Huellas de guerra

Reportaje - 11.03.2012
Huellas-de-guerra

Sin una pierna o dos. Sin un ojo o un brazo, o sin los dos. Sin un pedazo de la vida. Más de 11 mil nicaragüenses sobrevivieron heridos a la guerra de los ochenta. Sus heridas aún no cierran.

Por Arlen Cerda

Wilber tenía 17 años cuando un charnel de una granada lanzada por la Guardia de Somoza lo alcanzó y le explotó en la cara. Por culpa de la explosión quedó ciego. A Diego solo le faltaban dos semanas para terminar el Servicio Militar en el Ejército Sandinista, prácticamente iba de salida cuando una mina antipersonal del tamaño de una lata de sardinas le destrozó el pie derecho. A María Conchita “nada más” la balearon durante un ataque a un asentamiento que la Resistencia tenía en Honduras. Una pierna se le rompió en varios pedazos y ahora camina con dificultad para el resto de su vida. Ese mismo día su madre perdió uno de los brazos y luego su esposo murió en una emboscada.

La lucha de los tres fue distinta. Cada uno lo hizo en su tiempo y por la causa que más le parecía, pero ahora los une una consecuencia nefasta: son lisiados de guerra. Esa frase de “la guerra le ha costado a Nicaragua” ellos la sufren todos los días.

Al dar un paso, Diego lo recuerda. Desde hace 25 años depende de una prótesis que usa en la pierna izquierda y lleva una cicatriz en la derecha, aunque el día que la mina le explotó apenas se dio cuenta.

Entre el fango espeso por el que Diego Barquero y otros treinta hombres avanzaban en Jinotega, rumbo a la frontera con Honduras, apenas lograban mover los pies.

“Creo que por eso no me percaté de lo que me había pasado. Yo me sentía entumido, pero no sabía que me faltaba el pie. No fue ahí no más”, recuerda Diego, de 50 años.

A simple vista, también, parece que no le faltara nada. Casi siempre viste pantalón, porque los shorts solo los usa en su casa.

“Pero no ha sido fácil”, confiesa y al hombre de voz ronca, alto y recio se le llenan los ojos de lágrimas.

Wilber Torres vive con su mamá en una de las casas de la colonia Ché Guevara, de Managua, construidas para los lisiados del Ejército Sandinista.

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María Concepción Herrera no conoce a Diego, en la guerra ella estaba del otro lado.

“Yo nunca pensé luchar contra nadie. Cuando me fui a Honduras solo tenía 20 años, pero las circunstancias me obligaron”, asegura.

Una noche de septiembre, miembros del Ejército Sandinista la encarcelaron en La Barranca, de Estelí. Ahí estuvo un mes junto con otros familiares, incluida su hermana de 13 años. Su papá no estaba de acuerdo con el Frente Sandinista y los acusaron de apoyar a la Contra.

“Cuando nos dejaron salir a mi hermana y a mí nos dijeron que la próxima vez no íbamos a ir presas, porque nos tocaba ser baleadas. Entonces me dije a mí misma que la próxima no esperaba sentada”.

El 4 de octubre de 1982, María Concepción salió para Honduras. Dejó atrás la casa de Murra, Nueva Segovia, donde nació y creció, y que más tarde fue confiscada. El 6 de febrero del siguiente año ingresó a la Contra. Ahí conoció a Orlando Rodríguez Tinoco, de quien se enamoró y con quien tuvo un hijo, criado en medio de la guerra y sobreviviente de aquel ataque de 1985, en el que la pierna derecha se le partió en seis pedazos y su madre perdió uno de sus brazos.

—¿Qué piensa hoy de la guerra?

—Es una lucha que uno no llama. Le arrebata todo. Lo deja sin nada.

Diego Barquero dejó el licor y trabaja en una organización sin fines de lucro.

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Durante cinco años, Diego trató de olvidar la guerra tomando licor. No le sirvió de nada. Recuerda perfectamente que el día que perdió la pierna era martes 3 de febrero de 1987, más o menos a las 10:00 de la mañana.

La tropa guardafronteras a la que él pertenecía hacía una exploración en el sector de Wamblán, Jinotega. Caminaban despacio cuando escuchó una explosión y creyó que los atacaban.

“Recuerdo que sentí que se me entumió la pierna, la sentía caliente, caí y a como pude traté de atrincherarme sin saber que ya no tenía el pie. Pasaron como veinte minutos antes de percatarme que de la pierna derecha solo una parte del talón era lo que me quedaba”, relata Diego y trata de no llorar.

Dice que sus compañeros lo sacaron cargado en una hamaca y lo llevaron hasta un camión que lo trasladó a Jinotega. De ahí viajó en helicóptero hasta Wiwilí y luego en avioneta al hospital de Apanás.

“Pasé tres meses en recuperación. Todo el tiempo pensaba qué iba a decir mi esposa, mi hijo, toda mi familia, la sociedad. Tuve miedo aún cuando fui a rehabilitarme hasta Checoslovaquia. En verdad no sabía qué hacer y por eso caí en el licor. Fue un error, pero he podido seguir adelante”, relata.

Actualmente, Diego trabaja en la misma Organización de Revolucionarios Discapacitados Comandante Ernesto Ché Guevara (ORD) que desde 1980 asiste a lisiados de la insurrección contra la dinastía somocista y más tarde de la guerra contrarrevolucionaria. Desde ahí tratan de ayudar a otros lisiados y coordinan proyectos de integración con otras organizaciones que trabajan a favor de los discapacitados.

Wilber Torres está consciente de que “la lucha no es sencilla” y él mismo da fe de cuánto duele más crearse falsas esperanzas.

Menos de un año después de que lo hiriera un charnel de la Guardia, él fue enviado por la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional a España. Ahí lo operaron y volvió a ver, pero en la siguiente operación para mejorar la calidad de la visión quedó ciego para siempre. “Entré al quirófano viendo turbio, pero salí sin ver nada”, lamenta.

“Ser lisiado de guerra —sostiene— es un trauma distinto al de un discapacitado. Incluso hay sentimientos distintos”, aclara.

Según Wilber, “un discapacitado hasta te puede decir que está orgulloso de lo que le hace falta, sobre todo si nació así y ha logrado salir adelante. En cambio nosotros que no nacimos así, pero perdimos la pierna, el brazo o los ojos por la guerra, no vemos esto como ganancia”.

11,500

lisiados se calcula que dejó la guerra de los 80.
7,475

habrían combatido en las filas sandinistas; el resto en la Resistencia.
75%

tenía entre 18 y 25 años y el 65 por ciento era de origen campesino.

Luz, la niña sin un brazo

Comunidad La Unión, entre El Cúa y San José de Bocay, Jinotega. 8 de octubre de 1986. 11:00 p.m.. Luz Mabel Lumbí Rizo, de 20 meses de edad, dormía en su cama cuando un grupo de contras, entre ellos un cuñado, atacó su casa. Mataron a su padre y a su hermanita de 38 días. Otros cinco familiares fueron heridos y a ella una bala le destrozó el brazo derecho. No le quedó nada.
La historia de Luz Mabel está registrada en el libro Nicaragua: Sobreviviendo el legado de la política de los Estados Unidos, del fotógrafo estadounidense Paul Dix y su esposa Pamela Fitzpatrick, que en los ochenta recorrieron el norte y centro del país como miembros de un cuerpo de paz.
Paul y Pamela volvieron a Nicaragua a mediados de los noventa y se propusieron buscar a los protagonistas de aquellas fotos. Tardaron ocho años en encontrarlos a todos, a los que quedaban vivos.
El 21 de febrero de 2003 encontraron a Luz Mabel. La niña ya era una joven de 17 años, madre de una niña de nueve meses llamada Luz Noelí.
Ambas fotos ilustran su historia en el libro de Paul y Pamela, que recoge otras historias similares.
Ahí están el testimonio de María Auxiliadora, Juana, Alexsey, Rosita, Ruby, Santiago, Jamileth, Adelina, Tránsito, Félix, Marconi, Teófilo y René, aunque faltan las historias María Concepción Herrera, Julio Marín o José González, heridos del otro lado.

Para conocer más sobre el libro de Paul y Pamela visite: www.NicaraguaPhotoTestimony.org

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