La Chica Bond

Reportaje - 02.05.2010
magazine#159

Ésta es la historia de una nicaragüense que brilló en el jet set internacional durante la década de los 70 y 80, fue portada de las revistas más importantes del mundo y llegó a ser la “Chica Bond” en la película Never Say, Never Again donde Sean Connery hizo de agente 007. Bárbara Carrera nació en San Carlos, Río San Juan, y confiesa sentir nostalgia por su país

Dora Luz Romero

La fotografía que aparece en la revista Vogue muestra a una mujer delgada. Morena. Estilizada. Viste de rojo con un escote pronunciado que hace juego con sus labios rojos. Lleva el cabello lacio, sujetado con una media cola y una sonrisa disimulada se dibuja en su rostro.

Era la década de los 70 y la nicaragüense Bárbara Carrera era una de las modelos más cotizadas en el mercado no sólo estadounidense, sino también europeo. Vogue. Playboy. Harper´s Baazar. Anna Bella. No había revista que se resistiera ante los encantos de Carrera. No había una sola revista que no hablara de la nicaragüense.

Algunos directores de cine la habían fichado como actriz y para 1975 salió su primera película The Master Gunfighter, con la que obtuvo su primera nominación a los Globos de Oro.

Era una diva del cine, y del modelaje. Su vida se desarrollaba en medio del glamour y la fama que tanto caracteriza a Hollywood. Los medios la perseguían, y ella, siempre cautelosa hizo hasta lo imposible por mantener su vida íntima lo más privada posible. De su vida amorosa se supo que había sido casada tres veces y divorciada la misma cantidad. Nunca tuvo hijos. “Siempre separé mi vida privada”, asegura Carrera ahora, quien conversa desde Beverly Hills con magazine y en inglés porque a pesar de sus raíces latinas, es en ese idioma que mejor se expresa.

En esa época, Carrera era considerada una de las mujeres más bellas y sexy del mundo artístico. Su belleza era vista como exótica. Diferente a todo el resto de mujeres que se movían en ese ambiente.

A finales de la década de los 70 y a inicios de los 80, los roles protagónicos comenzaron a llover sobre esta actriz. Y ella no hizo más que disfrutarlo.

Pero el rol que la llevó al estrellato, que hizo que el mundo volteara la mirada hacia ella, fue cuando se convirtió en la chica Bond en 1983 junto al Agente 007, Sean Connery.

Mucho antes de toda esta vida cargada de fama y glamour, antes de ser ese símbolo latino de belleza en Hollywood, Bárbara Carrera estudió en un convento y los primeros diez años de su vida transcurrieron en Nicaragua.

Fotos de cortesía/Bárbara Carrera
A lo largo de su carrera, Bárbara recibió dos nominaciones a los Globos de Oro. La primera en 1975 por la película The Master Gunfighter. La segunda vez fue en 1984 por su interpretación como Fatima Blush en Never Say, Never Again.

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Nació en San Carlos, Río San Juan. Sus padres la llamaron Bárbara. Bárbara Kingsbury Cajina, aunque cuando se convirtió en una modelo consagrada decidió cambiar el Kingsbury por Carrera.

Su padre, Louis Kingsbury, trabajaba en la Embajada de Estados Unidos en Nicaragua. Su madre, Florencia de Cajina, una jovencita blufileña que cuando conoció al padre de Bárbara la diferencia de edad entre ellos era tan grande que algunos de los hijos del matrimonio anterior del señor Kingsbury podrían tener la misma edad de la muchacha. Él –calcula Carrera– era unos 30 años mayor que su madre.

De la historia de amor entre sus progenitores habla muy poco. Casi nada. Sólo recuerda que su madre en alguna ocasión le contó que le gustaban los hombres en uniforme y que su padre era uno de ellos. Lo que sí tiene presente en su memoria es que cuando tenía 7 años sus padres se divorciaron y su papá regresó a Estados Unidos.

Esculca un poco más entre sus recuerdos y cuenta sobre su nacimiento. “Mi papá tenía unas plantaciones de caucho y se acercaba el año nuevo. Mi mamá iba en barco a ver a mi papá que estaba en Río San Juan y así fue que nací en San Carlos”.

Tuvo una niñez feliz, asegura. Se crió en los campos de la Embajada de los Estados Unidos y a pesar de que han pasado ya varias décadas, aún no ha olvidado aquellas tardes cuando salía a jugar al parque de Las Piedrecitas.

A los diez años dejó Nicaragua junto a su madre y viajó a Estados Unidos. “Él (su padre) se aseguró que me fuera antes de que perdiera la ciudadanía”, dice Carrera, quien al llegar entró a estudiar a un convento, donde se graduó.

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Playboy. Vogue. Harper’s Bazaar. Ésas son apenas algunas de las revistas para las que Bárbara Carrera posó. De piel morena, delgada, ojos achinados y con una media sonrisa, logró conquistar ese mundillo. Pronto Carrera se había convertido en una modelo muy cotizada en Europa. Pero, ¿cómo había llegado hasta ahí?

Un día, recuerda, caminaba junto a una amiga por las calles de Nueva York. Estaba a punto de cruzarse la calle cuando divisó a dos señoras mayores en la acera. Una de ellas se le acercó y le dijo: “Disculpe, ¿con qué agencia de modelaje está usted?” Carrera recuerda que mintió. La señora sacó una tarjeta y le dijo que quería que participara en uno de sus eventos. “No pude ir porque era en París y todavía era menor de edad”, explica Carrera. Para ese entonces, Carrera no sabía nada sobre modelaje, pero pronto comenzó a informarse cómo funcionaba ese mundo y logró entrar a una agencia de modelaje. En poco tiempo, se había convertido en una modelo muy cotizada, no sólo en Estados Unidos, sino en toda Europa.

Estaba convencida que ése era su rumbo, hasta 1974 cuando recibió una llamada de su agencia. Ella estaba al sur de Francia en una misión de modelaje. “Me dijeron que un director de Hollywood quería que volara a Los Ángeles para hacer una prueba en televisión para su película”, recuerda Carrera, quien viajó, hizo la prueba y quedó. Ésa fue su primera película: The Master Gunfighter (1975).

Le parece que fue ayer cuando puso por primera vez sus pies en aquel set de grabación. “Estaba petrificada”, reconoce. Ese día, comenzó a temblar incontrolablemente, sentía su cara paralizada y fue tan evidente su miedo que el director se le acercó y le preguntó si se encontraba bien. Ella, secamente y con los nervios a flor de piel, contestó con un sí.

A pesar de su falta de conocimientos de actuación, Bárbara logró terminar el papel y regresó al modelaje. Sólo que antes de regresarse a París, donde vivía, le ofrecieron otro papel. Ahí, confiesa, supo que era el comienzo de otra vida. De su vida como actriz de cine.

“Regresé a París, vendí mi apartamento y me trasladé a vivir a California”, dice. En los años 80, llegó el papel que la volvería el centro de atención del cine de la época. En 1983, Carrera se convirtió en el símbolo latino de la chica Bond, una mujer bella, sensual y llena de glamour.

—¿Cómo fue trabajar con Sean Connery?

—Maravilloso. Maravilloso en tantos niveles. Me sentí increíblemente agradecida. No podría creer que me estaban pagando por algo que disfrutaba tanto.

—¿Quién era Sean Connery para usted?

—Para mí, Sean Connery era el verdadero James Bond. Cuando yo lo veía a él miraba a Bond –dice fingiendo la voz ronca.

—¿Le costó creer que estaba ahí?

—No. Para nada. Ésa era la parte divertida. Disfruté mucho mi trabajo. Fue fácil para mí porque para mí él era Bond.

—En esa época usted era considerada un sex symbol. ¿Se sentía así? ¿Le agradaba que la vieran así?

—En esta industria si sos mujer les gusta publicitarte como un sex symbol. Lamentablemente eso vende.

Es parte del negocio, o lo acepto como inevitable o tenés muchos problemas. Decidí aceptarlo.

—¿Por qué dejó de actuar?

—No es que no quiera, sino que los roles no son muy interesantes. Después de pasar los 40, en esta industria, los papeles no son muy interesantes. En toda mi carrera he sido una protagonista. No quiero hacer algo sólo por hacerlo. Si no lo hago con amor, entonces mejor no lo voy hacer. Ése ha sido el caso.

Si mañana alguien me ofrece un rol del cual me enamore, saltaría y lo tomaría sin pensarlo. Y no sería por el dinero, sino por el gozo que me da hacerlo.

—¿A qué se dedica ahora?

—He estado escribiendo algunos guiones y he estado pintando. He tenido algunas exposiciones. Mi última colección es Journey.

—¿De qué vive? ¿Cómo se mantiene económicamente?

—De las ganancias de las películas en las que actué y de mi arte.

Fotos de cortesía/Bárbara Carrera
Carrera posó para decenas de revistas estadounidenses, europeas, asiáticas…

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Una coincidencia, además de su talento, la llevó a convertirse en una sensual chica Bond, la compañera del Agente 007. Para inicios de los años 80, la nicaragüense Bárbara Carrera era una actriz novata aún. Había participado en un par de películas en Hollywood, pero su nombre aún no iba acompañado de la fama que pareciera ser un requisito en Hollywood. De hecho, esa falta de renombre en el mundo del cine la hizo perder un papel en la película Eyes of Laura Mars (1978), del famoso director Irvin Kershner, quien la habría elegido para actuar en ese filme. Sin embargo, al final, el papel que interpretaría Carrera se lo dieron a la actriz de “gran nombre”, que en ese entonces –cuenta la misma Carrera– era la actriz Faye Dunaway. Sin haber obtenido el papel, Carrera se jacta de que Kershner nunca la olvidó.

Tiempo después, una amiga de Carrera la invitó a un famoso Festival de Cine en Manila,Filipinas. El actor George Hamilton y su madre, quienes eran buenos amigos de Carrera, la animaron a ir. El evento, le dijeron, sería una excelente oportunidad para proyectarse como actriz.

Era 1981 y en aquel lugar, recuerda, había gente de todas partes del mundo. “Era mucho para mí. No pude manejarlo. Siempre estaba tratando de alejarme de la multitud y esconderme”, recuerda Carrera.

Ese día, la joven actriz se escondía de un grupo al que quería evitar. Detrás de ella, escuchó una voz familiar, la de un hombre ronco. Inmediatamente la muchacha de cabello largo, delgada y con acento inglés, volteó y le dijo:

—¿Kersh?

—¿Quién es? ¿Quién es? –preguntó Irvin Kershner, el famoso director de cine.

—Bárbara Carrera –susurró y luego le preguntó si podía sentarse junto a él.

Ahí, en Manila, la capital de Filipinas, mientras Carrera intentaba esconderse de la multitud encontró el rol que la llevaría a la fama, el papel que haría que el mundo entero volteara la mirada hacia ella: Fatima Blush en Never Say, Never Again junto al famoso Sean Connery. “Sos perfecta para la chica que busco. Quiero que seas la villana”, fueron las palabras de Kershner.

Fotos de cortesía/Bárbara Carrera
“Para mí, Sean Connery era el verdadero James Bond”, asegura Carrera.

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Carrera regresó a Nicaragua en 1997, por primera vez después de su partida cuando era una niña de 10 años. En aquella ocasión uno de los primeros lugares a los que regresó fue al parque de Las Piedrecitas, ese sitio que tantos recuerdos albergaba de su niñez. “Vi todo tan diferente”, dice con aires de nostalgia.

Para ese entonces, Arnoldo Alemán acababa de ganar la Presidencia y Carrera había sido una de las tantas personas que le dieron su apoyo durante la campaña electoral. “Me dijeron que había una elección y que la gente quería tener un gobierno con un Presidente que quisiera ayudar a la gente, al pueblo. Me dijeron que Arnoldo Alemán era el indicado. Tuve un discurso (por radio) para decir eso, que quería que tuviéramos en Nicaragua un Presidente que hiciera las cosas en el nombre del amor y él ganó. Me dije: bien hecho”, recuerda Carrera. Pero luego se desilusionó, confiesa.

—¿Por qué?

—No quisiera hablar de eso ahora, porque es político y odio ser política.

Sin embargo, a lo largo de la entrevista Carrera cuenta que para el huracán Mitch junto a Enrique Iglesias, la Cruz Roja, Andy García, entre otras personas, recogieron millones de dólares que luego enviaron para los damnificados del huracán. “Después me dijeron que el dinero no llegó a las fuentes adecuadas y eso me decepcionó muchísimo. Luego me enteré que el candidato en el que yo creí se había involucrado en todas esas cosas terribles. Me desilusioné y me retiré, regresé a Nicaragua hasta ocho años más tarde”, relata.

—¿Cuándo fue la última vez que vino?

—A finales de 2008, inicios del 2009. Fui a celebrar mi cumpleaños de una manera muy discreta.

—¿Usted se siente nicaragüense?

—Claro que sí. Siempre me he sentido nicaragüense. Aunque me fui hace mucho tiempo, recuerdo el día que regresé, cuando la puerta del avión se abrió ese olor me golpeó inmediatamente. Ese olor maravilloso de mi niñez.

Fotos de cortesía/Bárbara Carrera
En 1997 fue la primera vez que Carrera visitó Nicaragua desde que era una niña.

¿Cuántos años tiene?

Bárbara Carrera toda la vida ha mentido sobre su edad. Y lo confiesa. Ha tenido la edad que la gente quiere que tenga. “En este tipo de ambiente la edad siempre ha influido en el trabajo que uno agarra. Quieren que uno sea de esta edad o de la otra. Yo me convertía en la edad que ellos querían”, dice tras una larga carcajada.

En las biografías que se han escrito sobre su vida, algunas dicen que nació en 1945, otras aseguran que fue en 1951. Vuelve a reír. “¿Quieres que te diga la verdad? ¿Aunque puede que sea y puede que no la edad correcta?”, dice y continúa. “Tengo 58 años”, agrega dando un largo respiro.

Proyecto en Nicaragua

La primera vez que Carrera vino a Nicaragua visitó un orfanato. “Esos niños tocaron nuestros corazones. Fue la experiencias más maravillosa”, asegura. En ese momento, Carrera decidió que ayudaría a ese sitio. Afirma que ha tomado cierto tiempo, pero que ahora sí podrá ayudar como ha querido. “Creo que podremos construir un orfanato y una escuela para estos niños”, dice contenta Carrera.

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