internacional. Ahí era fácil abrir una cuenta y después trasladarla a otro banco. O de un país a otro para perder la pista del dinero. Podías tener la cuenta en Ginebra o en Caracas. Como eran cuentas a plazo fijo, mínimo una vez al año llegabas a renovar el depósito, a darte cuenta cómo estaba el capital, los intereses, todo eso.

—¿Hasta qué cantidad de dinero llegó a depositar?

Era dificil saberlo. Normalmente esos depósitos se manejan a través de tres personas, se hace efectiva la transacción a través de dos. Por razones de seguridad no siempre viajábamos los tres. O sea que llegar a saber eso con exactitud…

—Pero eran millones de dólares.

Sí.

—¿Y el destino final de esa plata?

Hombré, yo lo desconozco. He oído muchas especulaciones. Pero como soy un hombre de hechos…

—Pero me dijo que particulares se quedaron en parte con ese dinero.

Sí.

—¿Humberto Ortega se quedó con parte de ese dinero?

Habría que preguntárselo a él.

—¿Él sabe el destino del dinero?

Sin duda. Más que como Humberto Ortega, como jefe del Ejército. Nosotros actuábamos por razones institucionales.

—¿Y ese dinero para qué se utilizaba?

Para hacer compras en el exterior. La idea era romper el bloqueo, comprando repuestos, comprando cosas de patente norteamericana que no podíamos adquirir, teníamos que tener garantías bancarias, recordá que era un país en guerra, no había ni botones, ni jabón, ni telas para uniformes. Había que ir al mercado negro.

—Y usted que conoció a Humberto Ortega, ¿cómo lo definiría?

Hombré, a mí el general Ortega me permitió acceder a su vida íntima y sería censurable de mi parte que yo viniera a revelar o a hacer una caracterización personal, o contar detalles en los que yo tuve participación y estuve de acuerdo o fui cómplice. Al general Ortega lo menos que le debo es la lealtad del silencio.

Fotos/Archivo de Roberto Sánchez Ramírez
Al lado de Roberto Carlos.

Conspiración y parranda

Siendo alumno en el Goyena, fue compañero de cuarto de Carlos Fonseca Amador, el bibliotecario. Tenía luces y sombras como todo ser humano, dice. Sí, se echaba sus tragos. Sí, se “picaron” juntos alguna vez. Era Fonseca Amador muy pobre, de tres pantalones y dos camisas, pero con un montón de libros.

“Carlos Fonseca como bibliotecario llevaba un fichero y se daba cuenta de lo que leía cada cual, y entonces comenzó un trabajo de reclutamiento, un trabajo ideológico extraordinario”, recuerda.

Se metió con el Frente Sandinista en una época de terrible represión, allá por 1967. Su casa en el barrio Santa Rosa, frente a la Sovipe, se convirtió en casa de seguridad para Carlos Fonseca Amador. Estuvo detenido en dos ocasiones por ser colaborador del FSLN.

Había conocido a Daniel y Humberto “Puñalada” Ortega durante el bachillerato. Una de las distracciones del ahora general en retiro, cuenta Sánchez, “era agarrar perros vagos, amarrarle una suerte de triquitraques en la cola y pegarle fuego”.

De modo que en aquellos años setenta, conspiraba, bacanaleaba, daba clases, escribía crónicas. No olvida las discotecas para palmados, como la Go-go donde Lutecia Luna bailaba dentro de una jaula; La Capucha, inspirada en la que usaba la Guardia. Allá llegaba con Bayardo Arce y William Ramírez (q.e.p.d.), quienes serían sus compañeros en la tendencia sandinista Guerra Popular Prolongada. “Bayardo era loco enamorado la Lutecia, y se echaba sus buenas cervezas, y una vez se quedó dormido dentro de la jaula mientras la Lutecia Luna estaba bailando”, rememora.

Años después se crearía una famosa célula clandestina para editar un periódico revolucionario desde LA PRENSA, célula integrada por Manuel Eugarrios, Edgar Tijerino, Vivian Torres y él, según recuerda.

Eran palmados y felices. A las fiestas se autoinvitaban. Cuando se comienzan a formar los movimientos literarios, por invitación de Sergio Ramírez formó parte del grupo Ventana. Y en aquella época muchos entendieron que la bohemia era parte del oficio.

En la vieja Managua conoció como la palma de su mano las cantinas, los prostíbulos y las pensiones de mala muerte: “¿Quién no fue a echarse su trago al Nilo Blanco, al Nilito, donde Cachecho, La Noche Criolla?; es raro el que no fue a comer donde La Chumila o dar su vuelta, aunque fuera por joder, al prostíbulo El pez que fuma, El Baby Doll, Mandrake El Mago, La Negra India; o ir a parar a una pensión de mala muerte como La pensión de Chepito, que era de tan mala muerte que las tijeras no eran siquiera de lona, eran de bramante, imaginate vos, pura pulga y jelepate”.

Ahora está viejo y las cantinas, prostíbulos y pensiones de mala muerte de la antigua Managua, no existen más. Y después del infarto, como que no está para esos trotes.

Fotos/Archivo de Roberto Sánchez Ramírez
Con Daniel Ortega y Yasser Arafat, líder palestino. Lo que la foto no muestra es que Roberto Sánchez está armado pistola al cinto. Son contadas las personas que pueden acercarse armados a Arafat, según Oriana Falacci.

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