Historias de la "ley fuga" aplicada por los Somoza

Reportaje - 09.11.2020
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Los asesinos Oliverio Castañeda y Pompilio Ortega fueron víctimas de la “ley fuga” de los Somoza. Se trata de un procedimiento extrajudicial que también fue aplicado
a presos políticos de la dictadura

Por Amalia del Cid

Durante los años de los Somoza, en Nicaragua se aplicaba la “ley fuga”, nombre eufemístico con el que popularmente se conocían las ejecuciones extrajudiciales a reos que habían “intentado escapar”. Solía aplicarse a presos políticos de la dictadura y a reos comunes que por alguna razón se convertían en una incomodidad para el régimen.

Un miembro emblemático de este último grupo fue Oliverio Castañeda, el encantador asesino que enamoró a la sociedad leonesa de los años treinta y que fue inmortalizado por el escritor Sergio Ramírez Mercado en el libro Castigo divino (1988). Cada vez que había audiencia, un ejército de mujeres perfumadas y un tropel de curiosos se tomaba la Casa del Obrero, sentándose en sillas colocadas frente al estrado o arremolinándose en el patio y los corredores. Oliverio era el “protegido” de un pueblo que defendía su inocencia a ojos cerrados.

Otro caso sonado fue el de Pompilio Ortega Arróliga, quien en la década de los cincuenta se hizo famoso como el “Chacal de Tacaniste”, luego de asesinar a machetazos a una pareja de ancianos y su nieta adolescente.

Pompilio era un joven “de buen ver”, según los periódicos de la época. Tenía 23 años, un cuerpo bien proporcionado, los ojos claros y la nariz fina, y esas características físicas le hicieron ganar la simpatía de muchas mujeres que querían verlo en persona e incluso casarse con él.

Como ya hemos dicho, no solo reos comunes incómodos fueron eliminados a través de esta práctica. Es conocido el caso de Edwin Castro Rodríguez, Cornelio Silva y Ausberto Narváez, implicados en el complot que terminó con la vida de Anastasio Somoza García a manos de Rigoberto López Pérez.

Siempre se decía que los presos eran abatidos cuando intentaban fugarse. De ahí el nombre de “ley fuga”.

Los tres hombres que conspiraron con Rigoberto López Pérez para matar a Anastasio Somoza García fueron acribillados cuatro años después en un supuesto intento de escape de La Aviación. En la fotografía, los funerales del dictador. Su hijo Anastasio Somoza Debayle se asoma a la ventana del ataúd.

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El guatemalteco Oliverio Castañeda y su esposa Martha Jerez llegaron a León en tren, una tarde de 1932, y se instalaron en la habitación con mejor vista del segundo piso del hotel La Esfinge. En la esquina opuesta quedaba la casona de una de las familias más adineradas de la ciudad, los Gurdián, y pronto Castañeda entabló amistad con sus vecinos.

El joven se hallaba en León para terminar sus estudios de Derecho y demostró que no solo era un alumno sagaz, sino también un hombre carismático, educado y seductor, refinado como pocos y con un “sex appeal” especial. Siempre de lentes, saco y corbata. Siempre con el pelo engominado.

De modo que, en febrero de 1933, cuando su esposa murió repentinamente, presa de fuertes dolores estomacales, el querido viudo “se hospedó como invitado en la casa de la familia de don Enrique Gurdián, empresario y administrador de la empresa aguadora de León”, relata Magazine en el reportaje “Oliverio Castañeda, la historia de un asesino”.

Pasaron nueve meses antes de que otras muertes misteriosas llamaran la atención de los leoneses. Enna Gurdián falleció a inicios de noviembre y su padre, don Enrique, solo una semana después. Oliverio era el único sospechoso.

De acuerdo con el documento “Proceso Castañeda”, las autopsias y los reportes de toxicología revelaron que tanto Martha Jerez como los dos miembros de la familia Gurdián murieron por envenenamiento con estricnina. Y todos recordaban que a comienzos de ese año Oliverio había liderado “una purga de perros callejeros”, espolvoreando estricnina en trozos de carne cruda que se colocaron como señuelo en distintos puntos de la ciudad de León.

“Los dedos acusadores de la élite leonesa apuntaban hacia él, mientras el resto del pueblo empezó a verlo con conmiseración”, detalla Magazine. “Las causas de los crímenes se debatían entre dinero, pasión o simple patología criminal”.

En diciembre de 1933, Oliverio fue procesado por los tres crímenes y el pueblo leonés no perdía oportunidad para insultar en la calle al abogado acusador.

Castañeda, de 25 años, también tenía un abogado, pero en la mayoría de las audiencias recurrió a la autodefensa. Sostuvo hasta el final que era inocente. “Yo nunca le di medicinas ni a Enna, ni al señor Enrique. No hay pruebas de eso”, decía. “¿Quién en su sano juicio comería una pierna de pollo que sabe amargo? ¿Cómo no van a encontrar sustancias tóxicas en un cuerpo que está en descomposición?”.

Lo condenaron por asesinato atroz, pero no hubo unanimidad para dictar pena de muerte. “Yo sí creo que Oliverio era culpable”, expresó Sergio Ramírez Mercado en entrevista con Magazine, en noviembre de 2012. “Somoza era arribista, se había casado con una mujer de la alta sociedad leonesa y quería quedar bien con el círculo. Le aplicaron la ‘ley fuga’. Quería congraciarse, demostrar el poder absoluto que tenía”.

La Guardia Nacional le tendió una trampa. En la celda le ofrecieron un uniforme para que se fugara camuflado en un jeep militar y luego escapara por su cuenta. Pero cuando se preparaba para correr los soldados le dispararon y dejaron su cuerpo tirado cerca del panteón San Felipe.

Sobre su tumba, una de las más buscadas en el cementerio Guadalupe, alguien colocó hace unos años una lámina que reza: “Mía es la venganza-Heb. 10:30”.

Oliverio Castañeda, de 25 años, fue condenado en diciembre de 1933 por el asesinato de Martha Jerez (su esposa) y Enna y Enrique Gurdián. En la foto se encuentra junto al abogado Ramón Romero, quien lo respaldó en el proceso. Sin embargo, en la mayoría de las audiencias Castañeda recurrió a la autodefensa. Con esta pinta solía vérsele en las calles de León. Foto/ Cortesía de Sergio Ramírez.

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El 15 de agosto de 1965 la portada de La Prensa decía en grandes letras: “Pompilio muere, machete en mano”. Dos días antes el asesino conocido como Chacal de Tacaniste, en honor a ese mamífero carnívoro que tiene fama de despiadado, había muerto “a balazos por elementos de la Guardia Nacional”, propiamente en la hacienda Santa Teresita, jurisdicción de Tolapa, en el departamento de León.

Pompilio estaba prófugo desde el 10 de agosto de 1964, día que escapó de las cárceles del Fortín, donde purgaba pena por el asesinato de una muchacha de 16 años y sus abuelos.

La Guardia tuvo conocimiento de su ubicación a través de una denuncia y envió a cinco efectivos para que investigaran si la información era cierta. La dueña de la hacienda lo negó todo, pero una casita ubicada a doscientos metros de la vivienda principal despertó las sospechas de los soldados. El comandante dio la orden de que la rodearan y de inmediato vieron salir a Pompilio, armado con un machete y vestido con ropa que se miraba nueva: camisa blanca y pantalón caqui.

Según el informe de la Guardia, sus enviados instaron al prófugo a que se entregara, pero él respondió con insultos.

—¿Qué quieren, hijos de puta? —exclamó, blandiendo el machete. Y acto seguido “dio un tremendo salto hacia un lado, intentando huir por la parte derecha de la casita”.

Echó a correr hacia el monte, por lo que los soldados no tuvieron más remedio que abrir fuego. Tres disparos de Garand dieron en el blanco y el hombre todavía caminó unos pasos antes de desplomarse sobre el suelo. Eran las 6:00 de la mañana del 13 de agosto.

Ocho años antes Pompilio también había acaparado las portadas de los medios de comunicación, por los hechos ocurridos en otra hacienda.

Todo comenzó cuando, a mediados de los años cincuenta, un joven jornalero originario de Boaco empezó a llegar a la hacienda Tacaniste, ubicada sobre el kilómetro 19 de la carretera que conecta Managua con El Crucero. Él trabajaba en una finca vecina, llamada Los Placeres, pero había puesto los ojos en Celina, la nieta de los propietarios de Tacaniste.

Sin embargo, la adolescente no le correspondía. Y no le hizo caso ni siquiera cuando Pompilio se convirtió al protestantismo para demostrarle que era un buen partido.

La joven evangélica siguió rechazándolo y el 7 de septiembre de 1957, el jornalero dejó caer su rabia sobre ella y sus abuelos.

“Llegué a la casa y encontré a Celina en la cocina. Le dije que quería que fuera mi novia. Intenté abrazarla, pero me rechazó y escapó, gritando. Los abuelos, que se encontraban dentro, salieron armados de garrotes. Doña Eloísa —abuela de Celina— logró asestarme un golpe en la espalda, entonces la cargué a machetazos. No sé cuántos le dejé ir. Yo veía una nube roja ante mis ojos. Cuando don Juan quiso también golpearme, le dejé ir el machete”, declaró el asesino a la Policía de Camoapa, una semana después.

“Celina corrió por su vida, cruzó el campo de la hacienda, pero se resbaló en un barranco”, relata la revista Domingo, de LA PRENSA, en el reportaje “Los grandes asesinatos de Nicaragua”. Pompilio la alcanzó en el despeñadero y ella le gritó: “¡Ya mataste a mis abuelos, ahora matame a mí!”. Entonces él le “cayó a machetazos” y procedió a abusar sexualmente del cadáver, para al final arrancarle los senos con el machete.

A pesar de la saña exhibida por el asesino, durante el juicio no faltaron mujeres que se rendían ante sus atributos físicos e incluso hubo una empleada del Teatro Margot, llamada Berta Fonseca, que fue despedida por declarar ante los periodistas que Pompilio le parecía “guapo y sufrido” y que deseaba casarse con él.

A la fecha, la ejecución del Chacal de Tacaniste se sigue considerando un caso más de la aplicación de la “ley fuga”.

Pompilio Ortega Arróliga, de 23 años, en 1957, luego de ser capturado por el asesinato de una adolescente de 16 años y sus abuelos. FOTO/ ARCHIVO

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Edwin Castro Rodríguez, padre del actual diputado sandinista homónimo, se encontraba descansando en su casa de León cuando vio llegar a un hombre de bigote poblado, moreno y alto, enfundado en un abrigo impermeable para protegerse de la lluvia, que caía a cántaros. Era el poeta Rigoberto López Pérez.

De acuerdo con el reportaje “El mañana que no fue distinto”, publicado por la revista Domingo en noviembre de 2018, así inició una “vorágine” en la que Castro terminaría convertido en el “número dos del asesinato del dictador Anastasio Somoza García y sería encarcelado durante tres años, condenado y finalmente acribillado a balazos junto a dos personas más”.

Castro y el poeta se habían conocido a inicios de ese año, 1956, a través del excapitán Adolfo Alfaro, exiliado en El Salvador. Según Alfaro, Rigoberto era el hombre dispuesto a matar a Somoza García y Castro, la persona que le iba a ayudar.

De abril en adelante, especialmente en los días que precedieron al 21 de septiembre, “Castro se dedicó a visitar a una gran cantidad de opositores al régimen somocista, en la mayoría de las veces pidiendo dinero para que López Pérez pudiera ejecutar a Somoza García”, subraya la revista.

En julio intentaron poner el plan en marcha durante un encuentro de presidentes en Panamá y posteriormente planearon matar al dictador durante su acostumbrada visita a la hacienda de San Jacinto. Pero fracasaron en ambas ocasiones debido al exceso de seguridad que acompañaba a su blanco.

Rigoberto no estaba dispuesto a seguir esperando y, tras varias reuniones con los conspiradores Edwin Castro Rodríguez, Ausberto Narváez y Cornelio Silva, decidió dar muerte a Somoza García en la Casa del Obrero, durante la celebración de su nueva candidatura presidencial. Es de sobra conocido que ese plan sí funcionó, aunque le costó la vida a López Pérez.

Los otros tres hombres que participaron intelectualmente en el complot fueron apresados por la Guardia Nacional y llevados a un proceso que se conoció como “el juicio de los condenados”. Todos morirían cuatro años después, el 18 de mayo de 1960, cuando les aplicaron la “ley fuga” tras obligarlos a huir. La Prensa tituló la noticia como “Noche de hienas en La Aviación”.

Edwin Castro Rodríguez con sus hijas María Consuelo y Ruth María, cuando ya estaba preso. FOTO/ ARCHIVO

 

Otros casos

En 1947, durante el golpe de Estado de Anastasio Somoza García al presidente Leonardo Argüello, Luis Scott y Rito Jiménez fueron ejecutados en el penal de La Aviación, señala Fernando Bárcenas en su artículo “Muerte en los calabozos”.

Años más tarde murieron a manos del coronel Carlos Silva los hombres implicados en la rebelión de abril de 1954 contra Anastasio Somoza García: Jorge Ribas Montes y Luis Morales. De acuerdo con Agustín Tórrez Lazo, en su libro La saga de los Somoza, a las 2:00 de la madrugada del 21 octubre de 1956 Ribas Montes, de 37 años, fue sacado de la Casa de Piedra del Campo de Marte, donde estaba preso, y llevado a la quinta El Mango. “Esto me huele a chamusquina”, habría dicho el reo mientras lo trasladaban. Cuando llegaron a su destino, el coronel Silva le disparó en la parte de atrás de la cabeza y como el hombre no cayó, le dejó ir un segundo tiro en la nuca y luego un disparo en medio de los ojos.

Otra ejecución famosa fue la del joven Ajax Delgado, de 19 años y miembro de la Juventud Patriótica Nicaragüense, acusado de terrorismo luego de que muchachos opositores lanzaran una bomba de niple a una empresa comercial. Cerca de las 5:00 de la mañana del 5 de septiembre de 1960, el joven fue ejecutado de un balazo en la cabeza en el tejado oriental de la cárcel La Aviación y su cuerpo colocado en el patio del penal. Para la familia, fue muy evidente que le habían aplicado la “ley fuga”.

Luz López se dirige hacia el lugar donde yace el cuerpo de su hijo Ajax Delgado, de 19 años, con el cráneo destrozado por un proyectil. La Guardia dijo que el muchacho había intentado escapar. LA PRENSA/ ARCHIVO

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