Historias de amor y desamor

Reportaje - 28.12.2008
Casa del Obrero en Managua

Los boleros han apasionado a radioescuchas, inspirado a novelistas famosas y a nicaragüenses que siempre bailan y cantan estas crónicas de la vida con la intensidad de la primera vez

Octavio Enríquez
Fotos de Manuel Esquivel y Orlando Valenzuela

Hay poca luz. Bienvenido Granda, "El Bigote que Canta", entona una voz de ésas que hacen vibrar corazones y dos manos se juntan en aquella pista en la Casa del Obrero de Managua. Las yemas se acarician, no se permite más que el leve tacto.

Así que la escena es ésta: el meñique de una mano negra ligeramente agarrada a otra morena. Una de ellas es arrugada, la otra un poco nada más. No ha pasado tanto el tiempo para ella. Pero él, de guayabera crema, boina clara, lentes enormes, es un negrito que tiene ya 72 años, y la canción que baila —Callejera— lo vuelve abruptamente a sus años junto a la bahía de Bluefields, bajo aquel sol colorado de postal, entre aquella arena blanca en el Caribe nicaragüense. Baila en ese recorrido imaginario con otra mujer, no con ésta que también sabe moverse, sino con Morian Ally, su antigua novia a la que en 1958 se le acercaba cariñoso... Acércate más, y más, pero mucho más... Y bésame así, así, como besas tú... "¡Ay el bolero!" Suspira.

Vieran esa cara. Los ojitos nublados y la mente otra vez a la Casa del Obrero, pero esta vez en Bluefields, entre dos y seis de la tarde de los años 50, va vestido con corbata este tall man, está el guardia que impide la entrada si no se llega vestido adecuadamente, y Morian ya llegó con su mamá que la ve bailar con el negrito. Ella que es de familia hindú, bajo el cobijo de un bolero precioso, de "dímelo", el favorito de este Roy Offer, campeón de carambolas en Bluefields, allá, como no, en 1958.

Y ella que lo deja acercarse, el ojo de la madre viéndolo desde lejos, y él que intenta nuevamente. "Si ella te deja acercarte, lo lograste hermano", dice con su español dificil recordando. It's difficult, man.

Para que este hombre lo gozara ha pasado mucho. El bolero se bailó por primera vez en España, muy lejos del trópico. Era 1780, pero en esta tarde de sábado, acá en Managua, el negrito recuerda a su primera novia. Vuela. La palabra bolero o volero viene de volar por los pequeños saltos con que los primeros danzadores se inventaron el ritmo en España, según la memoria del bolero nicaragüense Francisco Gutiérrez Barreto, pero él vuela recordando. Man, vivir es recordar esta tarde, el pasillo largo, más de cuarenta parejas sobre aquella pista con el piso de varios colores, con los parlantes sonando a La Sonora Matancera y aquella letra del bigote inmortal: "Si eres la callejera, si eres una cualquiera, nada me importa yo a ti te quiero y qué más da".

De boleros, están impregnadas las noches de bohemia. Y también la literatura. Son parte de la obra de grandes escritores latinoamericanos como el colombiano Gabriel García Márquez y su amigo, el nicaragüense Sergio Ramírez. García Márquez relató, por ejemplo, las aventuras de Miguel Littín, el director de cine chileno que duró diez boleros sin saber adónde iba, en aquella su arriesgada tarea de filmar el Chile secuestrado por Pinochet. A Ramírez, en cambio, le gusta bautizar sus libros con el nombre de sus letras favoritas, crónicas de amor y desamor que "a uno le hubiese gustado escribir" y que son boleros, por supuesto.

Fotos de Manuel Esquivel y Orlando Valenzuela

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¿Qué cómo era la vieja Managua, ¿Roy? A vos que viviste en Bluefields en esos años probablemente no te suene la descripción, cuando viene alguien y dice que la novia del Xolotlán era un territorio de boleros.

A Luis Enrique Mejía Godoy, el respetado cantautor nicaragüense, esta música suave le recuerda la época de bohemia de la capital que se tragó el terremoto. La de los centros nocturnos donde tocaban los grandes músicos, en clubes como El Kalara, el 113, el Adlon Club, El Gran Hotel, El Casino Internacional, El Versalles.

Boleros gozó desde niño cuando lo prendió el bolero Bésame mucho, en la voz de Consuelo Velásquez, o Sinceridad de Rafael Gastón Pérez, un verdadero deleite para sus oídos.

En Managua conoció a las orquestas de Julio Max Blanco, Los Satélites del Ritmo, Raúl Traña Ocampo y sus Estrellas, Tránsito Gutiérrez, y Los Solistas del Terraza. Y a los mejores grupos de Centroamérica.

Si Managua era un territorio de boleros también lo era de serenatas. Y Mejía Godoy, Roy, se acuerda de boleros como Despierta, Gema, Tres regalos o las que interpretaban del gran cantante, el pequeño grande Armando Manzanero con su Somos novios o Contigo aprendí.

En esos años, Mejía Godoy quiso ser médico. Viajó a Costa Rica y decidió allá, casi con un estetoscopio en las manos, que sería cantautor para suerte de todos.

"El bolero es uno de los formatos musicales en los que se puede contar, en menos de tres minutos, una historia de amor o desamor. Hay boleros que nunca han perdido su vigencia por la calidad de sus textos. Admiro especialmente al movimiento del Feeling Cubano encabezado por José Portillo de la Luz, Frank Domínguez, y José Antonio Méndez", cuenta por correo electrónico Mejía Godoy, acabado de llegar de México.

Mejía Godoy sabe de lo que habla, porque el lenguaje del bolero también lo ha empleado en sus canciones como aquélla que cuenta la historia de una pobre mujer, llamada María, que se ganaba la vida como prostituta.

Los boleros son guiños a quienes visitaron las "zonas de tolerancia", donde párvulos llegaban a calentarse en el nido de una mujer con experiencia.

Mejía Godoy los recuerda por ejemplo, Roy, y dice que "nunca faltaba una rokonola con boleros puñaleros. Aguardiente, tabaco y bohemia hasta altas horas de la noche, cuando todavía se podía caminar por las calles y avenidas de la Managua de los años sesenta".

Amante de los boleros es Francisco Gutiérrez Barreto, más de 70 años, al que hay que imaginarse de niño en su casa escuchando aquellos radiones enormes en Masaya, donde entraba la señal desde Cuba o México, dos de las principales influencias que han tenido los boleros del país.

Gutiérrez Barreto, al que sus amigos llaman cariñosamente "Pancho Mambo", escuchó a Bienvenido Granda desde muy joven y miraba bailar a sus padres al ritmo de boleros: a Don Francisco, connotado bailarín en Masaya (vivían en el barrio El Pochotillo) que se iba a las fiestas con permiso de su mujer para no enfriar su vocación de bailarín.

Ella, doña Enrique Barreto, no bailó más después de la muerte de un hijo al que le guardó luto durante 40 años. En ese ambiente creció Pancho Mambo, la memoria del bolero nicaragüense, que acaba de publicar un libro sobre 165 boleros y sus historias.

De boleros habla con mucha familiaridad este ingeniero de profesión, que parla varios idiomas y reside en Caracas, Venezuela. De hecho, esta noche alista maletas. Se hospeda en la casa de unos amigos en Carretera Sur en Managua. Se puso para la entrevista una chaqueta de ésas que usaron aviadores de la Segunda Guerra Mundial. Quiere verse bien. Gafas, picarón, pone un disco con los boleros de su libro. Luego lanza una teoría musical: "El gusto se va refinando con los años y posiblemente si son musicales invariablemente terminan en la clásica hasta llegar a la ópera. Estos cantantes tenían sus estilos particulares para poder triunfar, para ser diferente a los otros. Uno los reconocía inmediatamente. Cómo olvidar letras como "me importas tú y tú, y solamente tú" . O éste que va sonando de Bienvenido Granda, "El Bigote que Canta". "Tenía un tumban compadre que le ronca", cuenta el experto. "Bienvenido estuvo en mi mente durante mucho tiempo".

Francisco Gutiérrez Barreto bailando con la vedette Gloria Chávez y la orquesta de Dámaso Pérez Prado. A Pancho Mambo, como lo apodan sus amigos le fascinan los boleros.

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Y como de quien se habla es Bienvenido, el famoso "Bigote que Canta", véase en la Casa del Obrero, en Managua, a Roy Offer, el campeón de las carambolas de Bluefields. Tiene al lado a un hombre que baila alegre, chifla al escuchar algo más movido.

Carlos Dumas, de sombrero, camisa pintoresca, más de cincuenta años, asegura que si hay un bolero que lo ha marcado es Sombras nada más. No suena esta tarde el mexicano Javier Solís con aquella impresionante voz, pero, hablando de boleros, el hombre se acuerda que esa canción es en su caso la de un amor perdido. Con precisión le viene aquella imagen, cuando le susurraba a ella, después de mirarla:

Quisiera abrir lentamente mis venas mi sangre toda verterla a tus pies para poderte demostrar que más no puedo amar y entonces morir después.

Iban en el carro. Después eran uno del otro, pero ella, quiso el destino que Dumas se ahogara en su soledad, se marchó porque tenía un compromiso. Y lo hizo para no volver.

Esta tarde el pasado es importante. Se le ve en el rostro a quienes han llegado a la Casa del Obrero de esta Managua apresurada en celebrar la Purísima, pero con tiempo aún para recordar el amor o para labrarse uno más de la larga lista que hay en la vida de cualquiera. Pero también, aunque lejos de allí, se acuerda de sus años mozos, Francisco Gutiérrez Barreto, en ésta la casa de sus amigos, en Carretera Sur. Con fama de enamorado, padre de una hija, el hombre está por revelar los amores de su vida.

Otra vez la chaqueta de cuero, recostado sobre un sofá. La anécdota de la vez que se tomó fotos en la tumba de Carlos Gardel en Argentina, la idea de poner una placa de Nicaragua porque hasta de Costa Rica hay, y el bolero, los amores, allí en medio. Y él buscando información cuando la noche caía, entre mariachis en el sector de La Guitarra, allá abajo de la ciudad. Su metodología. Y el amor cruzándose otra vez.

—¿Qué le recuerdan los boleros?

—(Ríe) Que yo recuerde hubo una pelirroja en Masaya que me dio la quiebra sin haberle dado un beso. Me aceptó y a los días me dio la quiebra, porque se quedó con uno más grande que yo. Pasé seis, siete días sin dormir.

—Qué salado.

Ah, pero después nos desquitamos muchos años después. Ya ella divorciada y yo viejo nos desquitamos. Pasé seis noches sin dormir cuando era un muchacho y mi madre preocupada: ¿Qué le pasará? Era la gran cabanga, la gran calentura.

—¿Ha sido muy enamorado usted?

—Mira, he tenido mucha suerte en el amor. Y mala suerte en el amor.

—¿Por qué? ¿Cómo es eso?

—Porque el que le gusta las mujeres está expuesto a eso. No hay hombre que no haya tenido fracasos. Hablo de hombre normal, si es uno de éstos que no se sabe que son, no les pasa nada. Eso lo de los boleros extraños. Ideay, cuántas veces uno no besa a una mujer y te dice que no. Tal vez te usa y decide que ya no. Y vos querés harina para tu costal y ya no. No hay nada. Eso ocasiona pasiones que llegan hasta violencia y hay celos infundados que llevan a violencia. El bolero es todo eso.

—¿Cuántas mujeres ha tenido Pancho Mambo a la luz del bolero?

—(Sonrisa) Esposa una, pero cuántas mujeres... –se carcajea–. Es una imprudencia decirlo, primero, por respeto a ellas y segundo interpreta mi risa o mi sonrisa. No se puede hablar de números, pero sí te puedo decir algo que de muchas nacionalidades. He tenido romances con mujeres de todos los continentes. Todos al ritmo de boleros, entrelazados. Esa cosa es así. Es parte del asunto. Y el que ha amado tiene huellas de bolero.

—¿Cuál es tu bolero favorito?

—Hay uno que se llama Aunque me cueste la vida que canta Alberto Beltrán con La Sonora Matancera. Hay otro que se llama Este gran amor, del nicaragüense Carlos Ramón Bermúdez, que lo canta César Andrade, la última versión. Tampoco puedo olvidar aquella de En la orilla del mar con Bienvenido Granda.

Y el hombre se ha inspirado, ay Roy Offer, campeón de carambolas en Bluefields, con tu noviecita aquella hija de hindú que recuerdas ahora en esta tarde. Comienza a cantar, otra vez "El Bigote que Canta" pero la voz es la de Pancho Mambo, encariñado con el tema, enrumbado en su propios recuerdos como el Bluefields aquel que recordás: "Luna ruégale que vuelva y dile que la quiero, y dile que sólo espero en la luna del mar. Lunaaaaaaaaaaa, decía el bigotón jodido".

De boleros raros y más

La vida parece escrita en boleros. Francisco Gutiérrez Barreto dice que su biografía no se podría escribir sin los boleros.Y los boleros los conoció desde que era un niño, cuando apenas jugaba a los carritos. Luego ahondó en ellos cuando se fue a estudiar a México. Qué bien le cayó aquel viaje. Supo de la sabiduría de los artistas mexicanos, de su ritmo.

"Cuando ya vengo al mundo ya nazco con los boleros. Eran los tiempos en que había más respeto.Yo no podía dormir pensando si la chavala me iba a aceptar. El bolero siempre habla de las relaciones íntimas entre el hombre y la mujer".

Gutiérrez hace una pausa. Dice que hay boleritos ambiguos que son aquéllos cuyas letras intentó explicar en algunos casos en su libro de publicación reciente.

"Hay uno que es de cochones, lesbianas, no la mayoría. Una pequeña cantidad como aquél de 'tú me acostumbraste a todas esas cosas, y vos me enseñaste que son maravillosas'. Después dice en la canción que la atrapa un mundo raro, pero no me enseñaste cómo se vive sin ti. Uno dice que hay algo que no es entre seres del mismo sexo. Ese bolero es de Frank Domínguez", añade.

Entre los boleros que menciona está Acercate más, A tus pies, Amarga vanidad; Llorarás, llorarás, Mil besos, Miriam, entre otros.

Dice que sólo un ignorante no sabe que en Nicaragua hay una escuela de boleristas, influenciados por México y Cuba. Durante su investigación, la historia que más lo impresionó fue la de Tres flores para ti, de Tino López Guerra conocido sobre todo por su corrido de Viva León jodido.

Ese bolero se grabó en 1946 en la voz de Fernando Torres, un español que era el gran cantante de boleros de la época. "Eso fue más importante que escuchar a Lucho Gatica con Los Peregrinos", concluye y luego explica para que la gente se dé cuenta qué significaba entonces que Torres cantara una canción tuya: "¡Uhhh, si era como que Luis Miguel te la cantara ahora!"

Para muchos nicaragüenses escuchar boleros como La barca, Reloj, Caminito, Tres regalos, Esta tarde vi llover, entre otros, se ha convertido en un auténtico rito, al que han acudido y siguen acudiendo, de la mano de Manzanero,Vicky Carr, Gastón Pérez, Mejía Godoy, Luis Méndez y una galería de dioses de la canción.

Sabor a mí, Sin ti, La hiedra, No sé tú, Te extraño, Sombras nada más y Se te olvida son algunos boleros que escuchados, en un sofá o en cualquier sitio, suman más de media hora de placer "Tanto tiempo disfrutamos este amor/, nuestras almas se acercaron tanto así/,que yo guardo tu sabor,/ pero tú llevas también sabor a mi', es uno, por ejemplo.

"La Almohada" de José José

Según el escritor Francisco Gutiérrez Barreto, si hubo una canción que sirvió mucho en la carrera del cantante mexicano José José es Almohada, compuesta por el nicaragüense Adán Torres Solís.

Gutiérrez Barreto asegura que la canción ya había sido interpretada en un festival de la canción en
Nicaragua por Mauricio Peña. Ganó un cuarto lugar. José José poco después recibió una muestra en un casete de la canción en una de sus visitas al país. Después la cantaría y la haría mundialmente conocida. El escritor asegura que el cantante apartó en una cuenta bancaria el dinero que le correspondía a Torres Solís en concepto de derechos de autor y se los ofreció en otra ocasión que lo vio en Nicaragua.

Fotos de Manuel Esquivel y Orlando Valenzuela
El acto mágico del bolero. las parejas cierran los ojos y más de uno recuerda sus amores de antaño.

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Reportaje

Pancho Mambo

ARCHIVO/LA PRENSA/GERMÁN MIRANDA