Historias de sueño roto

Reportaje - 11.01.2009
Los sueños de inmigrantes

El camino hacia Estados Unidos está lleno de víboras, narcotraficantes y muerte. Así termina el sueño de quienes buscan una vida mejor para sus familias. Magazine viajó con algunos de estos migrantes cuando las autoridades los regresaron a sus países y ésta es la historia

Fotos y texto
Orlando Valenzuela

Después de escapar de bandas de asaltantes, secuestradores, Violadores, narcotraficantes, veredas atestadas de víboras y arañas venenosas, días de insolación en el candente desierto y noches de insoportable frío, con hambre, sed, sueño, angustia y miedo, los latinos que cruzan la frontera de México con los Estados Unidos creen que están a un paso de lograr el sueño americano, pero cuando cruzan la raya, al otro lado los esperan para capturarlos y devolverlos a su país de origen, 18 mil agentes de Migración que vigilan y patrullan toda la frontera montados a caballo, en cuadraciclos, motos, bicicletas, carros, lanchas, aviones, helicópteros y desde el espacio por satélite. Hasta pueden sacarle una fotograía de carnet a todos los que corren por los llanos en busca de un sueño, que por lo general termina en un centro de detención y deportación. Magazine habló con varios salvadoreños deportados a su país sobre el mal momento que les tocó vivir.

Para Álvaro Josué Marroquín (26) ésta era la primera vez que subía a un avión y sólo la idea de estar encima de las nubes le provocaba inquietud. Durante el vuelo, casi nadie hablaba ni con su vecino de asiento. Cada uno venía sumergido en sus pensamientos, con mirada triste, fría, indiferente, esquiva y a veces resignada. Una turbulencia hizo vibrar la estructura del poderoso Boeing 373 provocando un estallido de gritos y risas nerviosas entre los otros 115 pasajeros, sobre todo de las mujeres, mientras la tripulación los mira con impasibilidad.

En otro asiento, más al centro, José Giovanni Molina López (26) también luce un poco tenso y apenas tiene ánimo para lanzar una mirada por la ventanilla derecha. En la otra fila, más a1 fondo, pero más tranquilo, Nahum López Pérez (29) cierra a intervalos los ojos como intentando recuperar un poco el sueño interrumpido a las dos de las madrugada. En la misma fila, adelante, Wilber de Jesús Martínez
Ruiz (20), más inquieto, de vez en cuando asomaba su cabeza para ver a los funcionarios que se paseaban por el pasillo central. En el propio centro, pero junto a la ventanilla izquierda, José Gómez (34) no oculta el sentimiento de frustración que lo invade.

La ansiedad aumentó cuando el piloto anunció que estaban a punto de aterrizar. Nuevamente se hizo el silencio y cuando las ruedas de 1a pesada aeronave tocaron tierra salvadoreña, un estallido de júbilo y aplausos, lágrimas y apretones de manos hizo salir del mutismo a los pocos que todavía seguían recordando la experiencia amarga que acababan de vivir.

Apenas cuatro horas antes, Álvaro acababa de pasar el último momento triste en tierra extranjera, cuando junto con otros 115 compatriotas y ahora compañeros de vuelo, fue sometido, con los brazos arriba y las manos en la nuca, a un exhaustivo region corporal por parte de funcionarios del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) en la pista del Aeropuerto Internacional del Valle de Harligen, Texas.

El registro fue tan minucioso, que los agentes hasta le hicieron abrir la boca para revisar si no llevaba nada bajo la lengua. Pero ésa no fue una medida especial hacia él. Todos pasaron la misma prueba, incluyendo las mujeres. Una hora antes del registro en la pista, los 116 salvadoreños, ya habían sido registrados al subir al bus ¡que los trajo a este aeropuerto. Ese había sido el último registro dentro del centro de detención de inmigrantes ilegales Villacy, en Raymondville, Texas, donde por más de un mes convivieron con otros 1,184 inmigrantes ilegales de diversos países del mundo, principalmente salvadoreños, guatemaltecos, nicaragüenses y sudamericanos capturados por la patrulla fronteriza apenas pusieron pie en suelo norteamericano.

Villacy es el centro de detención de inmigrantes ilegales más grande de los Estados Unidos, con capacidad para tres mil camas, donde actualmente están confinados más de 1,300 hispanos, entre ellos 15 nicaragüenses.

Aquí se detiene y se procesa judicialmente a ilegales detenidos en el Estado de Texas y otros de la unión americana como Nueva York, California, Texas, Miami y otros para luego deportarlos a sus países de origen.

Foto Orlando Valenzuela
Un miembro de la patrulla fronteriza de Estados Unidos vigila la orilla del Río Grande para evitar que crucen inmigrantes ilegales por el lado de Nuevo Laredo. Al otro lado del puente mexicano.

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Esta mañana, Álvaro, Giovanni, Nahum, José y Wilber fueron levantados antes de las tres de la madrugada para bañarse, cambiar el uniforme naranja del centro de detención por la misma ropa que andaban el día que los capturó la patrulla fronteriza, desayunar y montarse a los buses que los llevaría al aeropuerto.

En las barracas quedaron centenares de conocidos de diversas nacionalidades latinas, pero sobre todo los sueños truncados de su mal logrado sueño americano y los amargos recuerdos que vivieron durante su odisea.

José Giovanni salió con su primo Francisco Escobar, de Sonsonate, El Salvador, el pasado 23 de septiembre con sólo setenta dólares en el bolsillo. Durante varias semanas anduvo por caminos y carreteras pidiendo aventones, durmiendo donde la noche le agarraba, en el monte, los parques y a veces a la orilla de los pantanos, hasta que logró colgarse del tren que sale de la frontera norte de Guatemala y cruza el país azteca de Sur a Norte.

“Me costó mucho llegar hasta aquí. Lo más difícil es cuando uno se sube al tren, viene uno pendiente. Sale el tren de la estación, luego se detiene y los maquinistas se bajan y dicen que hay que pagarles un dinerito para los frescos, si no lo bajan a uno”, narra Giovanni. Cuenta que en el tren van hasta 500 personas colgadas de los vagones o encima del techo y que a todos les van sacando dinero durante el viaje, pero lo más peligroso para todos fue cuando llegaron a la estación de Arriaga antes del DF (Distrito Federal).

“Allí fue peor, porque los secuestradores andaban en camionetas sin placas y con armas, agarraron a
uno que se había bajado del tren, lo pusieron boca abajo, apuntándole, lo registraron y se lo llevaron, luego nos hicimos donde estaba la estación de Policía y les dijimos que por allí andaban unos secuestradores y ellos como que están de acuerdo, no hicieron nada y nos sacaron rapidito de allí”, dice.

“Pero como la necesidad tiene cara de perro —dice con ironía- volvimos a agarrar el tren y allí sufrimos frío y hambre porque el tren viaja a gran velocidad y uno no se puede ni bajar a comprar nada de comer. Cuando el tren paró en Lechería, uno se tiene que bajar, porque si no lo bajan los ‘garroteros’, vigilante privados de las estaciones de trenes, que también le cobran a uno para dejarlo arriba, sino lo entregan a los Zetas (organización criminal) que luego pide rescate a los familiares”.

A pesar de haber pagado la normal “mordida” para colgarse del tren, Giovanni afirma que fue víctima de “remordimiento” porque los garroteros lo bajaron tres veces y en cada una le dieron su respectivo “mordisco”, hasta que llegaron a San Luis, Potosí, donde él y su primo agarraron un autobús que los llevó a la frontera, cerca de Nuevo Laredo. Hasta allí vio a su primo Francisco, a quien luego llegaron a traer de EEUU. unos parientes. “Cuando ya había pasado el Río Grande y venía por el desierto junto a un grupo de unos treinta compañeros que nos encontramos en el camino, nos agarró la Migra y hasta allí terminó mi viaje”, dice ahora con resignación Molina López José Giovanni, tal como lo nombraban los custodios en el centro de detención.

Pero al menos Giovanni tuvo la suerte que no tuvieron los 385 inmigrantes ilegales que murieron ahogados en el Río Grande, atropellados en las autopistas, picados de cascabel o por deshidratación en el desierto, según un informe del 2008 del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE).

Los casos pueden ser aún más dramáticos. En abril del recién finalizado año (2008), en otro sector del desierto, murió una mujer con su hijo de ocho años que viajaba junto a un grupo de ilegales guiados por un “coyote” (traficante de personas). Se enfermó a medio camino y fue abandonada junto al niño. La mujer murió y el niño pasó la noche junto al cadáver de su madre hasta que fue encontrado por los servicios de rescate de la patrulla fronteriza, según el encargado de asuntos internacionales de ese organismo, Ramón Rivera.

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Alvaro Josué dejó a su mujer enferma de deficiencia renal y embarazada en su natal municipio de Apopa, distante unos diez kilómetros al este de San Salvador, la capital del vecino país.

El llegó hasta noveno grado y su sueño siempre ha sido convertirse en mecánico automotriz y montar su propio taller. Con sacrificios consiguió 400 dólares y emprendió el viaje hacia el Norte.

Explica que salió el pasado primero de noviembre en compañía de tres amigos de su misma colonia, con quienes viajó en el techo de los trenes y autobuses hasta llegar a la frontera con Estados Unidos luego de largos días de desvelo, hambre y frío. “Lo más dificil para mí fue cuando me quedé sin dinero y con hambre y no hallaba qué hacer. Uno hasta pierde las fiierzas, como que ya no quiere seguir adelante, pero como yo llevaba en el pensamiento que iba a sacar adelante a mi familia, eso me dio fuerzas para montarme en ese tren, que uno siente casi morirse de frío, más que yo llevaba solo ésta chamarra y un gorro”, comenta.

Fue en tierra mexicana donde Álvaro Josué dice que vivió los momentos de mayor peligro. “En el tren veníamos como quinientos y sucede que cuando viene la Migra o los Zetas, uno tiene que agarrar camino, correr y correr, es lo que le toca a uno. Hay veces que uno viene con un amigo o más personas. Si ellos se quedan, uno tiene que seguir adelante y ya no sabe nada, si se quedaron perdidos o los agarró Migración o quién sabe. Ya habíamos logrado pasar la frontera, por el lado de Piedras Negras, y estábamos llegando a los primeros pueblos de San Antonio cuando nos cayó a todos de sorpresa la Migración, al coyote que iba con nosotros no lo agarraron, ya no lo vi”.

Refiere que al momento de la captura él se corrió. “El miedo lo impulsa a uno a no dejarse agarrar, yo corrí y corrí, pero me siguieron con perros, ya luego no quise correr porque si los soltaban me iban a
morder, me quedé paralizado, me dijeron que si me movía los perros iban actuar, sólo dijeron: Estás detenido por ilegal. Me subieron al carro y tuve que aguantarme. En ese momento se me salieron las
lágrimas, me sentí desilusionado. Ni modo, no se pudo, es la voluntad de Dios”.

Puntos aproximados donde fueron detenidas las cinco personas

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Wilber de Jesús Martínez Ruiz (20) pasó 22 días en el centro de detención de Villacy, en Texas, luego de su captura el pasado 27 de noviembre. Martínez Ruiz tardó un mes completo en llegar desde San Salvador hasta las cercanías de San Antonio, Texas.

“Salimos un grupo de cuatro amigos, casi sin dinero, sólo 50 dólares traía yo, veníamos pidiendo en el camino y la gente nos ayudaba, nos daban comida y nos permitían dormir a la orilla de sus casas, aunque habían algunas personas que nos miraban con desconfianza, entonces nos íbamos a dormir al monte, a aguantar el frío”, asegura Wilber.

Por la misma situación de pobreza y crisis económica que se vive en El Salvador, Martínez Ruiz asegura que dejó de ayudar a su papá en el negocio compra-venta de ganado para buscar un “trabajito” en Estados Unidos y ayudar a su familia, y en ese intento le tocó vivir momentos tristes y desesperantes. Recuerda que en una ocasión pasó tres días caminando por los cerros, sin probar ni un bocado. “Eso es lo más duro, venir en un lugar donde no encuentras ni agua ni comida y saber que estás lejos de
la ciudad”.

Pero a Wilber de nada le sirvió padecer los peligros que pasó hasta llegar a las cercanías de San Antonio, donde fue capturado por agentes del servicio de Inmigración estadounidense y ahora va de regreso a su país. “Si ésta es la voluntad de Dios, sólo El sabe si más adelante me iba a pasar algo más grave en mi vida”, dice resignado.

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Nahum López consiguió prestados 1,500 dólares y el 21 de agosto pasado se despidió de su familia y su trabajo de enderezado y pintura en Antiguo Cuscatlán, departamento de La Libertad, para buscar nuevos horizontes en la nación del norte sin sospechar que ésta se convertiría en la más amarga de sus experiencias.

“Fue algo duro y triste. Logré pasar Guatemala y cuando venía en el tren, por un lugar que se llama
Tenochiten (en México) una banda de secuestradores, los Zetas, empezó a bajar a todos los inmigrantes y a pedirles dinero y si uno lleva números de teléfonos, a uno se lo llevan para sacarle dinero a sus familiares de acá. A mí me asaltaron, me quitaron todo lo que llevaba: los zapatos, la cartera con el dinero, la faja, todo”.

Ahora, cabizbajo, va sentado en silencio en el vuelo de regreso a su país, El Salvador, mientras reflexiona sobre lo que le espera: “Ahora tengo ir a trabajar duro para pagar ese dinero que presté, pero a la vez me siento alegre porque voy a volver con mi familia. Me siento triste porque no pude realizar el sueño que llevaba, pero a veces uno pone y Dios dispone”.

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José Gomes, nacido en La Unión, iba a unirse con su esposa que vive en los Estados Unidos y ya había logrado avanzar un par de kilómetros adentro de la frontera cuando fue detenido por la Migra.

Gomes refiere que estuvo varias semanas detenido en Villacy donde le abrieron expediente, lo ficharon y enjuiciaron en una de las salas de corte que hay dentro del centro de detención. “Esta ha sido la experiencia más dura y humillante de mi vida, cuando uno va a la corte, a uno lo llevan encadenado de las manos, los pies y la barriga para que no pueda hacer ningún movimiento, nomás al entrar a la
sala le quitan las esposas y cadenas, pero al salir se las vuelven a poner, eso es para todos, hombres y mujeres”, dice con amargura y continúa quejándose: “Y todo esto por el único delito de brincar el río, por ese delito lo toman a uno como un gran criminal acá, porque aquí sólo a los criminales tratan así, duramente”.

José afirma que existe racismo de parte de los agentes de Migración estadounidense hacia los hispanos y pone como ejemplo su propio caso. “Me acuerdo que cuando el agente de Migración me preguntó de dónde era, yo le digo: ‘Soy de El Salvador’, y él me dice: ‘Ja, para cagarla, sos de El Salvador’. Creo que es porque ellos se creen superiores a los latinos porque nosotros sólo hablamos el español”, afirma Gomes molesto.

Las historias de Álvaro, Giovanni, Wilbert, Nahum, José y todos sus compañeros de viaje, se multiplican por miles en la frontera como se multiplican también los asaltos, las insolaciones, las violaciones, las serpientes, las arañas venenosas, los narcotraficantes y todos los depredadores que se encuentren a su paso durante el camino hacia este sueño roto. Del otro lado, aguardan siempre vigilantes miles de agentes de Migración.

Foto Orlando Valenzuela
Inmigrantes latinos duermen su última noche en el centro de detención Villacy, en Raymondville, Texas. De aquí salen a sus países de origen.

Miles de muertos

Sólo en los últimos tres años, las autoridades del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE) reportaron l,238 personas muertas en su intento de cruzar ilegalmente la frontera con México. Según el informe, 454 personas murieron en el año 2006; 398 durante 2007 y 386 al cierre del año fiscal 2008.Y aunque esto indica que cada año están bajando los números de muertos, el problema seguirá mientras no cambien las condiciones socioeconómicas en los países de origen de los migrantes y se den oportunidades de empleo y mejor nivel de vida, sostienen las autoridades de ICE.

El funcionario de Migración, Ramon Rivera, dijo que gracias al trabajo combinado de todas la agencias, el año recién pasado el ICE logró la captura de 723,825 personas, de ellas 66 l ,766 son mexicanos y el resto, 62,059, son oriundos de otras nacionalidades, principalmente centroamericanos, entre ellos l,47 ó nicaragüenses, muchos de éstos ya deportados.

Rivera está consciente que durante 2009 la gente seguirá intentando ingresar ilegalmente a EEUU. y advierte que están preparados para enfrentarlo con tecnología de la más moderna en sistemas de vigilancia con sensores y cámaras de vídeo.

Pero además con la construcción de un muro a lo largo de la frontera con México, que ha sido cuestionado por los latinos que lo han comparado con el desaparecido muro de Berlín. Pero quizás lo más importante es que cuentan con l8 mil agentes de Migración en todo Estados Unidos.

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